ARTÍCULOS: "REFLEXIONES DESDE LA DEBILIDAD" PARA ENFERMOS, MINUSVÁLIDOS, ANCIANOS...

AUTOR: JOSÉ MARÍA LORENZO AMELIBIA. AÑO 2000.

APARECIDOS EN LA REVISTA DE LA DIÓCESIS DE PAMPLONA "LA VERDAD". Mi correo electrónico: mistica@jet.es

DON MIGUEL SOLA. - Nº 249

Hace pocos días abandonaba este mundo hacia la eternidad Don Miguel Sola. Escribir sobre él llenaría muchos folios, porque Don Miguel ha sido un sacerdote de categoría excepcional. De esos que merecen caminar hacia la gloria de Bernini, pero él no fundó nada y lo va a tener más difícil.

El prestigio de este santo sacerdote como párroco de Estella, difícilmente podrá ser emulado. Pero hoy me fijo en su debilidad, porque, si en su vida pastoral escaló peldaños de líder de primera, en su reclusión forzosa de casi treinta años, se ha encaramado por la escala de la santidad. ¡Ejemplo de pastores, ejemplo magno de enfermos!

Cuando a uno le ataca una dolencia irreversible en la plenitud de su vida, corre el peligro de encerrarse en ostracismo egoísta y convertirse en un amargado. A nuestro santo sacerdote ni siquiera le pasó por la mente esta tentación; fue útil hasta la última hora. Y fue valioso por su oración, pero también por su trabajo constante. El paseo por la huerta de la Casa de Ejercicios lo aprovechaba para rezar. Por prescripción médica había de caminar varias horas durante el día para combatir su progresiva paralización, y aquellos largos paseos los convertía en pausada contemplación de los quince misterios del rosario todos los días. Sus delicias eran permanecer horas junto al Señor; unas veces en lectura espiritual, otras en adoración y petición constantes.

"No me puedo permitir el lujo de perder el tiempo", me decía cuando cumplió los ochenta años. Y con su andar dificultoso visitaba enfermos, atendía a las religiosas, estaba a punto siempre para entregarse al ministerio de la confesión.

Eran muchas personas las que seguían acudiendo a él como padre y consejero espiritual. Lejos quedaban los años de Párroco y de Vicario General de la Diócesis, pero pocos saben que él se encontraba más feliz en su retiro activo: "No me puedo quejar de nada; el Señor ha sido bueno conmigo. Todavía puedo ser útil; además no tengo ningún dolor; solo me muevo con dificultad. Me encuentro muy feliz".

Y entre Rosarios y Misas seguía atendiendo a su "feligresía" por escrito y de palabra y ejemplo. Porque Don Miguel Sola escribió muchas cartas durante esta larga época de su vida. Y todas ellas eran de aliento espiritual, de sabio consejo.

Don Miguel, que el Señor dé fruto ahora desde el Cielo a todo el bien que has hecho en tus noventa años de vida terrena; que cunda tu ejemplo en cuantos padecemos las limitaciones de la enfermedad o de la edad.

 

El PERRO RABIOSO. - Nº 250

Era yo muy niño, y me impresionó de tal manera este suceso, que aun hoy día lo recuerdo con emoción:

Vivía entonces en la Plaza de Santiago de Estella, y estaba jugando por los soportales, cuando un perro peligroso pasó cerca de nosotros; nos metimos corriendo en una casa. Pocos minutos después se oyó un disparo. Un policía municipal había hecho frente al animal rabioso, y sacó una pistola para dispararle, con tan mala fortuna que en el momento en que apretaba el gatillo, el animal le mordió la mano. No hizo caso el agente, y se contentó con ponerse una venda en la herida. Por desgracia, al cabo de unas semanas, contrajo la enfermedad de la hidrofobia. Murió sin remedio posible. El pueblo entero acudió al funeral más multitudinario de aquellos años

La reacción de todos era de dolor pena e indignación. Algunos lamentaban la falta de prudencia de las autoridades, al abandonar a su suerte a una persona, a pesar de las sospechas de que el perro estaba afectado de rabia. Pero nadie arremetía contra Dios.

Hoy, no sé porqué, muchas personas no admiten la realidad del mal en el mundo, e increpan a Dios que lo permite o lo consiente.

El famoso novelista ruso Dostoievsky en su novela "Los hermanos Karamazov", nos presenta a su protagonista Iván, que se rebela y no acepta lo que considera inhumano e irracional. Rechaza el mundo creado por Dios y a Dios mismo; y niega toda posibilidad de reconciliación entre los verdugos y las víctimas. Y también rememora el novelista otro caso más dramático que el del perro rabioso de mi infancia. Un señor feudal entrega al hijo de una mujer, que se negó complacer sus deseos carnales, a una jauría de perros salvajes que lo devoran. Y afirma después: "Aunque Dios pueda perdonar al criminal, aunque la madre llegue a abrazar al verdugo, renuncio por completo a la armonía suprema". Pero Aliosha, el hermano menor, encarna lo más tierno y sensible del cristianismo e increpa a Iván: "Hay en el mundo un ser con derecho a perdonarlo todo, a todos, y por todo, pues él mismo derramó su sangre por todos y por todo."

¡Yo me quedo con esta reacción! ¿Seré por eso más débil y ellos más fuertes? ¡Pues igual me da! A nada conduce rebelarse contra Aquél que puso las leyes en el Universo! Combatir, sí, con paz la injusticia, la enfermedad, el hambre y la miseria. Poner, si, remedio a su tiempo contra los perros rabiosos, contra la marginación y las catástrofes. Pero si llegan, de nada sirve blasfemar contra Dios, como acostumbran muchos enemigos de la religión. "Más vale encender una cerilla que maldecir de la oscuridad". Y, por supuesto, mejor es prevenir que curar. Pero, si a pesar de todo llega el dolor: ¡Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío! "En Ti, Señor, he esperando, jamás quedaré confundido! 

 

EL GOLPECITO EN LA FRENTE. - Nº 251

Esta mañana, cuando estaba practicando mi rato de oración, me ha parecido ver muy claro algo que siempre veo como muy turbio y entre las brumas del misterio. Y no lo he podio evitar. Me he pegado con los dedos ese golpecito en la frente que, algunas veces nos damos cuando descubrimos algo largamente buscado: ¡así tiene que ser!, exclamamos convencidos. Y se trata nada menos que de un hallazgo para mí muy valioso: el sentido del dolor dentro de la naturaleza humana. Sé, por una parte, que a mi raciocinio se le pueden poner multitud de objeciones; y por otra, que no soy el único, por supuesto, en haberlo descubierto. No he puesto una pica en Flandes, pero ahí va mi pensamiento en la misma forma que ha ido iluminando mi alma:

Tú, Señor, nos has colocado en este mundo y no acabamos de entender tu lenguaje. Me ha parecido comprender algo el misterio del dolor. Nos envías el sufrimiento para que nos acordemos del Cielo. Me parece que los antiguos lo entendieron mejor que nosotros. Jesús, nos arrastras con cierta violencia hacia Ti. ¡Cuántas veces me encuentro ignorando mi fin! Me ilusiono con asuntos buenos, regulares e incluso malos Me domina el deseo del dinero, el deseo de ser apreciado, el deseo de placer. Pero me doy cuenta de que con frecuencia me salen las cosas bien y siento hastío. Otras veces me encuentro enfermo, sin ganas de nada y con malestar. En otras ocasiones tengo éxito en mis trabajos y proyectos, pero alguien me amarga el día con sus impertinencias. Me tropiezo con pinchazos de espinas cada dos por tres. Señor, durante muchos años no he llegado a comprender el porqué de tanta contrariedad, el misterio de tanto dolor en nuestra existencia. Pero hace unos momentos me he dado un golpe en la frente; me ha parecido entenderlo; he sentido como una iluminación interior. ¡Arriba los corazones! Es que me acuerdo poco de mi fin que eres Tu, Dios mío. Me acuerdo poco del Cielo y suelo vivir en la tierra como si siempre hubiera de estar aquí. Si no tuviera dolores y contratiempos, nunca me acordaría de mi fin; me encontraría tan a gusto aquí que me olvidaría de Ti, y de mi morada eterna en el Cielo. Gracias, Señor, por el sufrimiento. Pero ayúdame a asumirlo bien. Y que se me grabe en el alma el momento de tu ascensión a los Cielos. Que cuando me vengan las malas rachas de sufrimiento te vea subir a las alturas, donde estás sentado a la derecha de Dios Padre y me sienta con fuerza y alegría para continuar viviendo con ilusión. Y que cuando me salgan las cosas bien, también me acuerde del Cielo, de que Tú estás allí aguardándonos. Eso sí, manténme en tu amor y en tu gracia, para que nunca pierda de vista la Patria celestial.

Por estos derroteros iba mi pensamiento. Sé que el hombre es voluble y que esta iluminación de hoy puede trocarse mañana en tinieblas; que con el tiempo, aun la luz más brillante, tórnase mortecina. Todo esto lo sé. Y se me ocurre una solución para cuando se haga de noche: aguantar, y pensar que existe la luz, y que debo acercarme a ella con humildad. ¿Qué me ha ocurrido? Que hoy ha sido uno de los días en que he practicado bien la oración; que esto mismo he de procurar todos los días.

Amigo, te ofrezco esta mi pequeña experiencia, y ojalá saques tú la misma conclusión: merece la pena hacer todos los días un rato de oración con empeño. Así podemos descubrir grandes verdades con ese golpecito en la frente.

  

LOS FILÓSOFOS O LAS QUINCE ESTACIONES. - Nº 252

A mis diecinueve años estudiaba "Historia de la Filosofía". Entonces me parecía que entendía mucho; ahora, al repasarla, me doy cuenta de que era muy poco lo que entendía. Y hoy, después de haber entregado muchas horas de mi vida a la lectura, he de confesar que los filósofos no son santos de mi devoción. Pero ahí están. A muchos deleitan sus ensayos y tratados; y es preciso, de vez en cuando, hincarles el diente, aunque solo sea para reafirmarnos en lo nuestro. Lo cierto es que muchos filósofos han querido reflexionar sobre el problema del dolor.

Leibnib fue un filósofo creyente. Le tocó vivir la tragedia del terremoto de Lisboa. Él quiso defender a la Providencia divina y la existencia de Dios, que muchos cuestionaban al contemplar la multitud de víctimas. Afirmaba Leibnib que vivimos en el mejor de los mundos, por lo que todo, aun los terremotos, debe tener algún sentido. Dios no quiere el sufrimiento de las personas de un modo absoluto, pero sí de un modo relativo, como pena por los pecados, o como advertencia para que mejoremos nuestra conducta.

Otro de los grandes filósofos fue Kant. Representa la actitud de resignación ante lo incomprensible. Quiere Kant reducir al hombre al silencio ante el mal y el sufrimiento. Intentar comprenderlo o conjugarlo con la existencia del Creador sabio, resulta pretencioso para nuestra razón alocada. Este filósofo no nos saca de apuros, porque según sus teorías, el pecado aniquila la santidad de Dios; y el dolor físico, según él, niega la bondad de Dios. Kant se sale por la tangente, y así dice que los planes de Dios son un libro cerrado para nosotros. ¡No hay explicación posible! ¡Luego misterio! Dios quedaría así lejos del dolor, y el ser humano abandonado a su soledad.

Nuestro tercer filósofo, Hegel. En sus elucubraciones, imagina la Historia como un inmenso altar, en el que se sacrifica la felicidad de los pueblos. Dios, sí, gobierna el mundo; por eso, ni los sufrimientos monstruosos han acontecido en vano; porque, a pesar de todo, la libertad y la razón se han abierto paso, y ése es el verdadero sentido de la Historia.

Todas estas razones filosóficas a mí no me producen ningún consuelo. Tampoco me dan una explicación satisfactoria. Prefiero hacer el viacrucis con devoción y unirme así a la pasión de Cristo, como aquella mujer anciana que le decía al sacerdote que la visitaba: "Don Ramiro, todos los días practico el viacrucis con este crucifijo que me regaló un misionero. Desde que comencé, no lo he dejado ni un solo día; ni siquiera por Pascua. A fin de cuentas, si Jesús resucitó, es porque antes lo crucificaron. Para mí el viacrucis tiene quince estaciones; la última es la Resurrección de Jesús; por eso me da mucha esperanza, y no me importa nada que mi vida se vaya agotando sin salir de casa. Jesús me aguarda, y con Él voy a resucitar".

No sé qué te ocurrirá a ti. A mí las filosofías me producen sueño y desgana cuando se meten en esas cosas de dar una explicación al problema del dolor humano. Yo prefiero quedarme con la señora viejecita, rezando el viacrucis de quince estaciones.

 

EL TAMARGUILLO. - Nº 253

En los años en que estaba yo superando la adolescencia, ocurrió en España una tremenda desgracia: el arroyo Tamarguillo de Sevilla, se desbordó y causó incalculables daños en aquella querida ciudad. Por aquel entonces, me impresionaban las cuestiones siempre debatidas, pero nunca del todo aclaradas: las injusticias, el sufrimiento humano, la muerte inesperada, los accidentes... Con estos sentimientos incrustados en mi alma, llamé a la puerta del director espiritual. Escuché un sonoro: "¡Adelante!" Penetré en el despacho, y sin apenas preámbulos, le solté en tono de queja todo lo que llevaba en el alma:

- Vengo lleno de angustia por lo que ha ocurrido en Sevilla. El Tamarguillo se ha desbordado, y han perecido muchas personas, y un enorme número de habitantes ha quedado en la miseria. ¿Cómo Dios, siendo bueno, puede permitir esta desgracia y tantos sufrimientos y miserias en gente pobre?

Aquel santo varón salió, sin dudarlo, en la defensa de Dios cuestionado. Enseguida esgrimió unos cuantos argumentos contundentes. Parecía que estaba preparado a todo cuanto yo le iba a decir.

- Dios no quiere el mal de nadie, me respondió, pero a veces lo permite. Él creó las leyes de la Naturaleza. Lo que ha ocurrido es ni más ni menos algo normal dentro de estas leyes físicas que rigen el Universo. Por otra parte, Dios respeta la libertad y las decisiones de los hombres; nos ha creado seres libres. Y no puede enmendar el orden natural, para acomodarse a los proyectos humanos que decidieron poner las casas cercanas al arroyo desbordado. De lo contrario debiera estar continuamente haciendo milagros; lo cual no es posible. Con esto que te digo también puedes explicarte la permisión de las guerras y de las injusticias. Dios no las quiere, pero respeta la libertad humana; y así suceden tantas desgracias por el mal uso que hacen de ella las personas.

Y continuaba con sus argumentos aquel sacerdote de gran prestigio:

- Por otra parte, ten en cuenta que en la Biblia, en el Antiguo Testamento, los profetas explicaban las grandes tragedias de aquel pueblo elegido como un castigo de Dios. Era una especie de pena medicinal que el Señor infligía, para que se enmendaran tantas personas que se habían apartado de Él. De todos modos piensa que el problema del mal nos desborda. Todo lo que te digo es verdad, pero siempre te quedará en el alma un "algo" que nunca llegarás a comprender, y habrás de confiar en Dios a pesar de que no comprendas. ¿Es que entiendes el misterio del Crucificado?

Estas última palabras de mi espiritual me han ayudado durante toda mi vida adulta. Por supuesto siempre me he colocado del lado de Dios cuando he topado con el dolor. No me he permitido nunca dudar de su bondad ni de que es Padre. ¿Quién soy yo para rebelarme contra Dios? El misterio del dolor en el mundo me estimula a escuchar al que sufre; a callar en muchas ocasiones; a explicar mi experiencia de fe. La vida en la tierra es como un relámpago en comparación con la eternidad. ¡Dios nos ha de compensar algún día! Por eso hemos de decirle a Dios: "Señor, ¿a quién iremos? Tú solo tienes palabras de vida eterna."

