SOLIS EPISCOPIS
Si alguno, no obispo, lo leyere, haría bien enviándolo a un obispo conocido pues para ellos está escrito.
CASTIDAD DE HOMBRE CASTO
No pretendo generalizar en este artículo. Sí dar pistas sobre la vida íntima de un sector de hombres que lucharon por mantenerse fieles al compromiso del celibato y siguen fieles al mismo. Quedan fuera de este estudio los sacerdotes secularizados, los que están al margen de la ley celibataria y los que viven su virginidad a tope en una plena sublimación. Entran de lleno una gran mayoría de sacerdotes, aquellos para quienes el celibato es una carga más que una liberación.
Este trabajo está hecho con el rigor de la experiencia de doce años vividos en el clero (1958 - 1970). En ellos tuve la suerte de convivir mucho con sacerdotes, como consigno en la nota final primera. Pero nada hay recibido bajo secreto sacramental. Con el fin de que no sea una fría estadística, la narración está un poco personalizada, aunque - por supuesto - no se trata de un solo individuo. Son muchas las personas reflejadas dentro de este relato, pero todo ello es real.
I) -"Mis manos tocarán el cuerpo de Cristo. Entregaré mi ser entero al Señor para la salvación de las personas. Me desgastaré hasta la muerte en extender el Evangelio de Jesús. Mi alma se ofrece a El. El será mi único amor. De El me fío. Me ayudará. La renuncia no va a ser renuncia. Habitaré en la casa del Señor todos los días de mi vida.
Abandona el nuevo sacerdote el seminario con una bagaje considerable de entusiasmo e idealismo, y una dosis mayor de inexperiencia. Es un niño grande dispuesto a conquistar el mundo para Cristo. Detrás de aquellos muros benditos quedan las luchas de la adolescencia. Juzgó definitiva la victoria de la pureza. Aprendió a dominar su cuerpo con la ascesis, el amor a la Virgen y a la Eucaristía. Manteniendo sujeta la libido no será difícil el triunfo del afecto humano. Así pensaba.
En las vacaciones estivales le llamaban la atención algunas chicas. Sublimó los deseos legítimos del corazón en aras de sentirse libre de ataduras humanas que le impidieran su total entrega a Dios y a su causa. ¿Lo que otros han conseguido, por qué yo no? El tiempo pasa. La luz encendida en los primeros fervores queda lejos. Vivir siempre en tensión y vigilancia resulta difícil. Le comunica al Señor del Sagrario sus problemas, pero El nada responde. El templo se encuentra solo; la soledad le abruma. El mundo sigue igual y ningún fruto percibe de su renuncia. ¿Mereció la pena una entrega de por vida?
Una joven le gusta. Impacta su corazón vacío. Pero... hay que romper. Es preciso hacer algo; distraerse como sea. Todo tiempo en tensión tan sólo va a servir para obsesionarse. Libros, cine, televisión, charlas con los compañeros, atender equipos de apostolado, practicar un deporte, dedicarse más a fondo a la pastoral.
Unos ejercicios espirituales sirven para reafirmar la entrega a Dios. La primera victoria de vida consagrada. Primer año de sacerdocio.
II) La tendencia del hombre no ha quedado sublimada. ¡Tarea de titanes supone encauzar la fuerza de la juventud! La tristeza embarga el alma. Comprende que la vida ha de ser una lucha continua. Héroe por un día es fácil; pero hay que serlo durante toda la existencia terrenal. Ser signo de esperanza futura en un mundo que no capta el significado y duda de la autenticidad del celibato eclesiástico, nueva heroicidad.
Decía un clérigo: "El sacerdote es un hombre curioso: cada tres años se enamora tres veces; y otras tantas debe dejar correr el agua que no ha de beber."
Los celos humanos surgen entonces en el corazón del ministro del Señor. Es un hombre como los demás y ha de retorcerse por dentro. Ha de renunciar a la combatividad en el terreno del sexo. Romperá su corazón y el de las jóvenes que en él se han fijado.
Cuando recién ordenado asistía a los retiros comarcales, preguntaba a sus compañeros de edad provecta: - "Supongo que con los años desaparecerá el instinto, ¿no?" - "Ay, amigo, - respondía uno - yo creo que todo desaparecerá diez años después de la muerte. Mientras tanto tendrás que aguantar."
