FÉLIX BELTRÁN, SACERDOTE DE SACERDOTES
BIOGRAFÍA
POR JOSÉ MARÍA LORENZO AMELIBIA
I
A Modo De Introducción
El día 18 de diciembre de 1999, en la residencia de la Mutual del Clero de Madrid fallecía casi de repente, víctima de una embolia pulmonar, Don Félix Beltrán". Para mí ha sido duro aceptarlo y quizás más aún para muchos obispos, sacerdotes y religiosas. Porque durante más de cincuenta años ha sido un verdadero padre espiritual del clero. Pasan de ocho mil los sacerdotes y obispos que han pasado por sus tandas de Ejercicios Espirituales y pláticas. El motivo principal de su existencia humana era dar gloria a Dios trabajando por la santidad sacerdotal. Don Félix, para mí y para otros muchos, fue verdadero padre en la fe.
No había llegado a los ochenta, y su corazón gastado, pero lleno de juventud, dejó de latir cuando más lo necesitábamos.
Con él emprendí la campaña en favor de la santidad de los sacerdotes y personas consagradas, hace siete años. La realizó con el mismo ardor e ilusión que un joven enamorado de Dios. Y es que Don Félix era un sacerdote más fervoroso que un recién ordenado en el día de su primera Misa.
¡Fervor sacerdotal! Nunca puede estar pasado de moda. Estoy impresionado desde que conocí a Don Félix por su vida de entrega; a mi parecer era un hombre santo. Hace pocos días escuchaba una vez más sus cintas grabadas con pláticas de sus Ejercicios Espirituales; y decía desde el fondo de su alma estas ideas: "Llevo aproximadamente cuatrocientas tandas de ejercicios para sacerdotes. En las primeras le pedía al Señor que nunca me acostumbrara a dar esta predicación. Sería intolerable para mi psicología. Ahora os puedo confesar que nunca me he acostumbrado. Que lo sigo haciendo con la misma emoción que el primer día".
Su voz estaba gastada. Pero al escucharle, tienes la impresión cierta de estar oyendo a un hombre de Dios, y puedes quedar impresionado semanas e incluso años después.
En su libro, "EL SACERDOTE DE HOY Y DE SIEMPRE", escribe cómo el ministro del Señor debe hablar siempre con esa profunda emoción que da el trato íntimo con Dios en la oración. Y eso mismo lo practica don Félix cuando predica. No era un gran orador, en el sentido literario. Pero hay un "algo" que le hacía serlo. Es esa emoción vivencial con que lo dice todo. Se transmite la fe la santidad como por contagio. Se le puede comparar con el mismo Padre Nieto.
Con gran emoción he leído diez o más veces el libro de Don Félix Beltrán. Son páginas de un enamorado de Cristo y del Sacerdocio. Y no se puede leer con indiferencia una obra escrita con el corazón; un tesoro de vivencia sacerdotal. Es un libro para leerlo de prisa la primera vez, porque cautiva desde el comienzo. Pero después saborearlo línea a línea con una cierta "glotonería" espiritual.
Me precio de conservar más de un centenar de cartas de Don Félix. Al menos una vez al mes nos escribíamos para animarnos en nuestro camino al Señor.
De qué manera tan distinta ha reaccionado Don Félix conmigo a la de muchos intransigentes. Porque quien esto escribe es un sacerdote que un día hubo de abandonar con dolor el sagrado ministerio. Don Félix, hombre de Dios, me acogió desde el primer momento con un amor de padre y él mismo gozó como colaborador de la campaña en favor de la santidad de los sacerdotes y almas consagradas. Yo me llenaba por dentro de vergüenza de que un hombre así no desdeñara de hacer un poco de "acólito" en una causa tan noble.
Que el Señor, Don Félix, haya escuchado tu oración. Que estés en el Reino de los cielos junto con Jesús, con María, con la Trinidad Santísima, y que cerca de ti gocen del Divino Bien tantos ladrones arrepentidos, tantos sacerdotes por ti estimulados a la santidad, tantos seglares que se llenaron de celo en tus Ejercicios Espirituales, y también aquellas mujeres del arroyo, que convertidas en tu predicación, no volvieron ya a la vida de pecado.
El 18 de diciembre de 1999, dejaba este mundo Don Félix Beltrán. Sacerdote verdaderamente santo a los ojos de muchos y, sin que con ello queramos prevenir el juicio de la Iglesia, creemos que a los ojos de Dios. Quisiéramos calar profundamente en su interior para conseguir transmitir lo que hacia él sentíamos, pero cuando se trata de reflejar la intimidad de una persona con Dios, no es tarea fácil. Don Félix era un enamorado de Dios y de su sacerdocio, y un hombre que trabajó y se deshizo por conseguir un aumento de la santidad en sus compañeros los sacerdotes.
II
Algunos Datos Biográficos
Sus Primeros Años
Nació Don Félix en el pueblo de Hinojosa, provincia de Guadalajara, diócesis de Sigüenza - Guadalajara, el 18 de mayo del año 1919. Sus padres, Aniceto Beltrán Alonso, y Gregoria Pérez García. Era una familia pobre, muy pobre, y a la vez profundamente cristiana. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento en la parroquia de San Andrés; así deseaban sus progenitores, con prisa, que comenzara aquel hijo a serlo también de Dios. Félix tenía cuatro años cuando falleció su querido padre, y la familia entonces se volcó en los abuelos; por eso aquellos niños tuvieron tanta relación con los abuelos, también profundamente cristianos. Con ellos pasó Félix gran parte de su infancia.
A los siete años hizo su primera comunión en el pueblo de su nacimiento. Le prometió entonces a Jesús ser bueno y santo, algo que llevaba siempre dentro de su corazón. Y ese ideal lo mantuvo en el alma durante toda su vida. Sus años de infancia en el pueblo fueron siempre muy cercanos a los dos sacerdotes que en aquellos tiempos había en el lugar; de un modo especial se relacionaba con el párroco, muy querido de todos sus feligreses, don Vicente Torrubiano, y muy pronto fue monaguillo de la parroquia. Era Félix el predilecto de Don Vicente por su modo de ser y por la inclinación que tenía hacia las cosas de la iglesia.
La pobreza, sí, imperaba en aquel hogar. La madre, viuda y sin recursos, hubo de marchar a Barcelona a un trabajo que encontró; mientras tanto los abuelos sostuvieron y atendieron a los dos niños pequeños Félix y Jacinto. Prácticamente todo el pueblo era muy pobre, pero el ambiente lleno de fervor espiritual.
En la escuela y en la calle, en todos los lugares, era Félix ejemplar; sobresalía tanto por su capacidad intelectual como por su buen carácter y su afición al estudio; y esto no solo entre los chavales de su edad, también entre los mayores; gozaba de buena fama en todo el pueblo. El maestro lo ponía como ejemplo. Cuando nadie recordaba algún concepto, la referencia en todo era él; mas nadie le tenía envidia; parecía como una evidencia del buen obrar y del buen ser. Por otra parte, su sencillez y el hecho de que todos lo consideraban como amigo, eclipsaba cualquier brote de envidia hacia Félix: era querido de todos y de todos respetado. El trato con el cura párroco, muy frecuente. Se vislumbraba pronto en él una vocación sacerdotal. Y Dios se sirvió de este cura para que Félix ingresara en el Seminario.
Vocación Al Sacerdocio
Su hermano Jacinto lo dice textualmente: "Creo que el sacerdocio fue algo innato en él. El Señor se sirvió de Don Vicente, y desde el principio lo inclinó en esta dirección".
Ayudaba a su querido párroco todos los días a Misa; e incluso, cuando era un poco mayor, le acompañaba todas las tardes a hacer la visita al Santísimo. Rezaba con él el Rosario, y también lo rezaba en familia. Incluso le acompañaba al cura a dar algunas tardes el paseo, mientras sus compañeros jugaban o ayudaban en las labores del hogar. Como en casa no había hacienda, poco podía ayudar él a realizar labores...
Pronto comenzó don Vicente a prepararlo para su ingreso en el Seminario; cuando llegó la hora, ya sabía declinar y conjugar en latín. Y mucho sabía también de Religión, Gramática e Historia... Félix fue el primero en desfilar hacia el Seminario de los Santos niños Justo y Pastor de Alcalá de Henares, en el curso 1930 - 31. Le siguieron después otros cinco o seis niños, entre ellos su hermano Jacinto; cuatro del grupo llegaron al sacerdocio. Es de observar que en rigor le correspondía haber ingresado no en Alcalá, sino en Sigüenza, su diócesis, pero fue imposible: la pobreza, el gran fantasma de la familia, era lo que impedía cualquier decisión que supusiera algún gasto. En Alcalá pudo disfrutar de becas. Y la beca la obtuvo el niño mediante dura oposición; llamó la atención del tribunal la sabiduría de aquel muchacho. ¿Los libros?, los conseguía prestados de los alumnos de cursos superiores. Incluso el vestido y el calzado se lo regalaban personas piadosas. Allí estuvo el joven Beltrán cursando uno a uno, con las mejores calificaciones, los cursos de Humanidades y el comienzo de la Filosofía. Allí se santificó y fue ejemplo de sus compañeros hasta el año1936 en que estalló la guerra civil española.
Durante La Guerra Civil
Los primeros días de la guerra civil, todos, alumnos y profesores, hubieron de salir huyendo del Seminario y refugiarse en la casa particular del señor rector. Allí fue detenido Félix por los milicianos, por el "tremendo delito" de ser estudiante de cura; lo condujeron a la checa, lugar de torturas y antesala del fusilamiento. Hay que tener en cuenta que en Alcalá de Henares fueron pasados por las armas dieciocho sacerdotes, y buen número de seglares por el simple hecho de ser católicos. En el interrogatorio nuestro prisionero nunca negó que fuera seminarista, "estudiante de cura", como ellos decían. Providencialmente, porque todos cuantos entraban en la checa, al día siguiente, eran ejecutados, fue conducido a la cárcel; allí pasó varios días. Y dice su hermano Jacinto, también sacerdote: "Por mediación de los familiares de otros encarcelados, nos mandó la novedad de que se encontraba prisionero, y nos indicaba si podíamos mandarle comida, pues en la cárcel no les daban de comer".
Gracias a la influencia de un teniente de aviación del Ejército Rojo, hijo del pueblo, salió de prisión ocho días después. Él había visto partir de aquellas mazmorras, cada mañana, grupos de compañeros que eran trasladados al paredón. "Mañana me tocará a mí", pensaba. Pero fue liberado por el oficial, generoso con los del pueblo.
Por precaución, los primeros meses no pisó a la calle; siguió refugiado en la misma casa del rector del Seminario que huyó a una embajada a Madrid. Y estando allí, la influencia de un guardia de asalto le libró de aquella situación embarazosa. Se lo llevó como ayudante del Secretario del Ayuntamiento a Santorcaz; él era de derechas y lo mantuvo camuflado; allí Félix hubo de esconderse muchas veces, cuando había peligro de que lo descubriera el comité de policía.
Le Llaman A Filas
Así permaneció hasta que llamaron a su quinta a filas; no tuvo más remedio que incorporarse a las milicias del ejército rojo. Vistió el uniforme de miliciano alrededor de año y medio. Y tuvo suerte porque pudo, algún mes más tarde, contactar con varios compañeros seminaristas de Alcalá. Para no ser descubiertos se escribían con caracteres griegos. Asimismo conectó con algún sacerdote oculto de Madrid. Siempre que podía se escapaba para oír Misa y comulgar. Aquello pudo costarle la vida, pero jugó ese riesgo dado el amor que tenía a la Eucaristía.
Sufrió varios traslados en el frente e invariablemente indagaba hasta encontrar a algún sacerdote con quien poder dialogar de palabra o por escrito. ¡Casi siempre tuvo suerte! Para poder recibir la sagrada Comunión y estar en contacto con Jesús llevaba siempre consigo una cajita con el Santísimo Sacramento. Esta era su gran delicia, de tal manera que nunca se encontró solo, como lo recordaba en más de una ocasión. Así habían de mantener su relación con Jesús las personas hambrientas de Dios. El seminarista Félix Beltrán no podía vivir sin el contacto íntimo con su Amado; por eso, distintos sacerdotes con buen criterio, y usando rectamente la "epiqueia", le permitieron esta gracia que nunca después olvidó emocionado. ¡Cuánto amaba a la Eucaristía! No eran muchas las formas que podía llevar consigo; por ello, cada mañana cortaba un trocito para poder comulgar.
Su vida en la milicia era ejemplar y de servicio caritativo a todos; pero tanta bondad fue advertida por los enemigos de la religión. Llegaron a sospechar de él y lo descubrieron. Félix no lo negó: "Soy seminarista - afirmó cuando le interrogaron - haced de mí lo que queráis". Hubo una especie de consejo de guerra en el que intervinieron el Comisario y el jefe de brigada. Corrió la voz por todo el batallón pensando que lo iban a fusilar al día siguiente.
Algunos amigos suyos le propusieron huir juntos aquella misma noche, y pasar al campo nacional, mas Félix se negó. No quiso poner en peligro muy grave a sus amigos. Prefirió abandonarse a la Providencia. La mañana siguiente fue llamado de inmediato por el Comisario. Él creyó que le había llegado la hora de partir de este mundo. Consumió la Sagrada Eucaristía como viático y se dispuso a morir. Pero nada de esto ocurrió; la Providencia lo reservaba para una acción muy concreta en su vida sacerdotal: ser pastor de pastores, sacerdote de sacerdotes.
¿Qué hicieron con él? Nadie podía imaginarlo: lo trasladaron a otra brigada distinta; a otro frente de guerra lejos de aquél. Pero no lo pusieron con el fusil; le hicieron "miliciano de cultura", ayudante del Comisario. Su labor principal era enseñar a leer y escribir a los analfabetos. Siempre su familia se preguntaba por qué no lo fusilaron. Se hacían varias hipótesis: la más elemental era que deseaban tener una persona culta para enseñar a los milicianos. Otra, algún jefe, buen cristiano camuflado, que intercedió por él. Pero siempre queda en el misterio quién influyó en su favor. Tal vez fuera cualquiera de aquellos "jueces", quizás el Comisario.
Félix siempre llevó el rosario en el bolsillo. No presumía de ser seminarista, pero muchos signos lo delataban, y nunca lo disimulaba. Fueron varias las ocasiones en las que estuvo a punto de ser fusilado; pero Dios lo quería para sacerdote suyo y lo libró de todos los peligros. En cuanto encontraba ocasión propicia, marchaba a Madrid para tomar contacto con sacerdotes que ejercían su ministerio de forma clandestina.
¿Cómo Fue Para Él El Final De La Guerra?
Cuando llegó la "Revolución comunista del Ejército", se escapó del Frente, se refugió en Alcalá de Henares y se escondió en una casa. Allí entró en contacto con su médico del Seminario. A éste se le ocurrió una idea feliz: ¿por qué no ingresarlo en el Hospital Militar como enfermo? ¿Y cuál iba a ser su enfermedad estando sano? Dicho y hecho, le vendó meticulosamente una pierna. Félix fue cojo de solemnidad, "herido de guerra" hasta el fin de la contienda, que llegó muy pronto. ¡Qué nervios tenía que llevar por dentro para conseguir disimular! Nos viene a la memoria el caso de Juan María Vianney, futuro cura de Ars, cuando huyó como prófugo de la guerra y se refugió en un pueblo de montaña. ¡Cuánto sufrieron ambos! Pues nada, Félix sanó de su cojera en el mismo momento en que "Cautivo el Ejército Rojo", perdió su última batalla.
Al Seminario De Nuevo
Se abrió el Seminario de Madrid en el curso 1939 - 40. El seminarista Beltrán ingresó esta vez no en el de Alcalá, sino en el de la capital de España para terminar brillantemente tercer curso de Filosofía, como si nada hubiera pasado. La contienda civil le dio una gran madurez humana y cristiana. Su intimidad con Jesús Eucaristía fue inmensa. Ahora no podría llevar ya la cajita con la Comunión como en sus tiempos de "miliciano", pero todo lo iba a suplir el amor. Las visitas al Sagrario eran varias durante el día, y su fervor se notaba, porque supo cumplir el reglamento de maravilla y nunca se lamentó de la "libertad" perdida.