Es bueno tener preparada la cabeza y el corazón; saber que no somos capaces de comprender los misterios. Ponernos siempre de parte de Dios. Y no rompernos la cabeza con filosofías materialistas que solo conducen a una increencia desesperada. ¡Prefiero quedarme con el amor a Jesús que se entregó por nosotros.

 

¡OH, EL DIVORCIO! - Nº 254

He leído en una revista el testimonio firmado por M. L. , que me ha llegado al corazón, porque expone con toda sinceridad un cuadro enormemente dramático y no acierta a darle solución. Éste es el resumen:

A mi padre le han diagnosticado cáncer de páncreas. Mis padres están separados desde hace tiempo, y nos ha llegado la noticia a través de la compañera que vive con él. Somos nosotros quienes le dimos la noticia a mi madre, y sentimos el deseo de acompañar a mi padre todo lo necesario. Encima tiene una fuerte depresión y no come casi nada. Su compañera ha de ausentarse dos semanas a causa del trabajo. Ahora a mi madre se le vienen encima muchos problemas que vamos a ayudarle a solucionar. Ruego al Señor que escuche nuestra oración y que a mi padre le envuelva en su misericordia. Ruego por mí, porque por circunstancias tengo que ser la que lleve luz en medio de esta oscuridad, para que sea Él quien me guíe en todo momento.

¡Oh, el divorcio! Qué problemas crea sobre todo cuando llega la hora de la gran verdad! Y este drama se está viviendo cada vez con más frecuencia: un divorciado católico que ha de arreglar su conciencia antes de partir hacia Dios.

Bien hace M. L. acudiendo a la oración y a la misericordia del Señor, porque sin su gracia, nada podemos hacer. Pero la oración es el primer paso. Un poco más ya pueden hacer los hijos por los padres que se encuentran en parecidas circunstancias. Pueden y deben, porque se trata de personas en grave necesidad espiritual.

Lo primero que se me ocurre es abordar el tema; no callarlo por pudor y dejarlo a la misericordia de Dios después del fallecimiento. Nosotros hemos de colaborar con esa misericordia. Cuando llega una seria enfermedad es necesario exponerle al familiar querido la necesidad de preparar con tiempo las maletas. Puede ser que el viaje se retrase, pero por si acaso, hay que estar solícito; también se puede adelantar. Más vale prevenir en este gran negocio de la vida eterna. Convine llamar al sacerdote y exponerle el caso. Pero antes, contar con el enfermo, para que nos dé su aprobación y vaya disponiéndose a arreglar su vida. Si se resiste, ahí está nuestro celo y cariño para buscar el medio; ahí está la Virgen María a quien hemos de suplicar.

Cada caso es un mundo distinto, y no se puede dar una norma general sobre cuál es la decisión a tomar. Tal vez el abandono de la compañera o compañero sentimental, o el matrimonio de conciencia. Quizás incluso la nulidad del matrimonio anterior. Estas posibilidades las aconsejará el cura acompañante. Mejor hubiera sido intentar la solución antes de que lleguen estos momentos. La Santa Sede exhortó al los divorciados a que revisen su situación. Existen muchos casos en que se puede declarar la nulidad del matrimonio anterior, y arreglar así ese tremendo problema de conciencia que consigo llevan los divorciados que han vuelto a unir su vida con otra persona.

Quienes gozamos del don de la fe católica, hemos de ayudar a familiares y amigos en estos trances; no solo rezar por ellos. Porque también vale aquí lo del refrán: "A Dios rogando, y con el mazo dando".

JOB Y UNA PROFESORA. - Nº 255

Leí por primera vez el libro de Job en mi adolescencia. Iba buscando en él la anécdota de Historia Sagrada y me encontré con un dramón filosófico - religioso que no pude asimilar, porque los amigos de Job y el mismo santo metían unas parrafadas que eran para personas mayores de veinte años por lo menos. Y sin embargo, los hechos se cuentan en muy pocas líneas:

Job era un hombre rico y bueno, pero un día Dios quiso probar su fidelidad, y permitió que el Diablo interviniera en su vida. Una serie de desgracias lo asolaron de tal manera que en pocos días perdió toda su fortuna e incluso a parte de su familia. Por si esto fuera poco, una grave enfermedad arruinó su salud, y para no causar asco a los suyos, se refugió junto a un muladar. Y allí, triste, continuó su calvario, agravado por la visita de sus amigos, Elifaz, Bildad y Sofar. Cuando éstos se acercan a Job, quedan impresionados y ni siquiera saben qué decirle; escuchan sus lamentos y descubren su dolor profundo. Incluso le oyen renegar del día en que nació. Los amigos le reprochan y argumentan diciéndole que Dios es justo, la felicidad de los malvados es efímera y el sufrimiento siempre responde a pecados cometidos por el paciente que sufre, aunque no se acuerde de ellos.

¡Menudo consuelo para el pobre Job! Imagino qué cara les pondría cuando les dijo: "Vosotros, en vez de consolar, atormentáis". (16,2). Entonces, Elifaz, el más joven, arremete contra Job y le arguye: "A tus pecados añades la rebelión, te burlas contra nosotros y multiplicas tus palabras contra Dios. (34,37).

Al fin el Señor lleva a Job a reconocer la vacuidad de su sabiduría, y termina con estas palabras: "Ahora, Señor, te han visto mis ojos" (42, 2-6). Y se encuentra así con Dios en plenitud. Todo termina con la vuelta de Job al estado de felicidad que tenía antes de que el Diablo le atormentara.

En mi vida me he tropezado con distintos casos que me han recordado la historia de Job. No todos, por desgracia, han acabo bien. La prueba e infortunio es una crisis, y a veces las personas rompen en esos momentos con todo lo habido y por haber.

Así decía una profesora amiga, muy buena ella, y entregada del todo a sus amigos: "Tras una año agotador, he dedicado el verano íntegro a campamentos y colonias. Al comenzar el nuevo curso no pude aguantar más, y entré en una depresión grave. No hacía más que llorar; todo me parecía vano y estéril. Los alumnos no me apreciaban ni se acordaban de mí. Quise reaccionar por vía de espíritu, pues soy muy creyente, pero me costó mucho levantar cabeza. Hube de agarrarme a la fe, aunque no tenía ganas de nada. Después de varios meses, llegó la calma de nuevo. Hoy me encuentro con gran paz y sé comprender mejor a los que sufren."

Yo veo mucha similitud entre las dos historias. Amigo, si te ves como abandonado en alguna ocasión de la mano de Dios y de los hombres, no desesperes; confía; volverá la paz. Saca fuerzas de flaqueza, y no dejes la oración. Intensifica, porque la historia de Job y de la Profesora se repiten en muchas vidas. ¡Ánimo!

 

CUANDO REGRESÉ DE LOURDES. - Nº 256

Soy una persona inclinada al voluntarismo espiritual. Me encanta ir trazando mis caminos, casi casi hasta valorar los imprevistos. Pero la vida me va enseñando la verdad del refrán: "El hombre propone y Dios dispone". Me gustaba sobremanera impartir charlas sobre temas educativos y de formación religiosa, y hasta llegué a pensar que no lo hacía mal del todo. Pero se torcieron mis planes por completo. Una afección irreversible en las cuerdas vocales me obligó a permanecer prácticamente mudo durante el día, para así poder hacer frente de un modo bastante pobre a mi profesión. Esta circunstancia me impidió por completo dedicarme a mi actividad extra consoladora y gratificante.

Y yo, dale que te pego, ¡a pedir a Dios el milagro! Con esta sana intención, marché a Lourdes. La Virgen María me había de conceder lo que tanto necesitaba.

Un amigo muy piadoso ya me advirtió: "De Lourdes has de volver feliz. Todos los que van con fe, regresan llenos de alegría. Y así fue, pero la garganta no sanó milagrosamente.

Luego he reflexionado mucho sobre el particular: - Cuando nos encaminamos al santuario de la Virgen, casi vamos con el único deseo de obtener la salud corporal. Y no nos damos cuenta de que lo de verdad importante es el espíritu nuevo que nos puede infundir Jesús. Porque Él nos da la vida; y vida en abundancia. La salud está ligada a la persona de Cristo. "De Él salía una fuerza que sanaba a todos". (Jn. 4, 10-14) Y Jesús transmite este poder a su Madre la Virgen María en Lourdes y en otros santuarios marianos. Cristo es el salvador, y nos lo demuestra en esta vida concediéndonos unas veces la salud del cuerpo, y siempre la salud del alma, la paz, la gracia santificante que también suele redundar en un mejor tono corporal. Por estos terrenos van mis reflexiones y el aliento que intento infundir en mis compañeros de fatigas.

Mi amigo tenía razón. Regresé de Lourdes con mucha paz, con fuerza interior suficiente para superar mi crisis de inactividad a causa de mi afección de garganta. Es verdad que mis cuerdas vocales han mejorado algo, aunque no tanto como para dedicarme a impartir charlas de formación religiosa y humana; pero sí lo suficiente para poder relacionarme parcamente. Y sobre todo volvió a mi espíritu una gran paz interior. Me di cuenta una vez más de que unas puertas se cierran y otras se abren; de que también uno se puede relacionar por escrito, y con frecuencia, mejor aún que antes de palabra. Y sobre todo me convencí de que, aun estando uno mudo o sordo, puede sentirse feliz. Siempre queda abierta la gran puerta de la vida contemplativa. ¡Dios está con nosotros! El Dulce Huésped del alma nos acompaña desde el fondo de nuestro corazón. Por si esto fuera poco, en la Comunión, y durante el resto del día en el Sagrario, nos encontramos con el mejor amigo, con la mejor compañía.

TESTIMONIO DE UNOS CHAVALES. - Nº 257

Hoy me ha impresionado el testimonio de unos chavales. Se trata de algo que me han contado en torno a su padre, y también del ejemplo de ellos mismos llenos de fe y esperanza. El padre, todavía joven se fue de este mundo tan rápido que ni siquiera los muchachos se lo pueden todavía creer. Aquí están las frases literales de uno de los hermanos: "Pasó nuestro padre todas las pruebas con buen ánimo, esperando los resultados que nunca llegaron. No causó ningún problema en el hospital; hasta el final nos dio ejemplo de valor y entrega durante los diecisiete días que duró su estancia en la clínica. Éramos, junto con nuestra madre, lo más importante para él, y a todos nos dio ejemplo en la vida y ejemplo en la manera de dar el paso a la eternidad. Su fe era total. Su despedida: "Hasta pronto; no os entristezcáis; os espero en la casa del Padre." Hoy solo nos queda el agradecerte. Gracias por todo lo que somos; por tus ratos de trabajo; por enseñarnos a orar; por tu austeridad; por tu buen humor; por tu entrega final."

Se llena el alma de gozo, cuando uno lee o escucha casos como el de este santo varón, que supo vivir y ofrecer su cuerpo al servicio de los demás en una entrega generosa, a pesar de los límites impuestos por el sufrimiento. Necesitamos muchas personas del temple de este hombre, que logró despertar en sus hijos estos profundos sentimientos.

Cristo no vino para eliminar las realidades dolorosas, sino para transformar la experiencia de las mismas. Eso es lo importante. El caso que nos ocupa no narra ni una curación prodigiosa ni una muerte vulgar. Los mismos dolores y la misma enfermedad pueden dar pie a reacciones de santos y a réplicas desesperadas. La experiencia y los resultados no dependen únicamente de la realidad objetiva, sino también del modo de vivirla. Necesitamos de estos buenos ejemplos para reafirmarnos en nuestro caminar.

Hace unos años colaboré con unos chavales en un concurso organizado por la ONCE. Se trataba de redactar un periódico cuyo título fuera: "Las buenas noticias". Allí no cabía nada sobre asesinatos, guerra o terrorismo. Tampoco debía escribirse nada sobre deportes o chistes. ¡Solo noticias buenas! Y no es tarea tan fácil. No sé porqué, esas buenas noticias, que por cierto existen en abundancia, cuesta tanto encontrarlas. Aquellos chavales hallaron varias muy interesantes: ejemplos maravillosos en el mundo del dolor, no solo por parte de enfermos, sino también de sus cuidadores. Ojalá vivamos nosotros los mayores con los ojos bien abiertos para descubrirlos y después ofrecerlos a la consideración de nuestros semejantes.

Lo que nos cuentan los hermanos de hoy es una buena prueba de noticia excelente. Por algo decía Jesús: "Nadie enciende una lámpara y la coloca bajo el celemín, sino sobre el candelero para que los que entren tengan luz". (Lc. 11,33)

 

 

 

LA VIRGEN, CAMINO DE LEVANTE. - Nº 258

No sé porqué, cuando me acuerdo de mi última operación quirúrgica, viene a mi mente la Virgen de Vallivana. Tal vez un sicólogo, con ganas de perder un poco el tiempo, podría encontrar alguna relación entre estos dos recuerdos míos.

Hace unos quince años, cuando marchábamos de vacaciones hacia Levante por tierras del Maestrazgo, hicimos una parada en Morella, y allí nos sorprendió una tormenta muy aparatosa. De verdad que durante algunos momentos pasé miedo. Aquel pueblo, elevado sobre una colina, envuelto en rayos y centellas, parecía una estampa dantesca. Un par de horas más tarde todo había pasado, y volvió a lucir el sol. Retomamos el viaje y pronto apareció un bello santuario de la Virgen María: el de Vallivana. Allí todo era paz. La imagen de la Señora invitaba a la oración, y en aquella soledad entonamos la Salve Regina.

Ahora, cuando escribo estas líneas, yo mismo, sin ser sicólogo adivino la relación evidente entre mi última operación y la Virgen de Vallivana. Porque también pasé miedo la víspera de la intervención; y también cobré una gran paz, como después de la tormenta de Morella, cuando contemplé sobre la mesilla la imagen de la Virgen María. ¡Qué bien tenerla junto a nosotros cuando llega la tormenta, el peligro o el apuro de una intervención! Ella es la Madre; no se arredró durante la muerte de su Hijo. Allí estaba de pie, por unirse mejor a los dolores de Jesús; de pie, para decirle en voz baja: "Estoy contigo; yo no te abandono". María significa con Cristo junto a la cruz, un solo sacrificio por la redención del mundo. ¡Una ayuda espiritual para todos los que sufren!

Amigo enfermo: si estás con la Virgen María, no temas. Mírala antes del peligro, y contémplala otra vez cuando todo haya pasado. Habrá momentos en que nada te diga. Pero al rato, es fácil que surja en tu mente aquella palabra que María pronunció cuando el Ángel le propuso ser la Madre de Dios: "Fiat". Hágase en mí, Señor, según lo que Tú quieras. Dame fuerza como se la diste a aquella joven de Nazaret; una fuerza que sostenga mi alma hasta el fin. Ella fue corredentora porque te acompañó siempre; desde el principio, hasta que entregaste tu vida en la cruz. Acepta también mi sacrificio.

Me voy dando cuenta a lo largo de la vida de que la Virgen María va entrando en nuestra experiencia interior de manera muy discreta pero efectiva. Por eso merece la pena vivir con intensidad cualquier relación con María: desde la visita a un santuario, hasta encenderle una vela en casa cuando se acerca la tormenta; desde meter en la maleta una estampa suya, cuando nos dirigimos a la clínica, hasta rezar con los hijos o nietos el avemaría cuando vamos a acostarlos. La Virgen siempre en nuestras vidas: desde que nacemos, hasta que emitimos el último suspiro.

LO APRENDÍ DE UN GRAN PÁRROCO. - Nº 259

Durante los años de estudiante en Estella, acompañé en distintas ocasiones a Don Miguel Sola, párroco de gran prestigio, en sus visitas a enfermos. De él aprendí mucho y bueno. Celoso de su misión sacerdotal, era imposible que se le escapara nadie a la vida eterna sin recibir los santos sacramentos, fuera de los casos repentinos. En cuanto se enteraba de algún enfermo grave o crónico, no se le olvidaban sus visitas. Sin forzar situaciones, bien pronto le pedían confesión, viático y unción de enfermos. Era suma la solicitud de este santo sacerdote, cuando la enfermedad llegaba a gravedad extrema. Para asegurar bien el paso a la vida eterna, le impartía después, a diario, la absolución de sus pecados.