En este sentido recuerdo a un cura viejecillo, que apenas podía arrastrarse porque las piernas no le seguían. Un amigo clérigo le animaba diciéndole: "Don X, todavía está usted fuerte." Y él, lleno de resignación viril contestaba: "Si tuviera las piernas tan vigorosas como el p..."
III) Sólo Dios capta el dolor de su renuncia. Dios y él mismo. Los demás piensan: es su vocación. Con estas tres palabras justifican y reducen a la nada la tortura interior que ha de sufrir una persona durante años sin fin.
- "Me acercaré al Altar de Dios; al Dios que llena de alegría mi juventud." Así debe ser. La alegría es fruto del esfuerzo. Tiene que convencerse de que se encuentra contento. La autosugestión debe tomar parte en la lucha diaria. Acoger a Cristo en sus manos y darlo a los demás ha de granjearle tanta alegría como al enamorado su amor. Ver cómo las almas se transforman en una madurez cristiana, cómo quieren a Jesús, ha de compensar toda su renuncia afectiva. ¡Ilusión sacerdotal! Esto en teoría resulta hermoso y atrayente.
Pero... llegan las críticas del pueblo. Los roces inevitables de la convivencia. El fracaso apostólico diario. La repetición de actos sublimes que, con el uso pierden la virtualidad subjetiva. El celibato es entonces auténtico vacío. El corazón exige su complemento humano. Está dividido. Nos encontramos inmersos en la crisis más profunda. La luz de la ordenación, los fervores del seminario, el triunfo de la pureza con su carga mística, se hallan tan distantes en el tiempo que apenas resplandecen en la profundidad de su alma oscura. Brilla más el hechizo de la joven devota e idealista, con la que el clérigo desearía compartir su vida y caminar hacia aquella meta sublime soñada durante lustros.
El cuerpo también, lleno de vigor físico, exige su parte. Hay que mantener a raya las pasiones. En esto no se puede ceder.
El pensamiento trabaja en imaginaciones que es necesario erradicar. El sacerdote lucha contra nubes de miasmas en pugna por infectar su espíritu. Palabras que, después de la adolescencia, nada le sugerían, hoy se tiñen de todo su verdor: noviazgo, matrimonio, unión sexual. En ocasiones se desechan con un "no" rotundo que trasciende al exterior. Puede todo degenerar en un "tic" nervioso.
Y vuela la imaginación: ¿Cómo será la mujer en su intimidad? Nunca ha visto un desnudo fuera de las galerías de arte. ¿Será el placer sexual compartido lo mismo que el gozo solitario del orgasmo? ¿Cómo será la descarga afectiva en el ayuntamiento carnal? Curiosidad; deseo intenso; imaginación: todo se mezcla en su alma exigiendo la satisfacción del instinto desbocado.
Procura distraerse; cacerías en montes lejanos con amigos de tertulia; juego de naipes en veladas nocturnas invernales; lectura de libros que fomentan el cultivo del espíritu... Las almas tiran. Jamás podrá defraudar a la porción de su herencia.
La soledad es triste. En las noches frías, el viento silba a la cabecera de la cama. El silencio invita al amor. Después del descanso. Pero... ¡no! Mañana, otro día igual: la misa y el catecismo; la caza y la partida...
El amigo de equipo de matrimonios le comprendería. Mas... nada le puede decir. ¡Cómo va a desnudar así su alma! Aquél durante la noche, habrá desahogado su virilidad con la esposa elegida. Feliz comenzará la jornada de trabajo. Sus nervios habrán quedado templados tras el orgasmo lícito. El clérigo, en cambio, se levanta con el rictus de cansancio, de mal humor. Cultivará la oración; retorcerá su espíritu. Se mostrará afable. ¿Por qué ha de sufrir nadie con su drama interior?
Las confidencias del confesonario le llaman la atención. El diálogo normal con alguna penitente llega a excitarle, mas por nada del mundo haría traición a sus principios.
Más tarde la lucha habrá de librarla con su propio cerebro: posturas del acto marital, duración, fotografías mentales... ¿habrá imaginación menos casta que la de un hombre casto? El deseo es constante y la represión continua. Parece que siempre está en el borde del abismo haciendo equilibrios para no caer.
