Mis ensayos breves
Nota: Los números, 01, 02, 03, 04 y 28 son simples artículos
01.- El seminario por dentro
02.- Un lobo y un pastor parábola
03.- Cinismo hipócrita abortistas
04.- Sectas
05.- Agoniza la ley del celibato
06.- Exámenes
07.- Inteligencia
08.- Talento, análisis, síntesis, intuición
09.- Multiplicar sacerdotes
10.- Ser importante
11.- Intimidad
12.- Yo pienso
13.- Vocación sacerdotal y celibato. Matrimonio, soltería.
14.- Tópicos
15.- Sucesos
16.- Sombras en el matrimonio bueno
17.- Sencillez
18.- Segunda vocación en sacerdotes y releigiosos
19.- Predicar bien
20.- Paternidad
21.- Párroco y coadjutores
22.- No idolizar
23.- Los arciprestes, solución
24.- Lo nuevo y lo viejo
25.- Ideales y poder
26.- Escuchar y hacerse escuchar
27.- ¿es usted intransigente?
28.- Parábola del pastor perdido
29.- Directores espirituales del clero
30.- Democracia en la iglesia
31.- Clero rural: posibles soluciones
32.- Celibato
33.- Caciques demócratas
01.- EL SEMINARIO POR DENTRO
La gente pasa ante la cruz gigantesca del Seminario, y algunos la miran. Sus ojos dicen algo: parecen formular una pregunta que a su vez es un aserto: ¿Es el Seminario la región del misterio? Exacto. Ro piensa quien sólo nuestra casa por fuera: "Ventanas, cruces... misterio". Experimenta algo parecido a la curiosidad del niño al detenerse junto a un colmenar cuando entran y salen las abejas: "¿Cómo será por dentro?" "Qué harán esos pequeños insectos tantas horas en el panal?" Para él es un enigma, un misterio. Le gustaría, sí saber algo, asomarse sigilosamente al interior y saciarse viendo la labor callada de quienes viven dentro. Pero no se atreve.
Os abriré yo la puerta. Os haré penetrar un poco en la vida de esta colmena, donde trabajan y forman el panal de su sacerdocio estos jóvenes levitas: vuestros futuros sacerdotes.
Septiembre, cuando los árboles se visten de oro y el río pierde sus encantos. Día 30. Empieza una nueva etapa; un nuevo jalón en la escala de doce peldaños que nos conduce al Altar. Han transcurrido los tres meses de vacaciones. El Seminario nos aguarda con ansia; nosotros venimos gozosos. Más cerca de Cristo; más cerca de las almas. Impresiones, noticias. Es el primer día... Los nuevos libros de texto; siempre se les mira con respeto y veneración; ellos serán nuestros amigos serios y maestros inseparables; ellos ocuparán gran parte de las horas del nuevo año que se abre.
Y enseguida comienzan los días iguales: madrugar a las seis, porque al que madruga, Dios le ayuda; clases y estudios, alternados con algún rato de solaz y salpicado todo de frecuentes visitas al Amor, siempre en el Sagrario bendiciendo a sus escogidos.
Estudio, sí, mucho estudio. Es necesaria al sacerdote la ciencia; estamos plenamente convencidos. Por eso, después del Tabernáculo, será nuestra predilección. En aquella santa y cuasi monástica soledad, a los pies del Santo Cristo que preside la mesa, pasa el seminarista horas y horas alegres, entregado al aprendizaje de las asignaturas; allí sueña con sus almas de mañana. ¡De cuántos sudores y zozobras, ilusiones y gozos, es testigo la imagen de la Virgen María de nuestra habitación! Ella lo sabe, y Dios lo ve todo.
El estudio teórico y práctico. No sólo escuchar a los profesores y aprender en los libros. La vida actual lo exige. Es necesario una formación más completa. Por eso van desfilando a lo largo del año por las aulas y tribunas misioneros y psicólogos, médicos y liturgistas, abogados y obispos. Todos tienen una experiencia que contar, algo de interés, sin duda, para nosotros.
De la mano con la ciencia va el arte. El seminarista en general tiene afición al arte: música, pintura, literatura u oratoria. Quizás todo. Unas formarán parte de la "Schola cantorum"; en ella alabarán a Dios con su voz y contribuirán al esplendor litúrgico de las solemnidades catedralicias. Otros, el comienzo de la primavera, se sentirán incluso poetas y sabrán rimar unos versos en los que canten a la luna y a las flores, a los pájaros y al sol. ¡Y a la Virgen María! Otros se sentirán artistas de las tablas y sabrán deleitar a sus compañeros haciendo de Javier en "El Divino Impaciente", o de suegra (o suegro) en la famosa "Muralla" de Calvo Sotelo. Sí; el arte, por activa y por pasiva. Practicándolo en cuanto nuestras facultades y deberes lo permitan.
Nuestra vía es alegre. Esta alegría viene a centuplicarse en las fiestas del Seminario. Somos jóvenes y estudiantes. Es nuestra esencia amar los días de asueto. Nos gusta el deporte, y aquí tenemos ocasión de ejercitarlo: fútbol, pelota, alpinismo... El deporte es sano. El deporte da vigor. Pero no es esto lo que más atrae nuestro interés: hay algo más subido. Cada fiesta tiene un carácter peculiar que nos cala hasta el alma.
Y llegará la primera del calendario, el 21 noviembre; la patrona, la Niña María. Este es el día triunfal de los mayores. Comienzan a subir las gradas del Altar. ¡Oh las Órdenes! Con qué envidia y admiración hemos vistos a nuestros compañeros recibir del Señor Obispo la primera tonsura, la imposición de la sobrepelliz blanca. Ya son clérigos. A nosotros nos queda un año menos. Es toda alegría; da ánimos. La realidad se acerca.
Y después, Santa Catalina, la patrona de los filósofos, que la honran bien, como ellos saben.
Y la Inmaculada. Y la tradicional de Santo Tomás, y tras ella el cumpleaños del señor Rector. Días bien típicos estos, con vislumbres de primavera, tardes ce campo y también cine, ¿por qué no? Y el día del Papa. ¡Cómo se elevan en este mes desde los largos tránsitos jaculatorias y actos de amor a favor del padre de todos! Pentecostés; el Espíritu Santo inunda nuestras almas. Misa solemne en la Catedral. El día del Obispo. Recordamos con todo cariño aquel rinconcito junto al puerta "Preciosa" en los claustros, durante muchos años ha sido escenario de la mejor felicitación a Nuestro Buen Pastor... El día siguiente está consagrado a los "grandes" de la casa; es la despedida de los diáconos. Ellos han permanecido doce largos años con sueños de Altar. Se despiden alegres, sí, porque la meta de sus ilusiones está en el sacerdocio. Hoy les toca a unos. Mañana... más tarde... a todos nos llegará la hora de trabajar en la viña del Señor.
¡Cuánto, cuánto se podría escribir de estos días de cielo en el Seminario! Pero sigamos.
Es verdad que la piedad lo llena todo, que la piedad es vida y que la vida auténtica es piedad. Para ello hay que nutrirla en los sacramentos y en la oración mental, en los Ejercicios Espirituales. Seis días dedicados exclusivamente al alma: siempre hay que ajustar alguna pieza, corregir algún yerro, sobre todo adherirse más fuertemente a Dios y seguir adelante con paso firme hacia la cumbre de nuestro Amor.
Para Cristo Eucaristía guardaremos nuestros largos ratos de compañía en las horas serenas de la noche: la Adoración Nocturna. Él será en todos los momentos el imán que atraiga nuestro pensamiento, nuestro corazón y todo nuestro ser. Para María nuestros mejores obsequios. Esa imagen multisecular, testigo de tantas plegarias de sacerdotes, seminaristas de ayer, , recibirá los sábados la oración litúrgica de completas, dichas con el alma temblando de emoción. Y mayo, su mes, tiene en el Seminario algo de paraíso: todos los días una flor de amor práctico a la Madre... Academias en su honor, consagraciones, auroras, poesías, azucenas.
La liturgia es la expresión externa de esta virtud sólida: la oración oficial de la Iglesia. Presenciamos hoy un remozamiento vigoroso de ella. En esta sana casa ha calado muy adentro. Sentimos y vivimos la Liturgia: los grandes ciclos de Pascua con su preparación cuaresmal y el de Navidad con su pórtico de Adviento. El domingo constituirá el centro de la semana: la Misa Mayor y las solemnes Vísperas forman algo así como los paréntesis en que se encierra el día del Señor vivido en su alabanza y amor.
El Seminario se renueva. "O renovarse o morir". Tiene que ser así; no hay que darle vueltas. Ansias de unión se experimentan por todas las partes. Diríamos que éste es hoy el soplo del Espíritu Santo. Y el equipo domina todo, y el grupo todo lo conexiona. Es ni más ni menos la expresión antigua: "la unión hace la fuerza". También tenemos aquí nuestros equipos: de apostolado, de amistad sacerdotal, reuniones de curso.
Los primeros son el exponente de un ansia de amor a las almas. Nos agrupamos con el fin de aprender a colaborar, de acrecentar nuestro entusiasmo. No pretendemos la especialización. Cada uno se inscribirá en el que más rime con sus aficiones o facultades: el grupo obrero, rural, de América, o la nueva corriente del "Mundo Mejor". Todos funcionan pujantes como la juventud que los domina.
Las reuniones son frecuentes: todas las semanas. Hay que avivar el fuego, que no se apague. El día consagrado al grupo es una hoguera de entusiasmo. Se abren las puertas del Seminario, y los seglares nos cuentan sus experiencias, y los religiosos nos comunican las suyas, y todos nos unimos con los vínculos fuertes de un mismo ideal.
El grupo de Misiones es algo especial: las misiones son una realidad tremenda y palpitante; todos somos misioneros, a todos nos cala hasta el alma el fervor de la evangelización. Algunos más aficionados dispondrán las Academias; crearán una tómbola; organizarán el Domund y demás fiestas. Los demás participaremos y pondremos nuestro granito de arena.
Las reuniones de curso: es natural que nos amemos mucho los que más cerca estamos; somos los más prójimos, si cabe. Por eso tenemos nuestras reuniones mensuales: siempre hay temas que tratar, algún propósito común que formular, algo que corregir o proyectar. Estamos seguros de que en el sacerdocio saborearemos con placer el recuerdo de estos días felices de fraternal convivencia.
Y los equipos de amistad sacerdotal. Suponen una amistad natural y la elevan al terreno sobrenatural. En su recinto se tratan temas espirituales: en ellos se esponja el alma, de ellos se sacan bríos para seguir subiendo la empinada cuesta de la vida interior. Todo con sencillez y sin exclusivismos. Tienen como mira, ayudarnos sobre todo en nuestra vida apostólica. Entonces nos necesitaremos más, serán mayores los problemas.
Así se vive en esta sana casa. Os he entreabierto un poco la puerta y hemos contemplado, algo así como a vista de pájaro, el Seminario por dentro.
José María Lorenzo Amelibia.
Este artículo lo escribí en al año 1957 por encargo del profesor don Agustín Arbeloa para el Libro de Oro del Seminario.
02.- UN LOBO Y UN PASTOR. PARÁBOLA
Don Roberto estaba a punto de salir de la parroquia del Burgo. No sabemos por qué iba a salir Don Roberto. Lo cierto es que a mi amigo Don Genaro le ofrecieron aquella feligresía de alrededor de dos mil habitantes. ¡Contento se puso mi amigo! Cuánto había soñado en una parroquia mayor. Allí podría desarrollar su celo de pastor de almas.
Todo parecía muy normal. Pero comienza a complicarse el asunto. Don Roberto se autodenominaba cura de izquierdas: o sea de esos que hace de su capa un sayo, no obedecen a su obispo, ni al Papa, ni a nadie; de los que no creen en la institución; de los que el dogma les tiene sin cuidado. Para ellos lo único que vale es la lucha contra la opresión; y ven opresores por todas las esquinas.
Cuando don Roberto se enteró de que había de sustituirle el amigo don Genaro, montó en cólera: "Regentar esta parroquia un cura "carroza"? Imposible".
El amigo, don Genaro, es uno de esos curas que creen en Dios, obedece a su obispo y practica la oración mental asiduamente; visita al Santísimo, y profesa todo el Credo católico, apostólico y romano.
