SACERDOTES
ÍNDICE
I.- AMISTAD ENTRE SACERDOTES
II. LOS CLERIGOS CONSERVADORES EN LA IGLESIA
III.- FALTA CARIDAD EN EL CLERO
IV.- DIRECTORES ESPIRITUALES DEL CLERO
V.- DIOS Y EL SACERDOTE
VI.- HACIA UNA RENOVACION ESPIRITUAL EN EL CLERO, DURA REALIDAD
I.- AMISTAD ENTRE SACERDOTES
(Artículo que publiqué en la revista "Incunable" , Enero 1967 pág. 9)
La amistad es uno de los dones más grandes y gratos que Dios ha puesto en el mundo. La amistad es comunicación, es enriquecimiento mutuo, es gozo, es recreo, es alegría, es seriedad, es caridad. No entiendo la caridad que no sea amistad; tanto que podemos definirla así: "Una amistad bautizada". No podemos soñar en practicar entre nosotros los sacerdotes, la caridad, si no es dentro de una profunda amistad.
Estamos cerca unos de otros muchas veces, pero nos ignoramos. Somos vecinos por la distancia, pero extraños por falta de intimidad. El mayor enemigo de la caridad y de la amistad es el egoísmo y su pariente cercano, la indiferencia. "¿Qué tengo yo que ver con Fulano? Que viva su vida; yo la mía". Esto no lo decimos con palabras conocemos la historia de Caín pero lo vivimos en la práctica.
Estamos organizando equipos de seglares: matrimonios, cursillistas, movimientos especializados de Acción Católica, cursillistas... Y nosotros dejamos nuestros equipos de sacerdotes para cuando vamos fuera: "A América hay que ir en equipo", es una frase hecha que suena bien. Pero ¿aquí, no? Y así resulta que dos amigos en una zona de misión, a más de Reino trescientos kilómetros de distancia, se ven con mayor frecuencia que otros distantes poco más de tres mil metros en la diócesis.
La amistad entre sacerdotes no ha de ser algo meramente funcional: soy amigo de éste ahora porque es profesor, como yo, o trabaja en mi misma parcela. Cuando cambian las circunstancias, me olvido de él; otro será mi amigo. La amistad no es una chaqueta que se quita y se pone a voluntad. ¡Cuántas crisis sacerdotales se solucionarían favorablemente dentro de un clima de amistad!
Muchos sacerdotes están solos, extremadamente solos. Y... ¡ay del solo! ¿Por qué han llegado tantos a cerrarse en sí mismos? Han visto mucha indiferencia en el compañero. Hemos de preocuparnos del compañero del amigo ante cuya puerta paso casi todos los días. Tal vez sólo cambio cinco palabras frías con él cuando lo tropiezo en la ciudad. Ha de llegar el comienzo de romper el hielo: tener finura con los compañeros, detalles. La amistad se rompe fácilmente o no nace por no tener detalles. Tener finura con los compañeros, detalles entre nosotros: una carta a tiempo, una excusa en el momento oportuno, una visita, una atención, una delicadeza...
Esta amistad entre nosotros es, por otra parte, un testimonio ante los demás, auténtico apostolado: "Mirad cómo se aman".
Yo sé que hay sacerdotes "celosos", para quienes un feligrés suyo merece más la pena que un sacerdote vecino: se preocupan mucho de sus feligreses, son su parcela pero no se dan cuenta de que los sacerdotes son sus principales y más estimados feligreses. Es triste pensar en sacerdotes enfermos que no pueden comulgar con frecuencia. ¿O es que los sacerdotes no somos parcela de nadie?
Se ha hablado mucho de soledad sacerdotal, y es algo que no debiera existir; esa sensación de vacío debiera estar en nosotros llena del amor a Cristo y del amor mutuo entre los compañeros. Las dos cosas: lo divino y lo humano.
Y... no tengamos límite en la amistad ni en las amistades. No nos encerremos en una camarilla de amigos vedada a los demás. Amigos íntimos unos, sí; amigos pueden llegar a ser íntimos, otros. Sin cerrarnos en egoísmos en colaboración.