Ha de leer libros de formación sexual. Es necesario saberlo todo a través de literatura científica. ¿Cómo de lo contrario podría entender en el sacramento del perdón sin formular preguntas indiscretas? Parece que su curiosidad descansa al enterarse de todo, pero en los momentos álgidos esto le supone aguda crisis interna.
Con motivo de las vacaciones marchó a regiones distantes y pudo ver lo que nunca hasta entonces habían contemplado sus ojos: una sesión de "striptise".
Pensaba que así desaparecerían por completo las fantasías de su imaginación. ¿Cesaría del todo la curiosidad lúbrica? El corazón le palpitaba con fuerza durante la representación erótica. Creía que podía estallar. Hasta la respiración le resultaba difícil. Y aquella noche sucumbió a la tentación. Fue consigo mismo. Hacía años que no había caído en el vicio solitario. Ahora ya no era la soledad absoluta. Su pensamiento acariciaba las escenas que horas antes habían contemplado sus ojos.
Meses enteros le costó levantarse de aquel estado. Su espíritu no tenía la fuerza de los buenos años. ¡Cómo comprendía ahora a los jóvenes que no soportan la cruz de la pureza!
Dos años sin practicar los ejercicios espirituales es mucho tiempo. Voló a la casa de retiro. Había que comenzar una vida nueva. ya no era inocente. Sería a lo menos digno, por la penitencia. No se había perdido todo.
Un cambio de ambiente: un pueblo mayor. ¿Por qué no la ciudad después de quince años de ministerio en los pueblos? La lucha indirecta: más trabajo; más oración. No renunciar a la afectividad. Querer más a todos. También a las mujeres. Por el hecho de ser casto no se va a cerrar el corazón; todo lo contrario. Lo más difícil parecía ya superado. La vida interior serviría de contrapunto a las apetencias del instinto. Su amor grande iba a ser Cristo en todos los hermanos concretos.
IV) El contacto con el ambiente de compañeros muy cultivados le hace mucho bien. Todos llevarían su cruz por dentro, pero nada se advertía. Apenas se hablaba de este tema tabú. Habían pasado las confidencias de los años jóvenes. Ahora, en la edad madura, cada uno asumía en silencio el martirio de su corazón. El chiste servía de tubo de escape en las reuniones alegres, rociadas de vino generoso. ¿Dónde se contarán chascarrillos más eróticos que en las tertulias clericales? De ahí no pasaban. Jamás una proposición colectiva de visitar ciertas casas de desahogo.
En sus paseos por las calles de la ciudad ve nuestro hombre escaparates llenos de prendas íntimas femeninas. Los mira un poco a reojo. "¿Seré fetichista?" - dice. "¿Me estaré volviendo anormal?" Estas prendas le excitan vivamente. ¡Sucedáneos! Seguro que, casado, no tendría un problema que puede rayar en lo patológico.
Se agarra a pequeños consuelos reprimidos: ver, sin querer mirar. Un quiero, no quiero. Castos amores fugaces, que desgarran su corazón. Mariposeo afectivo.
Disfruta de la buena mesa; cada vez más. Quiere reprimir este instinto, porque lo ve un poco compensatorio de la abstinencia sexual, pero no lo consigue; en él se convierte en vicio congénito.
- Bueno, dice para sus adentros, peor será como fulano y fulano andar arribista detrás de los puestos de poder. Esos sí que buscan ahí la compensación sexual. Pues prefiero alegrarme un poco en las comidas y regadas con el buen vino.
Temporadas de fervor en las que vive centrado en Dios. Oración metódica constante. Meses de semi - flirteo con mentalidad adolescente. Una cadena de montañas místicas de amor divino intercalada de valles profundos de afectos humanos. El carácter se agria. La represión continua sin una sublimación lograda, llega a llevar al propio siquismo a la enfermedad. Sicología morbosa e inmadura. ¡Qué sarcasmo! ¡El, que debiera ser místico de la pureza!
V) En ambientes cerrados de colegios masculinos, se desvía la tendencia de nuestro clérigo hacia jovencitos efebos. No es la inclinación de nuestro sacerdote abstracto la homosexualidad. Tampoco lo es la del hombre encarcelado. Triste perspectiva tener que luchar ahora contra pasiones sucedáneas. Recuerda el buen sacerdote los cilicios y disciplinas de la época de formación. No se decide a volver a aquellos tiempos con reminiscencias de medievo.