Las jaculatorias que más sugería al moribundo eran éstas: "Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí"; "Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte". "San José, ruega por mí". "Dios mío, te amo con todo mi corazón". "Señor, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal".

A todos los enfermos vi con gran paz en los últimos momentos; y la familia quedaba con inmenso consuelo. Todos asumían la despedida de este mundo del ser querido con una resignación próxima a la alegría.

Pues en nuestras manos está ayudar a familiares o amigos a dar el paso de este mundo. No llego a entender cómo personas que se dicen creyentes, engañan hasta el último momento al enfermo; no quieren asustarle. Hay quienes se resisten incluso a llamar al sacerdote, y solo lo hacen cuando el paciente se encuentra destituido de sentidos. Parecen ignorar que los últimos momentos son de gran importancia para todas las personas. Es la hora de aceptar con piedad la voluntad de Dios, la hora de dar los últimos toques al alma para purificarse. Para muchos puede ser la última oportunidad de salvación.

Hace algún tiempo visité a un enfermo grave que no tenía ninguna posibilidad de sanar. Le pregunté a su esposa si le habían insinuado la idea de recibir los santos sacramentos; si, al menos, habían llamado al sacerdote para que le ayudara. Todas las respuestas fueron negativas. - Díselo tú, me insinuó, pero díselo bien, que tú ya sabrás. Y, la verdad, no me parece demasiado difícil decir al enfermo: "Por si acaso, ¿quieres que llamemos al cura? Ya sabes que conviene "por si acaso" tener las maletas preparadas". Nadie se asusta. Y más vale prevenir que lamentar. Por eso, lo más prudente es hacerlo en cuanto uno entra a la clínica.

Hay algunos curas celosos que visitan a los enfermos de vez en cuando, mientras no son rechazados. ¡Buena costumbre! Pero por desgracia no existen suficientes sacerdotes en las clínicas, y es la familia o el mismo enfermo quien ha de avisar.

Y no olvidar las jaculatorias aprendidas del santo párroco, porque un acto de amor puro a Dios, puede suplir en caso de necesidad incluso a la misma confesión. Practicar la respiración artificial, puede salvar vidas. Y el acto de amor puro a Dios puede ser verdadera "respiración artificial" para quien no puede confesarse. ¡"Señor, te amor porque eres Bueno!"

LA HIPERTERMIA DEL PADRE PÍO. - Nº 260

El Padre Pío del Pietrelcina sufrió en su cuerpo traumas desconcertantes. Uno de ellos fue la hipertermia. La primera vez, cumpliendo el servicio militar. Cuando le afectaba la crisis se hallaba como sin fuerzas y muy agitado, un tanto deprimido, pero nunca deliraba. Entonces le ponían el termómetro y lo desbordaba por completo. Aplicábanle otro de baño y llegó a marcar hasta 48,5º. A las cuarenta y ocho horas se hallaba completamente normal, y podía de nuevo escuchar confesiones o dedicarse a cualquier otro asunto de su ministerio. Con frecuencia en aquella temporada le volvió a ocurrir lo mismo, y no tuvieron más remedio que licenciarlo de la mili.

Dicen los médicos que la hipertermia se da siempre acompañada de alguna enfermedad grave; aparece en casos agónicos; y la mayor parte de las veces desemboca en la muerte.

¿Cómo explicar lo del Padre Pío? Algún espabiladillo dirá: "Buen truco para librase de la mili". Pero nada de eso. Repetían decenas de veces la prueba del termómetro con la más estricta atención, y siempre, los mismos resultados. Nadie puede explicar científicamente aquella enfermedad tan curiosa. ¿Podía ser efecto de una neurosis? También ha habido santos con enfermedades mentales. Sin embargo el P. Pío no era de éstos. Se trataba de un hombre absolutamente sano de espíritu, sincero y sencillo, sin trastienda; incapaz de engañar a nadie y ni siquiera de engañarse a sí mismo, diciendo "sí", cuando debiera decir "no".

Después de muchas cábalas se llegó a la conclusión de encontrarse ante un hecho inexplicable. Tal vez Dios lo puso a la consideración de los hombres, a fin de que nos acordemos de la existencia de la Divinidad; de que el Señor está cerca de nosotros; de que existe lo que trasciende a los hombres. Toda la vida del P. Pío es como manifestación de Dios, como una teofanía.

Cuando uno termina de leer la biografía de este nuevo beato, publicada por Sáez de Ocáriz, no le extrañan ninguno de los fenómenos paranormales de este santo varón. Dios nos quiere manifestar de vez en cuando y de diversas maneras que el sufrimiento no es malo por sí mismo; que hacemos bien en luchar contra el dolor; que no debemos provocarlo en los demás; pero que, por encima de todo, el dolor es redentor, mueve el corazón de Dios... y gracias al sufrimiento de Jesús, nos llegó la redención. Soportado con amor a Cristo, nos unimos a su pasión redentora; también nos damos cuenta de que no hemos de agarrarnos al placer como fin. Nuestro único fin es Dios; el amor a Él por encima de todo.

LAS LLAGAS DEL PADRE PÍO. - Nº 261

Cuando me quejaba ante mi padre espiritual de que la fe era muy oscura, me contestaba: "Sí; y pídele al Señor que te la ponga aún más oscura. Mayor será tu mérito. Pídele a la vez su gracia para creer más y más." Razón tenía aquel santo sacerdote dotado de una fe total. Yo no creo sin más ni más. Yo creo porque Dios se ha revelado en

la Biblia y la Santa Iglesia depositaria de la revelación, nos muestra los caminos.

A pesar de que nuestra fe la fundamentamos en la Biblia, palabra de Dios revelada, algunas veces se compadece Dios de la humanidad y nos envía un hombre carismático para ayudar a personas de fe más débil. ¿Y quiénes son esos hombres carismáticos? Son personas dotadas de unas gracias extraordinarias muy llamativas, que tienen por finalidad confirmar el mensaje que Dios les ha transmitido a ellos mismos. Son como las cartas credenciales que avalan ante los hombres la veracidad de aquel mensaje.

Una de las personas más carismáticas de todos los tiempos ha sido el P: Pío de Pietrelcina. Desde sus 30 años hasta los 81, en que murió, nadie ha podido dar una explicación natural al fenómeno de sus estigmas. En las manos, en los pies y en el costado llevó el P. Pío las heridas de Jesús en la cruz. Ni recurriendo a la parapsicología ni a posibles fraudes, han conseguido sus detractores convencer de que aquellas llagas eran puro cuento o enfermedad normal. Manaban sangre fresca todos los días; nunca cicatrizaban, pero no tuvieron infección ni hubo complicaciones dermatológicas; sí, eran dolorosas y molestas para el santo. Como él lo afirmó en alguna ocasión no se trataba de condecoraciones honoríficas par demostrar su santidad; resultaba muy doloroso el poseerlas. Más a gusto vivimos la generalidad de las personas sin estos estigmas gloriosos.

El P. Pío estaba convencido de que Dios se las dio para recordar a los hombres la verdad de Cristo crucificado y resucitado y para que él mismo fuera testimonio vivo de esta gran verdad. Las llagas eran muy dolorosas, pero no llegaban a impedirle el movimiento. No se hinchaban, Y la sangre que brotaba siempre era limpia.

Para quien tiene fe, todo contribuye a ahuyentarla. Para los hijos de perdición, nada merece la pena. Todo es pura patraña. Siempre la enfermedad ha sido tenida como un signo personas de Dios que se acerca y nos purifica. Mas el incrédulo se retuerce ante ella si no la domina, y ansía la muerte que disfraza con el eufemismo de eutanasia.

Si el Señor permite en tu cuerpo o en tu alma el dolor, piensa en estos hombres carismáticos que lo han llevado durante su vida entera para ser testimonio de la realidad de la fe católica. Caminar hacia Dios a través del sufrimiento de la cruz para resucitar con Él. Pero este peregrinaje no ha sido para ellos desgraciado, el P. Pío en concreto tenía sentido del humor; vivía generalmente alegre; era un compañero sencillo y asequible. Y es que no está reñido el dolor con la alegría, ni el placer con la tristeza. Si el corazón vive inflamado por el amor de Cristo, florece siempre: unas veces en la forma llamativa de los estigmas del P. Pío; otras, en la humilde resignación cristiana. Siempre, en una gran paz interior, más valiosa que las excursiones de la tercera edad o las noches de "gaupasa" en nuestra juventud. Así que, cuando viene el dolor, a no ser quejica. Algún bien querrá Dios para nosotros.

SI LLEGO A LA ANCIANIDAD. - Nº 262

A los sesenta años oficialmente uno es anciano, pero yo diría que se trata de la juventud de la ancianidad. Entonces se está suspirando por la ansiada jubilación. Entonces casi todos son capaces de viajar y practicar algún deporte; la inteligencia se encuentra en su plenitud, aunque falle algo o mucho la memoria.

Me refiero ahora a la otra ancianidad, la más severa: cuando el olfato va desapareciendo, y no sirve ya la antigua dentadura; cuando los ojos se llenan de lágrimas con suma facilidad, y los paseos quedan reducidos a la mínima expresión de dar la vuelta a la manzana. A esa ancianidad me refiero.

Pienso que la vejez no se improvisa; se va haciendo poco a poco, pero es muy conveniente prevenirla, e idear algunos trucos para pasarla mejor y con el corazón sereno. Es el momento de saber reaccionar de forma positiva y tranquila, cuando se escucha del médico: "A su edad, no juzgo necesaria la intervención quirúrgica".

Tal vez lea estas líneas alguien que pudiera aconsejar mejor que

yo en estas circunstancias, porque se encuentra ya de lleno en la edad provecta; mas por eso mismo, quizás no le apetezca tomar la pluma para redactar unas recomendaciones. Lo mío lógicamente no pueden ser consejos, sino ocurrencias, que tal vez hagan sonreír a quienes están en esa fase de la vida, en que si Él no me llama antes, dentro de no muchos años desembocaré.

¿Qué haría yo entonces? Ahí va mi imaginación:

- Ante todo rezar más, aunque no tenga muchas ganas. Me gustaría ponerme con suavidad en contacto con Dios, y si el sueño se apoderaba de mis ojos, no me resistiría. Me gustaría, entre los pequeños intervalos de vigilia y descanso, encontrarme reposando en los brazos del Buen Dios.

- También quisiera aguantar sin refunfuñar las voces de nietos o biznietos y de sus acompañantes. Ser un abuelo pacífico capaz de narrar cuentos a los pequeños.

- No desear demasiado la muerte en las noches de calor e insomnio, aunque un poco, sí, porque tiene que ser maravilloso el encuentro definitivo con Dios.

- Me encantaría pasar horas en Betania, recordando morosamente los momentos de gran consuelo espiritual de mi vida pasada; los ratos más íntimos de oración en las iglesias de mi juventud, cuando le prometía al Señor tantas cosas que luego las he cumplido muy a medias, pero casi siempre guiado por la luz de mi primera conversión. Y, junto a esto, fomentar una esperanzadora compunción de corazón, doliéndome con gran paz junto al Señor de los pecados de mi vida pasada.

- También me gustaría leer algo, con ritmo lento. Lo he practicado durante mi madurez y quisiera continuarlo hasta el final, porque me parece hermoso morir con las botas puestas, aunque se encuentren ya muy gastadas de tanto caminar.

- Quisiera también entonces escribir un artículo con este título: "Llegué a la ancianidad". A ver si se me ocurrían las mismas cosas u otras muy distintas.

Pero lo más importante es que cuando llegue la última etapa de nuestra vida, podamos decir al final con Jesús: "En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu".

 

LA UNCION DA SERENIDAD. - Nº 263

Y no me refiero al caso un tanto chocante que me contaron en mi juventud: un hombre de la Ribera de Navarra se encontraba muy enfermo; no sé cuál sería su mal, porque no paraba de hablar. Pidió al párroco que le administrara los santos sacramentos, y los recibió con tal tranquilidad que le dijo al cura: "Ahora vamos e echar un cigarrico a ver qué tal sienta después de recibir la unción".

Otras muchas personas reaccionan muy bien sin llegar al extremo de nuestro buen aldeano. Si hurgamos un poco más en anecdotarios de nuestros santos nos encontramos con bastantes casos parecidos en alegría pero como más serios.

Don Ramón era un sacerdote de gran espíritu misionero que murió en San Sebastián en junio del 97. A raíz de su operación quirúrgica escribió una carta que decía: "A consecuencia de un malestar me obligaron a acudir al médico. El doctor fue rotundo: "Ingreso inmediato en la clínica y operación urgente". Quise prepararme. Me confesé; recibí el santo Viático y la Unción de los enfermos... A partir de ese momento noté una paz extraordinaria. Experimenté como nunca la presencia de Dios; de mi incomparable Dios y la seguridad de que Él es amor, el Amor en eterno acto de explosión y donación... un abrazo interminable. Comprendí que Dios primeramente no es Justicia ni Temor, sino Misericordia, Ternura, Perdón... "Dios es Amor que disculpa sin límites"" (San Pablo).

Me gustaría que se nos quitara a todos el temor o el pudor de hablar al enfermo grave sobre lo que más le importa en esos momentos. Muchos se han propuesto de una manera implícita jamás manifestar un sentimiento religioso como si se tratara de algo impropio de personas del siglo XXI.

Hemos comprobado que el mayor consuelo que tienen los familiares cuando ha partido en ser querido a la otra vida, es pensar que ha cuando ha partido un ser querido a la otra vida es pensar que ha recibido bien todos los sacramentos y ha descansado en la paz del Señor. Y hemos de exclamar con Don Ramón, el cura misionero: "Dichoso el que ha logrado comprender el insondable y estremecedor don de Dios al alma que no se desmiente ni un instante. Pronto se abrirán las puertas del hogar eterno, donde es todo luz; y el amor se envolverá en llamas y fulgores, abismándonos en su inalterable paz. Ven, Señor, Ven".

Con un poco de fe que tengamos es suficiente para sobreponerse a estos falsos temores y ayudar a dar el paso supremo. Sí, evitar a nuestros enfermos todos los dolores posibles; cubrirlos de atención y de ternura. Pero jamás olvidarnos de que los últimos sacramentos precisamente ayudan al que sufre a terminar con paz esta vida y a prepararse para la eternidad.

 

 

ASUMIR LA FIEBRE O LA DEBILIDAD. - Nº 264

Hoy aprecio la enfermedad en un sentido mucho más auténtico que en el pasado ya lejano. La debilidad, el sufrimiento, la pobreza, la ignorancia, la ancianidad, siempre es dolor que purifica. Desde esta dimensión, nuestra labor de atender a los enfermos va más allá de acudir a clínicas y hospitales; llega hasta la exigencia de cumplir con fidelidad las catorce obras de misericordia, siete espirituales y siete corporales, que estudiábamos en el Padre Astete.

En todos estos casos de debilidad propia, me parece necesario comenzar por aceptar la cruz, o, como hoy diríamos, asumirla. Algunos temen que el hecho de aceptar el dolor les pueda llevar a una pasividad cobarde y estéril. Casi se rebelan contra la providencia de Dios, como si el mal se remediara mejor con la amargura. El cristiano intenta, sí, superar el dolor, pero con paz; y, conociendo que es preciso dar un paso importante, llegar a venerar la propia cruz, como se venera la cruz de Cristo.

