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PROYECTO BARAÑÍ
criminalización y reclusión de mujeres gitanas
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CAP. 2
2.3 Limitaciones del sistema punitivo

En nuestro estudio hemos intentado analizar los factores que han incidido en las vidas de las reclusas gitanas a la vez que examinábamos los procesos de selección del sistema penal que hacen que unos ciudadanos y ciudadanas tengan muchas más posibilidades de ser detenidos, juzgados y encarcelados que otros y otras.

En este apartado nos ocuparemos de un aspecto más general y teórico: las limitaciones, o incluso el fracaso, de un sistema de medidas punitivas basado en largas condenas en centros penitenciarios.

Nos hemos preguntado a menudo, a lo largo de nuestra investigación, cuál es la función de la cárcel en nuestra sociedad. Las explicaciones que se ofrecen habitualmente son tres: proteger a la sociedad de las actividades delictivas, bien mediante la disuasión de cierta actividad criminal por la amenaza que representa la cárcel, bien por retirar de la calle aquellas personas que han cometido un delito; reinsertar o "normalizar" a los transgresores, y en tercer lugar, castigar.

Sobre el primer punto, la función de la cárcel como disuasión, como amenaza para que las personas cumplan la ley, su eficacia no se ha comprobado, ni existen datos que indiquen una relación entre el mayor uso de la cárcel y la reducción del número de delitos. Como amenaza abstracta es indudable que tiene importancia en nuestra psicología colectiva. Sin embargo no hay ninguna indicación sobre cuánto hay que ejercer esta posibilidad para que la amenaza abstracta cumpla su función disuasoria.

Es innegable que hay algunas personas en la cárcel tremendamente destructivas, contra quienes hay que ofrecer protección al resto de la sociedad. Es de esperar que se puedan desarrollar más medidas de prevención para evitar que el modelo social en el que vivimos produzca personas antisociales. Ya se empiezan a conocer algunos rasgos que pueden incidir en estos comportamientos, como por ejemplo la alta correlación entre niños que han recibido malos tratos y el desarrollo de mecanismos violentos, o las desigualdades sociales (que no la pobreza) como germen de violencia, o el efecto negativo que tiene para muchos jóvenes la estancia en centros de menores y cárceles, lo que da lugar a comportamientos futuros aún más antisociales (1). Probablemente también se pueda avanzar en el tratamiento de personas sistemáticamente destructivas, como sucede con las nuevas líneas no coercitivas ni anuladoras para tratar a los agresores sexuales. (2)

Sin embargo, es fundamental recordar que estamos hablando de un pequeño porcentaje de las personas actualmente encarceladas en nuestro país. La vasta mayoría de los/as reclusos/as no son ni psicópatas, ni personas carentes de moralidad o sentimientos. Lo único cierto es que la mayoría son gente con problemas.

Con relación al segundo punto, hay cada vez más consenso sobre el fracaso de la cárcel a la hora de reinsertar, y no sólo por falta de medios. La propia experiencia carcelaria, por muy benigna que sea, es un proceso desestructurante y alienante, y en muchos casos aumenta el resentimiento, las actitudes antisociales y crea un estigma que hace más difícil que una persona pueda reconstruir una vida de convivencia en la sociedad. Hay motivos para pensar que en el caso de muchos de los reos habituales, su estancia en la cárcel desde jóvenes ha sido el factor determinante en su futura actividad delictiva y en su mayor vulnerabilidad ante los procesos de selección del sistema penal. (3)

Sobre la tercera función, castigar, podemos decir que es un éxito total: la cárcel es un durísimo castigo, pero cabe preguntarse, ¿qué ganamos con esto, como víctimas y como sociedad? Más adelante volveremos sobre este tema.

La función simbólica de la cárcel

En nuestra opinión, la cárcel además cumple otra función no explicitada, y que tiene mucho más que ver con el mundo de lo simbólico o mítico. Una función relacionada con la aprensión, la sensación de hostilidad, soledad y riesgo que caracteriza nuestras sociedades modernas.