Practicará el deporte moderado, que fatigue su cuerpo, estimule su salud y reduzca la libido. El hombre excesivamente alimentado y sin cansancio corporal tórnase hambriento de placeres venéreos. Hay que luchar en todos los campos. Pero el cansancio y la falta de motivación merman su perseverancia.
No está obsesionado por el tema en el sentido de precisar los servicios del siquíatra, aunque bueno sería disponer de un compañero sacerdote que haya superado todas las crisis y pueda con su experiencia ayudar en estas dificultades. Mas... ¿habrá alguno dotado de este maravilloso don? ¡Conoce tantos casos de gente "muy centrada en el celibato", y luego... ! ¿No será mejor callar y aguantar el martirio?
Con el confesor se desahoga en algunas ocasiones. Suele elegir a un fraile cerrado, pensando que no tendrá sus mismos problemas. Si es desconocido, mucho mejor.
Las mujeres son pegajosas, se agarran como lapas y el clérigo ha de deshacerse de ellas. Cuando no llega a impresionar su erotismo, no cuesta demasiado trabajo. "Tu vientre no merece la pena un pecado mortal". - Llegó a decir uno.
VI) Busca razones para convencerse de que no es tan desgraciado: - No es el matrimonio del color de rosa. - La vida es breve. - Las mujeres se marchitan pronto, pierden presto su lozanía, como flores de búcaro. - Dan gusto cuando se encuentran frescas; repugnan cuando se han ajado. - "Si yo fuese ahora el marido de fulana... Y pensar que fue una chica que llegó a gustarme... ¡Qué gorda y desgreñada está! ¡Qué basta es! ¡Qué poco sabe cultivarse!" - La limpieza en la mujer puede atraer, pero invariablemente envejecen. - Y ¿si enferman? ¡Qué tedio entonces el matrimonio, cargado de hijos... sin libertad, sin disponer de dinero para viajes... cuánto mejor estoy yo que no dependo de nadie! - El cáncer de mama, ¿por qué atacará tanto a las mujeres ese mal? Polvo y ceniza; no merece la pena. - He de fomentar el amor que nunca envejece. - Enfermedades genitales... - ¡Y cuánto matrimonio roto! ¿Habrá alguno de verdad feliz? - Si pudieran descasarse sin problemas de conciencia, económicos y sociales, ¿cuántos permanecerían atados? - Recuerdo a aquel esposo que decía; ustedes han renunciado a todas; nosotros a todas, menos a una. Ya ve que no es mucha la diferencia. - El amor libre y la poligamia, aún llevan cierto atractivo, pero aclimatarse siempre a la misma... ¿Quién me dice que en los años de madurez no va a caer enferma? Entonces debería cargar yo con mi soledad, y sin ninguna compensación sostener hasta la muerte a la esposa. No merece la pena, no. Durante algunas semanas, estos pensamientos animan a nuestro clérigo en su preocupación. No es tan duro carecer de hogar. El buey suelto bien se lame.
No piensa de la misma manera cuando las circunstancias se ensañan en su persona. Los días crueles de enfermedad, recibiendo asistencia de una anciana vecina y la visita de unos pocos compañeros. Aquellas ideas que le consolaban antaño son ambivalentes. Cree en su fuero íntimo mucho mejor el celibato opcional. Poder en cualquier momento contraer matrimonio, permaneciendo a la sombra del Altar, porque ¿a qué me voy a dedicar, si ya soy hombre maduro y sólo conozco el oficio de cura? - Celibato opcional, ¿pero cómo sostener una familia con tan cortos ingresos? Por otra parte, si a mí me toca seguir soltero, (no me entusiasma demasiado el matrimonio con todas sus cargas, soy realista) permanecería en la clerecía como un bicho raro. Va a desaparecer entre nosotros la cohesión de cuerpo, cuyo distintivo es precisamente el celibato. No. Mejor que siga la ley como hasta ahora. Lucharemos juntos. Defenderemos esta sabia norma. Además, ya va pasando lo peor. Ya no siento aquellos ardores de mi juventud. Los jóvenes ya llegarán a calmar sus instintos. Hace años hubiese pensado que era intolerable la ley. Ahora veo que está confirmada con el marchamo de los siglos. No se les ocurrirá derogarla, sin consultarnos a quienes disfrutamos de la experiencia.