Don Rober – así le llaman los amigos – alentó a todas las fuerzas vivas de la parroquia sobre el elemento tan singular que les iba a caer como párroco. Fue pronto citado mi amigo Genaro a la reunión – asamblea en el pueblo de El Burgo. Allí se le sometió a un examen de fe, de la fe progresista, claro. Cuando el párroco electo iba contestando a las preguntas y requerimientos del sector izquierdoso del pueblo, al no estar conformes con aquel entuerto, levantan airados la asamblea, y acuden al prelado a exigir que manden a otro cura más acorde con la ideología dominante. Ante la negativa del obispo respondieron: "Nosotros no tenemos por qué obedecer a nadie; la ley es nuestra voluntad democrática". Y se marcharon del obispado.
No consiguieron doblegar en esta ocasión a los hombres de palacio. Y tras largos meses de forcejeos, tomó posesión el amigo Don Genaro de la parroquia de El Burgo.
Pocos días transcurrieron cuando el consejo de pastoral hizo sentarse a don Genaro en la presidencia para advertirle: "Tu, párroco, eres aquí uno más: tendrás que someterte a las decisiones aprobadas por la mayoría". Dura y difícil era la papeleta que le aguardaba al amigo don Genaro. Por mayoría había de decidirse que en la catequesis a los niños no podría hablárseles de Dios ya que es algo abstracto y ellos nada habrían de entender. Don Genaro no pudo admitir tamaño desmán: "Ni democracia ni gaitas, dijo para sí, no convocaré en adelante el consejo de pastoral".
Con el tiempo fue observando cosas tan peregrinas como ésta: los catequistas nunca acudían a Misa y su doctrina única era hablar de liberación, injusticia y sociología. Tuvo entonces que prescindir del servicio de aquellos catequistas y comenzar de cero a organizar una catequesis de acuerdo con la doctrina cristiana.
La bondad del amigo Don Genaro va superando las mayores dificultades, y otra vez la parroquia se ha puesto en marcha.
Don Rober ha ido a otro pueblo mayor. ¿Qué hará allí? ¿Deshará otra feligresía? Por desgracia, me temo que esto suceda. Porque siguen existiendo sacerdotes predicadores de doctrinas al margen o contrarias a las de la verdadera fe católica, es preciso que los alejen de los puestos clave de las diócesis y les prohiban el ejercicio ministerial, mientras no se avengan a predicar la verdadera doctrina de la Iglesia.
Señor, danos sacerdotes santos, obispos santos, almas consagradas santas, seglares comprometidos santos. Aleja de nosotros los lobos disfrazados con pieles de ovejas.
Año 1983 José María Lorenzo
03.- CINISMO HIPÓCRITA Abortistas
Ha nacido en las provincias vascas una coordinadora para el derecho al aborto libre y en cualquier circunstancia que se desee. ¿Cómo comenzó todo? En cada una de las capitales se han presentado en el juzgado alrededor de un centenar de personas para autodenunciarse por prácticas abortivas.
Declaraban las mujeres: "Comparezco y digo que, tras comprobar que estaba embarazada, aborté voluntariamente en mi domicilio ante la imposibilidad de hacerlo en un centro sanitario. La razón por la que tomé esta decisión fue el haber quedado embarazada involuntariamente, no deseando tener un hijo en tales condiciones". Los hombres a su vez confesaban: "Comparezco y digo que, al saber que una compañera deseaba abortar, siéndole imposible hacerlo en un centro sanitario, le presté mi ayuda para que pudiera interrumpir su embarazo. La razón de mi colaboración fue el considerar que no se puede obligar a una mujer a tener un hijo no deseado. "
Estábamos acostumbrados en materia penal al "arrepentimiento espontáneo" como atenuante a un delito cometido. El hecho movía a indulgencia. En nuestro caso no se trata por ninguna parte el arrepentimiento. Se ve más bien el cinismo hipócrita; el pecador solitario que luego quiere mostrar en público con osadía su bajeza. Desafía así la convivencia humana y cristiana. Y quiere con desvergüenza hacer gala, a poder ser impunemente, de su criminalidad delictiva. Se declaran matones a cara descubierta; mas a la vez cobardes, ya que, ante el temor de futuras represalias, concretamente acciones judiciales por su confesión, los abortistas iniciaron su acto de protesta, en un acto coordinado en las tres capitales vascas.
Lo que pretenden con todo esto la exigencia concreta de que la nueva legislación recoja el derecho al aborto sin discriminación, gratuito y a cargo de la Sanidad Pública. Lo que nosotros deseamos es que se cumpla la Justicia y sean castigados quienes atentan contra vidas inocentes, aunque se tenga en cuenta la atenuante de la propia confesión. Será un ejemplo para que nadie pueda de modo impune violar el Derecho refugiándose en la fuerza del número.
Nos viene a la mente la frase del Evangelio: "Los Hijos de la tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz".
En los tiempos de persecución religiosa algunas personas , llenas de entusiasmo por Jesús, confesaban con fervor divino su condición cristiana; aun sabiendo que iba a ser condenados. Eran mártires, testigos de una fe de amor a Dios y al prójimo. Ahora está ocurriendo una involución reaccionaria hacia el paganismo ateo. ¡Y se llaman progresistas!
José María Lorenzo Amelibia. 1983
04.- Sectas NUEVA RELIGION AMENAZANTE
Con fuerza poco común ha nacido una nueva religión en América. Hoy todavía puede considerarse como secta, pero a juzgar por el auge de los inicios y por su ideología promete(?) conquistar toda la tierra para los años cercanos al 2000.
Se trata de la "New Age" ("Nueva etapa") y pretende nada menos que fundir todas las Iglesias en la unidad.
He aquí algunos rasgos de su ideología:
-El Cristo de los cristianos debe ser sustituido por el Cristo cósmico. (Distinto del histórico.)
-Este Jesús significa una energía que lo impregna todo. Se
manifiesta en los movimientos de efervescencia presagio de su llegada.
-La astrología, el esoterismo, la autoexperiencia, la meditación tipo oriental, el ecologismo y los movimientos libertarios cooperan en la preparación de esta nueva época.
-No se trata de la venida de alguien para salvar a los hombres, sino de enseñar a los humanos a salvarse a sí mismos.
-La música es de importancia grande en la difusión de la nueva mentalidad. Esa música del cosmos: "acuática, positiva, sintética y fluida", portadora a nivel subconsciente de un mensaje susurrado en optimismo y fraternidad.
-Frente los augurios "milenaristas" de destrucción, pesimismo y escatolgía, la "Nueva Era" anuncia el comienzo de la dicha. Quiere la salud total del hombre iluminando su propio misterio.
-Para salvarnos incluye una dirección hacia adentro y excluye
todo tipo de institucionalismo religioso.
-Promete la identificación con el "Todo" en una vida divinizada. -Citan en apoyo de estas teorías a numerosos teólogos, lo mismo
que la oración de Asís, convocada por Juan Pablo II en octubre del 86 y continuada en Kyoto en agosto del 87.
-Se ignora a Jesucristo como Hijo de Dios, pero no como
personaje importante identificado con su gran mensaje.
-El Cristo de los cristianos debe desaparecer como objeto de
culto para pasar a ser interpretado como fuente de energía.
-Se trata, en resumen de una especie de mercado común de la religión y sus métodos llevan a la iluminación, que consiste en el descubrimiento del elemento divino existente en nosotros: eso es la salvación.
Es un movimiento que se anuncia, se introduce y arrastra.
Lleva en sí un sincretismo religioso, tomando lo que más llama la atención del cristianismo, budismo, panteísmo, etc.
Objetivo principal de la "Nueva Era" es dar unidad y ecumenismo auténtico a todas las religiones del mundo. Ser el esperanto de los creyentes. Engancha con facilidad a sus adeptos; ellos comprueban en poco tiempo el bienestar de la meditación tipo oriental.
Con el señuelo de la paz, felicidad, ecumenismo, bondad, respeto y tolerancia están ingresando en esta gran secta cantidad de "neófitos". Y sobre todo atrae a gente de cultura media y superior. En Estados Unidos el movimiento sostiene ya diez mil centros.
Los cristianos hemos de considerar la doctrina de nuestro Maestro: "Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia Católica." Jesús nos advirtió: "Surgirán falsos profetas". Incluso harán aparentes milagros que llamarán la atención como pruebas. Pero no hemos de hacerles caso. Estamos avisados por nuestro Salvador.
Es ahora momento importante para un mayor dinamismo de los católicos. Es curioso: Ahora, en el tiempo de sectas proselitistas, muchos cristianos limitan su actividad apostólica al testimonio de vida honesta y obsequiosa "con los demás".
Saber, sí, librarnos de estos lobos disfrazados con piel de cordero. Y sobre todo explicar oportuna e importunamente nuestro mensaje del Evangelio como nos enseñó San Pablo.
José María Lorenzo Amelibia
LAS SECTAS NOS ACECHAN. NO CAER EN LA TRAMPA
Durante varios días en las últimas vacaciones veraniegas, la confesión religiosa del" bahaismo" ha celebrado en en la casa del santuario de angosto de Alava asamblea y jornadas de estudio.
Esta nueva religión fue creada en 1844 por Bahá 'u' lláh. Pretende este fundador hacer creer que ha sido anunciado por Jesucristo como "el nuevo profeta que surgirá en la faz de la tierra para proclamar las ideas de Dios"
El mensaje espiritual de los bahaistas es: conseguir la paz de todas las naciones; unir a todas las religiones en la fe al único Dios; anunciar que antes del año 2000 llegará la paz menor, germen de la paz mundial.
Con estos proyectos tan bellos y humanitarios los bahaistas se van metiendo en nuestro pueblo católico y siembran la confusión que podríamos plantear así: todas las religiones son válidas y buenas; hay que unirlas para conseguir la paz del mundo.
Y esto no es cierto. La única religión verdadera es la católica. Las sectas que con carácter más o menos cristiano van invadiendo el territorio de nuestra patria, no tienen ninguna garantía de verdad. Basta que recordemos o estudiemos a fondo el tratado "De vera religione" (Sobre la verdadera religión) y el compañero de éste sobre "La Iglesia".
Y ahora viene el problema más serio:¿Cómo frailes católicos admiten en sus casas confesionesreligiosas ajenas al catolicismo para que hagan su propaganda? Deberán ,sí, los frailes tratar con amor y respeto a las personas, sea cual fuere su credo; pero de ahí a abrirles las puertas del santuario para que prediquen sus teorías desde él...
Sí; los bahaistas tienen cosas muy buenas -¿quién no las tiene?-. Por eso los padres pasionistas de angosto han mordido el anzuelo, y han sido causa de sembrar el confusionismo religioso entre las gentes.
En ocasiones se han prestado templos, y en ellos se han representados obras teatrales no conformes con la moral. Pues bien, aún supone mayor mal socio-religioso ofrecer instalaciones de congregaciones clericales a sectas que van pregonando su credo erróneo y van haciendo campaña de su falsa religión.
Ni siquiera humanamente se entiende semejante disparate. ¿Qué sociedad presta sus instalaciones al competidor?Hemos de ser sencillos como palomas, pero prudentes como serpientes. Y "haciendo la verdad en el amor, crezcamos en Cristo Jesús".
José María Lorenzo Amelibia
¿SECTAS EJEMPLARES?
Durante los meses estivales los habitantes de las ciudades nos vemos inundados por campañas para extender en la población nuevas ideologías de carácter tanto laico como religioso.
Hace unos días fui testigo de una "Jornada de REMAR". Estaba en una plaza y oí música; había bastante gente bailando al son de un grupo que tocaba canciones pegadizas. Al no saber quién organizaba tal acontecimiento pregunté a una persona, y éstas fueron sus palabras :
"Somos de REMAR, ya sabes, una organización que consigue integrar a los marginados de todo tipo, y no por los sociólogos y psicólogos, sino por la enseñanza del Evangelio.
Nos ayudan a seguir a Cristo y a hacer vivir en nosotros las Escrituras" No supe qué decir, simplemente escuché sus palabras, sabía que pretendía llamar mi atención y lo logró. Me hizo pensar en lo triste que es ver a esas personas arrastradas por fuerzas sectarias, sólo porque un ignorante o un "vividor" les ha dicho cuatro palabras bonitas sobre Cristo.
Y yo con pena me pregunto: ¿Dónde está ese catolicismo, dónde está esa España católica, baluarte de la religión de la que se han jactado nuestros soberanos? Y con pena descubro que el catolicismo se queda en un simple decorado consuetudinario.