Es maravilloso ver casos de sacerdotes que viven así. Al diócesis de Vitoria es un ejemplo para toda España. Allí es general el grupo de amistad sacerdotal. Cuando cantan Misa son enviados los nuevos sacerdotes en equipo a pueblos cercanos y viven en una misma casa parroquial; con motocicletas atienden a todos los pueblos. En Estella también han comenzado algo parecido. El párroco de San Juan, Don Miguel Sola, ha habilitado una casa para que puedan convivir en amistad el grupo de coadjutores suyos. Se anticiparon al Concilio. Ojalá cunda el ejemplo.
José María Lorenzo Amelibia
II. LOS CLERIGOS CONSERVADORES EN LA IGLESIA
Algunos dicen que está superado en la Iglesia el problema de progresistas, conservadores y centristas. Nada más lejos, sobre todo si se trata de dialogar y dar cargos a los más conservadores y fieles al dogma revelado. Parecen "vitandos", o como muñecos que causan desprecio o risa.
Nunca ha estado el clero - al menos en las diócesis que conocemos- más desunido que hoy. Cada uno va a lo suyo. La caridad entre compañeros apenas existe cuando son de ideología contraria. No pretendemos generalizar, pero sí dar un aviso de socorro a los obispos y dirigentes eclesiales, al menos si no quieren ellos mismos caer en el número de los marginadores. Porque los hay.
Dentro de "la cuerda que domina" se animan unos a otros para
medrar en el escalafón inexistente en teoría. No sé si se lo formulan, pero así resulta en realidad en muchas ocasiones. Los cargos se ofertan por la simpatía ideológica: una forma de amiguismo.
¡eso sí! se predican tanto o más que el Evangelio.
¿Cómo se trata al sacerdote considerado como conservador en un ambiente centrista? Se le margina, se le condena al olvido.
Es necesario, por otra parte, que aprendan nuestros obispos y
gobernantes eclesiásticos algo de lo poco bueno que tienen los políticos. En las últimas elecciones del País Vasco, Ardanza fue recibiendo individualmente, a la hora de formar Gobierno, tanto a los líderes de su partido como a los de la oposición. Les ha escuchado con deferencia. Y se espera que los tenga muy en cuenta cuando llegue el momento de gobernar.
La oposición dialoga en los parlamentos. Hace oír su voz. Pero en las diócesis que conocemos creo que no ocurre lo mismo. Existen unos medios de todos sabidos que impiden la posibilidad de diálogo abierto con los conservadores. En teoría predicamos la caridad y la justicia. Pero en la práctica, ¿cómo la cumplen los que están en el poder? Por supuesto no pretendemos meternos en la conciencia de nadie. Pero por lo que aparece al exterior, no vemos que brillen demasiado la equidad y caridad.
Observamos a algunos dirigentes eclesiásticos que se comportan como políticos para lo que les conviene. El ansia de poder no existe sólo en el terreno temporal. También entre el clero.
San Pablo no comprendería la manera de ejercer hoy el pastoreo espiritual.
Estas líneas escritas sobre hechos concretos serán relegadas al olvido y al silencio eterno, a no ser que caigan en manos de alguien de corazón sensible y de no mediana inteligencia que influya en los medios del poder.
José María Lorenzo Amelibia
III.- FALTA CARIDAD EN EL CLERO
De verdad me ha impresionado el artículo firmado por Zeta,
"Lupissimi" del 16 de julio.
Por desgracia es verdad lo que dice Zeta, lo que denuncia
proféticamente; la falta de caridad sacerdotal.
Comentaba yo con un compañero sacerdote la desgracia e infortunio de un tercero, la soledad angustiosa en que se encontraba. Le sugerí un acercamiento en amistad. Toda respuesta suya fue ésta: "No somos de la misma línea; más bien de líneas opuestas; no me voy a acercar a él." ---¡Y pensar que el sacerdote marginado le había dado, años ha, al bien situado, amistad, casa, mesa, familia, de todo...! Así nos va. Y así vemos dramas íntimos por nadie atendidos. Y así observamos que por falta de una elemental santidad, de un sencillo amor de amistad, se malogran vocaciones preciosas. Afortunadamente algunos se salvan por la gracia exclusiva de Dios y su heroísmo personal.