Hace pocos días me tocó sufrir una prueba médica bastante dolorosa. Y se me ocurrió decirle a la persona que me asistía: "Seguro que algún viejo cascarrabias se habrá puesto agresivo mientras le hacéis estas cosas". Ella me respondió: "¡Qué va! La gente mayor está acostumbrada a sufrir. Más difíciles son algunos muchachos jóvenes".

Pienso que tanto el anciano como el joven hemos de someternos al plan de Dios que nos va guiando con mano providente. Es preciso a todos saber aceptar, y en ello tenemos un gran mérito delante de Dios. Algunos creen que lo de verdad meritorio es el sacrificio voluntario: socorrer personas necesitadas, ayunar o abrazarse con la pobreza, después de haber entregado todo a los menesterosos para servir en ellos a Jesús. Y, como de esto no se sienten capaces, dejan de aprovechar la mina inagotable del sufrimiento diario, como si se tratara de espinas sin valor alguno.

Conocí a un sacerdote celoso, entrado en años, que sufría sobremanera al no poder ya hacer nada en favor de sus hermanos. Al cabo del tiempo asumió, como era de esperar, su situación, y se percató de que el amor a Dios e incluso al prójimo no consiste tan solo en las obras externas con éxito humano. Se dio cuenta clara de que la caridad radica fundamentalmente en la voluntad. Pueden producirse muchos actos internos de gran valor para la gloria de Dios y salvación de las almas. Cristo fue redentor mientras predicaba y curaba enfermos; pero culminó su obra salvadora con la pasión, muerte y Resurrección. ¡Vamos a mirarnos en el espejo de nuestro Maestro!

 

NO SÉ SI ES ENFERMEDAD, PERO... - Nº 265

Ayer me dedicó un amigo su bellísimo poemario de treinta y tres sonetos, adornado todo él profusamente con láminas de Doré. Me lo leí de un tirón, y lo hice despacio y con alma compungida. Era como zambullirse en las tinieblas profundas de una noche sin fe; pero mi amigo sí tiene fe y mucha, aunque en esa angustia tenebrosa de la duda no consentida. La composición poética parece ser una paráfrasis de los primeros versos del cántico espiritual: "¿Adonde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido? Como ciervo huiste habiéndome herido; salí tras Ti clamando y eras ido". Me hubiera gustado que mi amigo profundizase también en aquello del mismo Cántico Espiritual: "Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura"; aunque no sé si tendrá fuerzas para ello.

No trato ahora de analizar de forma crítica esta obrar bella, de muy pocos conocida. Me fijo más bien en el amigo que sufre; en lo que revelan estos versos llenos de tinieblas interiores. Hoy muchas personas intelectuales están viviendo su fe con verdadera angustia, como Teresa del Niño Jesús en la última etapa de su vida, o como el mismo Cristo cuando estaba colgado en la cruz. Yo diría que este fenómeno es algo que se está haciendo característico en el mundo occidental en un sector considerable de creyentes. ¿Se tratará de una verdadera enfermedad espiritual?

Esta pregunta me abruma un poco el corazón. En todo caso, quienes viven su fe de esta manera, sufren. Se trata de un dolor distinto de la enfermedad común; distinto también de la enfermedad mental, y en cierto sentido bastante mayor que ambas. ¡Sufre el alma en lo más íntimo de su ser, su relación con Dios, por quien apostó durante toda su existencia!

Yo quisiera que quienes han de llevar este calvario, se esfuercen por pasar de aquella sexta palabra de Jesucristo en la cruz, "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", a aquella otra, la última, llena de confianza: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". ¡Cuántas veces hemos de recordar esta jaculatoria de Nuestro Redentor! Porque la vida interior humana es muy dura, aun para quienes disfrutan de cierto bienestar económico y de una buena salud corporal o psíquica.

¡Qué interminables y sombrías son las noches oscuras del alma! Unas veces se unen a una existencia inmersa en el amor de Dios, y entonces parece que se encuentran con mayor facilidad resortes para enderezar nuestras aspiraciones hacia el Señor que llenó de alegría nuestra juventud. Pero en otras ocasiones, las nubes cárdenas abruman el espíritu del hombre tibio, casi ya incapaz de elevar su alma hacia el Señor, casi ya ignorante de su fe primitiva... ¡Dios mío! ¿Será esto una especie de sida espiritual? No quiero ni pensarlo. Yo prefiero sugerir con el corazón lleno de confianza lo que aconsejaba San Bernardo: "Cuando la tempestad de tu existencia te llene de la zozobra del alma: Mira a la Estrella; invoca a María". Que merece la pena llenarse de esperanza, porque el Reino de los Cielos está dentro de nosotros. Y escucharás la voz de Jesús que te dirá: "¿Hombre de poca fe, ¿por qué has titubeado?"

 

CARTAS A LOS ENFERMOS. - Nº 266

 

No siempre el enfermo necesita recibir visitas; a veces tiene demasiadas. Por supuesto, cuando alguien acude a él, ha de suponer que no se le puede exigir a un paciente que dirija y mantenga la conversación. Incluso con frecuencia ni siquiera podrá tomar parte en ella; y a veces sufre lo indecible al verse obligado a aguantar una tertulia no deseada ni aceptada. La discreción ha de ser norma fundamental para el visitante. Una carta, en cambio, nunca molesta: se abre cuando a uno le apetece; incluso puede ser leída por otra persona distinta.

Tengo en mis manos un bello ejemplar que está escrito por un sacerdote y va dirigido a una señora muy fervorosa. La transcribo porque me parece muy provechoso para los enfermos o cualquier persona que pueda dirigirse a ellos.

"Muy estimada señora: Si las cartas escritas se correspondieran con la multitud de recuerdos, todos los días habrías recibido noticias mías, como diariamente hago en la oración, en la Santa Misa y en la visita al Sagrario. Y todos tus amigos lo venimos haciendo diariamente. Te recordamos ante el Señor por tu propio nombre y con todo cariño. Comprendemos tu situación convaleciente; por eso no hemos querido molestarte con llamadas individuales, pero hemos estado en todo momento informados de la evolución de tu enfermedad y de los últimos progresos en tu rehabilitación. Todos me preguntaban por ti. Algunos sugerían el hacerte una visita en grupo cuando estés recuperada, y a todos nos pareció bien. Más adelante veremos cuál es el momento en que puedas atendernos sin preocupación.

En tus cartas de antes, tan fervorosas de amor a Dios, siempre había alusiones al sufrimiento. Ahora padeces en tu propia carne la limitación de movimientos. Pido a Dios que por la aceptación redentora del dolor, no pierdas un segundo siquiera de gracia y de gloria que acompañe tu tesoro después de estos padecimientos. Sé que es más fácil predicarlo que sufrirlo; aunque ya sabes que yo también llevo mi cruz. Y se me ocurre aquella frase de San Pedro (4,3) que nos podemos aplicar. "Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo para que, cuando se manifieste su gloria, exultéis de gozo". Que la meditación de la pasión de Jesús te libre de pensar que estás perdiendo el tiempo por tu forzada inactividad. Cristo en la columna o preso en los calabozos, privado de libertad, consumaba la redención.

Dios sea siempre contigo. Que este tu doliente testimonio sea riqueza espiritual para ti, para nuestro apostolado y para toda la Iglesia. Te enviamos nuestra más ferviente oración y cariñoso recuerdo".

Me parece que con eso del teléfono estamos perdiendo la sana costumbre de escribirnos. Con frecuencia una carta es más expresiva en el terreno afectivo y espiritual que muchas conversaciones. No olvidemos escribir cartas enjundiosas a nuestros amigos enfermos; les harán mucho bien y les ayudarán más que ciertas visitas anodinas.

EL COPÓN DE DON ÁNGEL. - Nº 267

Don Ángel Riesco, nuestro antiguo obispo de Tudela, era muy pobre para sí mismo, pero rumboso para los demás. Cuando en 1948 partió de la parroquia de La Bañeza para tomar posesión de la Vicaría General de Astorga, quiso hacer dos regalos: para los pobres, trescientas raciones de pan, azúcar, garbanzos y aceite, y para la parroquia, un bonito copón. Escribió estas palabras en una célula junto al vaso sagrado: "Pensé qué daros y me decidí luego; algo para la parroquia, que es decir tanto como algo para todos. Y os doy un copón, en el que todos tendréis una Hostia divina cada mañana, y sobre todo tendréis en él un viático para el viaje a la eternidad".

Llama la atención la solicitud que tienen todos los hombres de Dios para atender tanto a los pobres como a los enfermos. Y no se contentan tan solo con saciar el hambre del cuerpo, sino también la necesidad del alma durante la vida, y en el paso a la eternidad. Hoy muchos se preocupan de remediar la pobreza y las dolencias del cuerpo, pero ¿nos preocupamos del mismo modo en preparar nuestras almas para el paso definitivo? Y este es el problema de primera magnitud que debiera interesarnos.

Con mimo preparan los novios el piso que ha de ser su morada durante años. Normal; para eso quieren vivir juntos toda su existencia. ¿Y la eternidad no merece ser preparada con idéntico cariño?

Muchos ya no conocen el significado de la palabra "viático": es la comunión que se administra a un enfermo grave, para que Jesús Eucaristía le acompañe en el camino hacia la Patria del Cielo. Hoy nos gusta, sí, que nos den la comunión cuando nos encontramos en la clínica, pero a veces la familia prefiere camuflar un poco el rito y que el enfermo no se dé cuenta de que se trata de una comunión especial, el viático, la compañía del Señor para el viaje sin retorno.

Don Ángel Riesco se distinguió en su vida, tanto de cura como de obispo, por la solicitud exquisita para con los enfermos. Los visitaba siempre, sin exceptuar el tiempo de pastoreo por los pueblos de Asturias o la Ribera de Navarra. Él procuró que recibieran a Jesús cuando el mal se hacía grave. Por eso regaló un copón al despedirse de su parroquia de La Bañeza.

Me parece que debiéramos grabar en el fondo de nuestra alma los dos grandes amores de Mons. Riesco: los pobres y la Eucaristía. De tal manera que en el momento mismo en que nos encontremos enfermos de importancia, enseguida pidamos la sagrada comunión, y junto a ello, rogar a nuestra familia que en nuestro nombre dé algún donativo para las personas necesitadas. Es la mejor manera de obtener bienes para el Cielo. ¡Bienaventurada la casa donde los que mueren reciben los santos sacramentos!

 

CURA DE SILENCIO. - Nº 268

Imaginar uno de sí mismo que está mudo, cuesta poco; serlo de verdad, es otra cosa. Permanecer sin poder hablar durante varios meses, es algo que para algunos supondría una tortura psicológica, para otros, por el contrario, un enriquecimiento interior. Estar como un pasmarote horas y horas delante del televisor sin poder hacer comentarios con nadie, resulta poco halagüeño. Don Ángel Riesco, nuestro antiguo obispo auxiliar de Tudela, hoy camino de los altares, experimentó más que otros lo que es guardar silencio por necesidad.

Cuando fue nombrado obispo auxiliar de Oviedo, en 1958, le encomendó el anciano titular, realizar las visitas pastorales a los pueblos peor comunicados. Comenzó D. Ángel con ilusión su pastoreo, pero hubo de interrumpirlo, porque se quedó sin voz, a causa de una afección en las cuerdas vocales. Aquella situación le supuso varios meses de inactividad y una operación quirúrgica. Hubo de guardar silencio total por prescripción facultativa. La comunicación con la gente había de realizarla con papel y lápiz. Esto le restringía notablemente el relacionarse, y había de contentarse con el mínimo. Para él fue un gozo aquella soledad; de esta manera pudo profundizar en su relación con Dios. Sacó fuerza para el resto de su vida que tan dura le iba a resultar, a causa de la marginación a la que inexplicablemente se le sometió.

Mons. Riesco pudo reanudar su ministerio después de este bache de salud. Así escribía. "He de consultar con los médicos otras varias cosas, para que este cacharro que llamamos cuerpo quede apto para el servicio del Señor con la máxima eficacia". Y siguió los meses siguientes su visita pastoral a caballo, a pie o en Land-Rover. Luego le sobrevino el viacrucis de la marginación, cuando fue destinado como obispo auxiliar del administrador apostólico de Tudela. En esta ciudad tenía Don Ángel fama de santo. Como recuerdo de él guardan su retrato en el Ayuntamiento tudelano.

Lo importante es que nos fijemos en su testimonio. Durante su cura de silencio, premonición de lo que después le iba a suceder, profundizó en su vida interior. A veces hemos de dar un parón largo en nuestra actividad laboral o de relación con nuestros semejantes. Es preciso aprender en esa vacación forzosa, a entregarnos de un modo especial a la relación con Dios, y a sacar fuerza para el resto de nuestra vida. Por algo solemos decir: "Dios escribe derecho con líneas torcidas".

SUPERAR LA MARGINACIÓN. - Nº 269

He visto a más de uno enfermar de depresión al sentirse marginado y olvidado como un trasto viejo. La marginación de personas suele ser el fruto de un pecado colectivo contra la caridad o contra la justicia. "¿Soy acaso guardián de mi hermano?", decía Caín. El problema es cómo ayudar al enfermo por culpa de una situación social o laboral. Siempre es bueno mirar la reacción de hombres santos. En Navarra tenemos un caso patente, verdadero foco que puede iluminar y dar fuerza a quienes padecen persecución por la justicia o sufren el entredicho social.

Parece ser que el drama de Don Ángel Riesco, obispo auxiliar del administrador apostólico de Tudela, comenzó en Avilés. El primero de mayo, el obispo en cuestión, habló claro ante la HOAC o la JOC. A todos los obreros llenó de entusiasmo escuchar a un hombre de Iglesia hablar así. Pero no gustó tanto a las autoridades civiles. El caso es que muy pronto fue relegado al ostracismo, a pesar del aplauso y afecto del pueblo y de casi todo el clero. Un obispo, todavía joven, despedido a córner, como se comentaba entonces en Navarra. Apenas se le daba oportunidad de trabajar en su ministerio. Ha sido un caso misterioso.

Pero ¿cómo era la vida espiritual de Don Ángel? Unos condiscípulos de él afirmaban que siempre había pedido al Señor humillaciones. Había profundizado mucho, durante los Ejercicios, en la tercera manera de humildad de la que nos habla San Ignacio de Loyola. Y de verdad escuchó Dios su oración. Mons. Riesco apreciaba el valor redentor de la humillación. Lo que aparentemente es marginación, puede convertirse en fuente de fecundidad. Él mismo decía: "Es mejor no pensar en ello y ofrecerlo todo, íntegramente, con santa entrega y alegría con el dolor de Jesucristo para que la caridad reine en el mundo..." Y vivía siempre alegre. Por algo hizo el singular voto de alegría. No se amargó; ni protestaba contra nadie. Tuvo fe para superar la montaña de miserias humanas. Así escribe uno que le conocía bien: "Yo que era amigo de suyo, nunca le oí la menor queja contra sus calumniadores, a quienes trataba con la misma naturalidad y sencillez que a todos los demás, como si fueran amigos leales".

Sí; es un pecado social la marginación; y hace falta un temple heroico para superarla. Pero en lugar de deprimirnos ante una situación injusta, y mientras luchamos contra ella sin odio ni desgarros, es preciso mirarnos en estos hombres de Dios, como Don Ángel, que alumbran nuestros pasos por los senderos del bien. *

* Datos tomados del libro "Don Ángel, sencilla historia de un obispo sencillo" de Maximino Pérez S. J.

 

CUIDAR Y SER CUIDADO. - Nº 270

Cuando avanza la vida de nuestros mayores, a todos nos invade un temor: ¿podrá valerse por sí mismo? ¿Le llegará la invalidez total? Porque la gran dificultad es cuidar a un gran inválido, máxime si tiene perdidas las facultades mentales.

Según estadísticas recientes, siete, de cada diez cuidadores, son mujeres, y muchas de ellas tienen más de 65 años. Por otra parte, los hospitales psiquiátricos no suelen ser ya residencia permanente de enfermos. Los internamientos cada vez se estilan menos, y durante un período más o menos largo, según casos.