Ya no subleva a nuestro sacerdote tanto el baile como en los primeros años de su ministerio rural. Allí sucumbían sus predilectas. Allí se relacionaban con jovencitos que ahora son sus maridos. Cuando se echaban novio sus dirigidas, decía para sus adentros: "una menos; otra oportunidad perdida."
VII) Todavía le quedan muchos años de lucha a nuestro amigo sacerdote. Lo peor, sí, ya ha pasado. En la actualidad no duda: seguirá célibe hasta la muerte. Compañeros y amigos suyos abandonaron el sacerdocio ministerial y ahora viven tranquilos con sus mujeres. Y piensa: "No creo que sean felices. Nuestra condición de solterones nos convierte en seres difíciles para la convivencia."
En el fuero interno le molesta la felicidad sexual de sus semejantes. Siente cierta envía reprimida. Así replicó a un amigo ex - cura que defendía el sacerdocio ministerial de los casados:
- "No. No estoy conforme. Vosotros queréis todas las ventajas: las del clérigo y las del casado. ¡A cada uno lo suyo!" Es necesario mantener esta prerrogativa, el coto cerrado, la disciplina sin fisuras. Satisfechos podéis estar con lo vuestro. Convenía volver a la antigua praxis eclesial para evitar tanta defección. Jamás permitir a nadie la secularización."
Nuestro hombre se cierra más y más. ¿Quién lo identificaría con el neosacerdote fervoroso y apasionado? ¿De qué puede servir una virginidad sin amor, una castidad envidiosa?
"No desearás la mujer de tu prójimo." Noveno mandamiento de la ley de Dios. Incluso este precepto le resulta duro. En su calidad de animador de equipos de matrimonios ha tropezado con problemas conyugales de mujeres insatisfechas que se le han confiado. Quiso ayudar con desinterés. La esposa ajena veía en el confidente un hombre más espiritual y humano. Un ser superior. Muy por encima de su marido. Disfrutaba el clérigo siendo el apoyo de un alma gemela a la suya. Llegaron a sentir profundo afecto. Aquel amor, para ella, servía de complemento; cubría la inmensa laguna jamás llenada por su legítimo esposo. Para al clérigo había llegado el demonio meridiano. Se impuso la ruptura. La noche tenebrosa cubrió una vez más el alma de nuestro hombre en forma de enfermedad depresiva. Al fin sanó.
VIII) Hemos oído hablar a ciertos célibes de su resistencia a tentaciones provocadas por mujeres. Les halaga ser fuertes y no consentir. Mas les place en su intimidad reprimida sentirse objeto de deseo. Todavía no han desaparecido sus cualidades viriles.
Renace de nuevo el amor a la virtud angélica. Fomentar la virtud de la pureza en un mundo hedonista. Que crezca como azucena entre el estiércol. Hablar de la pureza que tanto le va costando mantener puede resultar un tubo de desahogo. Otro escape frecuente, dar charlas de formación sexual.
Los placeres de la mesa, el ansia de dominar y el afán de atesorar dinero suelen ser una compensación indirecta de los gozos carnales. La comodidad, el capricho y el ocio también juegan un papel importante en el equilibrio compensatorio.
Por desgracia no son muchos los que llegan a sublimar de tal modo el instinto, que pongan su total esperanza e ilusión en entregarse a los demás con amor de hermanos. No abundan los sacerdotes enamorados de Jesús Eucaristía al estilo del Padre García Nieto o de Don Manuel González. Vivir con serenidad una vida mística centrada en Dios, "la porción de su herencia." Más trabajo, más ocupación suele ser la salida inmediata a la soledad que inunda el alma. Acción, sí. ¿Pero la contemplación? ¿Quién será capaz? Noches tristes de Getsemaní abundan por encima de los gozos del Tabor.
¡Qué difícil resulta el ideal! Duro el combate, sobre todo en los días en que la fisiología viril tiende a desahogarse, y los ensueños de juventud no liberan ya del peso corporal. Para evitar el dolor, incluso físico, de la retención prolongada, llegan algunos
a la masturbación. Y tranquilizan así su propia conciencia: "No busco el placer, sino evitar el dolor."
Su mente se pregunta: ¿Qué será más difícil, abstenerse del placer sexual o vivir con elegancia el amor exclusivo a Dios? No llega a dar una respuesta adecuada a esta pregunta. Depende del momento sicológico en que se encuentre.