El problema está en la falta de vivencia personal e íntima de nuestra Fe. Tenemos que despertar del letargo para volver los católicos a llevar la Buena Noticia a TODOS. Y mientras nosotros, "Buenos cristianos y personas decentes", no nos movamos de los cómodos sillones, no tendremos derecho a quejarnos de la fuerte secularización del actual mundo, ni del proselitismo de sectas.
Es muy fácil culpar a las víctimas del sida y de la droga de los males psíquicos del siglo XX, pero yo afirmo que TODOS los católicos que dejamos al tiempo la solución do los avatares, somos responsables de las calamidades que nos rodean. Mientras tanto, las sectas hacen su agosto.
IRENE
SECTAS RELIGIOSAS
ES IMPORTANTE HABLAR DE ESTE TEMA PARA NO CAER EN LAS REDES DE LAS SECTAS Y PARA PROFUNDIZAR EN TU FE.
1.-Un hecho: 30 mil jóvenes han abandonado en España sus hogares para integrarse en grupos religiosos radicales. Se calcula que de 4 a 6 mil personas abandonan en el mundo diariamente la Iglesia católica para inscribirse y atarse en grupos sectarios.
2.-Un caso concreto: Jordi, de Barcelona. Deja un papel en casa: "He ido a vivir con unos amigos. No os preocupéis." Ingresa en la Asociación para la Conciencia de Krisna. Fundada en 1966 por Alhay Charan. (Hombre de negocios). Krisna es el dios Indú de la divinidad suprema.
3.-Ataviado de monje. Pelo rapado. Se pone una peluca para vender. Horas y horas en oración. Poco dormir. Comer vegetales. Túnica color azafrán. Duermen y comen en un caravana. Venden libros, revistas, casettes para "niños pobres.".. madres solteras, rehabilitación de drogadictos... En un matrimonio impuesto se casan con una chica de la secta. En Brihuega, Guadalajara, hay una finca con sesenta miembros y más de diez niños, que se van haciendo ya mayores. Carecen de libertad y están controlados. Incluso durante el servicio militar.
4.-¿Cómo salir? Difícil. Tuvo permiso Jordi para visitar a sus familiares con un acompañante. Su mirada era inexpresiva ante sus padres. No podía terminar las frases. Decía a su madre: "No me toques, me contaminas."
Servicio militar. En una encerrona consiguieron llevarlo los padres a un hotel. Acudieron cinco especialistas con un ex de la secta. No atendía a razones. Cantaba. (Algunos intentan suicidarse). Intentaban desprogramar su mente. Lo fueron consiguiendo después de mucha paciencia y mucho luchar.
Después vino el acoso de la secta. La mujer... la policía por el secuestro... El matrimonio anulado fue el fin del triunfo.
5.- Muchas sectas: MOOM. LOS NIÑOS DE DIOS. MISION DE LA LUZ DIVINA. IGLESIA UNIVERSAL DE LA CIENCIOLOGIA... Normalmente el líder vive en la opulencia.
6.-¿Quienes suelen caer? Jóvenes idealistas, con inquietudes religiosas, con ganas de encontrarse a sí mismos, con ansia de superación, pero desligados del ambiente de sus parroquias.
7.- MEDIOS PARA DEFENDERSE. Discernir. La oración es algo bueno, pero hay que consultar con expertos para no caer en las redes... No fiarse de la simpatía.
8.- Las comunas es otra forma de perder la libertad. Medio secta religiosa, medio yoguis...
9.- La única solución: profundizar en nuestra fe católica.
Unirse a movimientos parroquiales.
José María Lorenzo Amelibia
05.- AGONIZA LA LEY DEL CELIBATO
Han cambiado drásticamente las circunstancias desde que Pablo VI, en su encíclica "Coelibatus sacerdotalis" (a. 1967) se reafirmó en la obligatoriedad de la soltería para todos los sacerdotes de la Iglesia Occidental.
Números cantan. Tomemos una diócesis cualquiera que en 1966 disponía de mil sacerdotes a su servicio. Han muerto 400; doscientos han dejado el ministerio para contraer matrimonio; cien nuevos presbíteros se han ordenado. Ha quedado reducida la plantilla, en sólo veinte años, a la mitad.
Se ha disparado de forma alarmante la edad media de los sacerdotes hoy en activo: alrededor de 57 años. La mortalidad anual sobrepasa el cuatro por ciento, mientras que las nuevas promociones sólo cubren el 0,35% de la totalidad de clero cada curso. Los presbíteros en ejercicio han de multiplicar su trabajo precisamente en el momento en que sus fuerzas comienzan a decaer. Mientras, estadísticas de sondeo revelan que el cuarenta por ciento de sacerdotes en activo están aquejados de serios problemas de salud. ¡No es suficiente la ayuda de unos pocos diáconos casados!
El hoy cardenal Echegaray (francés) decía: Todavía tenemos clero suficiente para quince años". Esperaba, sin duda, antes encontrar solución. Pero está a punto de concluir aquel plazo, y la solución no aparece por ningún lado? al contrario: las perspectivas cada año son más negras. Precisamente se ha doblado en muchas naciones el número de sacerdotes que mueren antes de su jubilación.
Abundan las parroquias sin sacerdote: 2300 en Alemania, 3460 en Italia, 8500 en España. 22500 en Francia. Muchos pueblos han de aguardar varias semanas para que el sacerdote visite su feligresía y celebre el Santo Sacrificio. Otros reciben los servicios litúrgicos de unas monjas, que les explican la Biblia y administran la comunión. Algunos pueblecitos más afortunados participan en la eucaristía dominical, gracias al cura vecino que ha tenido que celebrar cinco o seis misas.
Diócesis que el año 1966 disponían de mil sacerdotes, siguiendo la línea descendente actual, sólo tendrán 250 al finalizar el siglo. Y este fenómeno se repite en todos los países desarrollados y en vías de desarrollo. En los demás la carencia de vocaciones ha sido siempre mal endémico.
¿Ignoran las altas esferas eclesiásticas este problema? En absoluto. Más bien se encuentran alarmados.
Juan Pablo II al comenzar su pontificado exhortaba: "Rogad al Señor de la mies que envíe operarios". Pero... "A Dios rogando y con el mazo dando".
He aquí algunos intentos de solución aventurados por algunas jerarquías eclesiásticas:
- A los pastores anglicanos que se convierten al catolicismo, se les permite, si están casados, seguir viviendo con sus esposas. Así, en Lisboa, un padre de familia, antiguo protestante, oficia como párroco de antigua feligresía.
- Unos pocos hombres casados han accedido al sacerdocio en edad provecta, para trabajar en tierras de misión.
- Algunos sacerdotes, dispensados de la ley del celibato, han sido admitidos cono capellanes de hospitales y de las fuerzas armadas en países extranjeros. Ignoramos el número exacto, pero conocemos con seguridad su existencia, aunque al asunto no se le ha dado publicidad por tratarse de algo todavía oficioso.
Los cardenales Hume (Inglaterra), Arms (Brasil). Dormojunono (Indonesia) y Pellegrino (Italia) han solicitado la ayuda de sacerdotes casados, para que apoyen tareas pastorales de responsabilidad.
En España son numerosos los obispos de talante abierto en todo este tema que nos incumbe.
Se van produciendo los primeros ensayos. Y, sobre todo, muchos dirigentes eclesiales se van percatando de la necesidad de abolir en un futuro próximo la ley del celibato obligatorio para los sacerdotes .
Pero creemos sinceramente que todavía pesa mucho en las altas jerarquías una tradición como ésta; y nadie se apresura a resolver con urgencia el problema en su raíz. Varios centenares de sacerdotes secularizados se ofrecen a sus obispos para el ministerio y éstos, hombres buenos, dicen: "Es una pena, pero no podemos aceptaros. Ya sabéis, la ley del celibato..." ¡Cuántos hombres de buena voluntad se ordenarían hoy sacerdotes si desaparecieran normas arcaicas y caducas de imposición de soltería!
Deben todavía transcurrir cinco años. ¡Lustro doloroso éste, en el que por fuerza de estadística subirá desmesuradamente la mortalidad de los clérigos! Entonces, sin trabas de ninguna clase, se planteará ya la inmediata necesidad de abrir las puertas del sacerdocio a padres de familia.
Estamos asistiendo a los primeros estertores de la ley celibataria. Con seguridad estrenaremos siglo sin el peso de una norma causante de sufrimientos , escándalos, discusiones y heroísmos en el mundo católico.
JOSE MARIA LORENZO Y AMELIBIA
(PRESIDENTE DE LA ASOCIACION DE SACERDOTES CASADOS DE ESPAÑA, A.S.C.E.) Año 1988
Este artículo fue escrito en 1988 aproximadamente. Cuando lo vuelvo a leer para imprimirlo en agosto del 2008, constato que no acerté. Y es que en la Iglesia, al menos en la española y a nivel Vaticano, ha habido una enorme involución. Hoy no se vislumbra ninguna perspectiva de abolición de ley del celibato. Las vocaciones han ido en disminución. Las parroquias todavía se defienden gracias a la ayuda de los religiosos y a algunos que vienen a misionarnos de fuera. Pero no se vislumbra, al menos en otros veinte años, ninguna posibilidad de cambio en la ley celibataria. Como los puestos dirigentes de la Iglesia los llevan personas muy conservadoras, creemos que esta ley no agoniza. Tendrá que morir sin agonía, pero no sabemos cuándo. Pero llegará el día, porque Jesús quiso el celibato, pero no lo unió al sacerdocio necesariamente. Sus apóstoles eran casi todos hombres casados.
06.- EXÁMENES
Fin de curso a la vista. Tiempo duro para los estudiantes. Página y páginas de libros hay que meter en el cerebro a fuerza de empollar. Hasta los alumnos menos trabajadores dedican en estas fechas largas horas a preparar los exámenes. Yo diría que son ellos precisamente los que trabajan a destajo; los que pasan en blanco las noches. Les interesa aprobar como sea. Detestan este sistema inquisitorial y piensan que se trata de algo digno de ser archivado en las negras páginas de la Historia de la Pedagogía.
Sin embargo, tienen los exámenes grandes ventajas y pienso que nunca podrán ser eliminados del sistema académico. Gracia e ellos hemos logrado asimilar en su conjunto una asignatura. Cierto que después todo se olvidará. Permanecerá empero en el fondo de nuestra inteligencia un algo llamado cultura. Sin las pruebas finales no lograríamos formar la cadena; la lección de día a día es un eslabón. Es preciso unirlos todos. De nada sirve almacenar muchos ladrillos aislados si nunca nos decidimos a edificar la casa.
Cierto; el sistema de exámenes tiene su aspecto negativo: nerviosismo de los últimos días ante la incertidumbre del resultado, imposibilidad de dominara a la perfección los temas; el azar como factor de última hora decidirá tal vez nuestra suerte final. Estos inconvenientes pueden, al menos en parte, ser remediados. El estudiante ha de darse cuenta de que su trabajo es obra de nueve meses, no de pocas semanas. Ha de programarse todo el año en una labor sosegada y constante. A pesar de todo, el momento final será el sprint de los ciclistas cuando se acercan a la meta.
El problema de los exámenes yo diría que involucra un "examen" inicial preventivo junto a un propósito firme de aprovechar el tiempo. Esta es la cuestión candente. Muchos disgustos, fracasos y nerviosismos se podrán remediar con una adecuada planificación. Ver nuestros yerros pasados y prevenir las futuras dificultades. Si cada noche dedicáramos unos minutos a controlar nuestro comportamiento del día, no tropezaríamos siempre con la misma piedra. No dejemos el examen de conciencia tan solo para nuestra confesión.
José María Lorenzo Amelibia. Año 1979
07.- INTELIGENCIA
Hermoso don de Dios. Grandeza del hijo. Inteligencia. Paradójicamente, aquí, en las fuentes de la grandeza, de la gloria, nos hallamos en el mismo manantial de la humillación: fenómeno que con frecuencia se repite en la naturaleza. Muchas veces me pregunto: ¿por qué precisamente los órganos de la fecundidad, lo tanto acerca al Dios Creador, han de servir para evacuar los detritus? ¿Por qué el grano de trigo sembrado en el surco ha de pudrirse antes de germinar? Al menos en apariencia se pudre. Tal vez sea que a Dios le agrada la ley de los contrastes. Muerte, resurrección; luz, tinieblas; sublimidad, suma sencillez.