En los años cuarenta - sesenta el amor eucarístico de los seminaristas españoles fue enorme. Y Félix se distinguió mucho en este amor. Ya no podría prescindir de Jesús nunca, hasta el fin de sus días. Fue el seminarista bueno y fiel. Le cautivaban los libros y escritos de don Manuel González, el obispo del Sagrario abandonado; los leía como bocado exquisito de espiritualidad. Y aprovechó aquellas lecturas, porque fraguó entonces en él el "Sacerdocio - Eucaristía". Observé en sus años ya maduros que todavía llevaba en breviario la estampa de don Manuel González. Era una de las personas a las que más admiró y procuró imitar.
Llegó El Sacerdocio
Le parecía a Don Félix que nunca iba a llegar la fecha de su ordenación, y por fin amaneció el día 3 de junio de 1944, cuando ya la paz reinaba en España. Sus manos fueron consagradas para llevar la Eucaristía, para bendecir y administrar sacramentos. Y durante toda su vida se sintió sacerdote, solo sacerdote, siempre sacerdote. Al día siguiente celebró su primera Misa solemne en la iglesia de Santa María de Alcalá de Henares. Unas jornadas de descanso y tomó posesión de sus dos pequeñas parroquias en el arciprestazgo de Buitrago, Piñuecar y Gandullas. Allí permaneció cuatro años. A aquellos lugares de la sierra madrileña solían enviar a los neosacerdotes. Nuestro cura bueno supo aprovechar el tiempo para atender a su pequeña feligresía y para ir preparando su misión sacerdotal que iba a ser la atención a sus compañeros los sacerdotes. Dos años más fue enviado a un pueblo un pueblo mayor, Hoyos de Manzanares.
El obispo de Madrid, Don Casimiro Morcillo, se había fijado en él; había reparado en su virtud, en su espiritualidad, y quiso dar a su ya buena trayectoria intelectual una más sólida formación: lo envió a Universidad Pontificia de Salamanca; allí obtuvo la licenciatura y el doctorado en Sagrada Teología. Mas las aspiraciones de Don Félix Beltrán no eran el trepar peldaños en la "carrera", más bien todo lo contrario: su ilusión era pasar ignorado, pero ser efectivo: ahí radicaba su máxima aspiración. Por eso no mendigó dignidades ni puestos de relumbrón, a los que con facilidad hubiera podido acceder, dada su inteligencia y preparación. ¿Qué hizo el P. Beltrán cuando acabó brillantemente su formación universitaria? Ingresó en el Oratorio de San Felipe de Neri?
El Director De Ejercicios Espirituales
El Oratorio de San Felipe de Neri era verdadero emporio de virtud y celo sacerdotal. Allí pasaba nuestro sacerdote santo horas y horas en compañía de Jesús Sacramentado, en armonía con otros compañeros. Preparose ya de forma inmediata para la misión más alta: ayudar a los sacerdotes, almas consagradas y seglares, más conscientes de su compromiso cristiano, a su santidad personal. Para ello fue enviado a impartir tandas de Ejercicios Espirituales según el método de San Ignacio de Loyola. No tuvo en lo sucesivo cargos diocesanos, ni siquiera la atención de parroquias diminutas: lo suyo fue como los Apóstoles de Jesús: estar con Él y marchar a predicar. Durante muchos años casi empalmaba una tanda con otra.
No le entraba la rutina a Don Félix.
Más de quinientas tandas impartió a lo largo de su vida. Recorrió la casi totalidad de las diócesis de España en su peregrinaje apostólico.
Las religiosas fueron también objeto de su pastoreo espiritual. El apostolado de Cursillos de Cristiandad no le fue ajeno. Disfrutó impartiendo rollos de sacramentos y otros reservados a los sacerdotes.
Años y años de ministerio intenso, pero años también en los que fraguó a los pies del Sagrario su celo apostólico.
También las misiones populares tuvieron cabida en su quehacer pastoral. Son decenas los pueblos y ciudades en los que participó gozoso.
Cuando Los Ejercicios Espirituales Vinieron
A Menos
Cuando los Ejercicios espirituales vinieron a menos, el señor Obispo le encargó de las religiosas contemplativas de la diócesis de Madrid. En aquellos momentos dejó el Oratorio de San Felipe de Neri y fue nombrado capellán de las religiosas Franciscanas Concepcionistas en Las Rozas. Desde este puesto atendía a la misión que le encomendó su obispo. Él siempre llevó en su corazón a aquellas religiosas y, sobre todo, siempre tuvo su alma entregada a esta tarea, "El que es santo, que se santifique más", pudo ser uno de sus grandes principios.
III
Don Félix, amigo
Entramos En Contacto
Corría el año 1992. En una de las ocasiones en que marché a Pamplona a visitar a mi amigo José Ignacio Dallo, me regaló un libro de don Félix Beltrán. Tenía sobre la mesa de su asociación "La Unión Seglar de San Francisco Javier", un montón de ejemplares que el autor le había ofrecido para que los distribuyera. Me interesó el tema: "El sacerdote de hoy Ti de siempre", y comencé a leerlo con fruición. Me apasionaba, porque veía a través de sus páginas a un hombre de Dios, lleno de piedad y enamorado de Jesús y de su sacerdocio. Subrayé el texto, hice un resumen de él y lo grabé en una casete para poder escucharlo a menudo, y aumentar mi fe y mi amor al sacerdocio.
Un día me dije: ¿por qué no escribir a su autor? Así comenzó nuestra amistad. Yo no me cansaba de escribirle cartas y él no se resistía a contestar a todas. Aquel carácter sólido, apasionado, enamorado de Dios y de su sacerdocio se reflejaba en cada línea que trazaba. Todo en él era amor; se traslucía su felicidad plena. Era un sacerdote de los que hoy no abundan. Mantenía su primitivo fervor; parecía recién ordenado; como un misacantano de nuestros tiempos pero con setenta años o alguno más.
Quise conocerlo personalmente, pero era mucha la distancia que nos separaba. Él residía en aquellos tiempos en un pueblo de la provincia de Cáceres, Alcuéscar. Por fin nos vimos durante una jornada entera en Pamplona. Nos juntamos los tres: José Ignacio, él y yo. Venía don Félix ensotanado; no me costó reconocerle. Su figura era diminuta, en claro contraste con su alma grande, de gigante. Su hablar lleno de sinceridad y de fervor. Llegaba a la estación solo, pero nunca se sentía solitario, porque en todo momento se le acompañaba el Dulce Huésped del alma. Vivía consciente de la presencia de Jesús que se prolongaba durante todo el día después de haberlo recibido a primera hora de la mañana y de la inhabitación de la Santísima Trinidad.
Su Jubilación
Cuando le llegó la hora de jubilación pensó: "Hasta ahora he estado hablando a los hombres de Dios; desde ahora hablaré a Dios de los hombres". Esta frase le hacía mella; se la oí repetir en distintas ocasiones. Y ni corto ni perezoso deja la capital de España y marcha, con la venia de su Arzobispo, a un lugar lejano de la geografía hispana, Alcuéscar, en la provincia de Cáceres, a la congregación fundada por Don Leocadio Galán, "Esclavos de María y de los pobres". Es una institución de sacerdotes dedicados a la oración y al cuidado de los enfermos. Alcuéscar es un foco de espiritualidad en toda aquella zona; por eso le cautivaba a don Félix Beltrán. Además tuvo la suerte de estar en contacto, ser amigo y confidente de Don Leocadio, el fundador de aquel oasis de salud corporal y espiritual. Hoy este sacerdote amigo de don Félix está en camino de ser elevado a los altares; se inició su causa de canonización en el año 2000.
Orar, madrugar, dar algún paseo por la "Balsa del Cura" y... escribir. Nuestro padre Beltrán era incapaz de descansar. Hubo de dedicarse ahora a la pluma; un nuevo apostolado. Fueron varias las revistas de espiritualidad en las que colaboró.
Allí fue con todos sus bagajes, y allí se dedicó a la oración. Escribió en este retiro Don Félix varios folletos publicados por la revista "Luz de Redención", propia de aquellos religiosos. Y allí también escribió muchos artículos de espiritualidad para distintas publicaciones. Pero su obra de escritor, sin duda la más celebrada, es "El sacerdote de hoy y de siempre"
Para el padre Beltrán Alcuéscar iba a ser, de la misma manera que para el cura de Ars la Trapa, la ilusión de su jubilación: vida contemplativa para sólo ocuparse de orar, durante los años que el Señor le diera de vida, por aquellos a quienes, en sus cerca de cincuenta de sacerdocio, habían formado parte de su pastoreo espiritual. Iba acariciando nuestro santo sacerdote esta idea: orar y vivir como un monje; estar oculto a los ojos del mundo.
Dado su temperamento activo, no le parecía conveniente ingresar en un monasterio de vida solamente contemplativa; buscaba algo intermedio.
Alcuéscar es una localidad de la provincia de Cáceres donde un sacerdote, cuya causa de beatificación está ya introducida, fundó la Congregación de "Esclavos de María y de los Pobres"; se trata del padre Leocadio Galán. Los miembros de la institución serían sacerdotes con el compromiso de acoger y cuidar a personas de la tercera edad carentes de bienes económicos y que no tuvieran un hogar familiar de acogida. Llevarían estos religiosos una vida activa y contemplativa. Una revista serviría aglutinante de la Congregación y de llama luminosa para cuantos de habla hispana quisieran compartir un ideal de vida cristiano e incluso místico. A la vez se acogería en las residencias a sacerdotes para que vivieran en retiro de forma parecida a los monjes de clausura, pero con libertad, es decir, sin reglas, y con solo una normativa que respetara el reglamento de la comunidad y el horario de comidas.
Después de madurar Don Félix su decisión, allí ingresó poco antes de cumplir los setenta años, lleno de esperanza en esta nueva etapa de su vida. Y allí se dedicó a orar. Rezaba desde muy temprano en la capilla; salía a pasear por los alrededores hasta la "Balsa del Cura". Algunos ratos los dedicaba también a escribir un libro de los Ejercicios Espirituales que habían sido la principal ocupación de su ministerio.
En aquel lugar casi paradisíaco, el padre Beltrán ahondó en su vida interior; su relación con el Dulce Huésped del alma se hizo como más mística. Allí se acrisoló aún más su devoción a la Eucaristía y a la Virgen María, los dos grandes amores de nuestro santo sacerdote. Se le veía pasear siempre con el Rosario en la mano. A veces caminaba oyendo una cinta grabada con lecturas marianas o ideas de gran sabor espiritual. En su habitación pasaba horas interminables; escuchaba una y otra vez los sermones de los Ejercicios Espirituales para después escribirlos y poder editarlos. ¡Aquellas grabaciones de tandas a sacerdotes o almas consagradas...! Todas ellas comenzaban invariablemente con el rezo del Ave María muy sentido y consciente. Celebraba siempre la Misa en la capilla de la Virgen a las seis y cuarto de la mañana. Jesús y María llenaban toda la jornada, su corazón y su mente. Más tarde, a las siete y media, participaba con toda la Comunidad en la Misa. Aquello parecía el anticipo del Cielo; tal vez era demasiada dicha para quienes vivimos todavía en este mundo.
Pero las cosas se fueron complicando. Un hombre enredador intrigó la madeja de la convivencia de tal manera que Don Félix, al querer mediar y ayudar a poner orden en un asunto difícil, y nada conseguir, sufrió mucho, mucho, en aquellas circunstancias, pero lo llevó todo con gran resignación y humildad. Por otra parte, los años no perdonan, y su corazón, grande para amar, se vio aquejado seriamente. En dos o tres ocasiones llegó a desvanecerse. Sopesando entonces todo con prudencia, pensó que estos sucesos eran una señal clara de la Providencia del Señor que le indicaban la necesidad de un nuevo cambio.
Y así dejó aquel lugar de gran fama de espiritualidad en toda la región, Centro modelo de entrega generosa al Señor por parte cuantos forman aquella comunidad. Y, ya en Zaragoza, junto a Jacinto me decía:
Mi hermano se está portando a la altura de las circunstancias. Temía y con razón seriamente por mi salud. Sabíamos que para mí la solución ideal y única era ir a Madrid. Y el Señor nos la ha proporcionado. Iré a residir en la Mutual del Clero.
De Alcuéscar, De Nuevo A Madrid
En La Mutual Del Clero
Una vez que salió de Alcuéscar residió algunos meses con su hermano Jacinto, sacerdote, en Zaragoza. Siempre han sido ambos modelo de fraternidad: se quisieron y apreciaron muchísimo en todo momento; pero nunca fueron obstáculo el uno para el otro en el desarrollo de sus respectivas vocaciones. Don Félix pensó en hospedarse en alguna de las casas de Ejercicios Espirituales en que dirigió muchas tandas y donde era muy apreciado, pero después de madurarlo, el lugar definitivo de su estancia y domicilio fue en
Madrid, en la Mutual del Clero, sitio desde donde podría atender con paz algunos compromisos de predicación y también dedicarse a fondo a la oración: el ideal de su retiro.
Allí, en Alcuéscar, hubiera continuado hasta el fin de sus días, pero aquellas circunstancias dramáticas le obligaron a regresar de nuevo a su diócesis de Madrid. Su domicilio sería la Mutual del Clero. Allí continuó su obra de contemplativo y de escritor. Pero al regresar a la capital volvieron a llamarle las religiosas para dar tandas de Ejercicios, y salía de su retiro tres o cuatro veces al año con este fin que satisfacía a su celo santificador.
En una de aquellas tandas se desvaneció. Al recobrar el conocimiento se encontraba sin fuerzas, y hubo de interrumpir su misión. Su corazón comenzó a fallarle y le implantaron un marca pasos. Contento se encontraba don Félix con aquel aparato: hasta continuó después su actividad sacerdotal con nuevos bríos. Él me solía decir: "Me encuentro como nuevo; voy a seguir con el mismo trabajo, porque, de verdad, me han dado la solución con este aparato". Y continuó dando sus tandas y conferencias a religiosas, prácticamente hasta el mismo momento en que le llamó el Señor.
Se metió de lleno con la redacción, con el deseo de publicar, de lo sus Ejercicios espirituales. No llegó a terminar su obra porque murió "con las botas puestas", sin agonía, repentinamente. Era el 18 de diciembre del año 1999, cuando faltaba una semana para la Navidad del comienzo del año jubilar 2000.
IV
Semblanza De Don Félix
Su Perfil Sacerdotal
Podíamos resumirlo con estas palabras: "Enamorado de su sacerdocio, vivió a tope su vida de fe". Fueron la razón de ser de su existencia, los sacerdotes; pero precisamente en el aspecto de la total necesidad de la santidad del clero diocesano. Lo demás no importaba tanto. Su larga experiencia de vida sacerdotal, al tratar a tantos curas en los Ejercicios, le hacía vivir como dulcemente obsesionado con este tema de la santidad. ¡"Si fuéramos santos los sacerdotes, solía decir, cómo cambiaría el mundo"!
Era el padre Beltrán hombre de oración profunda y constante. En cuanto tenía un rato, se escapaba al Sagrario. Mi amigo José Ignacio Dallo acudió alguna vez a la Mutual del Clero de Madrid para hospedarse. "¿Sabes dónde encuentro a Don Félix?, me decía: en el Sagrario; allí está su gran rato antes de acostarse". Y allí prácticamente le sorprendió la muerte; porque, nada más subir a su habitación desde de la capilla, se sintió mal, y entregó su alma al Señor.
Tal vez lo que de verdad caracterizó a don Félix fue su sencillez y humildad. Nadie podía suponer, al tratar con él que estaba conversando con un hombre de talla intelectual más que corriente, con un hombre que llamaba la atención en sus sermones por su arrastre hacia la virtud. Hablando con el padre Beltrán daba la impresión de que tenía que aprender de todos y que el propio maestro era el discípulo; él, cargado de ciencia y de experiencia; él tan lleno de la sabiduría divina. Nunca se apreciaba en don Félix ese "empaque" que muchos hombres de ciencia o de iglesia reflejan en su vida. Era el "curica" sencillo, pequeño de estatura, gigante en la virtud.