¿Cómo cumplimos aquello que predicamos de San Pablo: "Que cada uno lleve las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo"?
Menos reuniones estériles, menos intriga para encaramarse a esos poderes intermedios, más sinceridad, acogida, fervor de espíritu. Que se están secando nuestros corazones sacerdotales de tan poco amar, de tanto egoísmo por sentirse protagonista. Que adviertan esta necesidad urgente los obispos. Campaña de amor, de fe, de esperanza, de espiritualidad íntegra. Que estamos hartos de toneladas de papel mojado, proyectos hermosos a quienes nadie hace caso: unos por afán arribista; otros porque están hasta las narices de tanta hipocresía.
que desenmascaren tanta miseria clerical, que nos ayuden a ir a Dios y vivir como una piña para esa verdadera evangelización?
Y, amigo, si te sientes marginado, haz un esfuerzo heroico. Y repite aquello de San Francisco de Asís: "Que no busque tanto el ser consolado, como el consolar, el ser amado como amar." Aunque, de verdad, esto no justifica a aquellos medradores del poder eclesial, que sólo buscan "su línea" de trepar. Nuestra denuncia junto con la de Zeta.
José María Lorenzo Amelibia
IV.- DIRECTORES ESPIRITUALES DEL CLERO
Todos sabemos la importancia tan grande que tienen la dirección espiritual en nuestro camino hacia Dios. La hemos aconsejado a los seglares y somos testigos de los efectos que produce cuando se lleva bien.
En teoría también la defendemos para los sacerdotes; en la práctica tropezamos con inconvenientes difíciles de superar. Aparte de la dificultad inherente a la misma dirección, en nosotros existen otras bien definidas: nos cuesta mucho encontrar u sacerdote capaz de entendernos y guiarnos. Por otra parte nos conocemos unos a otros: nuestras virtudes y nuestros defectos. Esto nos retrae y rehusamos ponernos en manos de un compañero. Es normal en nuestra psicología. Buscamos hombres totalmente entregados a Cristo; no de mediana virtud, y no los encontramos. Y en caso de hallarlo, otro problema: el desplazamiento hasta el lugar. Puede suponer una jornada entera.
Se podría facilitar mucho la dirección espiritual del clero nombrando sacerdotes con este cargo. Ellos visitarían periódicamente en su pueblo a cada uno de sus dirigidos. Debieran ser le "hombre bueno"; el amigo que acude para animar; el hombre de Dios a quien pudiéramos abrir nuestra alma; el hombre que conoce por experiencia las propias dificultades; que encuentra al sacerdote en la soledad del pueblo o en el vértigo de la ciudad. Sería el médico de heridas morales y psicológicas. Sería el que ayuda a cada uno a desenvolver su segunda vocación, tan olvidada muchas veces en el clero secular. Y si fuera precisos mediaría ante el obispo a favor de quien lo necesite. Él dirigiría los retiros comarcales; organizaría los equipos de amistad sacerdotal y les daría vida. Sería algo así como párroco de párrocos, director de directores. Pero con jurisdicción solamente en el fuero interno. Seríamos los sacerdotes el objeto de su apostolado.
Todo esto con nombramiento oficial; con recursos económicos para poder dedicarse a esta labor. Con medios de locomoción adecuados para poder visitar a su sacerdotes. Con secreto absoluto de lo relativo a sus dirigidos.
Debieran ser varios en cada diócesis los encargados a esta misión. Cada uno tendría a su cuidado de sesenta a setenta sacerdotes. Ellos transmitirían mensajes del obispo; ellos podrían mantener unido al clero en mente y corazón. Nadie duda en enviar a los seminarios lo mejor del clero para formar a los futuros ministros del Señor. ¿Por qué no dedicar abundantes sacerdote en calidad y cantidad a favor de la santidad del clero? Es más importante de lo que a primera vista parece. ¡Cuántos que han fracasado o perdido la ilusión, si hubieran tenido un padre espiritual a su alcance, hoy serían excelentes presbíteros.