Con la inteligencia sucede lo mismo, pero a la inversa. En si es algo sublime, nos eleva sobre los animales irracionales. Nos da un reflejo de Dios. Es una cualidad espiritual encerrada dentro de la materia que la entorpece como oro precioso oculto en barro tosco. El contraste, la humillación, por hablar de algún modo, aparece en proporciones colosales. ¿Por qué a duras penas podemos coincidir dos hombres en alguna idea o juicio como verdaderos? ¿Por qué muchos ni siquiera admiten las verdades objetivas: la conformidad de la mente con la realidad de algo? ¿Por qué precisamente cuanto más sutil, abstracta, filosófica sea una idea, más difícil es lograr el consenso y la aprobación de muchos hombres? ¿Por qué la máxima división entre los humanos está precisamente en productos de la inteligencia: ideas, juicios y criterios? Dar respuesta a estos interrogantes, ardua dificultad. Por mucho que ahondemos en el tema, soy consciente de que muchos hombres sabios – aun cuando nuestra inteligencia superase a la del resto de los seres humanos – negarían nuestras deducciones.
En el campo de la técnica, de la ciencias exactas, suele existir consenso entre los hombres, porque se trata de deducciones comprobables con medios y medidas aceptadas por todos; porque contemplamos efectos prácticos muy queridos por todos. Cuando un hombre tira por la borda todos los principios científicos, se prescinde de él y se le toma por demente.
Mi inteligencia me llena de admiración y me sume en la perplejidad. La misma evidencia para unos, es negada otros y la llaman alucinación. Evidencias ajenas se nos antojan estereotipos, falta de cultura, estrechez mental, prejuicios.
Presencio como espectador imparcial la discusión de los hombres, sin tomar parte en ella. Compruebo cómo se apasionan por defender sus puntos de vista. Si yo estoy metido en esa misma discusión, siento las misma pasiones de mis semejantes. Percibo en mí indignación y rabia. He de dominarme para no mostrar enfado hacia las personas que quieren actuar en contra de mis ideas y convicciones. Se impone un respeto sagrado ante los criterios de los demás. Me alegra alumbrar con el candil de mi idea – pienso siempre verdadera – la inteligencia de mis compañeros – para que engendre otro concepto hermano del mío.
Es fácil afirmar lo de los escolásticos: "En las cosas necesarias, unidad; en la dudosas, libertad; en todo, caridad". Pero, ¡si precisamente el problemas de los humanos está en saber cuándo se trata de "cosas necesarias"! ¡Si lo que a mí me parece necesario, a otros se les antoja trivial!
Mientras paseo mi intelecto por esta avenida de penumbras, diviso entre la niebla el problema religioso. Es de primer orden la cuestión, pero al estar basada en la fe, muchos la desprecian, ni siquiera desean dedicar unos minutos a su consideración. La fe es del todo cierta para nosotros, pero no con la claridad de la evidencia, de lo contrario, no sería fe. La fe es un lanzarse confiados en los brazos de Aquél en quien confiamos. Pero la fe no es una verdad filosófica, y menos matemática. Está en otra línea. El hombre creyente es eso: hombre. Como ser racional elabora ideas, emite juicios, redacta filosofías y teologías en torno a la religión que profesa. Y aquí nos tropezamos de nuevo con la enorme humillación de la inteligencia humana: unos niegan lo que otros afirman e incluso vuelven a renegar sobre ideas que nos han dado mártires de primera categoría. Basta asomarnos a la Historia de la Iglesia para constatar hasta qué extremos se ha llegado en nombre de la religión y de la verdad.
El rodar de los siglos, tras guerras, tumultos, odios, inquisiciones, llegó a definir como verdad revelada pro Dios, contenida en la Palabra, que el Papa y la Iglesia son infalibles en materia de fe y costumbres, cuando se cumplen algunas condiciones. Acato este dogma y me siento católico; y soy consciente de la enorme limitación de mi inteligencia. ¿Cómo podría negarlo? Por otra parte, si lo negara, defendería un dogma propio que se enunciaría así: "El Papa no es infalible; la Iglesia no es infalible". Mas, precisamente por considerar la inteligencia humana tan vulnerable, tan pobre, me veo aconsejado por mi misma inteligencia – a parte de por mi propia convicción religiosa – a admitir el dogma en materia religiosa.
Los ateos, los que no admiten religión ni dogmas, ni trascendencia, ¿cómo podrán sentirse tan seguros en su increencia? ¿No se dan cuenta de que dogmatizan su propio ateísmo? De verdad, los veo más dogmatizadores que a los cristianos. Incluso los agnósticos, afirmando la imposibilidad de conocer la trascendencia, ¿no son también dogmatizadores al formular tan rotunda afirmación?
¡Pobre inteligencia humana! A la fuerza la soberbia es una tremendo pecado. ¿Cómo los incrédulos pueden sentirse tan seguros de estar en la verdad de su increencia? ¿Quién no se equivoca cientos de veces cada año? Si no existiera dogmática, habría que inventarla, al menos como una disciplina de convivencia.
El hombre necesita seguridad. Esta seguridad nos da la fe. En la oscuridad de la fe, encontramos el abrazo con Dios, el Ser Trascendente. Comprendo la angustia de algunos grandes pensadores. La postura humana más lógica es lanzarse y confiar en Dios: "Señor, ¿a quién iremos? Tú solo tienes palabras de vida eterna". En Ti, Señor, he esperado, jamás quedaré confundido".
José María Lorenzo Amelibia
08.- TALENTO, ANÁLISIS, SÍNTESIS, INTUICIÓN
Inteligencia grande y pequeña. La estructura del cerebro determina una mayor o menor capacidad, el talento. Esto es cierto, según afirman los hombres de ciencia. Mas no se trata de una realidad inmóvil, ya que el talento es perfectible; es necesario conocer las reglas que determinan el desenvolvimiento de la inteligencia.
Más hace quien quiere que quien puede. Cierto. Grandes lumbreras primitivas se han oxidado en la estulticia por falta de cultivo, por inapetencia de desarrollo personal.
El hambre de formación, el interés por el cultivo del espíritu, es primer requisito para el desarrollo intelectual. Muchos creen que esta cualidad es secundaria, y sin embargo... ¿Por qué muchas personas con una posesión de tierra de primera calidad no producen fruto, jamás llegan al éxito? No han logrado cultivar; ni siquiera han intentado acrecentar su capacidad de atención voluntaria. Es necesario que aprendan algo muy elemental: seguir el ritmo de su pensamiento, de manera que la imaginación no llegue a ser la loca de la casa. Lenta labor, y por cierto muy descuidada tanto por la juventud como por los educadores.
La OBSERVACIÓN marcha de la mano con la anterior cualidad. Fragua con la misma vida. Se suele decir que el sabio es un hombre distraído; y precisamente es todo lo contrario: profundamente concentrado. Absorto en todo cuanto le interesa, encauza la fuerza de su intelecto en una dirección; se bastare del mundo circundante, lo ignora mientras se encuentra en su profunda meditación. Enfrascado en el campo de su interés, profundiza, lo observa hasta en los detalles mínimos; todo lo anota. Vive una vida productiva. Ha encauzado el torrente de su imaginación. Ha conseguido afilar su numen. Llegará hasta la meta de sus deseos: hasta la unión de la carne con el espíritu.
No podemos afirmar que la memoria sea el talento de los torpes. Una buena inteligencia sin una memoria aceptable se perderá como la semilla entre abrojos; carecerá de apoyo. Es cierto que en esa cualidad se distingue muchos aspectos: repetición, evocación, retención... la facilidad de iterar el pensum rutinario ha desprestigiado a la inseparable esposa del talento. Sin ella la inteligencia carecería de pies y de manos. Sería algo inútil. Yo mandaría edificar un monumento en honor de la memoria tan desprestigiada en algunas épocas. Sin la memoria la inteligencia carecería de pies y manos. Sería casi inútil. Si careciéramos del poder de evocación, nuestras grandes teorías yacería en el olvido, como libros viejos del desván.
Tarde se desarrollan en el sujeto las facultades de inducir y deducir. Con frecuencia nos desesperamos porque los niños ignoran la mecánica de la aplicación de reglas. ¡Pobres! Nos paree que diciéndoles y repitiéndoles van a conseguir algo que solo los años proporcionan. Sacar consecuencias, deducir, viene a ser algo parecido. Esto, junto con la inducción, son ruedas imprescindibles en el talento de las personas. La posibilidad de inducir supone mayor madurez.
Un amigo mío se ha distinguido por la brillantez de sus disertaciones, por sus triunfos escolares. Dominaba a fondo los temas, gracias a una de las cualidades eminentes de la inteligencia humana: relacionar conceptos. Estudiaba mi compañero con lentitud, buscaba conexiones del tema con otras ideas yacentes en su cerebro. Solía decir: "Me paseo por la asignatura en el momento de defender mi tesis ante un tribunal. Tengo la impresión íntima de dominar el tema en cualquier dimensión; no podría perderme". Para lograr esto es preciso mantener en perfecto orden nuestra mente; disponer de un fichero intelectual completo y en uso, disfrutar además de una visión de conjunto, reducir la ciencia a grandes principios muy simples en una síntesis maravillosa.
Da la impresión de que el hombre sabio – en puro lenguaje hispano - castellano la palabra "hombre" científica sabemos significa "humanidad", es decir tanto hombre como mujer; nunca somos sexistas – sostiene toda la ciencia en una sola idea densa, profunda y al mismo tiempo simplicísima: algo así como la energía atómica del espíritu. En el momento de la fisión, se expnade en maravilloso análisis ilimitado. Síntesis, fruto de horas interminables de estudio. Análisis que desentraña hasta los detalles insignificantes. Con frecuencia se suele decir que una persona capaz de reducir la ciencia a síntesis, dispone de una inteligencia extraordinaria. No me atrevería a afirmar tal cosa, a no ser que disponga de las aptitudes necesarias para desenvolver en análisis las más bellas teorías de su intelecto. La energía concentrada incapaz de expandirse sirve de muy poco.
Organizar la mente: He aquí el secreto del talento. Por supuesto, para ello ya se necesita una buena cabeza. Parece nos hallamos ante una petición de principio. Pero lo cierto es que la agudeza mental se afina sin cesar cuando se pone interés en ordenar los asuntos propios, el cerebro, incluso los objetos personales. Una educación para llegar a ser ordenados redunda siempre en la formación del espíritu científico.
Si a todos estos atributos sumamos el sentido común – dicen que es el menos común de los sentidos – nos encontramos ante un gran talento. En parte lo da la naturaleza, mas también se va labrando con el trabajo metódico. A ser persona sabia, se aprende.
Cuando el hombre ha llegado a la sabiduría, es capaz de intuiciones. Yo diría que la intuición no es una corazonada femenina, aunque puede llevar consigo algo de ello, sino el ensamblaje perfecto e instantáneo de dos grandes síntesis del que nace un nuevo ser: la teoría, la solución de un problema complejo, la obra científica.
Tras una labor continua del espíritu que contempla la vida desde la atalaya de la edad, aparece el hombre profundo en su madurez. Los caminos para llegar a esta cima habrán sido la contemplación o la reflexión. La meta es la misma. El equilibrio entonces domina al ser humano. La paz envuelve a la persona entera.
No siempre descienden al valle los hombres sabios por el mismo sendero. Las opciones son múltiples; mas serán siempre ellos los guías de la juventud, los faros que alumbran las tinieblas del mundo.
Con frecuencia se suele confundir al listo con el inteligente y profundo. El primero disfruta de gran facilidad para aprender y desenvolverse. El otro va más allá; penetra en la esencia de las cuestiones, aunque no siempre resulte brillante en la exposición de sus hallazgos. Camina tras la sabiduría y puede llegar a poseerla. Se compenetra con la ciencia y cultiva su espíritu. No se encuentran disociados en él la persona y las ideas.
Hablamos de talento especulativo y de talento práctico. Cualquiera de los dos, aislado, descansarán en una persona "lista", mas no sabia e inteligente. Algo esencial les falta: no están integrados. De lo contrario, irían acompañadas las dos facetas. Mas ocurre que no logramos a veces hablar con exactitud. Porque el "talento práctico" o no es tal, o posee a la vez un gran dosis de inteligencia nada brillante. Lo mismo podemos afirmar del talento "especulativo", si de verdad lo es. Y, si se ha echado a dormir, una vez conseguidos los triunfos académicos, carecía de algo necesario para recibir el honroso nombre de sabio.