Lo cierto es que en las épocas de intensidad de oración y vida mística cuesta menos la carga. Incluso entonces llega a reafirmarse en la frase del Evangelio, aplicándola al tema: "Mi yugo es suave y mi carga ligera."
Levantarse hasta las alturas como un ángel. Descender a la tierra como ser humano. ¿Será el destino de los célibes este subir y bajar como la noria?
Cuando los años tiñen de nieve la cabeza, buscaría en los momentos de aterrizaje una compañera, que con amor de esposa le ayudara en la última etapa de la vida. Y piensa: "cavar no puedo; mendigar me da vergüenza." ¿Qué haré? ¿Por qué he de sucumbir, cuando me encuentro ya próximo a la orilla? ¡Señor, Señor, acógeme. Tú sabes que te quiero. Aunque ha habido debilidades en mi vida, tú ves que mi tónica ha sido siempre la fidelidad, vivida ciertamente de un modo demasiado humano.
¿Hasta cuándo durará la lucha? Gráfica. Muy vulgar. La frase la escuché de un célibe maduro. Pero creo que merece la pena consignarla en toda su desnudez, porque describe la angustia y tormento, que tras los hábitos se esconde: "Lo que más me j... en esta vida es tener que morirme sin j... "
¿Hasta cuándo? el buen Dios que no impuso a nadie ley tan dura, sino insinuó la virginidad a quien con fuerzas se sintiera, sin mencionar en ningún momento el compromiso de por vida, el Buen Dios acogerá con una ternura especial a los hombres que han sido generosos y a la vez víctimas de una ley que, a juicio de muchos, carece de sentido cristiano. Jesús no la impuso a sus sacerdotes.
Dura la lucha de la castidad del hombre casto. En el declive de su vida no le acompañan los hijos como brotes de olivo. Su existencia, sin embargo, no ha sido estéril. Su muerte se realiza en soledad. En esto coincide con todos los hombres.
IX) Pocos clérigos he conocido "liados" habitualmente en un asunto contra la castidad. (Hablo de la década de los sesenta). Menos aún aquellos para quienes el celibato haya sido auténtica liberación por el Reino los cielos, para entregarse en alma y cuerpo por El. Grande el número para quienes el celibato ha constituido una carga inútil, pesada y contraproducente.
X) NOTA 1: El estudio presente, no ha dejado nada a la imaginación. Todo él está tejido de manifestaciones confidenciales de muchos compañeros célibes. Podría escribir nombres y apellidos de ellos; pero la ética más elemental impide hacerlo. Está escrito en el año 1980. Durante los años 1958 al 70 mantuve numerosos contactos y recibí muchas confidencias de compañeros sacerdotes. Las reflejadas aquí nada tienen que ver con el Sacramento de la Penitencia. Lo ofrezco hoy a la consideración de los Obispos, para que les ayude a completar su juicio sobre el tema, y en un futuro pueda servirles en la decisión de abrogar la ley del celibato.
XI) NOTA 2: A partir de 1965 hemos asistido en la Iglesia al fenómeno del "progresismo" ideológico. No pretendo generalizar. Pero hemos observado, sobre todo en los casos más extremos, el cambio del sacerdote más bien conservador a muy progresista, precisamente como consecuencia de los problemas serios contra el celibato en que estaba metido ocultamente. Profundizando en el tema hemos podido comprobar que estos sacerdotes sin esta ley celibataria se hubieran mantenido fieles a la tradición dogmática de la Iglesia.
XII) Nota 3: Al repasar este escrito, el 31 de agosto del 2007, añado el testimonio de un sacerdote con alto nivel de influencia dentro del clero. Me decía en su confidencia hace unos días: "El cargo que tengo me ayuda mucho en mi equilibrio afectivo. Me siento realizado como persona, por mi puesto distinguido dentro del clero. Es verdad que las pasiones tienen mucha fuerza a mi edad, pero puedo controlarlas gracias a este cargo de poder." ---- Lo entendí. Pero siento mucho en decirlo este sacerdote no cumple ni mucho menos la ley del celibato; lo mismo que el enamorado del dinero, de la buena mesa o del juego. Está enamorado del poder, no de Jesús. Así nos va. Urge revisar la ley del celibato sacerdotal.
JOSE MARIA LORENZO Y AMELIBIA.