Grande era su espíritu de sacrificio en todo. Mucho le tuvo que costar el verse en ocasiones marginado por compañeros inferiores a él en todo; pero Don Félix nunca se ponía en puestos de relumbrón ni le gustaba sobresalir. Su humildad yo creo que la asumió precisamente como un sacrificio de alabanza a su Creador. Practicaba incluso la mortificación cruenta, la de cilicios y disciplinas tan poco apreciada en estos días.
Su hermano, don Jacinto afirmaba: "En sus estancias prolongadas en Zaragoza, se pasaba horas enteras en la capilla de la Virgen del Pilar. Habitualmente rezaba las tres partes del Rosario. Tuvo un amor profundo a la Virgen María. La imagen de sus predilecciones era la Virgen de los Dolores, patrona de su pueblo Hinojosa".
Hasta el final de sus días mantuvo correspondencia con varios sacerdotes. Sus cartas eran apasionadas, al estilo de San Pablo. Su espíritu rezumaba en ellas siempre su amor a Jesús y a la Eucaristía.
Fue amante profundo de Juan Pablo II y de la Iglesia, a la que entregó su vida entera. Se podía resumir la impresión que producía en una frase que todos cuantos le trataban decían de él: "Era un santo sacerdote".
El P. Beltrán En La Santificación De Las Religiosas
Los Ejercicios Espirituales entraron en crisis en la década de los setenta. A pesar de todo D. Félix los ha seguido impartiendo hasta el final de su vida, sobre todo a sacerdotes y almas contemplativas. Por aquellos años, el Arzobispo de Madrid le encomendó el pastoreo espiritual en la vida contemplativa, sobre todo en conventos de religiosas de clausura. En aquel momento se vio precisado a abandonar el Oratorio de San Felipe de Neri. Entonces fue nombrado capellán de las Religiosas Franciscanas Concepcionistas de Las Rozas. Desde este puesto atendía no solamente a "sus monjitas", también impartía retiros y pláticas en la mayor parte de los conventos de la diócesis. Las religiosas siempre lo han recordado a pesar del tiempo transcurrido. Don Félix para estas fuerzas vivas de la "intendencia apostólica" ha sido en Madrid una institución.
Para entonces ya nos habíamos escrito más de veinticinco cartas. Nos conocíamos mucho más que esas personas, juntas a todas las horas, pero que nunca profundizan en su interioridad. Él desahogó en esos momentos su alma apenada por algo que se le echaba encima: tenía que salir de su residencia de Alcuéscar, y dudaba el lugar adonde había de encaminar sus pasos y fijar su domicilio. Este fue mi primer y último encuentro con él. Seguimos después escribiéndonos cada mes o incluso con más frecuencia.
El Libro De Don Félix Beltrán
Aparte de los folletos, en la época en que vivió en Alcuéscar, llevó a la imprenta la obra literaria de su vida: "El sacerdote de hoy y de siempre". Con emoción alegre, he leído decenas de veces el libro de Don Félix Beltrán. Son páginas de un enamorado de Cristo y del Sacerdocio. Y no se puede leer con indiferencia una obra escrita con el corazón; un tesoro de vivencia sacerdotal. Es un libro para leerlo de prisa la primera vez, porque cautiva desde el comienzo. Pero después saborearlo línea a línea con una cierta "glotonería" espiritual. He ido marcando con una cruz gran número de párrafos para repasarlos después en cualquier momento.
Libro profundo y ameno al mismo tiempo. Cautiva, anima a enamorarse de Cristo, del sacerdocio y entrega al prójimo, de la vida religiosa y apostólica. Buen regalo para unas bodas de plata u oro de vida consagrada; buen obsequio para un misacantano o para quien ha practicado los ejercicios espirituales. Me da la impresión de que el autor - sin pretenderlo - ha realizado a través de las páginas su autorretrato. Alabemos a Dios "porque se ha fijado en la humildad de su siervo". Sólo conozco al escritor a través de esta obra. Merece la pena tener consigo, condensado en cuatrocientas páginas, a un padre en la fe.
Sólo cito algún capítulo de su índice como botón de muestra: Vivencia gozosa de nuestro sacerdocio; enamorarse de Jesús; no tengáis miedo a Jesucristo; santidad sacerdotal; ministerio de la Palabra; celo pastoral; amistad sacerdotal.
El libro de D. Félix Beltrán "El Sacerdote de Hoy y de Siempre" tuvo una acogida extraordinaria y pronto se agotó. Así me dice él en una carta: "El Arzobispo de Burgos me ha pedido 200 ejemplares para darlos a sus sacerdotes; no puedo mandarle tantos porque ya no me quedan. Y en algún seminario un profesor de Teología ha recomendado el libro para los alumnos".
Su deseo era la santidad de los sacerdotes y en la campaña que juntos llevábamos centraba su ilusión y decía: "¡Si vieras cómo sueño...! Siempre pensé que tu valiente y sincero contacto con los obispos podría facilitar el movimiento nacional de santificación del clero diocesano y que ellos mismos facilitarían su labor; en fin, Dios dirá; pero nosotros lo expresamos tenazmente nuestros deseos y queremos que el deseo de los obispos coincida con el nuestro". "No sabes cuánto me alegran las cartas de contestación de los obispos; mucho nos debe animar todo esto... ¡Si les mandara el libro "echándote la culpa a ti...!" Bien dices que más que nuestra actuación será nuestra oración!
Algo Que Nos Unió
Y es que en cuanto entramos en contacto los dos, advertimos que un mismo sentimiento nos dominaba: la santidad de los sacerdotes y de las almas consagradas. Éramos conscientes de que la única solución de la descristianización actual del mundo católico se debía principalmente al poco fervor de los sacerdotes, a la menguada atención de la vida espiritual de los mismos. D. Félix había trabajado durante toda su vida en este apostolado. En la actualidad estaba retirado de su labor queriendo que su última etapa fuera contemplativa. Pero no se resignaba a la sola oración; había también que hacer alguna actividad
Va Distribuyendo Su Libro
Este libro - decía - me ha ayudado a distribuirlo a obispos y sacerdotes un apóstol seglar de Alcantarilla (Murcia) que ha repartido trescientos ejemplares. De algunos obispos tengo juicios muy favorables.
En todo momento iba con lo suyo. Convencido de que la lectura de aquel libro aumentaría el fervor de los sacerdotes, por todas partes hacía propaganda de él. Y así me expresaba: - He salido de una tanda de Ejercicios Espirituales dirigida por D. Bruno Fuentes, que está muy relacionado con la comisión episcopal del clero. Nos entendimos de maravilla; creo que tendremos en él apoyo en nuestra labor. Repartimos el libro entre todos los ejercitantes, y el obispo de aquí me ha prometido enviarlo a todos los curas de la diócesis; este obispo me quiere utilizar para esa santa misión.
Don Félix , siempre a vueltas también con su vida interior y su misión.
He dedicado muchas, muchísimas horas de mi vida sacerdotal en hablar de Dios a las almas, especialmente sacerdotales y almas consagradas. Pienso que Dios me pide ahora que otras tantas, y por qué no más, las pase hablando a Dios de los sacerdotes, de las almas consagradas, de todas las almas. Esta fue la determinación del P. Beltrán cuando marchó a su retiro de Alcuéscar para dedicarse más a fondo a la oración. Pero, aunque intensificó allí el trato con Dios, también dedicó horas a la redacción del libro de sus Ejercicios Espirituales. Estando en este "remanso de peregrinos", es cuando entró en contacto conmigo para dedicarse, en aspectos distintos, a la santificación de los sacerdotes: convencer a los obispos a una campaña seria dirigida a este fin.
Aparte de todas las cartas que escribió conmigo a los obispos, es de especial mención una en que felicita él solo al arzobispo de Pamplona, don Fernando Sebastián, por una conferencia en la que se pronunció de manera muy espiritual en el Congreso de Pastoral Evangelizadora. Al final de la carta le dice: "Usted como nadie conoce la Conferencia Episcopal Española; qué bueno sería que usted con algunos más que piensan de forma similar, promovieran a nivel episcopal una campaña seria para la santificación de los sacerdotes diocesanos".
En honor a la verdad hemos de decir que ya iniciado el siglo XXI, no consta que se haya iniciado esa campaña de una manera oficial a nivel de la totalidad del episcopado español. Es preciso seguir insistiendo, a pesar de los siete años que lo hemos hecho en conjunto.
Santidad Sacerdotal
Fue la gran ilusión, diría que la única ilusión de su vida, la santidad sacerdotal. Cuando comencé mi relación con Félix, diciéndole que había comenzado una campaña con los obispos y conventos de clausura a favor de la santidad sacerdotal, se entusiasmó. Él pensó que había topado con la ocasión humana más directa para conseguir este gran objetivo. Al disponer yo de conocimientos de informática suficientes para dirigirme en cartas personalizadas con facilidad a los obispos de España y a los conventos de clausura, pensó que se trataba de la gran oportunidad de su vida: íbamos a trabajar juntos. Al ver yo su gran superioridad moral sobre mí, deposité en él mi confianza y le invité a fuera el alma del movimiento. Así me respondía: "Vamos a aclarar quién es el alma de este movimiento por la santidad sacerdotal: ni tú ni yo; sino Jesús. Tú y yo somos solo instrumentos; unidos en Él y por Él, e identificados ambos, en Él y con Él. Quién sabe si nuestra espera ilusionada gozosa y dolorosa a la vez, nos la premia el Señor con su realización. ¡Cuánto nos tiene que animar todo esto! Cada vez estoy más convencido que para algo el Señor insospechadamente nos ha unido. En Él confiamos y de Él nos fiamos". "Con que un solo obispo se animara a hacer en su diócesis una campaña, o en un seminario, ya era para estar contentos de nuestra labor".
La santidad sacerdotal ha sido la ilusión de toda mi vida, solía decir don Félix; mira por dónde, ahora, al final, quién sabe si con tu ayuda lo podré hacer. Solamente te diré que Don Vicente Lores, General entonces de los Operarios Diocesanos, en pleno Concilio, me quiso pagar el viaje a Roma para haber hablado a los obispos españoles de ese plan. No llegué a realizarlo, pero mi vida ha estado dedicada personalmente a esta misión de animar a nuestros sacerdotes a ser santos como una condición necesaria para la salvación de las almas. Con estas palabras me animó varias veces: A mí también me ilusionaba comunicarme con la comisión episcopal del clero. ¿Por qué no puedes ser tú el medio de esta comunicación?
La Gran Iniciativa De Don Félix
Don Félix Beltrán desde la casa "Oratorio de San Felipe de Neri" planeó algo que fue la niña de sus ojos: la fundación de obra "Amigo del sacerdote". No pudo llevar a término la ilusión de su vida, pero él la vivió a tope, siendo el amigo, el animador, el confidente de los sacerdotes. Esta obra comenzaría a existir precisamente en el Oratorio de San Felipe de Neri, en Alcalá de Henares, y tendría un cierto anonimato, es decir funcionaría sin alarde de ninguna clase, ni siquiera sería nombrada como obra nueva o iniciativa; simplemente comenzar a actuar según la idea que a continuación se expone. Se trata de ser efectivos en la santidad de los sacerdotes. Si la cosa iba cuajando y tomando volumen, podría considerarse como una nueva Obra: después del éxito inicial.
La Obra En Sí
Merece la pena dedicar al clero la porción más escogida del mismo. Es preciso iniciar un movimiento para la santidad de los sacerdotes. Y la santidad de los sacerdotes se ha de lograr por medio de los sacerdotes. Quiso Don Félix Beltrán organizar una asociación de clérigos que se llamara la Obra "Amigo Del Sacerdote". ¿Quiénes pertenecerían al grupo animador? Curas que sepan remontarse a la altura más encumbrada espiritual, y que sepan ser amigos de verdad de sus compañeros. Y cada uno de los componentes de esta asociación había de ser para su compañero de ministerio, el amigo a quien se le comunica en confianza lo más íntimo: las fuentes de ilusión y de tristeza, todo cuanto le preocupe, sus aspiraciones e ilusiones... Encontrarán en él un abrazo, un aliento en el fracaso, auxilio en cualquiera necesidad y, si hiciera falta, también ayuda económica.
No pretendía Don Félix un verticalismo en este movimiento de santidad sacerdotal. Su deseo es que brotara de la misma base; del grupo de curas alentadores. Sus miembros han de estar muy preparados en todos los órdenes, sobre todo en santidad. Ciencia, sí, pero sobre todo mucha humildad, mucho amor; y mucho tacto, prudencia y don de gentes; y por encima de las cualidades humanas, mucha santidad. Aunque puedan parecer estos animadores hermanos mayores, han de aparecer siempre como pequeños.
No se trata de frailes, porque no gusta verse influenciados por gente extraña. Solución total es que quien va a sus compañeros se sienta cura del todo y amante de todo lo relativo al grupo, sin que se trate de capillismos. Así pues, habría que ser no frailes, y diocesanos en cierto modo, según luego decimos; independientes del obispo, pero a su servicio para esta finalidad específica: LA SANTIDAD SACERDOTAL.
¿Diocesanos sí o no? Sí, porque estos sacerdotes han de salir de las filas del clero diocesano; sí, porque solo por amor al clero diocesano harán el sacrificio de la diocesanidad aparente externa, y tendrán que vivir entregados al obispo de la diócesis. Este amor al clero les hará vivir la entrega más total. Pero en realidad no diocesanos. ¿Por qué? Porque se necesita una entrega total y exclusiva y absoluta que no se puede llevar a efecto teniendo un cargo como medio de vida. Por otra parte, si fueran diocesanos, podría surgir la envidia de que en el fondo lo que pretendían estos curas del movimiento espiritual sería medrar. Además convendría que estos amigos del sacerdote existieran en todas las diócesis. Es preciso, por consiguiente, que jurídicamente no sean diocesanos.
Para ser eficaces en toda nuestra labor ha de correr por nuestra venas la vida de Cristo, la gracia, la santidad heroica que no se contenta con medianías, ni dice nunca basta, sino que aspira y tiende a lo más alto. En esta vida interior está el secreto de la eficacia. No puede ser una obra de sacerdotes mediocres para lograr sacerdotes santos. El mejor y casi único apostolado sería el ejemplo, el de la palabra que sale saturada de Dios, aun cuando se hable de los asuntos más triviales. Si está lleno de Dios, arrastrará detrás de sí. A ellos nada se les puede decir que no sepan; por eso se les influirá a través de una vida sacerdotal santa.
Así pues, la característica de estos sacerdotes ha de ser la caridad, fruto del trato asiduo con en la oración con el Señor; amor al sacerdocio de su Cristo y al suyo propio; conscientes de lo que la proyección de este sacerdocio lleva consigo sobre la hostia de su Misa y sobre las almas; victimación con Él, servicio y entrega hasta dar la propia vida.
Los sacerdotes han de ser para ellos el mismo Cristo; tratarlos como a Cristo mismo, servirlos y amarlos como a Él. Este servicio nadie se lo va a pedir, pero se irá consiguiendo por medio del contacto ministerial. Con ocasión de unos ejercicios, un sermón, una sustitución, unos días de convivencia, se aprovechará para ganar la confianza del sacerdote amigo que predispone para esa la petición de esa ayuda espiritual que se trata de dar.
Como curas amigos ya tienen solucionado el problema económico, no cobrarán ningún estipendio por servicios prestados a sus compañeros. Y al no ser diocesanos, no existen los peligros de ser juzgados con envidia ni nada parecido. Estos curas amigos podían ser los encargados de impartir los retiros Ejercicios Espirituales, etc. Para tener ya a través de estos actos los primeros contactos con sus compañeros.