El talento creador es la auténtica sabiduría. El genio auténtico. Los demás nos encontramos en el número de las inteligencias repetidoras. A lo sumo degustadoras y discernientes. Fósforos que pueden iluminar en conjunto, mas no estrellas cercanas que alumbran con luz propia. "Nada hay nuevo bajo el sol". Por eso, cuanto más avanza la historia, resulta más difícil que aparezcan genios creadores. Los faros de hoy normalmente combinan, analizan, profundizan los hallazgos pretéritos. Y así tiene que ser. No se puede comenzar de cero. Existirán hoy menos astros de primera magnitud, pero la luz es mucho mayor que antaño, ya que se han multiplicado los focos de claridad. El talento de hoy día se especializa en un sector de la ciencia. Construimos en pirámide invertida. La base, por contraste, es aquí el vértice: el genio que descubrió el fuego o la rueda o la ley de la gravedad. En abanico indefinido se va extendiendo la sabiduría de la humanidad. Pienso que la base real de la pirámide llegará en algún momento a su fi. Sobre ella posará otra pirámide invertida. Disminuirán los genios. Se llegará al vértice de esta segunda figura geométrica. Aparecerá entonces el genio único con nitidez, el que gobierna el mundo. Con claridad meridiana descubriremos que el vértice, el genio único de esa segunda pirámide, es Dios. Forzosamente tiene que desembocar toda sabiduría y toda ciencia en el supremo ser de quien todo procede: el único astro increado, Dios. Así pues, imaginamos dos pirámides unidas en una base común: habría dos vértices, dos puntas. Un vértice sería el genio humano, el otro, Dios.
No todos los amantes de la sabiduría pueden esperar llegar a ser faro. Muchos han de contentarse con repetir y recopilar los descubrimientos. Si se les reconoce un estatus superior a lo normal, ofrecerán el resplandor de los maestros, quienes a su vez transportarán la luz hasta los últimos rincones del pueblo sencillo.
Jesús decía: "No se pone la luz bajo el celemín, sino sobre el candelabro para que a todos alumbre... Así luzca vuestra luz ante los hombres para que glorifiquen al Padre".
Vitoria, 23-4-1980
José María Lorenzo Amelibia
09.- MULTIPLICAR SACERDOTES
Hoy existe una gran crisis vocacional; el número de sacerdotes disminuye de forma impresionante año tras año. Si las cosas siguen así, a comienzos del siglo XXI, la penuria de sacerdotes será alarmante. Da la impresión de que ante el problema la jerarquía de la Iglesia se refugia en la frase del Evangelio: "Rogad al Señor de la mies que envíe operarios a su heredad". Muy bien, la oración es del todo necesaria, pero "A Dios rogando y con el mazo dando".
Me parece escandaloso el hecho de que, habiendo tantas personas con interés y vocación de líderes religiosos, se las mantenga en un segundo o tercer plano o que incluso se prescinda de ellas, incluso como ayudantes de monaguillo. Me produce escalofrío pensar que cientos, miles de personas de fe, de buena voluntad y de amor al prójimo, por el hecho de que estén casados se les elimine del sacerdocio ministerial. Grueso error, a mi juicio, contraponer sacerdocio y matrimonio; como si fueran caminos paralelos.¿ Por qué no se trata de solucionar a fondo el problema de escasez de sacerdotes? Ha pasado el tiempo, y ya nunca volverá en el que existía un clérigo para tan solo setenta fieles. Entonces vocación se escribía con "b" de boca.
Familias numerosas habían de sacar adelante a todos los hijos: uno para casa; dos, vida militar; otros dos, clerecía. El celibato era un modo de vida con grandes ventajas desde el punto de vista social. El enviado a la clerecía no tomaba parte en la herencia paterna. El Señor sería la porción de su herencia. Si desempañaba un cargo de pingüe beneficio, no lo podría testar a sus hijos: revertiría en bien del clan. Jamás los bienes eclesiásticos llegarían al minifundio a causa de la división por estirpes.
Cumplió su misión social el celibato del clero. Debe ahora permanecer tan solo como opción personal. No cabe imponerlo si nuestros ojos se posan en el Evangelio de una manera serena e imparcial. Opino que el primer paso para solucionar la escasez de sacerdotes de ser derrotar esta ley anacrónica. Si se continúa con ellas indefinidamente, se van a reducir de tal modo las vocaciones sacerdotales que será difícil en años no lejanos encontrar líderes religiosos. La fe va a ir a menos. La indiferencia religiosa continuará en auge, y el materialismo de la vida invadirá hasta los últimos rincones. El profeso y la técnica han logrado para el tiempo libre un oasis de bienestar. Existen fuerzas interesadas en erradicar el sentido religioso de la vida. Creo que podemos reducir nuestra actuación a solo rezar y mantener una institución clerical caduca y trasnochada. Ni siquiera los que están en el clero admiten la clásica clerecía, fuera de un escaso grupo ultraconservador. Es necesario pensar en alternativas en consonancia con los tiempos. Sin prejuicios de ninguna clase: mantener solamente lo esencial, lo estrictamente necesario por voluntad de Cristo.
En este sentido habría que potenciar para el sacerdocio en la primera etapa a todos los catequistas de misiones; son gente sana y con fe, que podría desempeñar su función con plenitud después de la imposición de las manos del obispo. Líderes de movimientos religiosos, tras una preparación adecuada y tal vez una prueba que ofrezca garantías de perseverancia, podrían desempeñar esta función ministerial. Por supuesto, los sacerdotes casados, tan marginados hoy por la jerarquía, debieran seguir, si lo desean, en el ejercicio ministerial.
No se iba a exigir a los nuevos curas una formación tan minuciosa como en los antiguos seminarios. Todo el que ha ejercido el sacerdocio sabe que no es muy complicado lo necesario para administrar sacramentos y dirigir una comunidad de creyentes. No se precisa tanto ciencia abundante cuanto vivencia espiritual y celo para hacer el bien. habría por otra parte teólogos dispuestos a asesorar a este sacerdocio de seglares en todas las dudas y necesidades.
¿Sería de temer en este caso un desmoronamiento de la fe? Tal vez todo lo contrario. Y por supuesto no iba a ser mayor que el de ahora dentro de las antiguas comunidades cristianas. ¿En qué se parece la vivencia del Evangelio de grupos del Opus Dei con la de "Cristianos por el socialismo o las iglesias populares"? Las opciones ya están tomadas. Y no se trata de condenar a nadie sino de estimular en todos el ideal de trascendencia de la vida. Seguir las enseñanzas de Cristo.
Es necesario que odas las profesiones: enseñanza, medicina, ingeniería, obreros de distintas ramas, cuenten con miembros que ejerzan el sacerdocio ministerial, y ayuden a sus compañeros y amigos para que sigan la doctrina del Divino Maestro. Por otra parte muchos pregoneros del Evangelio se dedicarían de un modo exclusivo a su misión liberadora. Estos podrían ser célibes o casados, personal de plena formación y liberados del trabajo secular.
Había que ofrecer estas posibilidades en lugar de poner cortapisas. Da la impresión de que ser pregonero del Evangelio se ha reducido a unos pocos, y lo monopolizan los célibes.
En los recientes tiempos en que existía un clérigo incluso en pueblos de veinte casas. Se estorban unos a otros. Lo he vivido en mis propias carnes. ¿Para qué una entrega absoluta a una misión, cuando requería una o dos horas, a lo más, de trabajo diario, si excluimos los rezos propios?
Hoy habría que encontrar en cada pueblecito el varón bueno, encarnado en su comunidad, que se comprometiera a encauzar la vida espiritual de los hombres hacia Dios. ¿No desempeñan también hombres sencillos la función de alcaldía? ¿Es más difícil la sacerdotal? Lo único que se requiere es una fe profunda y un deseo de ayudar en horas libres del trabajo cotidiano. Estos líderes tendrían contacto con otros compañeros; harían algún cursillo para desempeñar sus funciones; recibirían el Orden Sacerdotal, después de un preparación. Lo importante sería su vida espiritual intensa, su equilibrio emocional, su vida de fe, su prestigio de hombre bueno.
Una posible objeción, la imposibilidad de controlar del todo a tantos sacerdotes rurales, alejados de la metrópoli. ¿Pero, es necesario controlar? Y por otra parte, tampoco se controla hoy todo. No estamos en tiempos de inquisición, sino de libertad cristiana. Creo que la unidad no consiste en imponer por la mano dura de un jefe, sino que nos unión el amor de Cristo.
El día 3 de marzo del año 1980 terminaba este artículo Unos días más tarde leí un artículo que hace pensar: Diócesis de León, edad media de los sacerdotes, cincuenta y cuatro años; Pamplona, 56. Dentro de dos lustros la edad media será de 63. Y de 69... Los obispos apuntan soluciones: concentración de sacerdotes... zonas de pastoral... Todo burocracia. Puede paliar algo la situación. Pero a ninguno se le ocurre transformar de raíz el problema. Al parecer es un tema tabú. Inconcebible entrar por las pistas que señalamos en estas líneas.
Vitoria, 13 de marzo del año 1980 José María Lorenzo Amelibia
10.- SER IMPORTANTE
Ser alguien, dominar, ser poderoso. Dinero. He aquí los ideales que desde la más tierna infancia lleva adherido a sí el hombre como instinto derivado del de conservación. Difícil conseguirlo. De ahí la lucha por la existencia. Sensación de fracaso para quien no logra sobresalir, si por otros cauces no ha conseguido equilibrar su aspiración innata.
Para cada uno "el yo propio" es lo más importante de cuanto existe. Cualquiera que sea la condición social del hombre, su estado, su cultura, la realidad será ala misma. Razonará cuando la madurez equilibre su tendencia, y por supuesto pondrá en la escala de valores por encima de sí mismo, a Dios. Pensará entonces el sujeto en él mismo, mas no como centro de la creación. Y sacará como consecuencia que la sociedad domina al individuo.
Cultivará sus facultades y llegará a la conclusión de que es necesario entregarse a los demás, servir al prójimo, sacrificarse por todos. Es posible que su ideas llegue a consumarse en los heroico, que incluso entregue su vida por una causa noble perdiéndose en el anonimato, mas en el fondo siempre surgirá el instinto: "para mí, nada existe más importante que yo mismo". El impulso innato de una persona puede ser tan feroz que no consienta en ningún estímulo de tipo altruista y durante toda su vida se comporte como si él fuera realmente el centro de la creación.
Pienso que es necesario saber conjugar el sentimiento de la propia dignidad con la de los demás. Es sabiduría. Adentrarse en sí mismo con honradez y darse cuenta de que el sentimiento íntimo propio lo poseen todas las personas: todos se consideran importantes.
El egoísta es un individuo insoportable y ridículo; sólo piensa en sí mismo. El hombre maduro da a entender a todos que le rodean que tienen categoría, que son alguien, que son importantes. De este modo se dulcifica la convivencia, se evitan recelos y envidias. Cuanto mayor autoridad posee una persona, mayor sentido de igualdad ha de mostrar ante sus semejantes; mayor aprecio por todos. Ante él cada compañero o ciudadano se ha de encontrar como un ser de gran valía.
Cuando se convive entre iguales, se impone que nadie pretenda hacerse el centro del grupo. Todos deben procurar ser servidores. Todos conscientes de que autoridad es servir. Y servir ya es autoridad, y más aún cuando nadie lo comprenden.
Muchas veces se constituyen equipos de personas para fomentar la amistad, para intercambiar ideas, para defender intereses comunes, o para enfrentarse a los intereses de otros. Con frecuencia estas células sociales empequeñecen más que potencian a los integrantes. Se coloca por encima del la persona el partido, la idea o el "bien común". Todo grupo debiera incluir dentro de su ideología el interés de que ningún miembro se encontrara marginado sino que todos y cada uno se sintieran importantes. Habría que desmitificar ideales y suprimir dentro de lo posible todo protagonismo individual. La tarea supone un gran altruismo y madurez ante todo en el grupo dirigente. Estos debieran sentir su verdadera misión: servir a los demás.
¿Son más importantes las ideas o las personas? Por supuesto, las personas; sin éstas no existirían aquellas. Por la misma razón es más importante la persona que el grupo. ¿Cómo va a tener valía el conjunto si no lo tiene cada uno de sus componentes? Al fin y al cabo, si el grupo merece la pena es porque cada uno de sus miembros son importantes.
Nadie debiera sentirse marginado. Mas, ¿quién margina? Con frecuencia son las mismas leyes o normas. En ese caso la normativa no es justa. Desechar a un ser humano supone grave falta. Y nadie en concreto se considera culpable de que otros se encuentren postergados. Incluso existen sujetos que voluntariamente se apartan de la convivencia. En estos casos también habrá responsables, aunque ninguno en particular se sienta reo. Lo cierto es que en la realidad el marginado experimenta una profunda amargura y su reacción puede ser de odio y violencia contra aquellos que le han desechado. Se siente solo y puede llegar a enloquecer, porque ha frustrado su vida al no sentirse importante para nadie.