Hemos de hacernos la idea de que durante una temporada nos ha de tocar cuidar de minusválidos, o, tal vez, ser atendidos como pacientes. La esperanza de vida aumenta, pero observamos a la vez que la tercera parte de cuantos van sobrepasando la edad de jubilación, sufre incapacidad, o dos problemas crónicos de salud. El cuidado de todas estas personas se cubre, sobre todo, desde las familias. El 80% de los impedidos permanece en su hogar. Además, así lo desea una gran mayoría.

Por mucho que nos estimulen políticos y sociólogos, afirmando que aumenta la calidad de vida, es pura utopía y buenos deseos. Vamos a preguntarles a quienes están discapacitados, cuando se dirigen todas las mañanas a "Centros de día." Esa calidad de vida es muy relativa: se trata de poner parches en cueros viejos. Nuestra cultura hedonista tropieza enseguida con otra realidad poco grata.

El cuidador de los enfermos ha de pensar que peor es la suerte del paciente. Y quien recibe las atenciones, es preciso que reconozca agradecido todo cuanto por él se hace. Es muy fácil creer en los propios derechos, y estar siempre exigiendo mayores atenciones.

Hace unos años escuché una conferencia que nunca olvidaré. Iba dirigida a un grupo bastante numeroso de la tercera edad. No trataba el orador de echar culpas a nadie, pero sí insistió mucho en que todos debiéramos fijarnos más en nuestras obligaciones que en nuestros derechos. Así habría más paz y más justicia en el mundo. San Pablo nos lo dice de otra forma: "Que cada uno lleve las cargas de los otros, y así cumpliremos la ley de Cristo". (Gal. 6,2) Por eso el cuidador ha de escuchar al enfermo, compartir con él sus problemas y esperanzas, sus dificultades, su historia y su humanidad. Entenderemos de esta manera en profundidad la palabra "asistencia", y valoraremos de verdad a la persona del enfermo.

Y hemos de tener también en cuenta la atención religiosa del paciente. Esta dimensión de la persona no es para vivirla en solitario, como si se tratara de algo vergonzoso.

Quien recibe estas atenciones, nunca piense que tiene derecho a ellas; aunque se le deba todo en justicia o equidad, ha de mostrase muy agradecido y pagar de alguna manera cuanto se hace por él; desde la sonrisa complacida, hasta la comprensión de todo cuanto trabaja quien de nosotros cuida; desde la oración sincera a Dios por todos los benefactores, hasta el detalle material que pueda compensar un poco cuanto recibimos con cariño. ¡Que a nadie la amarga un dulce!

¡HACE FALTA TENER SEGURIDAD! - Nº 271

Así pensaba un ciclista una noche antes de dormir: "Van transcurriendo los días de la carrera. Son muchas etapas muy duras, de montaña; otras, llanas del todo pero con viento en contra; algunas, con la suaves, pero muy largas. Al final, llegará la meta, la gloria que he merecido, por haber participado firme en la competición. ¡Ojalá que el cristiano estuviera con este ánimo! Y en todo momento de la ruta, que el alma quede remansada en una paz que Dios sólo puede dar.

Sean cuales fueren nuestras preocupaciones y sufrimientos, Jesucristo sufrió más que nosotros y está junto a nosotros en los momentos más cruciales de nuestra existencia. ¡Menudo carrera dura que Él tuvo! Pero Jesús ha vencido el dolor; tú también puedes vencerlo. Y lo dominarás

Hace falta tener alta la moral y seguridad en sí mismo para poder decir: "Yo he vencido al mundo". Y esta frase no la inmortalizó Alejandro Magno ni César al ganar una batalla famosa. La dijo, ni más ni menos, Jesús; la pronunció en las circunstancias más desfavorables: la noche en que iba a ser entregado. Además, no suponía este aserto una afirmación de poder, sino que se trataba de una frase llena de ánimo para sus seguidores, los cristianos. Así aparece en el Evangelio: "En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo".

La advertencia para los cristianos es clara: el sufrimiento ha de estar a la orden del día, pero gozaremos siempre del apoyo de nuestro jefe y maestro. Si somos discípulos de Jesús es preciso que estemos dispuestos al sufrimiento. Ya lo dijo Él: "Quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame".

Nadie podrá excusarse de llevar la cruz sobre sus hombros. Padecemos por nuestros propios defectos; ¡es tan difícil ser bueno. El cuerpo se resiste a ser sometido, y cada año envejece, y ha de pagar su tributo a la naturaleza. Otra cruz muy dura, ver sufrir a nuestros seres queridos, sin ser capaces de poder eliminar su angustia. Y por si todo esto fuera poco, el demonio -¡porque existe el demonio! - se entretiene "acechando como león rugiente buscado a quién devorar". Yo imagino al demonio lanzando desde un avión a todos los fieles del Señor propaganda distractiva, de desaliento y tristeza; y en ocasiones gastando "bromas" de la más baja calidad... Pero nuestra carrera tiene una meta con triunfo seguro. ¡A no desanimarse!

 

SABER ENVEJECER. - Nº 272

Hemos visto al Papa Juan Pablo II en su larga trayectoria humana de Sumo Pontífice: desde una prolongada juventud madura, hasta la ancianidad en decrepitud, aunque con lucidez mental más propia de ángeles que de seres humanos. "Yo también soy anciano", decía en los comienzos del año 2000; y comunicaba una serie de vivencias propias en una carta - diálogo que resultaba gratificante para todas las personas mayores.

Juan Pablo II es gran testimonio de una vejez vivida a tope. A pesar de las limitaciones que le imponen sus achaques, no solo conserva el gusto por la vida, como él mismo lo afirma, sino que también conduce a la Iglesia con mano firme, y con la madurez propia del hombre que ha sufrido en su carne la enfermedad y los efectos del terrorismo.

Recuerdo por contraste el drama íntimo que supuso en una señora la necesidad de ayudarse con un bastón, cuando cumplía ochenta años. Otra persona, en cambio, a la misma edad sufría un accidente, y hubieron de amputarle la pierna derecha, pero en ningún momento llegó a compadecerse a sí misma. "Ahora podré dedicarme más a fondo a escribir", decía.

Llegar a la ancianidad es una bendición de Dios. En la Sagrada Escritura se nos dice: "Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días sobre la tierra". Donde se cumple este precepto, los ancianos saben que no corren peligro de ser una carga inútil.

Es preciso saber reaccionar cuando llega dentro de la ancianidad la decrepitud o minusvalía. Parece que todo se conjura en contra del hombre débil. Pero conviene reaccionar al estilo de San Pablo (Cor. 12,7) "Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad." No me puedo permitir el lujo de caer en depresión, me decía un señor pocos meses después de enviudar. Y continuó dedicándose con ahínco a la obra de apostolado en la que había puesto el corazón.

Conviene prevenir las dificultades y contratiempos con la gimnasia interior del propio carácter. No se puede por lo general dominar una situación adversa de forma repentina; el héroe no se hace en un día. Para conseguir y ejercer con soltura un puesto de trabajo, nos preparamos estudiando una carrera, aprendiendo un oficio, y observando cómo trabajan personas de prestigio profesional así como también a quienes fracasan, para no caer en los mismos errores. De la misma manera, para asumir la ancianidad y vivirla con provecho, es preciso contemplar cómo la han afrontado distintas personas. Ellas pueden ser modelo de nuestro obrar; o por el contrario, nos brindarán la determinación de no seguir senderos equivocados.

Es bueno también leer algún libro que nos enseñe la manera de afrontar esta etapa final de la vida, y asistir a conferencias sobre el tema.

 

VENTAJAS DE LA ANCIANIDAD. - Nº 273

No me cambiaría por un joven, a pesar de mis sesenta y seis años. Lo único que envidio en ellos es la agilidad y la frescura de su memoria. Comentaba esta idea con un amigo de mi quinta y los dos coincidíamos. Me dio gusto cuando el Papa Juan Pablo II corroboraba nuestro sentir, - él nos pasa quince - con estas palabras: "El otoño de la vida tiene sus ventajas: atenuando el ímpetu de las pasiones, acrecienta la sabiduría, y da consejos de gran madurez. Por otra parte, la Sagrada Escritura interpreta la longevidad como un signo de la benevolencia divina".

De pequeño me parecía imposible que yo pudiera llegar a la edad de mi padre; pero ya le he sobrepasado. Ahora creo que empiezo a comprender mejor el sentido de la vida; ahora comienzo a gustar un poco la sabiduría del corazón. Esto proporciona gran paz y felicidad; algo de lo que he carecido durante ciertas épocas de mi juventud. ¿Que vienen los achaques y molestias naturales? Pues algún tributo hay que pagar a la naturaleza; todavía no estamos en el Cielo. Es posible que nuestros últimos días sean duros como los de Teresa de Lisieux o los de nuestro Maestro Jesús. Ni este pensamiento nos ha de hacer perder la paz.

La ancianidad hoy es minusvalorada. Con eso de las pre-jubilaciones y otras lindezas a los cincuenta y ocho, da la impresión de que a la persona madura le queda poco que aportar a la Sociedad. Hasta parece que asoma arrogante, con su guadaña de plata, la eutanasia, disfrazada de humanismo, para solucionar situaciones dramáticas. En muchos pueblos, afortunadamente, no se piensa de la misma forma.

Los ancianos tienen una misión que cumplir: ser faro y guía de la juventud; ayudar a la interpretación de los ideales y valores comunes que rigen y guían la convivencia social; ser testigos de la fe en un mundo indiferente a los valores supremos; ofrecer consejo y enseñanzas preciosas que han sido elaboradas con experiencia de años.

En fin, aunque a algunos parezca extraño, el pensamiento de que el ocaso y final de esta vida se encuentran próximos, no perturba la paz; incluso proporciona un gozo sereno, "porque el Señor está cerca". Nuestra misión en este mundo llega a su fin. Por eso comienza uno a degustar con mayor sabiduría ("sapere", "sapientia"), la frase de San Pablo: "En cuanto a mí, a punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente el tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás ya está preparada la corona de la justicia que me otorgará aquel día el Señor, justo juez, y no solo a mí, sino a todos los que aman su manifestación". (2 Tim. 4, 6-8)

Pocas cosas en este mundo tan ventajosas como una ancianidad serena. Y, si en algo nos remuerde la conciencia de la vida pasada, ¡pues a confesarse!

 

 

AUMENTA LA SENSACIÓN DE SOLEDAD. - Nº 274

Conocí a una señora que, en los diez últimos años de su vida, no salía de casa para nada. Y no es que estuviera enferma, simplemente no le apetecía. Vivía sola; una persona amiga le hacía las compras, y no ansiaba que nadie la visitara. Su soledad era profunda, pero no se confundía con la depresión. He oído otros casos más dramáticos: gente sin familia ni amigos. Su aislamiento era tan grande que perdían incluso la noción del tiempo, y se veían precisados a llamar al teléfono de la esperanza para relacionarse con alguien. De un hombre leí que apareció muerto en un sillón, diez años más tarde de que sucediera el óbito, y lo notaron por la hoja de calendario de la cocina donde yacía.

Se calcula que, en el País Vasco y Navarra, alrededor de cuarenta mil familias no tienen parientes próximos, y si los tienen, no se relacionan con ellos. Probablemente este colectivo irá en aumento. Muchas de estas personas se relacionan solamente con las dependientas de las tiendas, pero como van aumentando los grandes almacenes, incluso este trato superficial va desapareciendo. La llamada telefónica de algún pariente palia un poco la sensación de total aislamiento; es el único hilo que les une con la afectividad.

Esta soledad la padecen en mayor medida las familias a cargo de una mujer mayor de sesenta años, y, por supuesto, las viudas solitarias, máxime si no tienen amistades íntimas. Alrededor del 5% de nuestra población está sufriendo una soledad bastante profunda. Y es mayor cuanto menor sea el nivel social de los mismos.

Nos preocupa este problema, porque puede ir poco a poco degenerando en enfermedad mental de depresión. Algunos no logran asimilar esta situación y pueden incluso desear la muerte como solución única. Por otra parte, las revistas que voy leyendo sobre el particular, detectan el problema, pero apenas aportan soluciones.

Pienso que lo primero en quien siente esta angustia es comenzar con un acto de decisión dentro de la más total sinceridad. La parroquia es el hogar de las almas, y considero muy importante entrar en contacto con algún sacerdote que nos puede introducir en el grupo adecuado a nuestra manera de ser. Incluso en núcleos rurales se pueden encontrar soluciones a través de este medio. Es cuestión de decidirse a romper ese silencio que cada vez puede acobardar más a quien lo padece.

Incluso se pueden organizar contactos a través de teléfono o de correspondencia escrita. Para los que manejan la informática, el correo electrónico puede ser un medio moderno maravilloso para conseguir relacionarse. Por otra parte es cómodo y barato. Y la profundidad de la comunicación escrita con frecuencia es mucho mayor que la amistad ordinaria o la conversación común.

Nunca desanimarse. Comenzar ante todo por vencer la depresión con ayuda de un psiquiatra si fuese preciso. La vida es bella, y conviene pensar que en el fondo todos estamos solos. Es el tributo que pagamos a nuestra individualidad tan querida. Se trata, pues, de paliar un poco esta soledad, cuando nos muerde demasiado.

 

PARA UNA SOLEDAD AMIGA. - Nº 275

Es fácil describir el problema de la soledad, incluso reducirlo a símbolos numéricos por medio de la estadística. Más difícil, solucionarlo. Y mucho más difícil y meritorio, prevenirlo. La soledad es una de esas cuestiones que a algunos trae a mal andar, en cambio para otros es fuente del gozo más íntimo. La persona capaz de transformar su propio desierto estéril en recóndito paraíso, ha logrado una conquista interior más valiosa para sí mismo que el más brillante puesto de relumbrón. El psicólogo que consiga ayudar a las personas solitarias a vivir su estado en serena alegría, merece el máximo prestigio profesional.

¡Maldito viernes!, decía C. C. Bilbao, queriendo describir la situación angustiosa de una persona al acabar la semana laboral, que impone un horario, pero garantiza la compañía de otras personas. Los viernes por la tarde y todos los sábados o domingos, el teléfono de la esperanza suena de continuo. Es precisamente el fin de semana, cuando algunos psicólogos han de practicar horas extra. Y en las fiestas de Navidad, fin de año y vacaciones estivales, el aislamiento para muchos se convierte en tortura. Si alguna vez se deciden estas personas a hacer un viaje, ven que todo está organizado por parejas. Sin embargo, en ocasiones logran romper el muro de la separación y encuentran una amistad buena, pero después todo queda reducido a la nada o a la periódica conversación por teléfono, porque les separa la friolera de mil kilómetros.

Casi todas las personas aisladas buscan una sólida amistad. Muchos, incluso con minusvalías, lo han conseguido, a través de la asistente social o del teléfono de la esperanza. Otros, por medio de asociaciones que asumen precisamente la finalidad de ayudar a enfermos o minusválidos. Lo cierto es que, quien se siente agobiado por esta circunstancia, ha de hacer algo para salir de tal bache.

Ante todo es necesario tomarlo con cierta filosofía; con gran espíritu de fe y confianza en la Providencia de Dios. "Todo cuanto nos sucede contribuye al bien de los que aman a Dios". Me gusta partir siempre de este principio aprendido en las cartas de San Pablo.

De todos los argumentos que un día leí a favor del celibato de los sacerdotes, éste me llamó la atención: "Es conveniente - decía - el celibato sacerdotal, como testimonio y ayuda a personas marginadas o solitarias que no han podido contraer matrimonio por enfermedad u otras circunstancias especiales". Y esto me da pie para llenar de esperanza a quienes se debaten en la angustia de su solitariedad: intentar llenar ese vacío con Dios; con la oración por este mundo paganizado; una especie de vida contemplativa distinta de la existente en los conventos, pero muy llena. Se puede pensar que se trata de una vocación en la que nunca se había reparado. Las circunstancias personales nos pueden ir guiando hacia aquí.