José María Lorenzo Amelibia. Salió en Incunable en 1963. Pocos meses o días más tarde, una ponencia de un Padre en el Vaticano II, hizo eco de este artículo.
V.- DIOS Y EL SACERDOTE
Lo de menos importancia, que prescindieran un día de la sotana o del traje clerical. Lo grave es que van perdiendo el sentido de fe, de la verdadera piedad muchos religiosos y personas consagradas.
ansia de superación espiritual, con verdadero celo apostólico.
Pero, a mi juicio, es mayor el número de clérigos sin la ilusión de lo divino. El templo les resulta como casa ajena y lo cierran. Me da la impresión cuando veo iglesias clausuradas que se cumple aquí la parábola de los talentos: enterrado el único talento de muchos sacerdotes. Tienen esos curas muchos otros quehaceres: organizar asuntos profanos, jugar a cartas, asistir a espectáculos, acudir a las múltiples reuniones estériles de cada día.
Pero Dios ha dejado de ser su ilusión, la parte de su herencia, la alegría de su juventud. Con frecuencia la fe de estos sacerdotes tambalea.
Es necesaria una reforma en profundidad. Varios obispos de España ya se han dado cuenta. Ellos han de buscar - y los encontrarán sacerdotes fervorosos y tal vez santos para alentar, estimular y sostener en la fe a tantos ministros del Altar que un día lo dieron todo al Señor y hoy apenas lo recuerdan.
José María Lorenzo Amelibia. Hacia 1983
VI.- HACIA UNA RENOVACION ESPIRITUAL EN EL CLERO DURA REALIDAD
La sociedad actual está mal en el aspecto de fe y costumbres:
fría, indiferente. Y gran parte de la responsabilidad radica en el clero: sacerdotes, religiosos y religiosas.
No resultará hoy de moda comenzar un escrito con una afirmación tajante tan negativa. Pero esta es la realidad; la dura realidad de nuestros días.
El Padre Nieto, el santo director espiritual de la Universidad Pontificia de Comillas durante casi cuarenta años, en sus últimos tiempos solía decir, refiriéndose a los sacerdotes: "Fe aún queda, pero amor de Dios... cada vez menos."
Vemos el panorama sacerdotal bastante oscuro en cuestión de
intimidad con Jesús. Los templos se cierran a la adoración eucarística. ¡Se cierran las fuentes de la vida! Los sacerdotes no reposan junto a su presbiterio en oración contemplativa.
Si la Palabra de Dios brota de un corazón frío en amor no mueve, pero si brota de un corazón fervoroso, anima, convierte, diviniza. La gente mira con indiferencia nuestra predicación porque no conseguimos hablar con calor de Cristo, y no lo hacemos porque no amamos lo suficiente a Dios. Nos faltan horas de oración. Permanencia delante del sagrario. Tal vez nos sobren reuniones.
Hemos escuchado muchas homilías dominicales en muy diversos
templos. ¿Hacen vibrar a los fieles en deseos de lanzarse con emoción y gusto por las vías de la perfección cristiana? Generalmente creo que no. El hastío cunde con frecuencia en los feligreses, nunca acostumbrados a soportar el rollo soporífero de una lección aprendida.
En su reciente carta pastoral programática afirma el nuevo
Arzobispo de Pamplona: "Tenemos también que reconocer algunas pérdidas no justificadas: como la falta de atención a la oración y a la vida espiritual personal, la poca valoración del sacramento de la penitencia, [...] el silenciamiento de temas decisivos en la predicación, como pecado, gracia, novísimos, referencias explícitas a Dios y a lo sagrado." (1) Y en sus convivencias y retiros exhorta a los sacerdotes a que vayan abriendo las iglesias, fomenten la devoción-adoración eucarística y la practiquen ellos mismos.