Mucho hablamos de humanismo. Pocos empero lo sienten y practican. Toda persona que bajo su dirección tiene subalternos debiera proponerse desde el primer día eliminar el afán de protagonismo en aras de que se sientan todos necesarios en su función. El encomio discreto y el reconocimiento del valor de cada uno debiera figurar en el programa íntimo de todo jefe, como postulado de mayor interés. Creo que la mejor alabanza que se podía expresar de un dirigente sería ésta: "Junto a él todos se sentían importantes". El líder, renunciando a su propia grandeza, se ha hecho grande.
Ante Dios todos nos sentimos importantes porque a todos nos hijo hechos hijos suyos y par un padre su prole es lo mejor: su gozo y su corona.
Triste prerrogativa la de aquellos que consiguen despertar en los súbditos el complejo de pecador inútil, torpe o desgraciado. ¿Quién redimirá a estos sujetos? Necesitarán todas las fuerzas de su psiquismo para levantar su corazón a la altura de personas normales. Muchos no lo conseguirán.
En el fondo todos nos sentimos pobres. Pero algunos ¡qué bien lo saben disimular! No sé si por reacción ante el peligro o de que otros lo suplanten y pretendan quitarle la vara de mando, se revisten con aires de grandeza y olviden que uno solo es de verdad el importante, Dios.
La sabiduría popular conoce bienestar verdades mundanas: "Hay que mostrase fuerte , si no quieres que te avasallen". Más vale ser envidiado que compadecido". Estos aforismos realistas logran que se disfrace de lobo quien posea corazón de cordero; que tome la espada de justicia, quien debiera asir el cayado de pastor.
Difícil, muy difícil nadar y guardar la ropa en estos terrenos. Prudencia, madurez y generosidad son virtudes nada fáciles de conjugar entre sí. Pero el amor es grande y buscará los cauces adecuados que le permitan ser paloma y serpiente. Para todo esto es imprescindible sentirse seguro.. el pusilánime, el indeciso necesitará siempre hallarse por encima de todos; buscará por todos los medios a su alcance provocar la inhibición.
Junto al afán legítimo de sentirse importante existe en algunos – sobre todo en dirigentes – la pretensión de ser imprescindibles. El poder ciega tanto o más que el dinero. Han olvidado estos hombres desgraciados una verdad que conocen los mismos niños de la escuela: todos somos importantes, pero ninguno imprescindible. ¡Qué bien lo refleja el refrán: "A rey muerto, rey puesto".
Un ejército de aduladores, hombres – hiedra, se agarra a viejos muros; gusta de ensalzar la figura del dirigente decrépito. La nítida clarividencia de los años maduros ha desaparecido en el señor mandarín. Y no logra ya vislumbrar el contenido de una frase aprendida en la edad infantil: "Nadie es imprescindible".
José María Lorenzo Amelibia 13-3-1890
11.- INTIMIDAD
Si existiera algún tema que huye de la manifestación, sería, sin duda, éste. ¿Y cómo transmitir algo que es tan íntimo? Resulta paradójico plasma en un escrito lo que por su misma naturaleza está reservado a permanecer oculto. Mas no trataré de intimidades, sino de la intimidad.
Tiembla el alma, cuando se acerca alguien deseoso de inquirir en el secreto propio. Sobrecógese el alma en el momento de descubrir el propio interior en aras de curación o de limpieza. ¿Podría el receptor del mensaje prestar ayuda sin que se empañe el cristal tenue separador de los confidentes? ¿Dejará de ser íntimo algo desde el momento en que se manifiesta?
La idea secreta, la vivencia del espíritu, que con celo guardamos en el arca sellada de nuestro corazón no la revelamos. Por pudor nos avergonzamos de sacar a la luz algo que nos puede humillar o enorgullecer. Por decisión propia nos resistimos a manifestarnos. No se trata del temor a perder puntos en la estima de nuestros semejantes, ni de ganarlos. Simplemente con entera libertad, en virtud de ser individuo, único, viviendo, sí, en sociedad, pero aislado del prójimo, decide el hombre no exponer los arcanos de su alma. "Mi secreto jamás a nadie será comunicado". Permanecerá cerrado con siete llaves hasta la tumba. ¡Signo de la libertad humana! Corolario de la independencia de todo ser racional. De este modo el hombre se autoafirma como ser espiritual.
Una fuerza interior indefinible impulsa a la persona en direcciones antagónicas: desea con ardor descubrir su intimidad, mas recela, cual tímido ciervo, ante una declaración que podría revertir contra ella misma.
El secreto propio a nadie se comunica. Se guarda en la interioridad. Si se manifiesta, se tratará de la intimidad compartida: el fundamento de una gran amistad. Es más; para mí, la esencia de la amistad sino la disponibilidad por ambas partes de recibir y revelar el pensamiento y el sentimiento íntimo. Una amistad que no está fundada en este flujo y reflujo ha de ser por fuerza superficial, mero compañerismo. Por el contrario, cuando se han realizado la entrega y la recepción de la mutua intimidad, el truncar la amistad por incuria o pereza, me parece infidelidad o, en el mejor de los casos, mero profesionalismo.
Triste cosa buscar el desahogo íntimo en la profesionalidad, aunque a veces no existe alternativa.
La intimidad compartida con uno, o con muy pocos, lejos de perder quilates, se enriquece. Mas si se exhibe en público denota cinismo o desvergüenza.
Las motivaciones de nuestros actos y reacciones se encuentran el terreno más recóndito de nuestro ser. Con frecuencia ni siquiera son conocidas por el sujeto.
Podríamos enumerar varios grados en la intimidad: lo confiado a varios amigos de verdad; lo manifestado tan solo a una persona; lo guardado con celo para sí mismo; lo ni siquiera confesado a uno mismo. Dentro de este apartado se encuentra el subconsciente, sin posibilidad de que aflore a la conciencia propia; en principio, imposible llegar a su conocimiento. Este fenómeno psicológico de total clausura puede llegar a suscitar una enfermedad mental. Los métodos psicoanalíticos se basan en el supuesto de que la salud mental se logrará cuando la parte subconsciente aflore y sea conocida por el sujeto. ¿Será que a mayor intimidad de la persona, menos equilibrio psíquico? No parece conforme con la lógica sacar esta consecuencia.
Los sentimientos culpables sí es preciso manifestarlo en ciertas condiciones y circunstancias. Asimismo las motivaciones del miedo. ¿Pero existirá algún tipo de impulsos, ideas, criterios, modos de enfocar la vida, que, lejos de beneficiar a la persona perjudicaría su descubrimientos? Opino que sí. Es más, entiendo que para disfrutar de verdeara personalidad ha de se capaz el hombre de guardar su secreto propio y necesariamente ha de tener en su vida consciente reservas que a nadie descubrirá. No hablo tan solo de esas nimiedades de tipo externo sin ningún interés. Me refiero a actividades serias, móviles nobles, experiencias, secretos propios no abominables.
Y es que la persona sí es un ser social, mas existe fundamentalmente como individuo. La armonía entre estas dos facetas de uno mismo exige la comunicación con los demás en confianza, y por otra parte, el mantenimiento en el fondo del alma de nuestro reducto inviolable.
¿Cabría hacer una excepción dentro del matrimonio, donde se da la mayor amistad y la máxima comunicación? No creo que pueda juzgarse traición en este caso mantener reservados ciertos arcanos incomunicables por su misma naturaleza. Y es que el único espectador de la totalidad del ser humano es Dios. El nos ha creado así.
A la grandeza de ser individuo, libre, único e irrepetible acompaña la soledad. Solos nacimos; solos moriremos; solos permanecemos en lo más profundo del alma. El matrimonio, la amistad, la filiación, palian en gran manera el aislamiento de nuestra unicidad, mas no lo solucionan del todo. El tributo de nuestra independencia lo pagamos con la moneda de la soledad.
¿Puede interesar a alguien la intimidad de otros? La curiosidad de muchísimas personas no tiene límites: desean enterarse de todo, y de una manera especial de lo más oculto. Y no con el fin de ayudar, sino por el morbo de conocer vidas ajenas.
La amistad se esfuerza por acomodarse al amigo, mas siempre con la esperanza de reciprocidad. Al profesional idealista le atrae la intimidad del prójimo de un modo indirecto: ayudar a un semejante por amor trascendente.
Pero en sí ¿a quién pude interesar los arcanos de nuestra existencia? A muy pocos. En ocasiones a los padres, familia y amigos muy íntimos. Pero con frecuencia ni siquiera a estar penosas, incluso a ellas, menos que a nadie. El pudor familiar puede llegar a tal extremo que el mayor beneficio otorgable a los miembros del clan es no comunicarles la exquisitez o miseria de los fondos de nuestro corazón. Triste cosa reconocerlo. La culpa recaerá sobre el ambiente cerrado en los años tiernos, cuando toda muestra de afecto se recortaba o enmarcaba en los diques estrechos de un convencionalismo estéril.
La discreción como virtud nos mueve a no inmiscuirnos en los asuntos del prójimo, si él no lo autoriza directa o indirectamente. El exceso de esta cualidad impulsa a despreocuparnos por completo de nuestros semejantes; entonces ya no es virtud. Es egoísmo e incomunicación. El defecto de discreción anhela introducir sus reales en el jardín ajeno. Entrometidos y fisgones preguntan , sin advertir que están violando incluso las normas elementales de convivencia. El hombre delicado guarda equilibrio entre estos límites, y se decide a lanzar atinadas preguntas para ayudar en problemas internos.
Tan desagradable es en el trato prescindir de la intimidad como hurgar en ella sin consideración alguna. Todos necesitamos con mayor o menor frecuencia descubrir a alguien nuestro interior. Muchas veces los problemas se reducen e incluso se solucionan con solo manifestarlos a una persona de acogida caliente. Para muchos es difícil comunicados: "¿A quién pueden interesar mis cosas?" – dicen. Ven tanta indiferencia en los demás que no se deciden a abrir a nadie su alma: ¿Cómo me voy a expresar ante quien posiblemente soporte la misma carga que yo? Él quizás necesite mayor ayuda".
Bella frase la de Pablo en este sentido: "Llevad cada uno las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo". Puede ser orgullo refinado no querer revelar a nadie un problema abrumador. "Venid a mí – dice Jesús – todos cuantos estáis fatigados y yo os aliviaré". Tarea de Cristo es echar una mano a la carga de otro. Tarea sublime, exonerar a un hermano del peso que le abruma.
Es necesario saber escuchar y también hablar. Muchos jamás atienden ; otros, nunca se pronuncian. Difícil lograr en estos casos una relación cordial. ¿Puede perdurar la amistad entre los que siempre dan y nunca reciben o entre los que siempre reciben y nunca dan?
Las mieles de la amistad se gustan precisamente en el intercambio de ideas, sentimientos, preocupaciones, afanes, ideales. Así se enriquecen las personas. Pero no el caso profundizar ahora en este tema tan sabroso.
José María Lorenzo Amelibia. Año 1983
12.- YO PIENSO
Estamos acostumbrados a pensar por cuenta ajena. Muchos hallazgos de la mente que me parecen propios no son propios: los he asimilado de otros. Incluso esta idea no es mía: la tomé de otro. Pero es creadora y me abre horizontes nuevos. Quiero pensar por mi cuenta. Es verdad que no voy a ser tan necio de creerme descubridor de grandes teorías. No me considero un genio inventor. Pocos hombres son talentos creadores. Pero tampoco quiero vivir de las rentas legadas por mis antepasados.
Entonces, ¿qué pretendo? ¿Ser crítico del pensamiento de otros? ¿Pasar por el tamiz de mi razón las aportaciones de los demás? No es exactamente mi deseo criticar, aunque ya supone esta actitud postura noble, de ser racional. Mi decisión es pensar.
A veces suponemos que pensar consiste en elaborar juicios de temas abstractos: constitución del ser, materia y espíritu, diferencia entre esencia y existencia...
También piensa el que aplica lo abstracto a lo concreto, quien confecciona un traje para un maniquí y diseña la puerta de un garaje. ¡Y quien discurre las piruetas que ha de hacer para que le llegue el sueldo para todo el mes!