Para ser eficaces en toda nuestra labor ha de correr por nuestra venas la vida de Cristo, la gracia, la santidad heroica que no se contenta con medianías, ni dice nunca basta, sino que aspira y tiende a lo más alto. En esta vida interior está el secreto de la eficacia. No puede ser una obra de sacerdotes mediocres para lograr sacerdotes santos. El mejor y casi único apostolado sería el ejemplo, el de la palabra que sale saturada de Dios, aun cuando se hable de los asuntos más triviales. Si está lleno de Dios, arrastrará detrás de sí. A los sacerdotes nada se les puede decir que no sepan; por eso se les influirá a través de una vida sacerdotal santa.
Había de vivir el grupo de "sacerdotes amigos" en comunidad para animarse constantemente en la vida espiritual y compensar el desgaste de la actividad exterior.
Su Finalidad
De la santidad de los sacerdotes diocesanos depende la salvación del mundo; ésta era la idea que llenó la vida entera de Don Félix Beltrán. Y su lema fue: "Omnia pro eis" . Todo por los sacerdotes. Con esta frase encabezaba todos sus escritos.
Para el sacerdote resulta enervante el clima de monotonía, el ir cumpliendo por salir del paso, el agobio en ciertas fechas...
La característica de los individuos de esta obra ha de ser su amor al clero al que se entregan; por eso su labor será efectiva, porque ha de ser afectiva. De lo contrario, el fracaso es seguro. Don José María García Lahiguera miró con mucha simpatía esta iniciativa y la apoyó. Sin embargo, no sabemos el porqué no logró cuajar.
Por otra parte, la finalidad esencial de este movimiento es la ayuda espiritual del clero; ser como directores espirituales del sacerdote, porque el mismo sacerdote lo pida, no por imposición; necesita de la ayuda precisamente porque la mayor soledad del cura es la espiritual, una auténtica amistad espiritual. Pero este influjo requiere el más completo anonimato; los "aires" de maestro repelen, y al sacerdote hay que influirle sin que él lo note que le queremos influir. Es necesario que él sea quien pida esa ayuda espiritual. Y la caridad en obras, los favores, es lo que predispone a esa amistad. Darle una misión, un sermón, suplirle en una ausencia, cualquier favor que necesite el cura... y de forma gratuita, eso le llega al alma al compañero sacerdote. A la vez, y como objetivo principal, se procurará ganar su confianza, como preparación para un influjo espiritual, que, sin precipitación hay que conseguir. Nuestro papel será, como el del samaritano, hacer como quien no quiere la cosa, pasar desapercibido.
Es preciso ayudar a los curas sin humillarlos, y para eso hay que saber hacerse el menor de todos. Los sacerdotes en esta obra de "Amigo Sacerdote" tienen que saber hacerse el menor de todos. Cuando se trata de enseñar corregir, es preciso hacerlo sin que lo parezca, o cuando se tenga totalmente ganado el corazón del compañero por la amistad.
El clero parroquial, de una manera especial el rural, puede disponer de estos sacerdotes cuando lo desee y siempre gratis.
Cada obispo en su diócesis tiene que formar promotores que, humildemente, sin etiquetas ni cargos, contagien de espiritualidad masiva a todos los sacerdotes; empezando por el Seminario.
Problemas
¿Una dificultad? Que pueda parecer un especie de clero selecto, de primera categoría, frente a la masa clerical; esto llevaría al fracaso la obra. Las tentativas en este aspecto han gozado de poca simpatía entre los curas precisamente por esta especie de categorías en el clero; por un modo de antipatía de casta; aparecer como dependientes del obispo, también se vería mal entre el clero.
Nota: De la Carta de don Félix Beltrán a D. Pedro Marín, director espiritual de la Universidad Pontificia de Salamanca extractamos estos apuntes.
V
O Santo O Nada
La Santidad Su Gran Estímulo
Que nadie me aventaje en amar al Señor, pero que yo tampoco aventaje a nadie. Creo que la oración sacerdotal nos obliga a ello respondiendo al deseo sacerdotal de Jesús sacerdote. Nosotros, de verdad, los primeros, pero para llevar a todos los demás con nosotros, no detrás, sino con. Así solía decir reiteradamente el padre Beltrán cuando hablaba o cuando escribía a sus amigos.
Dio muchos pasos en su vida para lograr esa santidad para los sacerdotes: centenares de tandas; miles de cartas y visitas; oración propia y petición de oraciones en este sentido. Entrevistó también a distintos obispos pidiendo un plan concreto en la diócesis para fomentar esta santidad sacerdotal. Uno de quienes le recibió fue don José María García Lahiguera. Después, el mismo Beltrán concretó algo de su proyecto en escrito que le envió a este señor obispo, cuyo proceso de canonización está en marcha. Copio algunos párrafos de aquella carta:
Creo, dice, que una cualidad fundamental en los sacerdotes que tengan esta misión de conseguir la santidad sacerdotal es la caridad afectiva hacia los compañeros en el ministerio. Me atrevería a copiar el "hablo como necio" de San Pablo y decir de mí mismo: Ésta me la ha hecho sentir el Señor de verdad y siempre. Los curas que me trataron en mis años de la Sierra saben lo que yo era para ellos: el auténtico compañero que a nada se niega, que a todo se presta; y le he de manifestar el gozo íntimo que he sentido sirviendo al sacerdocio... Jamás admití ninguna remuneración que hubiera de salir del bolsillo del señor cura.
No siempre se interpretó bien mi servicialidad. Sé que se atribuyó que lo hacía por cansancio del pueblo, afán de fama o de lucro. Dios sabe que era mentira: que ninguna de las tres cosas era cierta, pues jamás acudí a ningún lugar donde no fuera llamado sin ofrecerme; lo mismo asistí a pueblos grandes que a pequeños. Habré cobrado estipendio en 12 ó 15 tandas de los 65 Ejercicios Espirituales que llevo dirigidos hasta la fecha.
Quien lea estos párrafos sin haber conocido a Don Félix Beltrán personalmente, pudiera pensar que se trata de una forma altiva de escribir, pudiera creer arrogancia o quizás soberbia refinada al tomar la frase de San Pablo como inicio de su argumentación. Nada más lejos de ello. Don Félix es el sacerdote más humilde de cuantos he conocido, y he conocido y tratado a centenares y tal vez millares. Bastaba conversar con él durante unas horas para convencerse de ello. Pienso que es difícil superarle en humildad. Era de lo más sencillo, amistoso y caritativo. Quien estaba junto al padre se sentía persona importante. La frase de san Juan Bautista refiriéndose a Jesús: "Es preciso que Él crezca y que yo disminuya", parece que el Beltrán la había asimilado de tal manera que la aplicaba a cada uno con cuantos conversaba. Daba la impresión de que deseaba te sintieras superior a él.
Y don Félix Beltrán siguió siempre ofreciéndose, siempre en servicio, siempre mendigando hacer pequeños favores con una humildad sencilla, normal y encantadora. Ofrecerse, volver de nuevo a ofrecerse; unos lo acogían, otros no. Siempre mendigando darse.
O Sacerdote Santo O Nada
Y le añadía estas afirmaciones a Mons. García Lahiguera: Tengo asimilado el principio tantas veces repetido: "O sacerdote santo, o nada", y como en mí no cabe esa "nada", pues sin más opción, "sacerdote santo". Sí, señor obispo, el criterio lo tengo perfectamente asimilado del suyo, y eso me lleva a soñar en la posibilidad a que todos vivamos nuestra santidad sacerdotal.
Sepa creerme: no me dejo ganar de ningún sacerdote en el amor al sacerdocio y concretamente diocesano, y por él estoy dispuesto a sacrificarlo todo... y sólo por ayudar a que lo vivan totalmente mis hermanos es por lo que sueño todo esto. No busco mayor perfección en ningún otro estado distinto. Busco lo que creo es la voluntad de Dios en el orden a este mismo sacerdocio diocesano.
Y le añade al señor Obispo: No tendría para mí gran dificultad el abrirme camino en nuestro clero si me facilita el contacto previo en Ejercicios Espirituales, retiros, etc. Creo que mi amor inmenso al sacerdocio me inspiraría el trato de caridad y cariño que tanto abre los corazones, y más el sacerdotal. Mi propio modo de ser sencillo, sin empaque, me facilitaría el camino. Los aires de santidad, repelen; y, claro, los aires de santidad no son la santidad.
Este modo de hablar solo pueden utilizarlo los comediantes o los santos. El padre Beltrán era un santo, no un comediante. Quienes lo trataron lo pueden testificar.
La ilusión de don Félix durante toda su vida fue dedicarse a fomentar la santidad entre los sacerdotes y almas consagradas; esa era su razón de vivir. Por eso, en los últimos años de su existencia estuvo tan unido conmigo, porque por caminos muy distintos, la Providencia nos llevó a ambos a esa misma ilusión de apostolado.
En una conversación que mantuvo con el obispo García Lahiguera le preguntó éste: "¿Tú crees que esa misión llena la vida de un cura?" Don Félix Beltrán no lo dudó y le respondió: - Creo que si la cosa cuaja, qué duda cabe que llena la vida de un sacerdote y de varios. Y le aseguro que, aunque de momento no fuera factible la idea principal, no quedaría vacía mi vida de ministerio. Mi prisa por resolver: tengo la convicción de que esto se hará, que es necesario que se haga; siento la obligación moral sobre mí, de esforzarme cuanto pueda porque esto llegue a una realidad.
Cuando nuestro sacerdote definía estos proyectos, tan sólo contaba 33 años, y ya lo vivía desde hacía varios. Toda su existencia terrena quiso ser el desarrollo de esta ilusión. Trabajó con toda su alma. Sus éxitos, desde el punto de vista individual, no cabe duda de que fueron pingües; no en vano pasaron por sus Ejercicios Espirituales alrededor de ocho mil sacerdotes, almas consagradas y seglares comprometidos. En el aspecto colectivo, ambiental, nada consiguió. Más bien, cuando llegó la década de los setenta, parecía que todo lo relativo a perfección y santidad se venía abajo en el ámbito clerical. A pesar de todo, su voz profética seguirá resonando. Esta fue su ilusión esperanzada: la santidad del clero diocesano. Este fue su dolor íntimo, el no poder influir más.
Sacerdocio, santidad sacerdotal, enamoramiento de Dios: ideas éstas que llenaban todo el clima espiritual de la existencia de don Félix. Y así pensaba y afirmaba en sus cartas: - Qué maravillosa doctrina la del enamoramiento de Dios a través de Jesucristo. Piensa que la Santísima Trinidad no es ni más ni menos que una relación de enamoramiento del Padre y del Hijo, entre los dos, por vía de conocimiento; y el Espíritu Santo es ni más ni menos que ese amor que se tienen. Y piensa que el Señor quiere establecer eso mismo en todas las almas sin excepción. En todos los estados en que Dios coloca a las almas, se puede llegar a ese enamoramiento. Y piensa que ahí radica nuestro celo...
Todo De Una Manera Sencilla
Pero nuestro amigo el sacerdote de sacerdotes no pretendía vías extraordinarias para la santidad del clero, y solía decir: Las apariciones son posibles, pero no son necesarias. Solamente los frutos producidos serán el argumento de su autenticidad. La Iglesia si le constara que son falsas, lo dice; pero aunque le constara que son ciertas, nunca lo dirá. Cuánto bien nos hace recordar la divinización que Él trae para nosotros, y ojalá lo sepamos comunicar a tantos hermanos nuestros que tanto se "humanizan". Hemos de imitar a Jesús en su divinidad, como Él ha querido imitarnos en nuestra humanidad. Eso es fervor sacerdotal.
Es preciso fomentar en el clero la vida interior, añadía. Recordar la ilusión con que fuimos a la Ordenación. Y Jesús es el mismo entonces que ahora. Por eso aseguraba don Félix: En nuestra entrega total entran también nuestras limitaciones que nos dan ocasión de fomentar nuestra humildad y nuestro deseo de superarlas por Él. Pero de estas debilidades nos hemos de levantar enseguida. Recuerdo la sencilla frase de santa Teresa del Niño Jesús: justificaba el sueño de la oración que no era pereza con aquella salida tan infantil, pero tan profunda: "Los niños igual agradan a sus madres dormidos que despiertos". Ni tú ni yo podemos dudar que estamos siempre hirviendo de amor a Dios.
Oyendo hablar al padre Beltrán y leyendo sus líneas, uno se llena de emoción y de ganas de ser santo.
Una Carta Que Me Hizo Vibrar
Me escribió una carta que medité mucho. Cada línea es un mundo voy a ver si la transcribo por partes, porque merece la pena: Es mi carta de primavera, me dice, contestación a la tuya. Vamos a animarnos mutuamente a servir al Señor cada día con más alegría y confianza; de su paternidad nunca se abusa. Pasa Jesús por alto todas nuestras infidelidades y las perdona si las reconocemos y lamentamos con humildad. Ellas son para nosotros fuente de mayor humildad, no de humillación. Y nos preparan a vivir totalmente entregados y a sentir en nosotros la evidencia del amor de Dios misericordioso. Saboreamos agradecidos el amor misericordioso el amor que nos tiene y no nos deja tiempo a pensar en el nuestro que de hecho lo estamos ejercitando al pensar en el suyo.
En este sentido es saludable el temor a la tibieza que nos hace no tenerla, en cambio poseemos su contrario que es el fervor, el constante deseo de amarle y agradarle. Yo te aconsejaría no tanto la preocupación cuanto la ocupación; la primera inquieta porque es el "yo" el centro de atención; la segunda da paz, porque es "Él" nuestro centro de atención.
Santa Teresa del Niño Jesús desde los tres años no recordaba haber negado nada a su Amado. En la más terrible noche oscura que aceptaba, todavía facilita más esa presencia vivida, no sentida de Dios.
¡Somos los preferidos del Señor con ese sacerdocio que nos invade! No busquemos los consuelos Dios, sino al Dios de los consuelos; no busquemos nuestra santidad, sino la de Él en nosotros. No nuestro gozo, sino el de Él, que además es el mismo. Gozo "haciéndole" como Él se goza en mi felicidad... Que no seamos recitadores de lecciones, sino que se hable desde dentro, de algo experimentado y vivido. De esta forma simbiotizamos nuestro apostolado.
Cómo Vivir Con Fervor Sacerdotal
Ésta era la manera de animar a quienes a él se acercaban: Siempre de estreno y siempre a tope; y sin embargo, nunca basta, porque la capacidad del alma va aumentando con la gracia; por eso, hoy más que ayer, pero menos que mañana. Pero ayer y hoy y mañana, a tope. Y hemos de sufrir la limitación de nuestro poder con la ilimitación de nuestro desear, que luego se hace realidad con el poder de Dios. Así animaba a cuantos con él se relacionaban.
He escuchado varias veces unas cintas casetes que me envió una tanda de Ejercicios Espirituales a unos estudiantes próximos al sacerdocio. Era emocionante el tono de su voz. Hablaba con emoción; hablaba desde su experiencia de Dios. Nunca para él el ministerio de los Ejercicios era mera repetición. No hubiera podido aguantar la rutina su psicología enamorada en todo momento de lo santo. Por eso afirmaba:
Nosotros no somos protagonistas ni siquiera de nuestras miserias tan amorosamente por Él planeadas, porque hacían falta para ganarnos el Corazón a ese precio. Bien es verdad que ese precio lo hemos hecho necesario, pero la compensación buscada y deseada por Él de este proceso desemboca en este otro... Es verdad que en medio de la mayor sequedad no te aburres y te encuentras a gusto. Verás cómo en las de Dios no rigen las matemáticas. Te he de decir que cuando se narran las cosas de Dios nunca se exagera; la más pequeña de las suyas, es grande. Reconocer su grandeza es precisamente nuestra grandeza recibida, reconocida y retornada. Como sólo el santo ejemplariza, el que no es santo, y en la medida en que no lo es, escandaliza.
Quienes le escuchaban en Ejercicios Espirituales, salían encendidos. Quienes hemos leído sus cartas, terminábamos animados a perseverar. ¡Sus cartas! Utilizaba para ellas una máquina tradicional. Las redactaba a todo meter. Estaban cuajadas de faltas dactilográficas cuando las enviaba a un amigo, porque no escribía con los dedos, sino con el corazón que le bullía a borbotones en espiritualidad y quería comunicar con toda rapidez su ánimo lleno de fervor y amor a Jesucristo.