Este sentimiento de inseguridad se debe a procesos y dinámicas específicos de la sociedad pos industrial: creciente percepción de crisis ambiental, nuevas estructuras del trabajo donde la precariedad está a la orden del día, procesos de globalización económica y mediática, la sensación de que las decisiones que afectan a nuestras vidas se toman en esferas cada vez más lejanas, el consecuente debilitamiento de la sensación de vivir en comunidad, de pertenecer. Sentimientos potenciados por el nuevo modelo de ciudad, anónimo, donde los lazos de vecindad son cada vez más tenues. El coche que crea un ambiente de velocidad y agresividad en los espacios públicos de nuestras ciudades y pueblos, la soledad e insolidaridad, la inseguridad de la gente mayor, ya sea cuando tiene que cruzar una calle, o cuando se enfrenta a su pronto traslado a una residencia-gueto. La ciencia ya no es vista como la herramienta para construir un futuro nuevo, sino como la fuente de desarrollos inquietantes y que no comprendemos, como la manipulación genética, o los peligros de la energía nuclear.

La angustia del consumo, donde buscamos la seguridad a través de una carrera desenfrenada por adquirir cada vez mas cosas, que ya afecta profundamente hasta a niños de tres años. Incluso la "seguridad" se ofrece como un producto de consumo, que se puede adquirir. La sensación de que los valores o la ética, o el buen trato entre las personas, son mucho menos importantes que el éxito, el dinero, etc.

Todo ello son rasgos de nuestra sociedad, pero su crítica es muy difícil de llevar a cabo, pues se trata de rasgos fundamentales.

Así, frente a todo este abanico de inseguridades se ofrece una explicación fácil, una causa fácil de visualizar, una "cabeza de turco", en la que poder concentrar nuestros miedos y aprensiones: El criminal, el delincuente, el "otro", la figura que nos ataca en la oscuridad, anónima, sin humanidad.

La creciente dependencia de esta visión provoca la siguiente reacción, la búsqueda de personas susceptibles de jugar ese papel, para poder actuar contra ellos y sentir que estamos seguros, que se toman medidas contra las causas de nuestra inseguridad. Y de este modo, el Estado puede legitimarse pues ha restablecido la seguridad y la justicia.

Y aquí es donde entra la fase final del proceso, elegir a quienes van a cumplir esta función social. Los criterios son sencillos:

En primer lugar, personas con pocos recursos y capacidad de defensa. En segundo lugar, personas no muy bien vistas por la sociedad, que despiertan rechazo y no provocan solidaridad o identificación. Personas con quienes no tenemos mucho contacto, lo que facilita la construcción de una identidad mítica y fortalece la idea de que el "enemigo" o el criminal es un ser anónimo, que nos hace daño aleatoriamente, sin racionalidad.
En tercer lugar, personas que despiertan miedo. (4)

¿Quiénes son las personas que cumplen esta función hoy en día? : personas excluidas, inmigrantes, drogodependientes, gitanos y gitanas. (5)

No es casual que la gran mayoría de las personas encarceladas lo estén en relación con la droga, o bien por tráfico, o bien por delitos contra la propiedad relacionados con el consumo. La idea de que la inseguridad es causada por personas anónimas, alejadas de un orden racional, se refuerza con el concepto, también mítico, del drogodependiente enloquecido, casi convertido en animal.

En el capítulo de nuestro estudio sobre procesos de selección penal intentamos sustituir la idea de una minoría delincuente por la de una mayoría que cometemos delitos. También hemos intentado mostrar las dinámicas institucionales que pueden hacer que el sistema penal se enfoque hacia ciertos colectivos vulnerables dejando a otros complemente indemnes.

El uso del concepto de alarma social es casi una manifestación explícita de lo expuesto, ya que se basa en la idea de que el proceso penal no está dirigido hacia un individuo por un acto específico, sino hacia lo que dicha persona representa, culpándola de un problema o tendencia social.

Un elemento fundamental de todo este proceso es que el castigo consista en meter al "criminal" en la cárcel, haciéndolo invisible para el resto de la sociedad. Uno de los autores de este estudio en un viaje por el Yemen hace algunos años se encontró con una persona andando por la calle con grilletes. En respuesta a su pregunta, fue informado de que era un condenado, cuya condena consistía en vivir dos años con grilletes. La reacción al principio fue la de sentir escalofríos ante lo que parecía una barbarie.