Bueno es pensar. No dejarse llevar de la moda sin sentido, ni obrar de una manera concreta porque así lo hacen los actores de cine. El entendimiento siempre se encuentra elaborando. Recuerdo algo muchas veces; y de ahí, como caballo desbocado, salto de un lugar a otro sin ningún control: estoy pensando... ¿Podía ahora, por ejemplo, examinar todos los pensamientos de la media hora de paseo solitario por el campo? Probablemente tan sólo recordaría el último o poco más. Mis ideas las ha llevado el viento, como el polvo del camino. Mi discurrir es anárquico. La fuente de inspiración se desparrama sin estanque acogedor de las aguas revueltas que de mí brotan. No me gusta encauzar el torrente de mi inteligencia. Por eso no soy un genio.
El hombre sabio logra poner cauce a la exuberancia de su intelecto, no para aniquilarlo, sino para remansar enorme caudales de espíritu. Pero es difícil hallar el método. Yo propondría algunas pautas para conseguir dirigir de alguna manera la fuerza de la razón:
Nadie puede ser tan sabio que haya de comenzar, como Descartes, desde la duda universal. Llegaríamos a muy poco. Se ha dicho que "nada hay nuevo bajo el sol". Mucho se ha creado. Mi labor consiste en continuar la creación; en proseguir el edificio que nunca se acabará. Si consigo colocar en él unos centímetros, algo he logrado.
No cabe el aburrimiento para el ser racional medianamente cultivado. Lo difícil es optar por... Los estímulos que sirven de acicate a mi persona son numerosos: el programa de televisión, la música clásica, la lectura, la película, el partido de pelota o fútbol, visita a los almacenes... Parece que de todas te tiran: reunión, junta, asociación, estudiar organizar, arreglar alguna cosa...
A veces hemos de renunciar a la fuerza a alguna de las actividades apetecidas, al disponer de tantas ofertas. Ante tanto estímulo, lo único que nunca se nos suele ocurrir es pararnos a pensar o meditar. Así nos van las cosas.
¿Quién ha dispuesto en su plan de vida media hora diaria para dedicarla al entendimiento sin un libro, sin tocadiscos, con una cuartilla delante y un bolígrafo próximo? ¿Quién se molesta en reflexionar serenamente sobre lo que ha visto, oído o discutido? ¿Quién dedica media hora la oración, a Dios que nos quiere? La pereza se nos mete por todas las partes. Ante la avalancha de ideas de unos pocos reaccionamos dejándonos llevar y oponiéndonos, pero sin una reflexión seria, si medir las consecuencias. Rima un poco con mi manera de ser o de pensar, lo acepto. No cuadra con mis juicios estereotipados, lo rechazo.
Y así somos llevados por las olas del mar, retrocediendo, avanzando, sin dar un paso en firme por nosotros mismos.
En otras ocasiones permanecemos más pasivos aún. Aturde el barullo exterior. No me molesto ni siquiera en pensar si las ideas circundantes están de acuerdo con mis clichés o no; las dejo pasar. No puedo reparar en todo que solicita mi atención y no atiendo a nada. No conecto con corrientes nuevas no con antiguas. No dispongo de tiempo para examinar nada. Mi trabajo rutinario absorbe mi ser entro o al menos mi tiempo entero. Vivo encerrado en mi caparazón- observo que llueve o que hace buen tiempo. O profundizo en el exterior. ¿Ahondo al menos en mi interior? Si ni una cosa ni otra practico, soy un perezoso, aunque no sea una veleta.
¿Y qué puedo hacer? ¿Qué puedo aportar? ¿Cómo me puedo realizar?
Tal vez he llegado ya a la madurez cronológica y todavía permanezco en la niñez del espíritu. Es necesario practicar altos en el camino. Los religiosos todos los días hacen un rato de oración y otro de examen. Algo muy bueno. Todos, incluso quien no practique ninguna religión, debieran dedicar cada día un rato a la reflexión y examen. Es propio del hombre racional. Unos y otros debemos anotar en nuestra libreta puntos de reflexión para profundizar en ellos. Apunto en mi agenda una idea brillante que se me ocurre cuando viajo en autobús o me dirijo a pie a mi puesto de trabajo. ¡Buena iniciativa! Cuando las luces se van apagando y cesan los ruidos de la ciudad, me siento en la mesa de trabajo, examino detenidamente mi idea en todos los aspectos. Escribo lo que en torno a ella se me ocurre. Media hora de serena meditación me hace sentirme más persona. Mañana volveré sobre ella; y pasado; y todo el tiempo necesario.
Decía Kempis: "Si cada año desterráramos un defecto, presto seríamos perfectos". Y yo digo: "Si cada año lográramos profundizar en unas pocas ideas, pronto seríamos sabios".
Bendito el hombre que inventó la escritura. Ella me ayuda a sujetar la imaginación que marcha en todas las direcciones, y desborda el caudal de mis ideas en una inundación estéril y destructiva. "Ningún día sin línea" – dice el adagio latino – en el sentido de que no debiera pasar una jornada sin tomar un libro en mis manos para gozar de su lectura. Más aún, creo que debiéramos entenderlo también en el sentido de que no debiéramos acostarnos sin haber escrito algo que brota de nuestro espíritu.
Paralíticos soy si vivo aprovechándome de las luces de otros y no enciendo la mía. Hoy lo entiendo en el aspecto de que no debo acostarme sin haber escrito algo que haya brotado de mi espíritu. Soy parásito si vivo aprovechándome de las luces de otros y no enciendo la mía. Temo a veces indigestarme de tanta letra devorada. Me avergüenzo de mi gula intelectual . de niños nos decían: "No aprovecha lo comido, sino lo bien digerido". Hoy digo: "No aprovecha lo leído, sino lo asimilado".
Quien nunca se alimenta de libros sabios languidece y padece anemia espiritual. Mas quien lee demasiado y no elabora, deduce, crea, puede ser millonario en ideas, avaro en pensamientos, mas no podrá enorgullecerse de paternidad cultural.
Es persona inteligente la que se entiende, logra captar las teorías que le vienen del exterior, las relaciona con otras archivadas en su fichero cerebral y consigue servirse de ellas como el artífice constructor de todos los materiales necesarios para levantar un edificio.
Es intelectual el hombre inteligente que del saber humano hace profesión. Consume sus horas libres en la lectura y el estudio. A menudo se especializa en algunos temas que de un modo especial cautivan su alma, y profundiza en ellos hasta dominarlos en todos sus extremos. Otros intelectuales abarcan todo el saber humano; hoy es imposible alcanzar estas altas cumbres.
Existe un género de personas que, cual mariposas, liban acá y allá, no se detienen como la abeja; no pasan por el tamiz de su razón las ideas que llegan a su cerebro; creen entender de todo; se jactan de su valía; y siempre están prestos a dar su opinión en cualquier circunstancia. Conozco detalles muy curiosos de estas luciérnagas del intelecto: leen un artículo científico y en la primera reunión, habilidad, llevan el agua a su molinos hasta lograr que desemboque la conversación en el tema que estaban de estudiar. Van a causar la admiración de sus semejantes. Hasta que no se descubre el secreto de su ciencia, nos engañan.
Entre esas cotorras cerebrales existe una subespecie que suele esgrimir con frecuencia el argumento de autoridad. En es aspecto religioso no hay más remedio cuando se trata de dogmas de fe. Solo en dogmas de fe. Porque con la sola razón no se puede especular en cuestiones de Dios. Si Él ha revelado en la Biblia su mensaje de salvación, y ha dispuesto en el Evangelio que existe una sociedad magisterial que interprete su palabra, aquí sí podré esgrimir el argumento de autoridad y doblegar mi entendimiento ante realidades que escapan a la mera inteligencia de las personas. Pero en otras cuestiones tipo filosófico, no.
No se trata de negar todo lo que otros dicen, sino de pasar por el tamiz lo que afirman. Decir algo por cuenta propia. Un poco de personalidad. Me adhiero fuertemente a mi opinión, que es mi verdad. La someto continuamente a examen, sin constituirla en criterio inmóvil. Puedo cambiar, cuando mi razón me obliga ante la evidencia de los argumentos. Mi criterio ni es monolito ni veleta. Es gigante con capacidad de movimiento y evolución.
El hombre fichero viviente de citas mengua su capacidad autocrítica. Se deja llevar de la pereza intelectual. Quiere que otros piensen por él. Resulta muy cómodo vivir por cuenta ajena en materia de ideas. Digna de encomio la quietud laboriosa del hombre que, mientras sus semejantes se dedican al ocio, consume los minutos en búsqueda silenciosa de una idea peregrina, aguja perdida en el inmenso pajar de su intelecto pocas personas con mansedumbre corajuda dedican sus días a este noble menester. Gracia a ellos se renueva el mundo en la brisa refrescante, purificadora de la atmósfera cultural, contaminada de tópicos inmundos estereotipados. Ellos son las verdes hojas que oxigenan liceos y academias infectos por la lenta combustión de pseudociencia caduca.
Durante muchos años el estado clerical ha sido el paradigma de los argumentos de autoridad. La formación dogmática y dogmatista de los seminarios no permitía a nadie profundizar fuera de los carriles trazados por la verdad revelada. Este método lograba plasmar las mentes célibes en dirección única, y en consecuencia salían de las casas religiosas hombres estereotipados y estereotipantes.
La pereza y el respeto al "maestro" han mantenido durante siglos en las aulas a genios del saber de Dios como Tomás de Aquino y Agustín de Tagaste. Ellos han sido astros de primera magnitud, alrededor de los cuales giraban unos pocos planetas y numerosos satélites. Ignoramos la naturaleza de la fuerza que los puso en órbita . grande tuvo que ser, ya que se han mantenido como faros de mentes cristianas durante décadas interminables. Y lo que es más extraño, después de un largo eclipse volvieron a lucir con inusitado fulgor.
La pereza clerical va cediendo ante una pléyade de pensadores de talla. Posiblemente no iluminarán por siglos con los astros viejos. Yo diría que el fenómeno sideral ha comenzado a desaparecer.. en el devenir de los tiempos se tratará de otro tipo fenomenológico: la afluencia y confluencia. De las montañas del saber humano descienden pequeños arroyos que afluyen para formar grandes corrientes. Desembocarán todas en el inmenso océano donde se mezclan lo bueno y lo malo para formar el amargo saber de la humanidad. El calor de la revelación destilará y extraerá del inmenso caudal el agua pura y cristalina, sin mezcla de veneno letal.
Todos hemos de colaborar. Vamos a llevar un poco de agua propia a nuestro manantial y no solo de afluentes y arroyos.
¿Hasta qué punto, pues, el argumento de autoridad puede ser útil? Necio sería despreciar todo lo dicho por otros. Tan necio como adherirse incondicionalmente a lo que afirmó un maestro. Hoy hemos eclipsado astros milenarios y nos dejamos deslumbrar por posibles asteroides. Al ser nuevas las ideas todos nos sentimos un poco descubridores de lo que otros han hallado, y el engaño colectivo puede ser total.
No desprecio lo que los sabios encuentran; lo valoro en grado sumo. Critico que nos conformemos con lo dicho por otros y disfrutemos de sus ideas sin aportar algo. Incluso los pensadores han de ser nuestras nodrizas que nos ayuden a sacar las consecuencias, convirtiendo en papilla el denso alimento de su rico espíritu.
La sociedad está encasillada y estratificada: a cada uno corresponde una función. Esto no nos exime del noble oficio común de pensar. Los maestros nos brindan el exquisito manjar de su especulación. Mas no por eso podemos renunciar a lo que define nuestra esencia de persona: animal racional.
Todos los hombres de buena voluntad vamos detrás del bien y en busca de la verdad. La grandeza y miseria de nuestra inteligencia radica en la posibilidad de descubrir la verdad y bien, y en el peligro de caer en el error. Merece la pena ser hombre y vivir esta aventura extraordinaria.
Difícil debe de ser poseer la verdad: hoy muchos afirman que no existen verdades objetivas, sino únicamente subjetivas. No era así la verdad filosófica que estudiábamos. La verdad existe en la conformidad de la mente con la realidad. A esto hemos llamado verdad objetiva. Afirmar que no existen verdades objetivas equivaldría a aseverar que el mundo circundante es puro fenómeno. Esta noción filosófica tiene mucha importancia. De la actitud que tomemos ante ella depende el devenir de nuestra fe.
Decían en las clases del Seminario que la Filosofía es la sierva de la Teología. Yo me atrevería a afirmar que es madre de esta disciplina divina. ¡Qué importancia tan grande no incurrir en error de razón para no caer en desliz mental de religión!