Don Félix es una persona irrepetible: el sacerdote de los sacerdotes, el hombre lleno de Dios, el gran animador en la fe; el religioso más ferviente.
El Sacerdocio
Para D. Félix Beltrán el sacerdocio fue la niña de sus ojos, y en concreto los sacerdotes eran sus amigos, los seres privilegiados de quienes dependía principalmente la gloria de Dios y la salvación de las almas. Siempre estuvo en contacto con ellos y su mayor ilusión fue entrar en comunicación con los obispos.
El padre Beltrán pasó su vida dando Ejercicios Espirituales a sacerdotes, religiosas y almas consagradas, pero no se contentaba con esto. Siempre soñó con organizar a nivel nacional e incluso mundial grupos de sacerdotes que sin dejar de ser diocesanos fueran un poco líderes y encargados de fomentar la santidad sacerdotal entre sus compañeros. No consiguió, en la etapa de "mayor producción" de su vida, llevar a la realidad este sueño: una institución de sacerdotes para conseguir la perfección evangélica propia y de sus compañeros. Pretendió en su ancianidad en contacto conmigo convencer a los obispos para que se introdujera esta maravillosa iniciativa.
Era don Félix de talante profundamente conservador. Pero era sobre todo hombre de Dios. Por eso no dudó, una vez que me conoció y se enteró cuál era la ilusión de mi vida: la santidad de los sacerdotes y almas consagradas, entrar en contacto conmigo, puesto que ése era el fin de su vida en este mundo: la santidad del clero diocesano. Sin ningún prejuicio hacia mi persona, a pesar de haber obtenido dispensa de celibato para contraer matrimonio. Los dos hemos trabajado durante siete años en esta sencilla, pero gran empresa: fomentar entre los conventos contemplativos la campaña de oración por la santidad del clero; mover y convencer a los obispos hacia esta tarea, a nuestro juicio la más urgente hoy en el mundo católico.
El padre Beltrán no tenía medios disponibles para esta acción, porque se requería el dominio de la informática a fin de poder llegar con facilidad a cada uno de los obispos. Cuando se encontró conmigo, se le abrieron nuevas perspectivas, revivió con fuerza lo que había sido su ilusión desde la juventud. Enseguida entró en comunicación con su obispo, el Cardenal Rouco de Madrid y le decía:
- La Providencia me hizo conocer a José María Lorenzo; y la perfecta sintonía con él en ideales sacerdotales me movió a unirme a él en la iniciativa que, brotada de su corazón, había iniciado ya. Se trata de una campaña de oración por la santidad de los sacerdotes, dirigida a las religiosas de clausura que, porción orante de la Iglesia como son, resultan las más indicadas para alcanzar de Dios esa santidad sacerdotal.
Y sigue en la misma carta a Rouco: Hace tiempo ya venía yo mismo con esta gran ilusión y entré en diálogo con el cardenal Suquía. Le envío copia de la carta que en su día le escribí a ese señor Cardenal. Ahora me encuentro en Alcuéscar...
Y me decía a mí mismo don Félix estas palabras: - Esta presentación nos puede dejar paso para trabajar a los propios obispos a que asuman como su única ocupación el cuidarse de la espiritualidad de sus sacerdotes.
Quería Vivir Para Conseguir El Sueño De Su
Existencia TerrenaDeseo que Dios me conceda muchos años para dedicarlos a mis hermanos los sacerdotes a los que tanto quiero. Dios quiso que a ellos pastoralmente haya estado dedicado en la dirección de Ejercicios Espirituales. Dios sabe lo que he gozado en ello y con ellos. Tanto que no sé si gozaré más en el Cielo; por eso no es extraño que no tenga prisa en llegar allá, tanto más cuanto el gozo pastoral y mi entrega a ellos, y a través de ellos al Señor, aumentará su gloria y mi gozo en Él. Por eso suelo decir que miedo a morir no tengo, pero prisa tampoco.
VI
El Sacerdote Apóstol
Lo mismo que toda la vida de nuestro santo sacerdote era oración, también era apostolado, porque no se puede concebir la una sin el otro. Hoy parece que en algunos sectores se desea descafeinar esta palabra y adoptar la sigla laica de ONG. Muy buenas suelen ser gran parte de estas instituciones del mundo de los seglares no politizados, mas para don Félix, hombre de Dios, las palabras verdaderamente cristianas, consagradas por el uso de muchos siglos, son "apostolado", "evangelización", "obras de caridad". Él siempre vivía con la ilusión de hacer algo por el Reino de Dios, y por eso me decía en una carta:
Sabes que en todo apostolado en algún modo engendramos a Cristo en las almas a las que damos el buen mensaje con nuestro testimonio. Que todo el que me trate se lleve algo de Jesucristo. ¿Y no es ya recibir un gran premio el hecho de que alguien se pueda llevar algo de nosotros? En algún artículo dirigido a religiosas les he hablado de la maternidad virginal de ellas y de la virginidad conyugal.
Cada vez - asegura - me dan más pena las almas que no aman a Dios y no se sienten amadas por Él. Por eso aquel "me gastaré y me desgastaré por vuestras almas" de San Pablo. Sí, aceptemos como verdad que Dios llama a la vida contemplativa a todas las almas... y somos nosotros los encargados de comunicar esta maravillosa realidad.
Y termina: Cómo compensa Dios nuestro trabajo con un fruto tan desproporcionado en el que no cabe la entrada de la vanidad. ¡Cómo nos tiene que animar a seguir trabajando! Además, nuestro trabajo no hace más que facilitar al Señor que haga el suyo; y por supuesto, nuestro trabajo es el suyo. Concretando esto al tema de Ejercicios Espirituales, puedo decir que yo no soy el protagonista en ellos, es el Señor. No vengo a examinarme de mi amor, sino del Señor; y contemplando y reconociendo, lo estoy amando.
Todo esto son palabras que brotaban de su corazón ardiente y deseoso de hacer el bien. Siempre tenía la necesidad de comunicar el mensaje del Evangelio: por escrito, de palabra, en la oración, en el trato con todas las personas. No era de aquellos que se juntan con otros para pasar el rato, como recurso para paliar su soledad. No. El padre Beltrán iba siempre al grano: hacer el bien; llevar el mensaje del Evangelio. Pero nunca con aire de superioridad. Nunca como el millonario que da limosnas con gesto altivo. Don Félix sabía de sí mismo que era el principal beneficiado de la propia acción apostólica. Por eso se mostraba agradecido de aquellos a quienes beneficiaba; sabía que era mutuo el beneficio y que el Señor unía ambos en algo por encima de la amistad. Dándose, recibía. Y nunca tenía uno la sensación de ser el discípulo que aprende. Don Félix siempre parecía ser el aprendiz. La humildad era como la salsa de su apostolado.
Celo
Algo que llamaba poderosamente la atención en el P. Beltrán era su celo por la salvación y santificación de las almas. En cualquier lugar donde preveía que podía hacer algún bien espiritual y temporal, allí estaba él. Lo mismo en un convento para hablar a las monjas o en un grupo de obreros a quienes dar un mensaje del Señor, que en una reunión de seglares que deseaban vivir su fe o en la carta a un sacerdote o seglar. Él quería llevar a Dios a todas las partes. No sosegaba, aunque, eso sí, disfrutaba de gran paz interior.
Uno de los santos por quien sentía mucha admiración o devoción era Francisco de Asís. En una de sus cartas, refiriéndose a él me decía: El amor no es amado; era el grito de San Francisco de Asís. Era el único tema de su predicación, y ¡cómo conmovía a la gente y les contagiaba del amor a Dios que no podía disimular... Enseñar a todas las almas a hacer oración es nuestra empresa. Solo cuando se aprende a tratar con el Señor es eficaz nuestra fe. La Iglesia no está establecida mientras toda la gente sencilla no aprenda a tratar al Señor. La Iglesia no es cuestión de generales; es de soldados rasos, dicen un autor. Es maravilloso amar al Señor y hacerle amar; tú también lo sabes por experiencia. Pienso como tú que Dios llama a la santidad y a la mística a todas las almas y es obligación nuestra hacerlo saber a todos sin complejos de ningún género. Y si hablo de la santidad nuestra sacerdotal es porque la hemos de comunicar a los demás. Ya sabes mi frase: "Que nadie me aventaje a amar al Señor, pero que yo tampoco aventaje a nadie. Todos tenemos el primer puesto; todos cabremos en él".
"Ayudar A Alguien A Ser Mejor!"
Este frase gustaba mucho a nuestro amigo Félix. Sí, es una maravilla ayudar a otros a ser mejores, por eso, al estilo de San Pablo podía exclamar: "Me gastaré y desgastaré por la salvación de vuestras almas".
Y me insistía en sus frecuentes escritos: Vamos a trabajar para que nuestros hermanos no sientan el vacío; Dios lo puede llenar; Dios lo quiere; y sólo Él lo puede hacer, para que así no busquen sustitutivos, cualesquiera que sean. Que Dios no necesita ayuda de ningún sustituto para llenar el corazón sacerdotal.
Su celo era incansable hasta en su edad madura, porque su ilusión, en lugar de ir a menos, como suele ser bastante frecuente en almas que viven de las rentas, iba a más, a más.... como los santos que crecen en santidad. Y así me decía en relación con unas jornadas de espiritualidad que tuvo en un pueblo: En Montejo hablé durante seis días once veces en cada jornada, algo así como diez horas, y sin una mala afonía. He estado así meses enteros sin parar.
Esto no se puede hacer más que por afán de lucro o por un celo, un amor a Dios y a las almas devorador. Por lucro no lo hacía el padre Beltrán, por supuesto, porque para él eso del estipendio le venía de lado. Si le daban algo, lo cogía; así podría pagar alguna edición de un folleto; si no le daban nada, feliz también, porque de lo que se trataba era de hacer el bien.
Aun Después De La Afección Cardiaca
La afección grave de corazón, que el año 1995 hizo presa en Don Félix, no le acomplejó. Después que le colocaran un marcapasos me comentaba: - Me encuentro perfectamente bien. Hoy mismo le preguntaba al doctor si puedo ir a Zaragoza unos días con mi hermano, y me ha dicho que sin duda ninguna. Le pido al Señor que me haga serle fiel; lo nuestro tiene que seguir adelante. Cada obispo en su diócesis tiene que formar promotores que, humildemente, sin etiquetas ni cargos, contagien de espiritualidad masiva a todos los sacerdotes; empezando por el Seminario.
La semana próxima tengo unas conferencias cuaresmales en una parroquia de Madrid; sólo un acto general a la noche; pienso imitar a esa catequista sevillana que se quedaba una hora delante del Sagrario antes de impartir su catequesis; una hora delante del Señor pidiéndole que Él hable por mí. Ya he iniciado mis pláticas a algún convento de especial amistad y recuerdo. Ya les dije que hablaría a los fieles como les hablaría a ellas, descubriéndoles que también ellos están llamados a la vida contemplativa, porque están llamados al amor de Dios. Quiero enseñarles a amar al Señor. Claro que les hablaré del pecado, pero antes, del amor; que sólo a través de él se desprecia y combate el pecado. ¿Por qué negar al Señor el gozo que las almas le darían si le amaran, y por qué privar a ellas del gozo que para ellas supusiera este mismo amor? ¡Solamente los sacerdotes enamorados de Jesús podrán ser felices y hacer felices a los demás!
Tampoco le gusta a Don Félix jugar con su salud o abandonarse; y me dice al respecto que practicaba periódicas revisiones de su corazón. En cuanto a sus deseos de vida contemplativa, nunca fue exclusivamente contemplativo; no pudo tomar para sí del todo "la mejor parte". Vivió una vocación mixta: orar y dar a los demás el fruto de su contemplación.
En la revisión - me dice en una carta - me han encontrado perfectamente. Siempre pedí al Señor la oportunidad en mi jubilación de pasar tantas miles de horas hablando con Él como pasé hablando de Él, pero que en este tiempo también me dejara hablar de Él como antes; y me da la impresión de que ambas cosas me las está concediendo. Pide al Señor que me conceda la gracia de serle fiel.
¿Quién sabe? Tengo cierta esperanza de poder realizar aquello que tú sabes que me propuse en el año 1952. Y ahora con más razón. Se trata del cuidado de la espiritualidad y de la santidad del clero diocesano. ¡Cuánto lo necesitamos en este mundo tan desacralizado, que tanto nos necesita por eso mismo! Y Dios lo quiere.
Cada día siento más ganas y necesidad de hablar de Dios; pido al Señor que me dé esa oportunidad. De salud, perfecto. El marcapasos, hasta dentro de un año no tengo que volver a revisión; me han hecho un análisis de sangre, y todo en perfecta normalidad.
Admira El Apostolado De Su Hermano
En Zaragoza he estado unos días muy felices con mi hermano y con la Pilarica. Mi hermano también me hace mucho gozar con la labor pastoral familiar que está desarrollando en otro campo. Miles de alumnos han pasado por sus manos, y fruto de ello, se pasa la vida, amén de dos horas diarias en el confesonario en el Pilar, en bodas y bautismos, y con padres de alumnas a quienes ayuda en su vida. También fue profesor del Seminario; el nuevo obispo auxiliar fue alumno de él. Para que me animes con tu oración quiero y planeo enviar a algunos obispos de confianza aquel proyecto de que te hablé de formar grupos de sacerdotes dedicados totalmente a ayudar a sus compañeros presbíteros en su vida espiritual. En aquellos años se me murió el obispo que tenía decidido comenzarlo en su diócesis.
Hasta El Fin De Su Vida
Cinco meses antes de partir a la casa del Padre estuvo Don Félix en una residencia veraniega de tercera edad haciendo de capellán y hablando con fervor juvenil a aquellas personas ancianas. Su predicación arrastraba también ahora como en su juventud. Afirmaba que Dios le había hecho gozar enormemente en esta ocasión, porque veintiocho doncellas de avanzada edad, pero a las que Dios ha querido enamorar más intensamente, sería para llorar de alegría. "Una sencilla charla - oración diaria brotaba de mi corazón y de un modo especial me inspiraba el Señor. Es nuestra misión: enamorar de Cristo a las almas".
Quince días más tarde volvió de nuevo a la colonia de ancianas de tercera edad. - No te puedes hacer idea del bien que me ha producido esta actuación. Me ha urgido de modo especial a continuar en nuestra labor de santidad sacerdotal como sea.
Le ilusionaba en los últimos meses de su vida volver a los tiempos de su juventud para animar a las religiosas en la campaña por la santidad de los sacerdotes: - Presiento que volveré a mi labor con las religiosas; ya he comenzado y soy aceptado. Mi salud me incita a interpretar que Dios quiere de mí esto. Me pondré en contacto con e vicario de religiosas. Así escribía tres meses antes de morir.
Los días siguientes siguió preparando su plan para dedicarse a la campaña de santidad sacerdotal exhortando a las religiosas de Madrid. Se sentía con fuerza y con ilusión juvenil. Atrás quedaban los años de Alcuéscar de vida retirada y contemplativa; en su alma siempre joven, se mostraba querer compaginar la vida contemplativa con la activa. Más horas de oración; mucho madrugar para ello y acostarse no demasiado pronto. Él era el primero en entrar en la capilla y el último en salir.
Su último año fue como un hervor sobrenatural: oración sin fin; entregarse al apostolado de la vida contemplativa; escribir el libro de los Ejercicios Espirituales y reeditar el maravilloso de "El Sacerdote de hoy de siempre"; todo lo llevaba en el alma, pero con paz, con mucha paz aunque no llegase a todo. El 3 de octubre de 1999, se puso en contacto con la empresa espiritual - editorial "Mensajeros de Vida" de Santander que ya le había publicado varios folletos: "A su disposición están mi persona, mis escritos y mi dinero si lo tuviese; les puedo decir que pido al Señor me dé el dinero, aunque sea a través de la lotería, con la promesa escrita de que sólo lo emplearía en estas cosas". Anteriormente le habían publicado varios folletos; entre ellos: "Patrono y obrero" y "El celibato".