Sin embargo, pensando en ello más tarde, comenzó a compararlo con nuestras cárceles. Los grilletes sirven como disuasión, ya que es relativamente difícil cometer delitos cuando se llevan cadenas en los pies, y todo el mundo te reconoce como un condenado. Por otro lado la presión social que el reo recibe de la comunidad puede ser un factor de modificación de comportamiento mucho más eficaz que los programas de tratamiento en una cárcel. Además, puede seguir trabajando, manteniendo su familia, y escapar así de los efectos psicológicos tan destructivos que implica la cárcel. (6)

La conclusión no es proponer grilletes como condena, sólo indicar que nuestras cárceles tienen dos rasgos fundamentales para lograr las funciones arriba descritas:

Se trata de un mundo invisible, donde no podemos comprobar cómo son quienes están allí, y verlos como personas en lugar de monstruos, lo que debilitaría su utilidad simbólica- mítica como los responsables de la inseguridad y riesgo de nuestra sociedad.

No tenemos que percibir la crueldad que implica la cárcel. Podemos verla como una institución lógica, científica, regida por la razón y exenta de arbitrariedad. Un efecto muy concreto de la construcción de la imagen del delincuente y de la necesidad de presentar a todos los reclusos como monstruos, es el fortísimo control que padecen todos los presos y las presas en la cárcel, independientemente del delito que hayan cometido. El diseño de los centros penitenciarios españoles y las normas de seguridad son de una dureza extrema. Y aunque una reclusa esté allí por un pequeño fraude será tratada como si fuera una asesina en potencia (7). Este tratamiento, bastante uniforme, tiene otra ventaja: las personas que trabajan con las presas y los presos, los ven como amenaza, como menos humanos, lo que permite el distanciamiento necesario para hacer su trabajo soportable.

Castigo y revancha

Como hemos comentando, quizá la única función que cumple con creces el sistema penitenciario es la de castigar. Sin embargo, es ésta la función que se intenta disfrazar o minimizar. Pensamos que es fundamental cuestionar el objetivo del castigo. En primer lugar, porque en la medida en la que hay procesos de selección que determinan quién va a la cárcel, el castigo se aplica de manera sumamente injusta. En segundo lugar, el castigo en muchos casos está en contradicción con el objetivo positivo de intentar "reinsertar" (8) a las personas, pues como ya se ha comentado la experiencia destructiva de la cárcel puede aumentar las posibilidades de que alguien cometa nuevos delitos. Pero aparte de estas dos consideraciones hay otras dos que ponen en cuestión nuestro sistema: cómo elegir la "dosis" de castigo "apropiada" o "necesaria" y en qué medida un sistema basado tan fuertemente en el castigo es compatible con otros mecanismos de resolución de conflictos y reparación de daños, que pueden ser mucho más beneficiosos, tanto para las víctimas como para los agresores, así como para el conjunto de la sociedad.

Es interesante sustituir la palabra "castigo" por "revancha" y a la vez explorar uno de los tópicos expresados con mucha frecuencia sobre la cultura gitana. El estereotipo del recurso a la deuda de sangre entre los gitanos normalmente es mostrado como prueba de su mayor primitivismo y crueldad. Decimos estereotipo, pues hay poca documentación que muestre una importante aplicación de "deudas de sangre" entre gitanos de España. (9)

Lo que nos parece interesante es que se critique el concepto de revancha aplicado individualmente, o que nos repelan los ejemplos de castigo público que se dan en algunos países árabes, y sin embargo lo exijamos cuando hemos sido víctimas de una agresión. Queremos que la revancha la aplique el Estado, anónimamente, impersonalmente, y fuera de nuestra vista.

Frente a la crítica de un sistema penal basado en el castigo, la respuesta habitual consiste en decir que eso es lo que pide la sociedad, y que está en la naturaleza humana. Es cierto, y todos y todas tenemos a veces deseos de revancha frente los transgresores, incluso el más férreo oponente a un sistema punitivo. Pero nos parece importante resaltar que, si el deseo de revancha y castigo es un componente de los seres humanos, también lo es la capacidad de perdonar y reconciliar. Es interesante comprobar cómo numerosas víctimas de delitos expresan su insatisfacción y frustración con el sistema punitivo, y como el castigo a su agresor no les ayuda a reconciliarse con lo sucedido, habiéndose sentido poco o nada atendidas por el sistema judicial.