¿Por qué no acudir a un sacerdote bueno o a una religiosa centrada en lo suyo? Nadie como ellos pueden tener mejores recursos, porque a lo largo de su vida, en más de una ocasión, se han visto envueltos en tristezas parecidas y las han superado. Una buena dirección espiritual puede ser en este terreno mejor que la misma ciencia del psicólogo.

 

RESIGNACIÓN, PALABRA OLVIDADA. - Nº 276

Corrían los años cincuenta, cuando la palabra "resignación" se escuchaba tanto como ahora el vocablo "tolerancia". Solíamos entonces hacer teatro los jóvenes estudiantes; eran comedias "unisex", de solo chicos o de solo chicas. La editorial, "Galería Salesiana", apañaba de tal manera las obras dramáticas o cómicas que solamente actuaba en el plató gente del mismo sexo; varones en nuestro caso. No me viene a la memoria el título de la obra en cuestión. Solo recuerdo una escena: había muerto el padre de familia y nada podía ya hacer el médico por el difunto; era demasiado tarde. Pero muy humano él, consolaba a la viuda repitiendo una y mil veces: "Resignación; mucha resignación". Desde entonces pocas veces he vuelto a escuchar esta palabra que, si nos descuidamos, pronto aparecerá en el diccionario como propia del castellano antiguo; sin embargo, denota nada menos que toda una manera de afrontar el problema del dolor.

Una postura ante el sufrimiento es el silencio en un sentido negativo. ¡Bastante es callar cuando la carne se rebela!, dirían muchos. Pero esto no es suficiente para el cristiano; el silencio dice muy poco, a no ser que refleje la resonancia de un acorde divino. Yo diría que el silencio, reducido a languidez impotente, es el efecto natural del dolor, cuando ha sobrepasado su clímax. Pienso que la resignación cristiana es un paso más positivo, como más ascético; es besar la mano divina que ha permitido en su Providencia, por designios ocultos para nosotros, aquel estado de enfermedad o disgusto.

Nietzsche se equivocaba cuando relegaba la resignación cristiana a la categoría de esclavos o cobardes que no saben luchar. Y pocas cosas hay tan positivas como "negarse a sí mismo; tomar su cruz y seguir a Jesús". En esta clave escribimos la palabra "resignación"; no en un lenguaje estoico.

Escuché a una niña, muy espabilada ella, exclamar cuando recibía un premio: "Acepto la voluntad de Dios". Más difícil resulta acogerla, cuando nos visita el día gris de la enfermedad. Resignarse aceptando es obra de gran virtud; trampolín para dar el paso más trascendente. Qué hermoso saber decir ¡ "Padre, en Ti confío"!, cuando envuelven al alma la negrura de las tinieblas.

Y se puede llegar a asumir la postura más elegante del cristiano: alegría en el dolor. Entonces no se mira el sufrimiento como un castigo, sino como una gracia que nos asimila a Cristo en su pasión y cruz, y nos acerca al mismo sentido de la Pascua cristiana, un paso hacia la vida gozosa sin fin. Por algo llegó a decir San Pablo: "Estoy rebosando alegría en medio de la tribulación".

En este sentido, ojalá la palabra "resignación", caiga de nuevo en el baúl del olvido, como han desaparecido para siempre las muletas para el cojo que recobró el movimiento.

 

 LUCHAR CONTRA LE ENFERMEDAD CON ALEGRÍA. - Nº 277

Miriam Suárez está siendo desde hace años un testimonio admirable de lo que es luchar contra la enfermedad; contra el cáncer en concreto. Podemos calificar su testimonio de verdaderamente cristiano. En todas las entrevistas que le proporcionan, irradia por todas las partes su fe y confianza en Dios. Y esto le ayuda a vencer su mal un año tras otro. Cuando escribo estas líneas tiene ella 37 años, y a los 29, solamente le pronosticaron tres meses de vida. Hace pocas semanas declaraba: "Lucho y confío en ganar la batalla del cáncer; se puede vencer. Cada día este mal va perdiendo fuerza, gracias a los avances médicos. La vida no se puede convertir en un funeral".

Es preciso enfrentarse al dolor con ánimo e incluso con alegría. Así nuestra curación será más probable, y mayor, nuestro mérito cristiano. Se trata de un reto ascético, de una profunda convicción de que "la virtud se perfecciona en la debilidad", como nos decía San Pablo.

Con dolor se llega a la maternidad; con sufrimiento nos redimió Jesús; la risa es saludable y beneficiosa, pero ella sola nunca produce fruto. El dolor es germen de vida; semilla que se pudre en invierno y fructifica con el sol del estío.

Me gustaba, siendo niño, mirar al herrero de mi pueblo. Me llenaba de admiración ver aquella chatarra dura y llena de óxido cómo, al contacto con el fuego, relumbraba con luz propia, y, a martillazos, aquel hombre diestro y fuerte daba al metal nuevas formas. Golpes y fuego son símbolo del dolor; imagen de la santidad a la que estamos llamados. Si el hierro disfrutara del don de inteligencia humana, daría gracias a quien le embellece. ¿Por qué estar triste cuando el Divino Dueño perfecciona nuestra alma? El ánimo decaído, además de ser inútil, esteriliza el alma.

Sí; estudiábamos en la Historia Sagrada, que el dolor fue el castigo impuesto al pecado de nuestros primeros padres; pero después de que Cristo nos salvó en la cruz, se ha trocado en dignificación de la misma vida.

No me alejo de mi principio: luchar contra la enfermedad. ¡Eso siempre en nuestra mente! Pero en ese pugilato, unas veces se vence con lo que hemos concedido en llamar salud; otras, con el comienzo de la VIDA, así, con mayúsculas. Y en el duro laborar, hemos ido atesorando méritos para toda una eternidad sin fin. Sufrir es, sí, morir un poco, pero es sobre todo despegarse de la tierra, elevarse hacia Dios, tomar el color rojo del amor y del fuego.

No sé cómo pueden, quienes no creen en el "más allá", quienes carecen de la verdadera esperanza, mostrarse con ánimo ante las circunstancias más adversas de la existencia terrena. Y, si lo hacen, pienso que nuestro Padre Dios les está proporcionando la primera intuición de su Providencia. Tal vez esa lucha esperanzada sea ya el comienzo de la Sabiduría.

 

¿DECIR TODA LA VERDAD AL ENFERMO? - Nº 278

No deseo sentar cátedra ni exponer mi opinión como algo dogmático, pero si tengo cáncer, desearía que no me lo dijeran así, como suena, porque tal vez perdería todas las ganas de luchar. Un médico muy famoso de Navarra de la primera mitad del siglo XX, tampoco era muy partidario de comunicar a sus pacientes esta enfermedad. Afirmaba: "Una vez dije a un enfermo, porque me lo pidió, que tenía cáncer. Intentó suicidarse. Jamás volveré a manifestar otro tanto a mis pacientes". Hoy, muchos piensan lo contrario; creen que el enfermo colaborará mejor a su curación, conociendo su mal. El cáncer ya no es una sentencia de muerte.

En una entrevista que le hicieron en la revista "Telva" a Mariam Suárez, famosa en España por el coraje con que ha luchado contra el cáncer en los últimos ocho años, afirmaba: "Si llego a saber que los médicos me daban tres meses de vida, no hubiera tenido fuerzas para luchar. Aquel engaño de mi familia me dio la confianza suficiente para tener esperanza y soñar con curarme. Si te quitan la esperanza, ¿para qué vas a luchar? Yo solo supe que había posibilidades, y decidí ir a por todas".

Es necesario siempre enviar a nuestro intelecto mensajes positivos. Ellos estimulan al esfuerzo y mueven la voluntad hacia la conquista de la salud u otros nobles objetivos.

La idea religiosa es para el enfermo medicina insustituible, motor de muchos caballos, que impulsa a obrar. He visto transformase a personas en el lecho del dolor, al besar el crucifijo; sufrían mucho, y sin embargo se las veía con gran paz.

Decía un muchacho hace ya muchos años, cuando se encontraba envuelto en dolores a causa de un accidente: "¡Cuánto me cuesta vivir; si el Señor me enviara la muerte, me haría un gran favor"! Pero la fe grande que tenía, la comunión que muchas mañanas le administraba el sacerdote, le daban fuerza para seguir adelante hasta conseguir, si no la curación, si el poder valerse por sí mismo. "¡Es dulce esperar cuando todo es dolor!", decía.

Aun en las enfermedades más graves, siempre es preciso mantener muy alta la moral. Esto no quiere decir que nos vamos a engañar pensando que nunca nos llegará la hora de emprender el viaje sin retorno; más bien todo lo contrario. Precisamente la idea de que el dolor es transitorio, de que la felicidad será eterna, estimula en nuestro camino mucho más que los absurdos proyectos con que engañamos muchas veces a los seres queridos, cuando sabemos que están a punto de partir. Y todo esto nada quita a mi opinión de que no es conveniente decirle al enfermo: "Te quedan tres meses de vida". a no ser que se trate de una persona excepcional como fue D. Ambrosio Eransus, del que publicamos aquí el, 19 de noviembre del 94, la reseña de su sana muerte.

 

NO SE TRATA DE IMITAR A LOS FAQUIRES. - Nº 279

"Últimamente he vivido el cáncer en las dos orillas: como enferma, y después, acompañando a mi madre, cuando ella lo padeció. No sé cuál de estas dos situaciones es peor". Leer esta frase, pone el corazón en un puño. Parece que a algunas personas les toca todo. Nos llena de admiración saber que, quien la pronunció, había superado el desahucio del médico con su enorme fuerza de voluntad y confianza en Dios. Mariam Suárez, autora del libro "Mi lucha por la vida", hija del que fue presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, es quien pronunció estas palabras de tan enorme patetismo.

No se trata de imitar a los faquires en una especie de pugilato, a ver quién aguanta más. El sufrimiento humano no es un deporte; tiene valores mucho más importantes. La soledad, la pobreza, la enfermedad, las lágrimas, son manjares amargos que recogen como alimento las almas escogidas. Feliz la persona que da sentido al fenómeno universal del dolor.

Si nos fuera dado elegir la vida de Epulón, el personaje de la parábola que banqueteaba espléndidamente, y la de Lázaro, ulcerado y pobre, que comía las migajas del rico, sin dudarlo, debiéramos escoger las vicisitudes del segundo. ¿Pero, seríamos capaces? Algunos que lean estas líneas dirán: "¡Vamos, no seas ingenuo. Ni tú mismo te lo crees!" Y ahí está nuestro mal; ahí radica la fuente de nuestra infelicidad, en que de una forma subconsciente anhelamos la vida de Epulón, y desdeñamos la de Lázaro. Por eso es bueno de vez en cuando oír la voz joven y profética de alguien como Mariam, que asume con elegancia y con alegría la lucha contra el dolor, e incluso cuenta como compañero de su vida al mismo sufrimiento.

Cuando caminamos a la caza del placer como ideal implícito de nuestra existencia, el balance de la noche arroja un saldo de desilusión y vacuidad. Y así se desemboca en la triste sentencia de Epicuro: "Si los dolores son tolerables, súfrelos; pero si son intolerables, sal de este mundo con la sencillez con que salen los actores de la escena". Tres siglos más tarde de que el filósofo pagano escribiera esta frase, unos hombres, entre ellos Ignacio de Antioquía, condenados a morir en el circo bajo las garras de los leones, cantaban: "Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera". Y el propio Ignacio diría después de escuchar la sentencia: "Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado listo para Cristo". Y es que Jesús había pronuciado en el sermón de la Montaña: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados". Y había muerto en una cruz; y nos sorprendió con esta sentencia: "Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame".

Yo no me siento héroe. Sé que meterse en este rol espiritual no es nada fácil, aunque sí sublime. Muchos que nos han precedido han conquistado alturas de santidad que causan admiración y santa envidia. Últimamente le doy muchas vueltas a la frase de San Pablo: "Nada soy, pero todo lo puedo en Aquél que me conforta". La primera parte de esta frase me cuesta poco reconocer. El asunto es insistir en la oración en la segunda mitad: "Todo lo puedo en Aquél que me conforta".

 

JESÚS JUNTO A QUIEN SUFRE. - Nº 280

Sé que cuando te llegue la hora des sufrir, no te vas a acordar de nada de cuanto vas leyendo sobre el dolor en distintos lugares. A todos los humanos nos trae de canto este problema. Pero de algo te servirán estas lecturas, no lo dudes: poco a poco se van forjando en la mente unos criterios que regulan toda nuestra existencia; y vale mucho la semilla buena que fecundará en el momento más inesperado.

Hace unos días, después de haber superado una crisis periódica de dolor intenso, recordé algo que me dio mucha paz; era algo de santa Felicitas, de los tiempos remotos de las persecuciones contra los cristianos. Estaba la pobre mujer en la cárcel, esperando ser ejecutada por su condición de fe, pero dilataron algunos días la sentencia, hasta que diera a luz a su hijo. Cuando le llegó el momento del parto, sufría y gritaba por los dolores de la maternidad. El carcelero le dijo: - Mucho padeces y te quejas. ¿Qué será cuando estés en el circo? Y respondió la santa: - Ahora me quejo porque sufro sola, mañana verás cómo canto cuando se acerquen a mí las fieras para devorarme, porque otro sufrirá por mí. Y así sucedió.

"Si Dios está con nosotros - dice san Pablo - ¿Quién contra nosotros?" El pensamiento de una compañía fuerte y llena de amor, lleva consigo sentimientos de seguridad. Y, aunque en el momento álgido del dolor, no sirva de analgésico, sí da una total esperanza de que aquello pasará, y llegará la paz, y el Señor, en todo caso, nos aguarda en la otra orilla.

En una entrevista que le hicieron a Mariam Suárez, la hija del antiguo presiente del Gobierno, con relación a cómo estaba superando el cáncer de mama, le preguntó la periodista, Nieves Fontana: "¿Nunca se ha rebelado contra Dios o contra su suerte?" Ella contestó: "... Incluso a las personas con convicciones religiosas nos asaltan las dudas. Yo pedía explicaciones... Un día fui a confesarme y le conté todo al sacerdote... Y él me dijo: "Tiene que dar gracias a Dios..." A veces pienso que, a lo mejor, la razón de mi enfermedad era ésta: ayudar a los demás escribiendo este libro: "Mi lucha por la vida"".

Con frecuencia palpamos la Providencia de Dios en la manera cómo Él va guiando nuestra existencia. Tal vez Mariam llegó a intuirla, pero aun en el caso nada veamos, solo la bruma que circunda nuestra vida envuelta en dolor, podemos estar seguros de que aquí o en la eternidad, aparecerá entero el puzzle, y obtendrán respuesta muchos interrogantes que ahora son puro misterio. Lo cierto es que, aunque no lo advirtamos, Jesús está junto a nosotros siempre, y más en el dolor.

LA RISA TAMBIÉN CURA. - Nº 281

Cada vez se da más importancia a la risa como remedio de curación. Lo han afirmado en esta época todos los psicólogos; además tiene que ser así. Nos lo confirma la experiencia. Quien se deprime, cuando le llegan los males, está en peores condiciones que otros, que afrontan la enfermedad con ánimo y cierto humor.

Cuando a Miriam Suárez, la autora de "MI lucha por la vida", le preguntaron: "¿Cómo puede mantener el buen humor ante el cáncer?", ella respondió: "Yo creo que la risa me cura más que la quimioterapia. El sentido del humor ha sido clave en mi enfermedad, y lo sigue siendo. Siempre he estado rodeada de bromas, y esto ayuda mucho".