Sufría Por Y Con La Iglesia
Verdaderamente es lastimosa la situación de la Iglesia, y que tanto nos tiene que estimular para agradecer al Señor el don de la fe, y a Él hemos de pedirle la fidelidad con que hemos de servirle, que se ha de manifestar en la valentía con la hemos de proclamar con las obras, es verdad, pero no menos, nosotros los sacerdotes, con la predicación, sabiéndonos poseedores y maestros de esa verdad... Hemos escrito una nueva carta a los obispos. Dios sabe la eficacia que tendrá, pero ciertamente la tendrá.
VII
LA VIRTUD Y LAS VIRTUDES
Hablar de virtudes en don Félix Beltrán no es difícil. Él amaba todo cuanto llevaba a la perfección. Es verdad que no le pude observar en su actuación diaria, porque tan sólo he estado con él en una ocasión, pero son muchas las cartas que poseo de este santo sacerdote, y gracias a ellas conseguí conocerle, en el terreno espiritual, mejor incluso que muchos que convivieron junto a él.
FE
En una ocasión, me dijo de sí mismo que disfrutaba de la fe del carbonero, pero no aquella de los ignorantes e incultos, porque don Félix era una mente privilegiada. La calificación de sobresaliente abunda en su currículum tanto del seminario como de la Universidad Pontificia de Salamanca. Su fe de carbonero indicaba en él que nunca había dudado de ninguno de los artículos de la fe; que era claro, como el mediodía, todo cuanto se refiere a doctrina católica. Es una maravilla creer así, como lo han hecho los grandes santos: sin esfuerzo, disfrutando de este don gratuito de Dios y cuidándolo como a la niña de sus ojos. En este sentido me afirmaba con total sinceridad:
- Bien sabes que en el terreno de la fe su oscuridad esencial queda perfectamente superada por su certeza. Un poco así ocurre con la Providencia, objeto de nuestra esperanza: tan cierta en su final como oscuro su proceso. Que estos días de Navidad nos hagan agradecer valorando el gran tesoro de nuestra fe, y de nuestro sacerdocio que tanto potencia nuestra fe. Por lo mismo hemos de sentir la inmensa tragedia y desgracia que supone el no tenerla. Yo me pregunto muchas veces cómo tantas personas pretenderán ser felices sin la vivencia de nuestra fe.
CARIDAD
El amor don Félix lo mostró con todos; lo expresó de una manera especial con relación a Dios por quien sólo vivía. Me escribía:
- Cada día veo más claro que no se puede amar a Dios sin amar a los hermanos, y este amor a los hermanos lo manifestamos ayudándoles a amar al Señor.
Me gustó mucho esta última parte de la frase que está llena de la verdadera caridad: "Este amor a los hermanos lo manifestamos ayudándoles a amar al Señor"; porque hoy día muchos prescinden del amor a Dios cuando hacen un bien a sus semejantes y ni se les ocurre, por otra parte, pensar en que el término de todo amor al prójimo ha de estar en Dios; ha de ser por Dios y ha de ir encaminado, al menos en nuestro deseo, a que todos amemos un poco más al Señor.
No es extraño que sea la caridad, el amor, el único mandamiento que ha brotado del corazón de Cristo; no podía ser otro - afirmaba don Félix. Si es amor, la semejanza no podía ser otra cosa. Y más que semejanza o parecido, es una participación de su propia naturaleza. ¡Hijos naturales en el Hijo! Y en nuestro caso, se suma a esta maravilla el sacerdocio. ¡Sería morir de pena el no vivirlo así! ¡Aunque tampoco sería menos para morir, su vivencia!
Y cuando amamos a Dios no hemos de pretender buscar eso que solemos llamar "consuelo"; así lo aseguraba don Félix: Los gustos de Dios ni se reclaman ni se piden, se aceptan y agradecen cuando Él nos los da. Buscamos no los gustos de Dios, sino al Dios de los gustos, que no es igual. Teresita del Niño Jesús decía a Jesús que se lo podía quitar para que se los conceda a los pecadores y se conviertan. La santidad no es otra cosa que amar. La seguridad de nuestra santidad no se cifra en nosotros que seguimos impotentes siempre, sino en Él ; ni las faltas que nos sorprenden pueden ser impedimento para esta obra de santificación. A veces, tristemente, son necesarias en el plan de Dios para dejarnos vencer por su amor misericordioso que, para serlo, necesita de las faltas perdonadas. La santidad no es añadidura al amor, sino el mismo amor.
El padre Beltrán estaba del todo enfrascado en el misterio de la Encarnación: Solamente a través de la Encarnación podemos convencernos de verdad de que Dios nos ama. De otro modo no lo sentiríamos ni lo comprenderíamos. Cristo está entre nosotros como lo estuvo entre sus contemporáneos; aún mejor, con más eficacia. La verdad es que ellos convivieron con la humanidad de Jesús; de su divinidad nunca estuvieron convencidos; ni siquiera los beneficiados por sus milagros. Fue desde Pentecostés, después de resucitado, donde pudieron disfrutar del verdadero Cristo, Hijo de Dios y salvador.
Para él Dios era no un ser abstracto, sino lo más amado, lo más querido, lo más concreto, lo más sensible. Así me lo dijo: Tengo que rectificar un tanto tu idea de la "impasibilidad" de Dios que, entendida como inmutabilidad de su esencia, no significa ni mucho menos insensibilidad, ni menos indiferencia. Dios sufre más que nosotros, y no porque le quitemos nada y no le demos lo que le falta, que no le falta nada; sino porque no recibimos ni aceptamos lo que Él nos da, que es su amor. Y cuando Él misteriosamente se ha creado voluntariamente la necesidad de ser aceptado, cuando también libremente ha querido darse a alguien fuera de sí, y para eso lo ha creado, le duele, en clara correlación, que no se le reciba. Y, como dices bien, desear amar ya es amar; sentir no amar más, ya es amar.
La predicación a Don Félix le chiflaba. Hubiera estado todo el día predicando, a todas las horas, porque se daba cuenta de que era el medio más idóneo para que aumentara en las personas el amor a Dios, mas para ello era preciso estar muy metido en el corazón Cristo; por eso, una de las frases que le gustaba era ésta: "Dudo que se pueda ser buen predicador sin estar enamorado".
HUMILDAD
Brilló el P. Beltrán en muchas virtudes, pero a mi juicio la más significativa en él fue la humildad. Era en su persona tan amada esta virtud, tan asumida, que junto a él te encontrabas a gusto aun sin conocerlo; no se dio nunca a sí mismo la menor importancia; era de lo más llano y normal. De entrada, esto nos parece una cosa natural en cualquiera, y así debiera ser, pero a la hora de la verdad solemos obrar de muy distinta manera. Nos gusta ser importantes. Don Félix, a pesar de su prestigio como orientador de centenares y varios millares de sacerdotes y almas consagradas, nunca cayó en la tentación de vanidad. Parecía cuando con él hablabas más que un maestro, un sencillo discípulo.
Su humildad, sí, era profunda, pero no se trata aquí de un hombre virtuoso que desconoce las propias cualidades. Era muy consciente de los carismas que el Señor le daba, y quería que pudieran ser aprovechados en el Reino de Dios. Por eso en distintas ocasiones cuando se dirigía a los obispos para animarlos a que dedicaran lo mejor de sus sacerdotes para fomentar la vida interior y santidad de los presbíteros, se ofrecía él mismo para este ministerio e incluso les exponía las cualidades que creía tener por la misericordia de Dios. Citaba en esos momentos aquellas palabras de San Pablo cuando hablaba también de sus virtudes: "hablo como insensato".
¿Sabes en qué está la humildad? - me decía - En la verdad. Y la verdad es que no somos nada; pero por eso precisamente Dios ha querido nuestra nada, acentuada con nuestras faltas reales, que hacen más evidente la maravilla de Dios, porque Él sólo es quien lo hace. Por nuestra parte, es preciso dejarse querer sin exigir el modo; como Él quiera. Y como es misterio su amor, también lo es su modo.
En el mundo clerical estamos acostumbrados a curas de relumbrón, a esos pequeños ídolos que caen bien y siempre se cuenta con ellos. Don Félix no era de esos: inteligente, santo, amable, caritativo, pero con una estatura física muy pequeña, aunque con prestigio de bondad y santidad, nunca fue "orador de campanillas". Hizo mucho bien, mendigando hacer el bien. Favoreció a todos, pero daba la impresión, a quienes eran favorecidos, de que ellos mismos hacían el favor a don Félix.
Sabía muy bien Félix de la debilidad de todos los humanos; por eso afirmaba: Es verdad que nos pondríamos en manos de Dios si fuéramos conscientes de nuestra impotencia. ¿No será quizás que para eso Dios nos ha creado impotentes, para que en nuestra impotencia aceptemos su Omnipotencia? ¡Qué bien sabía esto San Pablo!
Por eso, - sigue exponiendo - no me desanima verme pequeño porque sé que mi pequeñez, humildemente asumida, me prepara en el plan de Dios que también lo es para aceptar con humildad su Omnipotencia, que yo le pido la ejercite. Y no se la pediría si no sintiera que la necesito. Procuro compensar la limitación de mi poder con la ilimitación de mi desear, que es también gracia de Dios.
Y continúa: Haz, Señor, que yo sienta que Tú me necesitas; experimentaré por ello más tu grandeza, y me complaceré en mi pequeñez; porque solamente tu grandeza puede hacer posible tu necesidad de mi pequeñez. Mi vacío llama a tu plenitud como se precipita el agua del río en el abismo de la cascada...
Así pensaba y practicaba don Félix; lo mismo que el padre Nieto que el Cura de Ars: cuanto más llenos se sentían de Dios, ponían la medida de ese amor en su propia gratuidad, fundándose en su propia nada, que ahora contenía al todo. Es el común sentir de los santos.
Pero tampoco se ponía rojo don Félix, si alguien, en alguna ocasión le encomiaba. Y así decía: Cuando santa Teresa se sentía alabada por los demás, preocupada por su humildad la tranquilizó el Señor con estas palabras: "No te preocupes que alabándote a ti, me están alabándome a mí". Cuando uno ve un cuadro no aplaude los colores ni el dibujo, su materialidad, sino al autor del cuadro.
Y son también frases suyas en este sentido: Las gracias de Dios no envanecen; tampoco humillan; la humillación es soberbia que protesta. Las gracias de Dios más bien nos hacen ser humildes, que, como decía santa Teresa de Jesús, "la humildad es la verdad". Y la verdad es que Dios reparte sus dones como le place, pero siempre con el denominador común para darlos a los demás. Los privilegios de Dios son compromisos, realmente compensadores cuando se cumplen. Por eso, quedémonos con el privilegio personal que el Señor nos ha dado a los dos de un enamoramiento apasionado a nuestro sacerdocio, y a ti no menos que a mí. Si además nos ha dado a los dos la gracia de conocernos, como todo tiene en Dios una razón de ser, tratemos de cumplir esta razón de ser que me parece que no puede ser otra que comunicarlo a los demás... No siempre como el día de nuestra ordenación; mejor todavía; siempre más. El trato personal con Dios ha de producir en nosotros la mejor actitud.
Desde ayer, y te lo digo para obligarme a mí mismo más, de diez y media, a once y media de la noche, la dedicaré en la capilla a la oración personal".
Y no era de aquellos que dicen: "Humildes, sí, pero humillados, jamás". Pensaba de muy distinta manera: - Nuestra humillación que no es lo mismo que humildad, sufrida, y ofrecida también, aprovecha a la gloria de Dios. Y él tiene derecho a darme la oportunidad, cuando le plazca, de dársela."
OBEDIENCIA
Era del todo ignaciano don Félix en cuanto a la apreciación de la humildad. He aquí su criterio: Fuera del límite del pecado, la voluntad del superior expresa la voluntad de Dios para aquel momento. Y no es obstáculo ni la mala fe, ni la carencia de santidad del superior. Algo así ocurre en los sacramentos cuya eficacia santificadora Dios ha querido asegurar siempre. Otra cosa es la obligación de dialogar que es informar para facilitar al superior el acierto en la orden, pero bien sabes que la última palabra la tiene el superior. Por eso el súbito nunca se equivoca, ni Dios tampoco en su Providencia, incomprensible como todo aquello que se refiere a Dios. Y la eficacia santificadora de la obediencia está precisamente en su cumplimiento.
En la época en la que le he conocido, el padre Beltrán fue muy fiel a estos criterios por él mismo expuestos.
Jerarquía
Fue siempre respetuoso y muy obediente con la jerarquía, pero esto no indica que no se diera cuenta de lo que pasa. Y así me dice: - Dejaríamos de ser miembros fieles de la Iglesia si nos afectara en nuestro ser más profundo cristiano esta crisis. El fruto que ha de producir en nosotros la realidad es precisamente una mayor fidelidad a nuestra fe cada vez más fuerte, cuya certeza y esperanza teologal nos permite con la mayor serenidad poner de nuestra parte todo lo que podemos. Tal vez a nosotros nos podrá parecer lenta la actividad operativa de nuestros obispos a los que suponemos en "línea", porque desconocemos las circunstancias que rodean cada caso singular
Hace unos días, en reunión - comida con el señor Cardenal de Madrid todos los sacerdotes jubilados, inesperadamente al final tuve la ocasión de hablar. Solté, sin pensarlo, el rollo de siempre: del ministerio prioritario de los obispos en el cuidado y de la perfección y santidad de los sacerdotes diocesanos. A él le agradó, porque cuando alguien quiso que cortara, porque era demasiado extenso, él mismo me ordenó que siguiera. Ya te mandaré noticias de lo que haya.
Oración
Para nuestro amigo Félix Beltrán la oración era el ambiente de toda su vida. Los actos específicos de meditación u oración personal eran dos: una hora por la mañana y otra por la noche. Pero no se trataba de dos momentos aislados, porque durante todo el día lograba estar en la presencia de Dios, y su ilusión era grande de permanecer unos minutos siempre que podía junto al Sagrario. De tal manera estaba enfrascado en su vida interior que cuando viajaba y llega a su estación de destino pensaba: ¡Qué feliz me encuentro! A otros vienen a esperarlos sus familiares. Yo no tengo necesidad porque viajo con el mejor amigo que habita en el fondo de mi alma. Siempre llevo esta gran compañía. Por eso estaba contento de manera habitual.
Apreciaba mucho el fervor, y como nos da la impresión que el estado del alma sube quilates con los consuelos, no los desdeñaba. Decía:
- No vamos a exigir los gustos del Señor en la oración, pero nos viene bien recibirlos. Te habrás dado cuenta de que el goce del amor es tan grande que nos lleva incluso a estar contentos en el mismo sufrimiento que, venido de Dios, es señal de su amor, y el amor es siempre fuente de felicidad. Y hasta el no tener los consuelos no es motivo de tristeza, como no lo es la cruz que, siendo ejercicio del amor, es fuente de felicidad. No sería perfección experimentar el goce de sentirse amados de Dios.
- También a mí me gusta la soledad de los campos, y todos los días paseo durante dos horas por estos campos de Alcuéscar; un casete que llevo, cuando lo juzgo oportuno, me facilita la oración oyendo cintas propias o ajenas. Hasta en esto nos parecemos. Te contaré mi horario: me levanto a las 5,30. Digo Misa solo a las 6,15 en la capilla de la Virgen; quedo después a la Misa de la Comunidad que es a las 7,30; desayuno a las 8,15. Paseo media hora. Después trabajo en mi cuarto hasta 12, que suelo darme el paseo reglamentario. A las 2, comida y descanso. De cuatro y media a cinco, acto eucarístico. Breve paseo, y en el cuarto hasta las 9 que es la cena. Diez, completas, y al cuarto otra vez. Estoy cerca de la capilla a la que voy de cuando en cuando. Ya ves mi vida.
- Dios a veces atenúa su "aparente silencio" y su amorosa "ausencia", con una presencia sustitutoria. ¡Al fin Él!