Igualmente, es interesante ver el éxito de los proyectos de mediación entre personas que han cometido un delito y sus víctimas, que se están desarrollando en diversos países y que se han iniciado en Madrid a raíz del proyecto gestionado por la Asociación APOYO de Moratalaz. Éxito en cuanto a la mayor satisfacción de las víctimas, en muchos casos sólo por tener la oportunidad de conocer, comprender y perdonar, en otros casos mediante un acuerdo de restitución; y éxito en lo que respecta a la persona transgresora, que puede conocer las consecuencias de sus acciones y asumir la responsabilidad de reparar las mismas.

Pensamos que debe ser el propio sistema de administración de justicia el que juegue un papel de vanguardia en proyectos, iniciativas y en la potenciación de valores que favorezcan nuestros deseos de perdonar y reconciliar, y que ayuden a debilitar y reorientar nuestras reacciones vengativas.

El tema del castigo es todavía más confuso cuando observamos los delitos sin víctima, como el tráfico de drogas. Se puede decir que el tráfico de drogas tiene sus víctimas, los y las drogodependientes. Sin duda muchos y muchas drogodependientes son víctimas, víctimas de una enfermedad grave, pero parece que el castigo contra aquellos que les venden, poco hace para reparar ese daño, aunque nos permite culpar a algunas personas de un grave problema psicológico, social y sanitario.

Al principio, comentamos algunos de los rasgos de nuestra sociedad, como la aprensión, la hostilidad o la sensación de pérdida de comunidad, que tienen mucho que ver con la construcción social del delito y del "delincuente". El debilitamiento de lo comunitario es una de las claves en esta cuestión. Un efecto importante es la pérdida de los mecanismos de control más cercanos, y de los mecanismos de resolución de conflictos que comprometan a las partes en tensión, a veces con el apoyo de otras personas de confianza. No se trata de resucitar formas de control que sólo existen en sociedades rurales, sino de algo tan sencillo como lo que describe la urbanista Jane Jacobs (10): "en una calle viva y habitada, hay ojos que vigilan de forma espontánea las aceras, gente que se permite educar a los niños ajenos si hacen algo incívico, un vago y poco opresivo apoyo común que no exige intimidad ni tradición, permitiendo que vecinos y extraños convivan sin riesgos graves. Por el contrario en las ciudades estalladas del nuevo urbanismo, no existe ni el control comunitario antiguo ni la trama urbana, sino un espacio que no es de nadie, dónde el temor y la violencia pueden estallar a menos que una absoluta homogeneidad de intereses lime todo conflicto: la guetarización de la vida está así asegurada".

La reacción es una tendencia por parte del Estado a reglamentar cada vez más, y cada vez con más detalle, las actividades de la ciudadanía. Pero no está nada claro que el Estado tenga la capacidad para gestionar y aplicar una reglamentación que pueda sustituir la gestión diaria de las infinitas y complejas relaciones entre individuos. Por esto, los mecanismos de mediación frente a muchas actividades delictivas pueden representar una importante opción, que permita recuperar cierta capacidad de resolver conflictos a nivel de las personas, en lugar de esperar que los resuelvan estructuras anónimas de dimensiones crecientes. Quizás en este sentido, podamos aprender de la cultura gitana, que durante siglos ha desarrollado interesantes mecanismos de mediación de conflictos.

Del mismo modo que debería ser un reto reducir las actividades delictivas y antisociales en nuestra sociedad, otro objetivo que deberíamos perseguir es la reducción del número de personas encarceladas. Debería ser motivo de orgullo, volver a figurar en las estadísticas, como uno de los países europeos con menor tasa de población reclusa.