Yo estoy convencido de ello, pero la cuestión es cómo afrontar con sentido de humor los problemas personales. La familia puede ayudar mucho, no dramatizando las cosas. Es preciso buscar el lado risueño de la existencia. Un amor grande y alegre al enfermo predispone para el buen humor. Pero más eficaz en este sentido es la autoformación. A mí se me grabó profundamente aquella frase que nos decían antaño: "Un santo triste es un triste santo"; desde entonces he procurado mirar con cariño los distintos aspectos de la vida; esto puede inducir al buen humor. Dentro de estos criterios "humoristas", podemos meter también como componente espiritual al dolor, convencidos de que sin dolor no hay refrendo de amor; sin dolor no hay vida. Y el carácter bueno es fruto de saber sufrir las contrariedades con alegría. Propio de almas selectas es libar el néctar del dolor y convertirlo en la miel dulce que alegra los corazones. Dicho así, parece una frase literaria, pero su meollo es realidad pura.

La fe es el medio más fecundo en este proceso de alegría; ahí se encuentra el secreto. En este contexto de espiritualidad sana todo invita a la alegría serena, a la esperanza cierta. No olvidemos la comparación ideada por el mismo Jesús: para que el grano de trigo se convierta en espiga, se revista de verde, se llene más tarde de fruto abundante, es preciso que permanezca oculto durante semanas; como muerto. Gracias a todo este proceso lento, tendremos más tarde harina y pan, y el mismo cuerpo de Cristo en la Eucaristía.

Una vez que hemos convertido en sustancia propia toda esta doctrina religiosa, una vez que hemos vivido con plenitud de fe la Eucaristía, no podemos dejarnos llevar de la tristeza. Y del corazón alegre, brota con facilidad la risa, remedio eficaz contra todos los males, que por sí misma no los cura, pero ayuda a darles solución.

ALEGRÍA EN EL DOLOR. - Nº 282

Es algo que nunca podrán entender quienes carecen de fe; es el premio que Dios da, incluso en esta vida, a cuantos, unidos a Él, aceptan su voluntad: la alegría en el dolor, en la enfermedad, en la misma decrepitud.

El padre Ispres murió en la primera mitad del siglo XX, que acaba de pasar a la Historia. Aquel hombre, santo capellán de una leprosería en Brasil, había contraído la terrible enfermedad entonces incurable. Así se expresaba: "Escribo con dificultad porque se me están deshaciendo las manos. Sufro mucho, pero tengo humor para cantar los cantares de mi tierra y de mi infancia. Si me vierais... Soy un gusano, pero pronto seré mariposa del Cielo". La fe era la fuerza religiosa que movía sus dedos "sin fuerza".

No puede ser persona triste quien vive su enfermedad con profunda fe y esperanza. Hoy nos da pena ver a tantos amigos y conocidos, próximos a entregar su vida al Señor, que encuentran su única esperanza en sanar de la enfermedad. Todo el mundo que les rodea sabe que van a morir; solo ellos parecen ignorarlo. Con frecuencia formamos junto al lecho del enfermo una conspiración de mentira. Y luego, cuando muere, eso sí, lo entregamos a la misericordia de Dios, después de haber recibido la Unción, destituido de sentidos. ¿Para cuándo guardamos nuestros principios religiosos? ¿Solo para los funerales? ¿Y para la enfermedad?

Job decía: "Creo que en el último día he de resucitar, y que mi carne ha de ver a Dios mi Salvador". ¿Puede haber algo mejor que rezar y cantar entre dolor y dolor? La cruz para los cristianos se ha trocado en Resurrección y esperanza.

Así escribía un enfermo muy en consonancia con sus valores religiosos: "Esta mañana he comulgado, y Dios ha venido a mí para consolarme. He reclinado mi cabeza en su pecho, y he dejado que el tiempo se deslizara sobre la paz de mi espíritu. El sol temblaba en mi ventana, pero era más pálido que el otro sol que alumbraba en mi corazón. ¡Qué feliz soy!"

A veces nos lamentamos de que carecemos de testimonios de fe verdaderos. Arañando por una parte o por otra ya los encontramos. Pienso que es más importante que ofrecer el triste espectáculo de una masa de personas vulgares, mostrar casos de cristianos con fe acendrada, que nos invitan a levantar el corazón a Dios, llenos de esperanza. Ellos han soportado en su espíritu las mismas dudas que a nosotros nos quieren amordazar, pero junto a Jesús han vencido al mundo, y han conseguido vivenciar con gozo su fe. Cuando les ha tocado tomar sobre sus hombros lo más duro de la cruz, se han elevado hacia las alturas; han sacado fuerzas de la oración, y nos han ofrecido el testimonio de su alegría en el dolor. Y así tiene que ser, porque, aun en lo humano, el amor

 

LITERATURA Y PRÁCTICA DE ENFERMOS. - Nº 283

Me gusta ojear los catálogos que recibo de distintas editoriales. Suelo observar siempre los libros que tratan de enfermos, y encuentro muchos sobre toda clase de enfermedades; están llenos de consejos atinados para superar el mal y gozar de buena salud. También aparecen tratados sobre la tercera edad, que ayudan a mantener durante largo tiempo calidad de vida; sugieren la necesidad del ejercicio físico y la alimentación adecuada para esta época de la existencia humana.

No es fácil, en cambio, encontrar literatura espiritual para enfermos, aparte de alguna revista específica. Un libro que puede hacer mucho bien en este sentido es "El santo abandono", de Dom Vital de Lehodey, y por supuesto, es útil para personas creyentes de cualquier edad. Últimamente está en boga el libro de Mariam Suárez, "Mi lucha por la vida". En él expresa la autora cómo fue superando el cáncer, gracias al esfuerzo personal, y dentro de su profunda fe cristiana.

Me alegra poder contribuir desde esta columna a aumentar un poco la escasa literatura espiritual para enfermos, y me estimula el testimonio que voy recibiendo de muchas personas que la leen con asiduidad. Algunos ya traspasaron la frontera de este mundo, y los pongo por intercesores delante del Señor para que nos den aliento en nuestra lucha, a fin de vencer el dolor con el amor.

No sé por qué se han mezclado en mi mente desde hace varias semanas, junto a la idea de literatura para enfermos, los grandes ejemplos de personas que han consagrado a ellos su vida. Esta entrega sí es más difícil y meritoria, sobre todo si se realiza esta función como exigencia de la propia fe.

Hace unos meses visité Las Hurdes, una región subdesarrollada en tiempos de mi juventud. Hoy, en cambio, sus pueblos son pintorescos y llenos de vida, con buenas carreteras, aunque muy alejados de los grandes núcleos urbanos. Me llamó la atención el poblado de La Fragosa. En aquel lugar rodeado de montes y extensos pinares, por los años cincuenta, cuando solo se llegaba allí a lomos de burro, fundaron unas religiosas el "Cottolengo", para atender a los enfermos que por su extrema debilidad física o mental no podían vivir en sus casas. Continúa aquel hospital su labor con gran cariño por parte de las hermanas, que dan un trato de familia a los asilados. Allí están desde hace cincuenta años las monjas, aisladas del mundanal ruido, siendo un gran testimonio para enfermos y sanos. ¡Cuánto amor ofrecen! Yo me descubro ante ellas; ya se lo dije. Más vale esta práctica que toda literatura. Lo nuestro es predicar, lo de ellas, "dar trigo", que no es lo mismo.

 

CUANDO UNO LEE SOBRE EL DOLOR. - Nº 284

Cuando se lleva escribiendo varios años sobre el dolor, la enfermedad y los males que nos aquejan, forzosamente ha de acudir a fuentes de información, porque las ideas no brotan por arte de magia. Me asomo a muchas atalayas: unas me encantan, otras me aburren. Últimamente leía un ensayo de unos veinte folios sobre el sufrimiento humano, y pensaba mientras repasaba aquellos conceptos: "Seguro que este rollo a nadie va a calmar en su dolor de hígado, ni va a fomentar en él actos de confianza y amor a Dios; tal vez, eso sí, acreciente en más de uno el tedio de la vida". Pero saqué de aquellas líneas algo provechoso, aparte de la siesta intermedia que me eché; algo que ya sabía desde antiguo: el mal es ante todo una llamada humana para combatirlo, para hacer que desaparezca o al menos que disminuya; y algo podemos idear contra el sufrimiento: luchar contra él a fondo, tanto el que nos causamos unos a otros, como el individual. En eso sí que estamos todos de acuerdo.

Lo peor es cuando, por mucho que nos esforcemos, no desaparece el mal y sigue y sigue de forma indefinida. Eso es lo grave. Entonces no nos sirven de nada las filosofías y de muy poco las medicinas; ni siquiera nos resulta de gran utilidad un programa bueno de televisión. Es preciso ponernos en esos momentos junto a Dios, y en actitud humilde, porque ¿quién eres tú para juzgar a Dios?

Hasta hace medio siglo, las pruebas y desgracias, más que poner al hombre en rebeldía contra el Creador, le servían de estímulo para convertirse. Hoy, no sé por qué, a muchos el sufrimiento les mueve hacia la increencia. ¿Sacarán algún provecho de tanta rebeldía? ¿Dejan de ser ancianos decrépitos o sidosos sin remedio? Más vale apearse del burro y decir: No entiendo nada; no comprendo todo esto, pero voy a confiar en Dios.

No hace mucho tiempo, escuchaba a una persona, creyente ella, llorar como desesperada, porque había perdido de forma súbita a un ser querido. Decía expresiones al estilo de Job, y más duras aún. Luego, le reprendían sus familiares queriendo que volviera a la calma. Al final, creía que había pecado, y ella misma lo contaba de esta manera: "Cuando fui a confesarme, el cura me decía: "Usted no ha ofendido a Dios; acuérdese de los salmos que tienen expresiones parecidas a las suyas. Dios sabe que este grito es como una oración que formulaba, sin poder hacer otra cosa. Era como una queja de fe. Siga diciéndole al Señor: ¿Por qué, por qué a mí? Y abandónese en su Providencia".

Por muchas vueltas que le demos, no podremos explicar el porqué del dolor. Tampoco podremos explicar el porqué de la muerte en la cruz de Cristo. Pero vamos a confiar.

QUEJAS, ¿SÍ O NO? - Nº 285

En la tumba de un cementerio se leía esa inscripción: "Doña Gualberta de la Guerra. + 9-9-1899. ¿Veis cómo estaba muy malita; y nunca lo creíais". Como podéis suponer, la tal Gualberta pasó su existencia terrena pregonando su dolencias.

En alguna ocasión, hemos insistido en la importancia de saber aguantar, de no agriar la convivencia con nuestras continuas quejas. El vivir siempre gimiendo, no solo no elimina el sufrimiento, más bien lo aumenta, porque nos obsesionamos con nuestros problemas.

Pero existen ocasiones en las que parece del todo necesario manifestar el dolor, quejarse; que alguien nos escuche. Incluso la fe madura debe perder el miedo a quejarse. Puede uno decir con el salmista: "¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?" Incluso no sería contrasentido hablar de impaciencia en la esperanza. Es cierto que no nos resuelve todo esta oración quejumbrosa. Pero también Jesús se quejaba ante el Padre en la oración del Huerto. Nos refugiamos en Dios no porque nos quitará el dolor o nos dará una explicación de nuestros sufrimientos, sino porque confiamos en Él; sabemos que nos quiere, aunque no entendamos nada de nada. ¡Señor, por algo nos habrás creado; yo sé que Tú eres bueno!

Un labrador sesteaba a la sombra de una encina, y mientras le llegaba el sueño, pensaba: "¿Para qué habrá puesto Dios estas bellotas tan pequeñas en un árbol tan grande, mientras esos melones tan grandes, se arrastran en unas plantas tan pequeñas?" Y así se durmió. Poco después, el golpe de una bellota sobre la nariz lo despertó. ¡Qué bien hace Dios las cosas! - exclamó.

Más vale no darle vueltas a los misterios, porque es difícil que nos convenzamos, como el aldeano del cuento. Es mejor quedarnos callados ante el enigma, y decir como San Pablo: "¡Qué insondables son tus decisiones, Señor!" O exclamar con Isaías: "Mis caminos no son vuestros caminos". La réplica dolorosa ante un Dios que nos ama ha de abrir el corazón a la esperanza. Cuando uno practica este tipo de oración, ni le echa la culpa a Dios del mal que padece, ni siquiera se resigna diciendo: el Señor lo permite. Lo que expresa en sus quejas es: nada entiendo del mal; no sé por qué me ha de pasar esto; cada vez lo comprendo menos, pero confío en Ti, Señor, porque un día te entregué mi corazón. No quedaré confundido para siempre.

Conocí a un hombre fuerte; jamás le oí quejarse de nada: ni en lo físico ni en lo espiritual. Pero un día escuché sus lamentos cuando pensaba que Dios sólo le oía. Aquel señor creció en mi aprecio desde aquella ocasión.

ALGO TIENEN QUE DECIRNOS EL BUDISMO... Y MI AMIGO. Nº 286

En mi niñez se estrenó una película que, durante varios años, fue tomando auge: "La mies es mucha". Hoy, al volver a verla, nos produce una sonrisa con cierta complacencia; pero a algunos les indigna. Se desarrolla ni más ni menos que en terrenos de misión, en el que se disputaban la feligresía católicos y protestantes. ¡Qué distinto el concepto ecuménico de entonces y de ahora!

Estos últimos años hemos visto a algún obispo en sencillos actos ecuménicos junto al Dalai Lama en afán de simpatía, porque todos aspiramos a una meta común, aunque no coincidamos en el credo. Vamos pasando de una "sana" rivalidad a una "pacífica" convivencia; incluso a proyectos comunes. Y, por supuesto, algo hemos de aprender de nuestros hermanos budistas en el modo de enfocar el problema del dolor o las distintas maneras de practicar la oración. Porque el budismo es una de las formas de religiosidad que más ha profundizado en la cuestión del sufrimiento humano. Ellos piensan que la causa de toda angustia es el deseo. Por consiguiente, si eliminamos todos los deseos, quedará prácticamente solucionado el problema de nuestra ansiedad. Y, a poco que reflexionemos, advertimos que tienen mucha razón. Los caprichos no satisfechos nos hacen tremendamente infelices: "¡Oh, no consigo realizarme como persona!", suelo decir cuando mis deseos no llegan a plenitud. En cambio, si con severidad ascética, vamos reduciendo el mundo de los deseos, pronto nos damos cuenta de que en nuestra alma reina una paz inalterable.

Ni Dios ni Buda nos quitan el sufrimiento, pero ir orientando la vida por los senderos de la paz interior, es el comienzo de un itinerario que llegará hasta la conquista de la serenidad plena.

Un amigo mío que no tenía nada de budista, se explicaba de esta manera: "Todos los días renuncio a cuatro o cinco cosas que me apetecen. Te aseguro que por la noche me encuentro más feliz". Por caminos distintos se llega a una misma conclusión.

Pero vamos a cotejar la actitud de nuestro amigo, ajeno a la filosofía de Gautama, con las cuatro verdades del sermón del Filósofo famoso en Benarés:

- Existe un mal común a todos los mortales; la religión tiene una palabra sobre esto: nos da la lucidez para mirar cara a cara el nacimiento, el envejecer, la enfermedad y la muerte. ¡De acuerdo; se trata de sentido común!

- Se nos da la paz reorientando todos los deseos, y eso es ser persona. Lo contrario sería actuar como un asno. Este principio sí que lo trabaja día a día mi amigo.

- Por consiguiente, salir de sí, es un camino de terapia. ¡Salir de sí, en la contemplación hacia Dios! ¡Salir de sí hacia el otro por la compasión!

¡Pues vamos a profundizar en estos principios que son, sí, del budismo, pero por

caminos muy distintos había llegado mi amigo a formularlos o al menos a barruntarlos!