Durante toda su vida tuvo don Félix hambre de Dios, necesidad de hablar con Dios. Cuando mi amigo José Ignacio Dallo acudió en una ocasión a la Mutual del Clero, quiso visitarle y no lo encontraba. Entró en la capilla, y allí estaba nuestro padre Beltrán. Es que no podía pasar sin la amistad íntima, con comunicación constante con Dios.
Gracia
El aprecio de la gracia por parte de nuestro sacerdote era total. Se trata del tesoro escondido esta relación del alma con Dios. Y en cuanto a la gracia actual la veía como lo indispensable para avanzar en vida interior:
Evidentemente todo es gracia de Dios, hasta las más pequeñas cosas, si alguna de las venidas de Dios pueden dejar de ser grandes. No en todas aparece su grandeza, pero puedes creer que en la del trato contigo aparece esa grandeza con toda claridad. Pienso que cada gracia de Dios es como un eslabón de cadena que se une a los anteriores, pero que también está destinado y preparado para unirse a los que vendrán después para completar la cadena que desde toda la eternidad tiene predestinada Él. ¡Qué importa que estos eslabones aparezcan a nuestros ojos impropios o misteriosos, pero que a la Providencia de Dios sirven para enderezar y aun mejorar.
Creo que piensas demasiado en tu amor al Señor , y quizás menos en el Amor de Él a ti. Si un vaso tuviera capacidad de discernimiento, lleno, sólo pensaría en su plenitud; su vacío no existiría. La plenitud actual le haría recordar su vacío pasado que ya no existe, pero su recuerdo le hace saborear agradablemente la plenitud del líquido del que está lleno. El Señor es quien nos llena con su gracia en la más total plenitud; su amor es inmenso; se nos da. Y el amor perfecto es amar y ser amado. Y el retorno es exigido por la misma esencia del amor; no por egoísmo sino por plenitud de comunicación y aceptación de esa comunicación. El amor no aceptado impide la realización tal como la desea el amante. Y ¡qué bello nos parece el misterio de la Santísima Trinidad en que la unicidad de Dios responde a esa totalidad de comunicación y aceptación!... Dios necesita que yo le ame; echa de menos cuando no le amo.
Pecado
En cuanto al pecado, contrapuesto a la gracia, esto me expresaba:
No te extrañará lo que quizás hayas oído en la cinta de los pecados propios: Merece la pena alegrarse de no pecar, pero sí de haber pecado cuando el fruto ha sido después de perdonados, el propósito de que antes la muerte que el pecado mortal; antes la muerte que el pecado venial; antes la muerte que la imperfección; antes la muerte que el acto remiso de virtud. Todo esto me anima a no ofender a Dios que ama hasta el extremo de perdonarme. Del pecado no queda nada; solo el hecho de haber sido perdonado. ¡Oh feliz culpa!
En cuanto al pecado de omisión pienso que es un tiempo perdido que he aprovechado a tope después. Sin nerviosismo, con paz interior y humildad. Recuerdo lo que le dije a aquel sacerdote ejercitante después de una confesión general: "Hijo mío, estás como si ahora te acabaras de ordenar"
Eucaristía
Su vida fue profundamente eucarística. Ya desde el tiempo de la guerra civil española se destacó en este sentido. Era seminarista y, dadas las circunstancias de imposibilidad de acercarse a al comunión, un cura amigo le dio la sagrada Eucaristía para que la conservara y pudiera comulgar o administrar el viático si era requerido. Su intimidad con Jesús desde entonces y durante toda su vida fue total. Nunca se separaría de Él. El Sagrario era el lugar de su disfrute. Allí se le encontraba con frecuencia enfrascado en la oración y centrado en el misterio. Podía decir lo que santa Micaela: "Es mi vida y mi alimento el Santísimo Sacramento". Tenía profunda admiración al hoy beato Don Manuel González. En el breviario siempre llevó su estampa. También admiraba y trataba de imitar al otro enamorado de la Eucaristía de los tiempos modernos: el padre Nieto. Así se expresaba con relación al Amor de los Amores:
Nosotros ahora lo poseemos en la Eucaristía en cuerpo y en su humanidad y en su divinidad. Y por la gracia dentro de nosotros en la presencia trinitaria de inhabitación. Pienso como tú, la Eucaristía y la visita en el Sagrario, amén de la Misa, reafirman nuestra fe en Él sacramentado, y hacen más tierna su presencia y su trato. Nunca olvides que ese descuido en el culto de fuera de la Misa, puede llegar a inducir a una herejía: la creencia de su no presencia en el Sagrario después de la Misa. La Eucaristía es una necesidad humana del Corazón humano de Jesús que emplea su poder infinito para dar rienda a su propio corazón humano a través del cual siente y expresa su amor divino
Cristo en la Eucaristía es prisionero de amor en la más cruel, hablemos así, de las prisiones. Por eso le podemos consolar en nuestras visitas al Sagrario; y le agrada mucho tu deseo de acompañarle y visitarle en todos los Sagrarios abandonados. Sí, nuestro amado Cristo sacramentado, es el más humano de los hombres, precisamente porque es Dios.
Amistad
De la misma manera que Foucauld, el padre Beltrán cultivó siempre la amistad como la mejor forma de apostolado. Pero no se trata de una amistad de oficio, de una amistad condicionada a... Es del todo sincera, completa, humana sin dejar de ser profunda y espiritual. En don Félix cualquier persona encontraba un buen amigo fiel y constante
Qué maravillosa es la amistad - decía - entre los hombres cuando se vive desde Dios como la nuestra. Así, creo, debiera ser toda amistad humana que más que humana es divina. Se trata de una verdadera caridad teologal y es como una reproducción de las relaciones trinitarias. Me da la impresión de ser una nueva generación del Verbo, como una nueva encarnación. Nuestra incorporación a Cristo por la gracia realiza esta maravilla.
Trabajo
El trabajo es para todos un medio para sacarse la vida; para D. Félix era su vida misma. Horas y horas de entrega en el ministerio; siempre con algo que escribir, con algo que hacer. Hasta en los cortos días de vacaciones que pasaba con su hermano Jacinto en Hinojosa, pueblo natal de ambos, dedicaba varias horas al trabajo:
He estado diez días con mi hermano en el pueblo; presencié los diez la salida del sol y paseé casi todos los días cuatro horas por aquellos campos de mi niñez. Me han sentado muy bien, me encuentro totalmente recuperado, lo que me hace más fácil dedicarme a trabajar y precisamente a escribir.
Sacrificio
Admiraba al padre Pío, beatificado por esas fechas. Sus estigmas no eran ni una condecoración, ni un trauma. "Le hacían sufrir, pero victimalmente, y eran a la vez motivo de gozo. La cruz aceptada sigue siendo cruz, si no, sería una comedia."
Me encuentro muy bien de salud. Al Señor le corresponde su conservación o cese, según Él quiera. Pero no te oculto ni a Él mi deseo: sólo le pido secunde yo fielmente su plan. Y el plan de don Félix Beltrán era seguir a Jesús de cerca; vivir una vida sacrificada y sin apenas descanso a favor de los sacerdotes y almas consagradas; entregarse al Señor como sacerdote y víctima cada día.
***
"La virtud y las virtudes" titulábamos este capítulo. En estos breves apuntes no hemos logrado profundizar en la rica vida interior del padre Beltrán. Él era amante de la virtud y le encantaba todo lo relacionado con la perfección. Muchas más virtudes de la que hemos enumerado adornaban su alma.
VIII
Todos Los Sacerdotes
Conocía La Situación Del Clero
Me dice en una carta: Conozco la situación del clero y, tristemente, no exageras; hemos de "ayudar" al Señor. Cuanto más veo cuestionar la virginidad sacerdotal, más me siento obligado a ayudarla. Como ves, a esto van orientados tanto el libro como mis Ejercicios Espirituales.
Al sacerdocio no solo se falta por la castidad, sino cuando no se es pobre; cuando no se es obediente; porque el corazón deja de ser indiviso cuando con algo o con alguien y hasta consigo mismo se divide. ¡Qué bien entiendes la totalidad de entrega a Dios! Como acertadísimo estás cuando hablas de que la única solución es enamorarse de Jesús. La situación de la Iglesia que lamentamos nos estimula a trabajar en oración; nuestra actividad también es oración, la situación que, aun siendo providencial, de ella forma parte el sentimiento de nuestra responsabilidad en las causas y no menos en el remedio. Somos como instrumentos necesarios para algo que es necesario que se haga; y esto por Providencia de Dios.
Con Respeto, A Los Obispos
Seguía el padre Beltrán razonando de esta manera: Los Obispos además han de emplear su autoridad en que hagan los sacerdotes Ejercicios Espirituales; retiros mensuales; promover la autenticidad de la santidad del clero que, además de estar reclamada por su sacerdocio, lo está por su calidad de diocesanos. Por eso que dediquen todo el esfuerzo en fomentar desde dentro de su diócesis que haya alguien que por su espiritualidad y amor al clero diocesano como tal fomentaran esta espiritualidad. Una obra que sin etiquetas que se convirtieran en Directores espirituales del clero. Este plan en su día ya lo comuniqué a algunos obispos.
No dejaremos en paz a los obispos para que promuevan lo que siempre soñé en cada diócesis: una espiritualidad sacerdotal diocesana; comenzando en los seminarios... Mi idea fundamental es que el clero diocesano en cuanto tal acepte masivamente su obligación de santidad. La forma de hacerlo es la de provocar que alguno, desde dentro, lo provoque. Dios los proveerá para que con toda facilidad y sin prejuicios posibles éstos llamados lo hagan. Lo mismo en los seminarios.
Escribimos a los obispos. Una sola carta, como la que me dices de Mons. Conget, merece todo nuestro esfuerzo; y si son quince, mucho más. De ellos podemos sacar a los que hemos de animar para esta campaña tan necesaria de la santidad sacerdotal. Y ¿por qué no? Hemos de pensar, con humildad pero con sentido de responsabilidad, que el Señor nos ha encomendado a los dos.
El 3 de noviembre de 1997 escribe al Sr. Nuncio: Permítame, señor Nuncio que desde el fondo de mi corazón sacerdotal le diga lo que usted ya sabe: el pueblo será lo que sus sacerdotes diocesanos sean; y que éstos son lo que sus obispos. Y los obispos que tienen que presentar los nuncios han de ser obispos sabios, porque han de ser maestros; pero no menos, santos, porque cada sacerdote forma parte de la plenitud sacerdotal del obispo. Y la santidad personal de cada Obispo ha de ser contagiada a sus sacerdotes. No hace mucho escribía a un señor Arzobispo: "Usted conoce como nadie la conferencia episcopal; qué bueno sería que Vd. y algunos más que piensan como Vd., traten de promover una campaña seria por la santificación de los sacerdotes diocesanos".
No Le Preocupan Las Etiquetas
Y al Padre Beltrán no le preocupan demasiado las etiquetas; así pensaba: ¿Conservador o progresista? Que nuestra actitud no se case ni con el progresista ni con el integrismo, cuando la verdad es que sólo es progresista el conservador. Cuando la materia de que se trata es la Verdad absoluta, Camino único y Vida. La única preocupación de un obispo deben ser sus curas en la vivencia auténtica de su sacerdocio que no es otra cosa que la santidad.
Su Carisma, Los Sacerdotes
Creo que el carisma de mi dedicación a los sacerdotes está claro. Y cuánto me ayuda esto a superar la prueba interior que llevo, a la que medicinalmente me tiene "relegado" el Señor; un poco me aligera cuando veo la terrible noche oscura en la que vivió toda su vida Teresita del Niño Jesús, que no le impidió amar ardientemente al Señor y ofrendar su cruz de noche oscura, para que el Señor prodigase a los pecadores ese sentimiento que facilitase su conversión. Diría como ella: "Si me juzgan por lo que escribo, creerán que nado en abundancia de dulzuras y no es así. Escribo lo que quisiera sentir". ¡Cuántas veces en momentos de mayor insensibilidad, tengo que recurrir a leerme a mí mismo lo escrito o lo que tantas veces el Señor ha querido que piensen de mí, para más eficacia de mi actuación que es totalmente de Él.
No hace muchos días encontré, entre muchos papeles que iba a ordenar, unos apuntes de un sacerdote joven ejercitante hace más de cuarenta años; además esa cuartilla no estaba destinada a mí, y decía textualmente: "¡Cuánto me ayudó la sencillez del Director, cuyo corazón creemos está hecho ex profeso para amar al sacerdote diocesano". Me emocioné hasta llorar cuando lo leí. Y también esta cruz que me acompaña toda la vida no pido al Señor que me la quite. No sé si alguna vez te había hecho esta confidencia. Y la propia oscuridad da luminosa certeza a mi fe. Ausencia sentida es presencia vivida.
Nuestro sacerdocio del que estamos los dos a cual más enamorados, nos ayudará a seguir en este movimiento por la santidad sacerdotal que creo que el Señor nos ha inspirado a los dos.
Con Los Sacerdotes Secularizados
Don Félix Beltrán fue cambiando de criterio con relación a los sacerdotes secularizados a lo largo de sus setenta a ochenta años. No dudo que pude yo influir en su criterio tanto con mi trato como con cuanto le conté de bastantes compañeros. Él mismo habló con algunos. Y de tal manera cambió que me prometió que en la segunda edición de su libro "El Sacerdote de hoy y de siempre" iba a modificar algunas expresiones que ya no le gustaban. Así se expresaba al respecto:
Me dices la dureza con que trato en mi libro el asunto de los secularizados. De él he borrado con mucho gusto y razón la palabra "traidor", que de ninguna manera escribí pensando en casos como el tuyo, que no es único y que han dejado en mí una huella amorosa admirable; y aun pensando en otros, Dios sabe con qué pena, semejante a la del Señor, al que ciertamente reservamos el juicio, y ante el cual nadie nos podemos considerar exentos de culpabilidad en estos procesos. Siempre quise con toda el alma a los secularizados. Con qué cariño y con qué respeto les hablaría, y les pediría perdón por la parte culpa que hubiéramos tenido en estos procesos. Dios te quiso secularizado pero sacerdote santo.
Cuánto diría a los secularizados como tú, a los que nunca llamaría traidores. Josemari, presiento que Dios nos ha unido a los dos por caminos distintos para un mismo fin; tu experiencia puede ayudar a la mía. En la meditación de la Oración del Huerto habrás podido comprender lo que siento acerca de los secularizados, y cuánto podéis ayudar a que no lo sean los que tuvieran tentación de serlo. Cuánto quiero a lo secularizados; cómo les animaría a que su situación fuera como la tuya. Y mantenerlos en la única vocación y en el modo de servirla.
Esta vez te escribo a vuelta de correo; casi como tú, contesto a la tuya. Cada vez me parece, Josemari, que nos entendemos mejor. Y ¡qué misterio! No te aventajo, ni mucho menos; me conformo con igualarte. Ya sabes mi teoría en el concepto exacto y vivencia de nuestro común sacerdocio. Por caminos muy distintos, pero el de los dos, guiados por la misma mano de la Providencia para el mismo fin: ayudar a nuestros hermanos los sacerdotes a que vivan fiel y gozosamente su sacerdocio. Estimo y venero el sacerdocio de los secularizados, aunque alguna vez pedagógicamente, y pensando solamente en el hecho tristísimo de la secularización, haya calificado de traición y traidores.
Las Misas De Los Sacerdotes Secularizados
Respecto a las misas que celebraba tu amigo F. M., el sacerdote secularizado, tal vez estuve con él un poco duro, pero puedo decirte que quedé admirado de él, y tengo la seguridad de que ante Dios aquellas Misas que, naturalmente, yo no pude decirle que hacía bien no obedeciendo una norma de la Iglesia, en su conciencia habrán agradado a Dios, dichas con fervor, más que tantas otras omitidas por pereza o profanadas por la conducta personal. Tengo la seguridad de que en el juicio de Dios no constaba la secularización y que Él mismo le daba esta devoción y amor que le pedía celebrar y todo lo demás. Envidio su espíritu sacerdotal....