Y Mons. Uriarte en el VII Encuentro de Reflexión y Animación
Misionera (Septiembre 1993) denuncia: "el modesto puesto de la dimensión misionera en la pastoral diocesana, y el ser un capítulo secundario en la pastoral parroquial, así como la anemia espiritual y apostólica de nuestras comunidades, es causa principal del debilitamiento misionero." (2)
Es necesaria una campaña movida por sacerdotes de verdad fervorosos a favor de la oración personal abundante, de la lectura espiritual reposada, de la entrega sin reservas a Dios.
SUPERAR LA TIBIEZA
Cuando salíamos del Seminario, nuestra convicción era profunda: sin una vida intensa de oración, nada podíamos conseguir. Hasta entonces nos mantuvieron en un fanal. De repente nos vimos solos. Unos sucumbieron. Otros más valientes perseveran. Pero un gran número de los que permanecen "fieles" se han convertido en "funcionarios" de las cosas de Dios. Lo que más odiábamos en aquellos tiempos pingües en la verdadera espiritualidad, hoy lo estamos experimentando en muchas ocasiones: un verdadero funcionariado en la casa del Señor.
La vida, por desgracia a casi todos, nos ha ido enfriando aquel fervor primitivo. Pero ahora vamos a animarnos unos a otros, pues el tiempo es breve.
La soledad aumenta con el paso de los años. La falta de amistad y compañerismo es evidente en grandes sectores del clero. El cura necesita hablar de sí mismo y de sus problemas, pero no resulta fácil encontrar el interlocutor.
Es necesario que aumente el número de sacerdotes fervientes; que sean santos o aspiren con seriedad a la perfección. Sacerdotes que animen, alienten, aconsejen, escuchen a sus compañeros. Lo venimos comprobando: muchas enfermedades mentales de depresión se curan simplemente con un amigo fiel que se interese y re-conduzca al amigo por la "via antiqua" de la oración y mortificación.
El estudio, los cursillos de pastoral, de teología o liturgia, sin acompañarlos de grandes ratos de oración personal, llegan a secar el alma.
Ya lo decía el P. Nieto cuando acudió a un simposio de teología espiritual: "Me admiro de que a la hora de la exposición del Santísimo, se queden tantos charlando por los pasillos. ¿Cómo avanzar así en nuestra vida interior?"
Tal vez el problema mayor de cuantos tenemos fe y hemos decidido seguir al Señor sea la tibieza. Una tibieza sutil. No se abandonan
la Misa ni las prácticas de piedad elementales, pero se hacen sin vida alguna. Eucaristía medio distraídos; oficio divino corriendo; meditación sin preparación; comunión con acción de gracias relámpago.
sirve de lectura espiritual y las consideraciones que dirigen a otros constituyen su propia meditación.
La oración apenas es personal, aparte de las breves jaculatorias. Se sienten muchos incapaces de permanecer sentados media hora junto al Señor: para amarle, hablarle de amistad, mirarle, enamorarse de El... y barrer suavemente distracciones, cuando es necesario.
La oración se les hace dura desde antaño, desde que desaparecieron los primeros fervores: por eso la aborrecen en el fondo y prefieren unirse a Dios por medio de la acción. Este retrato es bastante frecuente dentro de nuestro clero "fiel".
¡Panorama desértico de muchas almas religiosas!
LABOR DE LOS OBISPOS
El entusiasmo del obispo en esta campaña hacia la santidad de las almas consagradas, inspirada por el Espíritu, ha de jugar un papel prioritario.
Para que nuestros obispos puedan realizar esta labor, además de la propia entrega a Jesús en la oración, han de saber rodearse no tanto de sacerdotes teóricos u organizadores, cuanto de sacerdotes santos. Nuestros obispos necesitan sacerdotes sin afán de protagonismo, que "pasen" del deseo de cualquier tipo de poder.