1. El reciente libro del criminólogo Elliot Currie, Crime and Punishment in America, 1998, es una importante aportación a la reflexión sobre algunas características de nuestra sociedad que pueden generar comportamientos violentos o antisociales, con propuestas específicas de prevención.
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2. Es importante destacar la existencia de actos tremendamente peligrosos y destructivos que no son objeto de mucha preocupación y, ante los cuales, en algunos casos ni siquiera se plantean medidas para reducirlos. La imprudencia temeraria o la conducción bajo los efectos del alcohol causan un porcentaje importante de las muertes en accidentes de coche en nuestro país y hay muchos más muertos por intervenciones médicas no necesarias y por accidentes de trabajo causados por imprudencia, que homicidios. (Información extraída del libro de Jeffrey Reiman, The Rich get Richer and the Poor get Prison, 1998; 5ª edición.) Y los malos tratos a mujeres siguen siendo quizá la causa de mayor violencia en nuestro país, y sólo ahora empieza a recibir la atención necesaria.
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3. Se podría pensar que la cárcel, por su dureza, puede servir para que las personas, cuando salgan, no vuelvan a delinquir. Sin embargo las altas cifras de reincidencia nos indican que este mecanismo en general no funciona. Y cabe preguntar, ¿cuánto tiempo de condena es necesaria para tener este efecto. Hay indicios que en muchos casos cortas estancias en la cárcel pueden disuadir mucho más que largas a la hora de provocar importantes cambios por parte de las personas.
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4. Algunos teóricos intentan explicar el aumento generalizado de la población reclusa femenina como resultado de la liberación de la mujer. Parece más acertado proponer como causa la feminización de la pobreza, pues la gran mayoría de las mujeres encarceladas no parecen ser personas que se hayan liberado de las limitaciones que implica el patriarcado, sino todo lo contrario. Sin embargo es posible que exista en el proceso punitivo antes descrito, un aspecto indirectamente relacionado con la liberación de la mujer: las mujeres pueden despertar más miedo que antes, lo que las convierte en candidatas más adecuadas para el papel del criminal.
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5. El criminólogo norteamericano Jeffrey Reiman ofrece una explicación parecida sobre la función de la cárcel en su libro, citado en la nota al pie nº2. Muestra la enorme capacidad del sistema penal de selección entre "la mayoría que comete delitos" para que sólo los pobres vayan a la cárcel (con un riesgo mayor en el caso de grupos étnicos). Su explicación de la función de la cárcel es perpetuar el mito de que los delitos son monopolio de los pobres, para que no veamos los delitos que perpetran los ricos. Esta función tiene el valor añadido de hacer que no percibamos a los pobres como víctimas de un injusto reparto de la riqueza, sino como un peligro y una amenaza que no merece solidaridad sino rechazo. Reiman hace otra reflexión interesante sobre la tendencia a percibir sólo los delitos que comete una persona contra otra, no aquellos delitos más "institucionales", como el fraude bursátil o el envenenamiento industrial.
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6. Es curiosa la reacción de casi cualquier persona frente a la provocadora propuesta de ofrecer daños físicos como alternativa a la cárcel, como forma de castigo y disuasión para los transgresores de la ley. La gente insiste en que es una barbaridad, pero casi no hay ninguna percepción del terrible daño y el dolor que implican las condenas en la cárcel.
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7. Muchos de los comportamientos antisociales que se ven en la cárcel y que se citan para justificar las extremas medidas de control, son producto de la misma situación de la cárcel.
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8. La utilización de la palabra reinsertar es muy ilustrativa: comunica que los presos y las presas no son personas que transgreden las normas sino son seres fuera de la sociedad.
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9. Un estudio comparativo sobre los gitanos y las gitanas de Europa del Este y de Europa del Norte analiza los mecanismos de control social dentro de diferentes comunidades gitanas. El sistema de autoridad en el primer caso se basa en los "Kris", una especie de tribunal colectivo. En el caso de la Kalle Roma de Finlandia, sí existe una tradición de deuda de sangre, sin embargo "este sistema no da lugar a una aplicación de sanciones arbitrarias ni anárquicas entre individuos, sino que se rige por el "principio moral" que da lugar a un sistema de ley que permite mantener el orden.
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10. J. Jacobs, Muerte y vida de las grandes ciudades. Editorial Península, 1973.
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29 de febrero de 2000