TRES CHAVALES DISCUTEN SOBRE... - Nº 287

He sorprendido a tres chavales discutiendo nada menos que sobre el pecado original. De verdad que me ha extrañado en estos tiempos. Uno decía: "¡Que no; que eso de la manzana ya está superado, hombre! Eso quiere decir: los primeros padres desobedecieron a Dios y se separaron de Él, porque pecaron". Y otro tercero corroboraba: "Además, le he oído al profesor de religión que Adán y Eva pueden ser el símbolo de varias parejas, y que nada de esto va contra el misterio del pecado original".

Los dos chavales lo tenían claro; el tercero no se atrevió a replicarles; quedaron tan amigos.

A lo largo de nuestra vida hemos oído explicar el problema del dolor humano haciendo hincapié en la culpa de Adán y Eva. La desobediencia de nuestros primeros padres fue un pecado tan catastrófico que ha producido a lo largo de la Historia más de cien mil millones de muertos. Es decir, un entierro tan largo que, si hubiera comenzado a pasar en filas de a diez, en los tiempos de Cristóbal Colón, y continuaría durante mil años después del fin del mundo. ¡Terrible aquel pecado original, causante de tal dolor y muerte!

En nuestra Teología católica aparecen claros estos principios: Dios llamó a los humanos para ser amigos en la Tierra, y vivir por siempre felices en el Cielo. Por otra parte, se muestra en la Historia religiosa del hombre un fallo individual o colectivo, pero siempre personal. Todos tenemos una parte de responsabilidad en ese pecado de origen. No sabemos cómo explicar el misterio claramente, pero por ahí van los tiros, y de ninguna manera podremos echar la culpa a Dios de este caos de destrucción y dolor. Y el centro de nuestra existencia terrena no es el mal ni el sufrimiento, sino la gracia y la salvación por Jesucristo. Para eso nos creó el Padre; para eso nos redimió el Hijo; y para eso el Espíritu Santo sigue los destinos de la Iglesia.

Yo sé que meterse en estas profundidades puede dar pereza, porque es más grato a las personas jugar una partida de cartas o practicar un poco deporte. Pero vamos a dejar el juego para otro rato, o si te parece, toma ahora la raqueta del tenis, y deja estas líneas para tu media hora de reflexión y oración, que no debe faltar en tu vida bien organizada.

Y brilla refulgente como estrella de primera magnitud en este tremendo misterio del pecado original, la Virgen María, la madre de Jesús y madre nuestra. Ella fue lazo de unión entre el Cielo y la Tierra. Por todo esto la invocamos con títulos que llenan nuestra lama de consuelo inefable: salud de los enfermos, refugio de los pecadores, consoladora de los afligidos. Repite, amigo, despacio varias veces estas invocaciones a la Virgen, y disfrutarás al sentirme con una mayor paz, dentro de tu fe; más aún que echando una partida de mus.

  

¿EL CINE PUEDE CURAR? - Nº 288

Pronto veremos entre nosotros algún médico que te recete ver una película de cine. En Estados Unidos e Inglaterra, amplios sectores de la población están convencidos de que el cine puede curar. El psiquiatra Enrique Rojas afirma que alguna película es como el "valium", porque rebaja la tensión psicológica y hace olvidar problemas. En este sentido me convenzo de que el cine puede ayudar a la curación de ciertas enfermedades mentales.

Muchos filmes actúan sobre el subconsciente. No se puede poner en duda esta afirmación. El problema es que algún director de cine, conocedor de esta realidad, manipule en ocasiones el guión para fines partidistas.

Hay películas que ayudan, si no a sanar del todo en el terreno psicológico - afectivo, sí a modificar ciertas conductas enfermizas. Así, "El gran dictador", podrá corregir la inclinación a la intolerancia y los afanes totalitarios; y solamente emplea como armas la risa y el ridículo. Para superar los miedos nada mejor que ver "El rey león". Si uno desea luchar contra la timidez o inconstancia, "Sostiene Pereira"; y así podíamos nominar una serie de películas - receta, que, según algunos críticos son curativas para ciertas tendencias psicológicas enfermizas.

Por supuesto que un buen cine en mano de expertos, puede ser terapia capaz de conseguir la salud. Algo parecido ocurre con el cine religioso; no es fácil que una persona se convierta tras presenciar una cinta con valores cristianos, pero siempre ayudará a afianzarse en un propósito determinado de generosidad y de entrega.

Digan lo que quieran los cineastas, la gran fuente de equilibrio psicológico la encontramos en Dios que "es nuestro refugio de generación en generación"; en Él "vivimos, nos movemos y existimos". Y Jesús ha venido a nosotros para darnos la salud, la salvación total. Estas realidades sublimes con frecuencia las ignoramos, o no nos esforzamos en recordarlas; sin embargo, una vida interior cristiana bien orientada asegura un equilibrio psicológico envidiable; una paz duradera. No se trata, pues, de hacer novenas a Santa Rita, abogada de lo imposible, para obtener la curación de un catarro crónico; lo obligatorio en estos casos es tomar las medicinas prescritas por el facultativo; pero la sanación completa de la persona solo se consigue, mediante la íntima unión con Dios en una profunda vida interior. Él es fuente de paz, salud, alegría y consuelo.

La disposición anímica de descansar en el Señor es un medio que ayuda en cualquier enfermedad; y, por otra parte, nos encamina hacia la salvación total. No despreciamos la terapia del cine, pero poniéndola en parangón con la de nuestra fe, la vemos muy por debajo.

 

PREVENIR LA ENFERMEDAD MENTAL. - 289

Muchas veces le doy vueltas a aquel refrán: "De poetas, músicos y locos todos tenemos un poco". Me parece estupendo poseer algunas cualidades propias del poeta o del músico, porque en determinadas ocasiones vienen bien para amenizar una sobremesa, o dedicar unos versos al amigo que se jubila, o para disfrutar en un atardecer sereno. El problema es sufrir las consecuencias del último término del refrán, la locura. Y un poco de eso también tenemos todos, y lo expresamos de muy distintas maneras. Un profesor mío decía, refiriéndose al asunto: "Todos estamos tocados de alguna provincia; lo malo, cuando no se puede remediar".

La forma de solucionar nuestras posibles locuras, es el propio conocimiento, a fin de que, cuando nos llegue la ventolera, consigamos reaccionar de forma positiva.

Me contaban de una persona normal, al menos eso parecía, que tenía alternancias maníacas y depresivas. Pensaba yo que para la familia sería duro el período de tristeza, pero me equivoqué; me dieron a entender que lo de verdad catastrófico en estos caracteres es la época de euforia. Cuando le llega esta alborotada circunstancia - me decía un familiar - no deja títere con cabeza: lo mismo se gasta la primogenitura en comprar un trasto inútil que pelea con el vecino por una tontería, o le da por hacer el payaso y ser el hazmerreír de todo el pueblo.

Asistí hace unos meses a una conferencia de Mauricio Tohen, mejicano, psiquiatra por la Universidad de Harward, que trataba sobre el trastorno bi-polar, una enfermedad que afecta, al 1% de la población, y consiste en una manía depresiva, cuya época de euforia es más peligrosa que la de tristeza, porque muchos se vuelven en esa fase agresivos, displicentes e irritables; y es entonces cuando más peligro tienen para sí, y para todos los demás. Algunos, en tales circunstancias, tienden al suicidio. Y el tratamiento médico a veces no resulta eficaz, porque los antidepresivos les inducen a la manía, donde se encuentra el principal riesgo.

En esto, como en todo lo relacionado con la propia mente, más vale prevenir. Conocerse a sí mismo es lo primero; después, ayudarse de un buen director espiritual - ¡Oh, la dirección espiritual bien llevada y con deseos de vida interior! - Hoy suplen mucho de esto los psicólogos, que son los profesionales del tema. También los padres bien preparados podían ayudar a los hijos en el propio discernimiento. En todo caso, viene muy bien dirigir la mirada hacia lo alto, hacia los criterios sobrenaturales. Y siempre será muy positivo alentarse con la frase paulina: "Todo lo puedo en Aquél que me conforta". Pero... imprescindible, conocerse a sí mismo.

SABER TRATAR. - Nº 290

Seguro que conoces, o has tratado anteriormente, a personas muy lentas en la realización de cualquier tarea. Cuando yo miro los tiempos pretéritos, me viene a la memoria el recuerdo de unos cuantos profesionales de edad provecta, que eran en extremo pausados en su quehacer diario. Hoy los comprendo mejor, porque siento en mí mismo esa tendencia. Pero muchos se impacientan cuando les toca en suerte alguien a quien le cuesta expresarse o realizar una obra cualquiera.

Es preciso respetar el ritmo propio del impedido o anciano; de esa manera crece en él la esperanza en el éxito. Cuando intentamos ayudar a un minusválido, lo mejor es hacerlo como quien no quiere la cosa; que nunca se sienta humillado; lo mismo que al dar una limosna.

Una persona a quien mucho trataba, sufrió la enfermedad de parkinson. Recuerdo que, cuando la acompañábamos en el paseo, le molestaba en gran manera que la gente se la quedara mirando con ojos de curiosidad o de compasión. Y es que hablar con estos enfermos de manera natural, les ayuda y alienta. Una vecina, con la mejor intención pero poquísima inteligencia, llegó a decirnos una vez, mientras la miraba con gran conmiseración: "¡Pobre, ¿es así de nacimiento?" Menos mal que, al oír tal simpleza, le dio al enfermo por reírse.

La mejor ayuda que podemos proporcionar a quienes sufren minusvalías es ponerlas en tal situación que puedan sentirse independientes. Siempre lo agradecen, aunque no lo digan. La naturalidad ayuda a estos enfermos a vivir con alegría.

A lo largo de mi profesión me ha tocado educar a niños afectados de distintas taras físicas o psicológicas. Coincidían todos en lo mismo: en el deseo de ser tratados como los demás, y no sentirse con privilegios, fuera de lo estrictamente necesario. Esto les humillaba. En una ocasión me encontré a un minusválido peleando con un niño normal. Estaban los dos en el suelo propinándose buenos puñetazos. Recuerdo que cuando los separé, me dijo el chaval que andaba con muletas: "¡En el suelo no tengo miedo a nadie; puedo a cualquiera"! Reprendí a los dos con firmeza, y creo que el minusválido agradeció que también le hubiera reñido a él. Se sentía igual que su compañero.

Me parece que esto que escribo son como verdades de "perogrullo", pero siempre es bueno recordarlo; porque a veces olvidamos que a la mano cerrada se la llama puño.

CUANDO UNO LEE SOBRE EL DOLOR. - Nº 291

Cuando se lleva escribiendo varios años sobre el dolor, la enfermedad y los males que nos aquejan, forzosamente ha de acudir a fuentes de información, porque las ideas no brotan por arte de magia. Me asomo a muchas atalayas: unas me encantan, otras me aburren. Últimamente leía un ensayo de unos veinte folios sobre el sufrimiento humano, y pensaba mientras repasaba aquellos conceptos: "Seguro que este rollo a nadie va a calmar en su dolor de hígado, ni va a fomentar en él actos de confianza y amor a Dios; tal vez, eso sí, acreciente en más de uno el tedio de la vida". Pero saqué de aquellas líneas algo provechoso, aparte de la siesta intermedia que me eché; algo que ya sabía desde antiguo: el mal es ante todo una llamada humana para combatirlo, para hacer que desaparezca o al menos que disminuya; y algo podemos idear contra el sufrimiento: luchar contra él a fondo, tanto el que nos causamos unos a otros, como el individual. En eso sí que estamos todos de acuerdo.

Lo peor es cuando, por mucho que nos esforcemos, no desaparece el mal y sigue y sigue de forma indefinida. Eso es lo grave. Entonces no nos sirven de nada las filosofías y de muy poco las medicinas; ni siquiera nos resulta de gran utilidad un programa bueno de televisión. Es preciso ponernos en esos momentos junto a Dios, y en actitud humilde, porque ¿quién eres tú para juzgar a Dios?

Hasta hace medio siglo, las pruebas y desgracias, más que poner al hombre en rebeldía contra el Creador, le servían de estímulo para convertirse. Hoy, no sé por qué, a muchos el sufrimiento les mueve hacia la increencia. ¿Sacarán algún provecho de tanta rebeldía? ¿Dejan de ser ancianos decrépitos o sidosos sin remedio? Más vale apearse del burro y decir: No entiendo nada; no comprendo todo esto, pero voy a confiar en Dios.

No hace mucho tiempo, escuchaba a una persona, creyente ella, llorar como desesperada, porque había perdido de forma súbita a un ser querido. Decía expresiones al estilo de Job, y más duras aún. Luego, le reprendían sus familiares queriendo que volviera a la calma. Al final, creía que había pecado, y ella misma lo contaba de esta manera: "Cuando fui a confesarme, el cura me decía: "Usted no ha ofendido a Dios; acuérdese de los salmos que tienen expresiones parecidas a las suyas. Dios sabe que este grito es como una oración que formulaba, sin poder hacer otra cosa. Era como una queja de fe. Siga diciéndole al Señor: ¿Por qué, por qué a mí? Y abandónese en su Providencia".

Por muchas vueltas que le demos, no podremos explicar el porqué del dolor. Tampoco podremos explicar el porqué de la muerte en la cruz de Cristo. Pero vamos a confiar.

 

LA SOLEDAD SE AGUDIZA - Nº 292

 

En mi juventud me parecía que la soledad era agradable. Para cuantos sienten el amor de Dios - pensaba -, entrar "más adentro en la espesura" con San Juan de la Cruz, se les antojaría como muy romántico, muy bello. Pero después la realidad es distinta. Hace falta estar preparado para la "clausura". De hecho, en nuestra sociedad, se la teme. Y es que pocos gozan de una vocación eremita.

Desde hace algunos años preocupa la soledad en un sector de mujeres y hombres de entre 45 y 55 años: la viudez, el divorcio, el no haber encontrado a alguien para compartir su vida, amarga profundamente su existencia. En ocasiones, sobre todo en el elemento femenino, se desemboca en la anorexia, y mantienen la misma conducta que las adolescentes. Piensan que dejando de comer será posible recuperar la figura ideal que lucieron en otro tiempo, y todo puede cambiar.

El psiquiatra Vicente Turón decía en una charla sobre anorexia y bulimia: "Por suerte, la sociedad disfruta hoy de mucha información sobre estas enfermedades. Algunas mujeres maduras padecen la misma conducta anoréxica que las chicas de dieciséis a veinte años. Pero hay que tener cuidado, porque no todas las afectadas logran superar la enfermedad. Incluso la mortalidad se acerca al veinte por ciento, y en más de un treinta la afección se convierte en trastorno crónico".

¿Cómo se puede salir de un estado de postración como es la anorexia "otoñal"? Es necesario acudir, por supuesto al médico. Algunas personas logran sanar cuando encuentran una nueva pareja para compartir su vida. ¿Pero es esto una solución?

La soledad no asumida produce también otros trastornos de tipo psicológico y fisiológico: favorece el deterioro cognitivo y eleva la presión arterial de manera alarmante. Por el mero hecho de sentirse solos, en algunos ha subido su tensión en treinta puntos. Cuando contemplamos estos problemas sociales queremos hallar siempre un remedio, y a veces se puede caer en la tentación fácil: cambiar de afectos, cambiar de "amor" . ¡Tirar por el camino fácil!: ¿me ha abandonado mi pareja? Busco otra como sea. De momento parece que todo se soluciona, pero a la larga, nadie que contraviene la norma moral encontrará una felicidad estable. Hemos de profundizar en nuestro interior. También en nuestras manos está la verdadera solución: fomentar los ideales grandes, altruistas, trascendentes de tipo religioso, social y moral. Saber que Dios es el único que llena del todo nuestra soledad. Conocemos a hombres y mujeres que tras un desengaño amoroso han comenzado una vida de verdadera santidad. La historia de nuestra vida no acaba con la muerte. Después viene la verdadera Historia.