En este contexto, los prelados mantendrán como ocupación
prioritaria el bien espiritual de sus sacerdotes. Y si no encuentran los hombres adecuados para promover la santidad del clero, ellos mismos se lanzarán a la empresa de ser líderes espirituales de sus hermanos no sólo sacerdotes, sino también religiosos y de vida contemplativa: visitarlos, animarlos, escucharles, impulsarlos hacia la profunda vida interior. Nos consta que algunos obispos ya ahora dedican lo mejor de su tiempo a esta función verdaderamente episcopal y apostólica cien por cien. Los frutos no tardarán en verse.
Sí: aparte de los sacerdotes con sus compañeros es preciso que los mismos pastores de la diócesis se lancen personalmente a esta misión santa como ninguna. Díganles a los sacerdotes que Dios es Bueno, y díganselo a partir de su experiencia mística. Que si se ha desbordado sobre tantas almas - incluso muchos que no supieron ser fieles a los compromisos de su sacerdocio o vida religiosa- qué no hará sobre ellos que al menos se van manteniendo durante toda la vida en el servicio de Dios. ¿Cómo los va a abandonar, o dejar en la estacada? Imposible.
REMOVER LAS ASCUAS DE LA ORDENACION
Así escribía un amigo sacerdote:
"Cuando por los años sesenta comenzaban mis terribles crisis afectivas, acudí a mi antiguo padre espiritual y él me dijo: "Luis, tienes que casarte con Jesucristo." Yo entonces ni lo entendí, ni mucho menos lo veía como solución."
Hoy pensamos que por ahí deben ir los tiros. Cuando nos "pica" el deseo de amor a Jesús -¡a El, Dios y Hombre verdadero!-, primeramente produce en nosotros la unión con la Bondad Divina. Si mantenemos durante meses y años esta comunión con el Señor por la oración personal, penetra el Espíritu hasta el tuétano del alma, se extiende y dilata en nuestra voluntad, hasta llegar a aparecer (así lo decía nuestro Ignacio de Loyola) "como otra persona y con otro entendimiento". Gracias a hombres con este talante de amor divino, ha habido transformaciones en el mundo en todos los siglos. Basta recordar a Pablo, Francisco de Asís, S. Juan de Avila, Loyola, Vianney... y en nuestro tiempo Nieto y otros.
Y ¡qué feliz y eficaz, también hoy, la persona que conserva en su corazón la presencia y el amor a Dios! A la fuerza se entregará a difundir el mensaje del Reino.
EL SACERDOTE DE HOY Y DE SIEMPRE
Con emoción alegre, -¡con gran emoción!- he leído el libro de Don Félix Beltrán desde el principio hasta el fin. Son páginas de un enamorado de Cristo y del Sacerdocio. Y no se puede leer con indiferencia una obra escrita con el corazón; un tesoro de vivencia sacerdotal.
Es un libro para leerlo de prisa la primera vez, porque cautiva desde el comienzo. Pero después saborearlo línea a línea con una cierta "glotonería" espiritual. He ido marcando con una cruz gran número de párrafos para repasarlos después decenas de veces.
Libro profundo y ameno al mismo tiempo. Cautiva, anima a enamorarse de Cristo, del sacerdocio y entrega al prójimo, de la vida religiosa y apostólica.
Buen regalo para unas bodas de plata u oro de vida consagrada; buen obsequio para un misacantano o para quien ha practicado los ejercicios espirituales.
Me da la impresión de que el autor - sin pretenderlo- ha realizado a través de las páginas su autorretrato. Si esto es así, alabemos a Dios "porque se ha fijado en la humildad de su siervo". Sólo conozco al escritor a través de esta obra. Merece la pena tener consigo, condensado en cuatrocientas páginas, a un padre en la fe.
No copio todo el índice (muy rico en sí mismo); sólo algo como botón de muestra: Vivencia gozosa de nuestro sacerdocio; enamorarse de Jesús; no tengáis miedo a Jesucristo; santidad sacerdotal; ministerio de la Palabra; celo pastoral; amistad sacerdotal.
¿Un consejo para la segunda edición? Para mi gusto reduciría las páginas que tratan sobre el pecado del sacerdote a lo más vivencial. Tal vez esta sería la única sugerencia que me atrevería hacer al autor.
José María Lorenzo Amelibia Hacia 1991