Por indicación mía visitó a F. M. sacerdote secularizado muy enfermo. A lo largo de la conversación le dijo Francisco que celebraba Misa en casa privadamente en algunas ocasiones. Félix le reprendió basándose en que al secularizado se le ha prohibido el ejercicio del ministerio sacerdotal. Se creó un ambiente tenso. Posteriormente le hice saber a D. Félix el fervor de M., su recta intención junto con otras consideraciones al respecto. Lleno de humildad, nuestro santo sacerdote me decía:
Don Félix demostró una vez más en esta ocasión su equilibrio interior, su humildad profunda y su sindéresis para discernir una situación.
El Estudio Sobre La Misa En Los Secularizados
Me pidió el P. Beltrán que le enviara un estudio teológico - canónico que yo había redactado para formarme la conciencia de la licitud de la Misa celebrada por un secularizado de una manera privada, en familia o en un grupo reducido donde no se cause escándalo. Y responde así: - Qué otra cosa que tu amor al sacerdocio te llevó sinceramente y con lealtad, y no para liberarte de una carga, sino para satisfacer un deseo santísimo, que creo que el Señor que te hacía sentir este deseo, hizo que te "formases" una conciencia recta que para Dios mismo le era grata... No te engaño si te digo que tu estudio así meditado me ha emocionado. Está acertadamente cerrado.
Vivió Para Los Ejercicios Espirituales Y Para Los Sacerdotes
No me importa si lo he repetido en algunas ocasiones. Nuestro gran sacerdote don Félix Beltrán vivió para los sacerdotes y para los Ejercicios Espirituales. Calculaba que eran alrededor de quinientas las tandas que dirigió a los clérigos seculares y regulares, con alrededor de cuatro mil ejercitantes, pero en conjunto se aproximaban a los ocho mil, porque tal vez otras tantas las que impartió a religiosas y personas seglares. Y no contamos los centenares de ejercicios abiertos y misiones, los cursillos de cristiandad, los triduos y pláticas, los novenarios... Por supuesto que el total pasan de mil las tandas. Pues bien, don Félix tenía la conciencia - ya lo afirma en su libro - de que con la misma ilusión, con el mismo fervor, con la misma sensibilidad dirigió la primera que la última tanda de Ejercicios Espirituales. Esto es para llenarse de admiración. Predicar siempre con fervor y entusiasmo, supone muchas horas de oración, como las de nuestros santos Fray Diego de Cádiz, San Francisco Javier, San Francisco de Borja, El padre Nieto, San Vicente de Ferrer...
En sus cartas son frecuentes las alusiones que hace a este apostolado:
En Ejercicios Espirituales suelo decir que si bien un solo acto de amor más intenso de un solo ejercitante me compensaría el esfuerzo de toda la tanda, no me satisface plenamente sino la santidad de todos los ejercitantes.
Tengo ya bastantes temas de Ejercicios Espirituales pasados de los casetes al libro que estoy escribiendo. Creo que para esto me ha situado el Señor aquí. Pide para que le sea fiel; que no aprovecho siempre todo el tiempo disponible. Dios nada hace sin razón de ser; y lo hace todo. Qué maravillosa verdad de fe la que dice que Dios nos ama, se deja amar de nosotros y nos echa de menos cuando no le amamos. Necesita que yo le ame; y le hago feliz y soy feliz amándole, y lo soy porque Él lo es. Y Él lo es porque yo lo soy. ¡Ése es el esquema de la meditación que estoy escribiendo! Voy por el séptimo folio, y estoy sólo al comienzo.
IX
Una Mirada Final
En Sus Bodas De Oro Sacerdotales
El día 3 de junio de 1994 celebraba con los condiscípulos sus bodas de oro sacerdotales; fue ordenado sacerdote a las 11 menos cuarto de la mañana, cincuenta años antes, en 1944. "Ayúdame, me dice, a agradecer al Señor tan inmerecido regalo; que si un minuto de sacerdocio sería para morir y merecería la pena, qué no serán cincuenta años. Agradezco también al Señor que haya querido que gran parte de mi ministerio sacerdotal haya sido empleado en ayudar a mis hermanos a ser felices en la vivencia del mismo.
Ejercicios Hasta El Fin De Su Vida
Dios le llamó el 18 de diciembre del 99; pues bien, en marzo de ese mismo año me dice: Del uno al cuatro de este mes impartí una tanda de Ejercicios Espirituales a un grupo de empleadas de hogar. He gozado enormemente porque he sentido como nunca la gracia de Dios; quizás porque estaba experimentando una desolación interior, por contraste, ¡que todo lo hace Él! Les he hablado de la santidad, del enamoramiento de Jesús como hablaría a unas monjas de clausura, porque también ellas, como las religiosas, están llamadas a una vida contemplativa, que no consiste en sino en advertir que somos amados de Dios, y dejarse querer. También tengo en la Semana de Pasión unas pláticas para mujeres en una parroquia, y pienso hacer lo mismo.
Se puede decir que el P. Beltrán murió con las botas puestas. Había quedado conmigo para un encuentro que hacía tiempo ambos deseábamos, después de la Virgen del Pilar del 99. Ya lo teníamos planeado; pero no hubo lugar. Siempre los Ejercicios Espirituales eran como la niña de sus ojos, y tuvo una oportunidad de hacerlos él en Riofrío con la Hermandad Sacerdotal hacia el día 15; inmediatamente después, marcharía a darlos a una comunidad de religiosas de Madrid.
Se emociona cuando las Carmelitas de Alcalá de Henares, las que le publicaron su libro de "El Sacerdote de hoy de siempre", hacen copia de sus cintas de Ejercicios Espirituales a religiosas para mandarlas a distintos conventos.
El milagro de los Ejercicios Espirituales de Segovia ha sido evidente. Iba tan desanimado, tan depresivo que me temí que no los podía dar. Por eso pedí muchas oraciones, entre otras las tuyas; y a fe que las he sentido. Solo ellas han dado los Ejercicios a 18 sacerdotes, y que ha resultado la mejor de todas las tandas. Ha sido a gente algo mayor; algunos, antiguos alumnos de Comillas. Han tomado apuntes hasta la saciedad. Y, pásmate, el juicio de varios era que tenía un parecido impresionante en mi manera de hablar con el P. Nieto. Ya les dije que en lo de feo, tal vez, pero no en lo de santo. Lo contento que estoy ahora contrastando con la tristeza depresiva anterior, me hace reprocharme por qué había estado triste, si también aquello era providencia amorosa de Dios. Pero me acordaba también para excusarme de la oración de Getsemaní.
Las Ejercitaciones
Con relación a las Ejercitaciones por un mundo mejor le hice una pregunta para saber si quedaba algo de aquellos que fue tan hermoso en la década de los sesenta. Y esto me respondió: - En cuanto a la Ejercitaciones por un mundo mejor, ¿qué te he de decir? Fui del movimiento y las hice varias veces en La Granja. Fue algo maravilloso en sus comienzos, pero la base de espiritualidad que era necesaria se fue perdiendo. Estaba concebido el plan con una proyección temporal maravillosa en el aspecto sociológico; estaba reclamando una espiritualidad desbordante y contagiosa, pero había peligro de quedarse en lo meramente temporal. La verdad es que no estoy al corriente del proceso histórico de la descomposición de este movimiento; pero la realidad es que de todo aquello no queda nada; como está sucediendo en otras tantas cosas.
***
Pásmate, me contaban que en una tanda de Ejercicios Espirituales a sacerdotes no se les habló del pecado, de la gracia, del infierno, de la oración, y sí mucho de Sociología, como si se prepararan para asistentes sociales.
ENFERMEDAD
Su salud durante la mayor parte de su vida fue excelente. Ya después de los setenta comenzó a resentirse. Le habían colocado un marcapasos a raíz de que, en unos Ejercicios, sufrió un desvanecimiento; comprobaron entonces los médicos el mal estado de su corazón. Con la ayuda de este aparato se sintió muy bien; pensaba que tenía cuerda para mucho tiempo. En realidad le quedaban poco menos de cinco años de vida muy útil, eso sí. Y decía en agosto del 1995:
Te comunico mi alegría de los Ejercicios Espirituales de Segovia, y también que el 15 de julio marché a mis antiguas monjas para realizar un estudio de los escritos de la fundadora. Pues bien, ahora viene lo desconcertante y concertante a la vez: al segundo día de estar allí diciéndoles la Santa Misa, me dio una subida peligrosa de tensión que me hizo difícil acabarla. Me llevaron inmediatamente a Madrid a urgencias. Y al día siguiente me ocurrió igual y de nuevo me llevaron a Madrid a la clínica Puerta de Hierro donde me hicieron un severo reconocimiento; de allí, a Zaragoza, y me llevaron al Hospital; mi hermano me acompañó. Se trataba de un infarto que pudo ser peligroso... Pero las cosas de Dios: me encuentro totalmente recuperado. Había perdido bastante la estabilidad y la voz. Me encuentro del todo recuperado. Sigo, naturalmente, la medicación y me hallo perfectamente bien. De nuevo con ganas de vivir y de servir al Señor en la forma que determine. Ya me han dado de alta, y me estoy perfectamente bien y con ánimo.
Esto me comunicaba en el mes de agosto; dos meses más tarde añadía:
Me felicito por mi enfermedad que es salud; no tengo nada que lamentar; me agravaré cada vez más en ella hasta morir. Aquella misma noche, después de cenar, me dio un ahogo que hubieron de llevarme rápidamente a urgencias, donde por lo visto, llegué con un paro cardiaco que de no haberlo solucionado a tiempo... ¡Qué bueno es Dios, qué cosas tiene a veces, pero qué bien lo hace todo! Esta carta podía habértela escrito desde el Cielo y te la he escrito desde la tierra. Así me escribía el 4-10-95. Una vez que el Señor confirma que para algo ha prolongado mi vida, tal vez ahora me pida más vida contemplativa que activa; aunque la verdad es que una y otra deben ser contemplación. Me han colocado un marcapasos, que debe prolongar la vida, porque la próxima revisión del marcapasos la tengo para dentro de seis años... La salud o la enfermedad, la actividad o la inactividad, todo para la gloria del Señor.
Quince días más tarde añade: De mi enfermedad, totalmente recuperado: en plenitud de facultades físicas y mentales. Y de mi situación interior: simultaneando junto a un SÍ incondicional que nunca ha faltado, porque lo pone el mismo Señor, la petición de que "Si es posible, pase de mí este cáliz". Ciertamente ha sido duro. Sueño con ilusión en mi estancia en Madrid en la Mutual del Clero. Tengo la impresión de que soy gustosamente recibido. Reanudaré, si Dios quiere, mi antigua labor.
Mi familiar afirmación es ésta: "Miedo a morir, no tengo; pero prisa, menos".
En Cuanto Notó Mejoría...
Cuando le llegó su enfermedad de corazón, después de que le pusieron el marcapasos, pensó que ya estaba bien. Eran grandes sus deseos de vivir, aunque aceptaba gustoso la muerte cuando el Señor se la quisiera enviar. Nunca obró como un "enfermito"; en cuanto notó mejoría se puso de nuevo al pie del cañón. Tenía ya setenta y nueve años y empezó, como en sus años más jóvenes, a visitar sus conventos de Madrid, a animar a todas las religiosas contemplativas para la gran misión de impetrar del Señor la gracia de santidad para los sacerdotes. Y me decía:
La madre Catalina está aquí en Madrid y no tardaré en ir a visitarla. Me siento con ganas de reanudar al menos un poco mi trabajo con las religiosas. Algunas no saben de mi total recuperación y por eso se retraen en llamarme. Pero la verdad es que presiento que algo de ello podré hacer, y pido al Señor que me lo facilite, pues en alguno de los conventos que he ido me han recibido con mucha alegría y recordado tiempos antiguos... Mucho me anima por otra parte seguir trabajando en la posible publicación de los Ejercicios Espirituales... Doy gracias a Dios por todo, como aquel que la corriente frase de "Buenos días nos dé Dios" la cambiaba por esta otra: "Buenos días nos da Dios".
Esto sentía en el mes de enero del 99. En diciembre de ese mismo año entregaba su alma al Señor. Su optimismo era grande. Difícilmente se encuentra un enfermo terminal de corazón con una entrega tan completa a la misión que le ha ocupado toda su vida. Era don Félix de esos que se suele decir: "Murió con la botas puestas".
Su Última Carta
Está fechada el 29 de noviembre 1999; 20 días antes de su tránsito hacia la Patria. No recibió por mi parte contestación; pensaba hacerlo en aquellos días, pues rara vez tardábamos más de un mes en comunicarnos. En esa carta me recalca una vez más la confianza en Dios; confiar sin medida.
Insiste en que es humildad mal entendida la que invita a desconfiar en nosotros mismos, si a la vez no ponemos nuestra confianza en Dios.
Me exhorta a que continúe con mi actividad pastoral a través de internet; algo que de forma impensada está constituyendo para mí una verdadera pastoral sacerdotal.
Me habla de un documento maravilloso de la Congregación del Clero, que me hará bien el leerlo. La labor de la Jerarquía no es otra que cuidar de la espiritualidad de los sacerdotes y seminarios de tal manera que se puedan evitar problemas que tal vez surjan posteriormente. ¡Santidad, santidad sacerdotal!
Sigue en los últimos días de su vida trabajando en el libro de los Ejercicios Espirituales y en otro folleto sobre la vida religiosa. No le han contestado todavía los "Mensajeros de la vida" de Santander sobre el proyecto de publicación de sus obras.
Se alegra de que el Obispo nuevo de Alcalá de Henares da los retiros a sus sacerdotes y que son auténticos, porque en ellos se hace oración; y también el Cardenal Rouco lo está haciendo maravillosamente bien. Y sus últimas palabras son para animarme a seguir: ¡Adelante en tu labor sacerdotal pastoral que Dios mismo te ha encargado. Muy unidos en la oración. Un abrazo.
Este es el contenido de su última carta; como quien está siempre al pie del cañón y a la vez con su mirada puesta en el Cielo. Así ha sido la vida de este hombre de Dios.
***
El último día de su vida fue el 18 de diciembre de 1999, justo una semana antes de Navidad. Se fue al Cielo a pasar estas hermosas fiestas. Después de la oración de la noche se sintió mal. Antes de la oración había hablado por teléfono con su hermano, costumbre que tenían ambos desde hacía tiempo. Nada sospechó Jacinto y nada tenía que decirle al respecto Félix, porque se encontraba bien. Minutos más tarde todo fue muy rápido: el sentirse mal, avisarle a la religiosa que atendía la residencia sacerdotal... todo muy rápido porque don Félix no tenía prisa - según su expresión - para ir al Padre, pero tampoco tenía miedo ni pereza. Marchó a los brazos de Dios con la sencillez y amor con que había vivido: pocos días antes de Navidad y después de haber finalizado un día más de trabajo y de amor al Señor y a los hijos de Dios, sus hermanos.
Probablemente no conseguirá la gloria de Bernini, porque para ello es necesario que algún grupo numeroso invierta mucho dinero y tiempo, y lo pueden principalmente los santos fundadores o que pertenecen a una congregación religiosa. Pero Don Félix Beltrán Pérez ha sido para mí y para muchos que le han tratado, un santo sacerdote ejemplar que ha vivido con la gran ilusión y el gran deseo de la santidad del clero diocesano. A esto ha dedicado su vida. Si volviera a nacer sería de nuevo sacerdote, siempre sacerdote, sólo sacerdote. Sacerdote de cuerpo entero. ¡"Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor"; has sido el sacerdote de los sacerdotes.
Josemari Lorenzo con la colaboración de Jacinto Beltrán.
Terminado de redactar el 1 de Noviembre del año 2001, festividad de Todos los Santos. Que goces, ya sin velos de fe, junto a ellos en el Cielo y con la Virgen María de la Bondad de Dios por siempre.
Índice:
I A modo de introducción..................
II Algunos datos biográficos...............
III Don Félix, amigo.............................
IV Semblanza de Don Félix.................
V O Santo o nada...............................
VI El sacerdote apóstol.......................
VII La virtud y las virtudes...................
VIII Todos los sacerdotes......................
IX Una mirada final ............................