Opiniones... Lo contrario de dogmatizar es opinar. Cuando opino, afirmo un pensamiento subjetivo, pero con el temor de persona falible. La opinión incluye un sentimiento de humildad, de no poseer la certeza sobre el tema. Admite la opinión contraria como posible candidata a la verdad objetiva o niega que se pueda llegar a esta cima. Queda entonces libre el pensamiento.
Dan miedo ciertas personas: en la forma son liberales, antidogmáticas... en el fondo se adhieren de tal manera a su opinión y rechazan la de los otros. Únicamente parecen ellos los poseedores de la verdad. No hay posibilidad de que cambien de opinión. Jamás se dejarán convencer ni asesorar. Suelen ser modestos en la forma, orgullosos en el fondo.
Por tendencia innata nos adherimos a nuestras ideas y criterios. Pero seamos sinceros con nosotros mismos y con los demás: si estamos convencidos de que esas opiniones han llegado a la categoría de verdad objetiva, nadie nos puede hacer renunciar a ellas. Pero no digamos "opino", "pienso yo", sino "estoy convencido", "he llegado a esta conclusión".
Hoy tenemos miedo a manifestar resueltamente una convicción firme. Parece que sonroja. Se ha llegado a un sucedáneo suave, pero hipócrita. Con frecuencia detrás de estas expresiones se encierra el convencimiento total; un afán dictatorial camuflado; una decisión plena de llevar al triunfo incondicional los criterios propios. Este criterio se da sobre todo cuando se trata de personas que se encuentran al frente de cualquier estamento, pero que tiñen sus decisiones con cierta capa de democracia. Tras fórmulas ambiguas se esconden larvados dictadores.
Sería útil no escudarnos siempre en argumentos de autoridad, citando frases de hombres célebres; no despreciar pensamientos luminosos de personas que no figuran en altos escalafones.
Difícil, muy difícil resulta inventar en el terreno especulativo. He aquí la causa de que muchos se excusen de esta noble labor y vegeten en pasividad inoperante. Aunque la idea exista, haya sido descubierta, en el momento que yo la encuentro, para mí es un hallazgo. La re-creo y me re-creo en ella. Aunque sea en este sentido humilde he cumplido con mi esencia de ser racional.
José María Lorenzo Amelibia, 2 de Mayo de 1979
13.- VOCACIÓN SACERDOTAL Y CELIBATO. MATRIMONIO, SO LTERÍA.
Recuerdo las charlas que en el Seminario nos impartía el rector, Sr. Laguardia, sobre la vocación y el sacerdocio. Apoyándose en una tesis peregrina de un canónigo francés dogmatizaba de esta forma: "La llamada de Dios supone los tres siguientes requisitos: recta intención en el candidato, cualidades y llamada del obispo. Si faltase cualquiera de éstas, no existiría idoneidad y nadie podría pretender ser sacerdote.
Me convence la tesis como "hecho", sobre todo la "llamada del obispo", porque por muy santo y vocacionado que sea un sujeto, si uno y otro obispo, por la causa que sea, lo desechan, de nada le sirve ni cualidades, ni idoneidad, ni la tendencia más íntima de su ser. Se quedará en su casita. Pero no consigo encajar esa tesis dentro de mi cerebro en recta lógica. Por supuesto que nadie puede tener vocación sacerdotal o religiosa sin recta intención ni cualidades de para el ministerio elegido. No logro encajar la tercera: el hecho de que un obispo no acepte al candidato, ¿qué tiene que ver con la vocación del individuo? ¿Es que una llamada de Dios puede estar condicionada al juicio falible de un obispo? Con esta tesis se llegaba a absurdos como el siguiente: Fulano de Tal era rechazado en la diócesis de Pamplona y se le enviaba a su casa. Pero he aquí que al año siguiente acudía a Jaca y allí era admitido. ¡Curiosísimo! ¡En Pamplona tenía no vocación, en Jaca, sí! ¡Una maravilla!
¿Se pueden conocer con certeza las cualidades que a una persona dan capacidad para una misión? Creo que sí. No con la evidencia que elimine toda posibilidad de error, sino con la certeza moral suficiente de los actos humanos. Es claro que siempre cabe la alucinación, mas con pruebas sencillas puede uno convencerse de su carencia de cualidades.
Siempre he tenida gran ilusión y deseo de ser músico. Me parecían extraordinarios el ideal y la profesión. Mas puesto ante la realidad, mi torpeza era tan grande que me veía precisado a confesar mi ineptitud. Me costaba reconocerlo, pero la realidad se imponía.
Respecto al sacerdocio existe una circunstancia que desbarata todos los pronósticos. La Iglesia ha unido el celibato obligatorio con el ministerio sacro. En este supuesto se idéntica vocación al sacerdocio con celibato permanente. Entre los primeros cristianos no era así. De nada sirve que una persona posea vocación al sacerdocio si no tiene el otro don. Debe ser eliminado del ministerio. Pero en la realidad profunda cristiana ¿se puede mantener esta postura? Creo que no. Es preciso revivir estos criterios a la luz del Evangelio. Se trata de algo muy grave.
Estimo que el sacerdocio exige ante todo un gran amor a Dios y a los hijos de Dios. Un deseo de ayudar a los semejantes en el camino del Cielo. En una palabra: cualidades para ayudar otro a vivir la doctrina evangélica y capacidad para recibir el sacramento del Orden. El gusto y facilidad para la oración y vida interior lo pondría yo en primer lugar.
No todo cristiano posee eta cualidades. Pero muchos que aspiran al matrimonio o están en él, sí. No se puede eliminar de esta labor por el hecho de haber recibido un sacramento digno como los demás. Esta es mi opinión.
San Pablo habla de una vocación general a la cual todos hemos sido llamados: la vida cristiana. Esto es indiscutible. Las demás vocaciones pienso que las hemos cuadriculado e institucionalizado en exceso; y las hemos sometido a una excesiva jerarquización.
Se han puesto acondicionamientos excesivos: que la virginidad consagrada ha de ser de por vida; que el sacerdocio ha de unirse al celibato; que el ejercicio ministerial ha de ser hasta la muerte. Existe en todo esto mucha radicalización. ¿Por qué no admitir como válida la virginidad temporal? Puede el hombre comprometerse a algo hasta la muerte; me refiero a algo no exigido por Dios mismo? La vida es más natural y sencilla.
Hemos de apoyarnos en lo relativo al matrimonio y orden sacerdotal en el dogma definido: el matrimonio es indisoluble; el orden sacerdotal imprime carácter. Por eso el tratamiento de ambas vocaciones es diferente.
En el matrimonio no se puede admitir el divorcio, sino únicamente la declaración de nulidad. En la ordenación pueden también existir casos de nulidad, aunque más raros.
A mi modo de ver no existe coherencia dogmática al impedir el ejercicio del ejercicio del sacerdocio por haber abrazado otro sacramento – el matrimonio – del todo compatible con el ministerio. Según las fuentes dogmáticas, la recepción de un sacramento da derecho al uso del mismo. No se han dado razones convincentes que expliquen la praxis actual de la Iglesia. Da toda la impresión de abuso de poder. Si Dios aceptó y consagró una vocación mediante la imposición de las manos del obispo, ¿cómo se atreven los hombres a interferir la acción divina? Con la mejor intención pretendo buscar razones, pero no las encuentro. He de acudir a la Historia y ella no da luz. Dentro de la Iglesia han existido muchos casos de abuso de autoridad; con el correr de los tiempos se han ido constatando: la inquisición y el poder temporal de papas y obispos tal vez sean los más significativos. Estoy seguro que algún día parecerán claras estas ideas que hoy con temor expongo.
Ha sido muy peculiar la formación de las vocaciones. A los doce años ingresaban en el Seminario los niños que mostraban cierta inclinación al sacerdocio por su vida de piedad. Era necesario también una inteligencia buena. Se cultivaba con esmero la virtud de la pureza juvenil. Se cuidaban aquellos retoños como plantas de invernadero. Se eliminaba mediante la criba de la dirección espiritual a quienes no conseguían dominar su cuerpo de los movimiento carnales. El problema afectivo de la adolescencia había que sublimarlo con el amor a la Virgen María. El vencedor de estas primeras luchas era apto para salir del fanal, ya comprometido para toda su vida. El nuevo sacerdote había de ser invulnerable a las tentaciones afectivo – sexuales. ¿Se eqquivocó en elección? Durante siglos enteros no hubo posibilidad de cambiar de rumbo la vida del clérigo célibe por cauces legalesl. En la década de los sesenta del siglo XX se abrieron las puertas al matrimonio de los sacerdotes, mas con la prohibición de ejercer el ministerio sacramental que de Cristo habían recibido.
Hoy la Iglesia se encuentra en una verdadera encrucijada . estamos viviendo los últimos coletazos del autoritarismo en materia vocacional. Llegará el tiempo en que en el sacerdocio se eliminará el maridaje con la soltería. En la mente de Cristo no estuvieron unidos. Se apreciarán al analizar la vocación sacerdotal el espíritu de piedad, de oración y amor a Dios, el amor al prójimo, el celo por la salvación de las almas y extensión del Reino de Dios, el espíritu evangelizador. En una palabra: el deseo eficaz de ser santo.
Los votos de por vida están llamados a desaparecer. Podría consentirse renovándolos año tras año. El compromiso, incluso en la vida religiosa contemplativa, sería temporal. Muchos llegarían hasta el final de sus días, pero siempre sin una coacción legal. Como norma había que ver la mentalidad de Cristo: que se le sirva con alegría, no con angustia vital. Muchas veces lo suelo repetir: no parece muy acorde con la mentalidad de Jesús aplicar la frase "El que pone la mano en el arado y echa la visita atrás no es digno de mí", a la decisión heroica del celibato de por vida, sino al seguir a Cristo con amor hasta al muerte. Los consejos han de ser optativos en todo momento.
Es una contradicción obligarse a cumplir de por vida lo que por naturaleza es libre y voluntario. En este sentido pienso que son inválidos los votos perpetuos de seguir los consejos evangélicos. Cuando la Iglesia dispensa de ellos hace lo que debe. Esa es mi opinión que someto al juicio de la Iglesia con amor, sin intención de rebelión alguna.
Quien posee el carisma de la pobreza, castidad y obediencia hará bien en vivirlo. Es un testimonio del Reino de los Cielos. Mas lo han de practicar sin angustia, con la seguridad de que en un momento dado puede cambiar el rumbo de su vida, si no le quedan fuerzas. Existe una elegancia espiritual en el esfuerzo de seguir la vocación en momentos de crisis. Pero la vida no ha de ser una continua angustia en el caminar. Con la misma elegancia espiritual, con la mirada bien alta, puede una persona rectificar una decisión equivocada. "De sabios es cambiar de rumbo a tiempo".
¿Podemos llamar héroe al que se empeña en recorrer un itinerario que no le lleva a la meta, por el simple hecho de haber comenzado por él la andadura? Es más cuerdo tomar otra encrucijada. La estabilidad del peregrino siempre es relativa. No hay razones de ningún tipo para abrazarse a la cruz más pesada, cuando ésta hunde en la desesperación a la persona.
Si un mandamiento de Dios exige que cuidemos de nuestra salud, no puede existir otro que nos obligue a elegir la enfermedad. Dios es Padre y no puede querer la tortura para sus hijos. Tengo la firme esperanza de que los sufrimientos de esta vida no tienen comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. Esto dará consuelo en el dolor, mas no ha de mantenernos en la inercia. Es lógico trabajar para salir del estado de angustia permanente.
La casas de formación de nuestros aspirantes a la virginidad no son fábricas de célibes. O mejor dicho, no ha de ser en lo sucesivo porque en tiempo pretéritos lo fueron. Durante muchos años se ha practicado la táctica del avestruz – esconder la cabeza bajo el ala – ante las dificultades que habían de llegar. Los resultados han sido evidentes. Existían tantos "defectos de fábrica" que nadie creía en la castidad de los consagrados; ni siquiera en los que vivían a tope su entrega al Señor.
Para que aparezca claro el signo y testimonio de los vírgenes, debieran estar abiertas las puertas del matrimonio. Así nadie podría dudar de que los que perseveran persisten en su decisión de entrega con total libertad.
Se impone separar el celibato del sacerdocio, y dejarlo únicamente para las comunidades religiosas – por supuesto como compromiso temporal – y para todos los cristianos que deseen vivirlo en soledad o acompañados de personas con un mismo ideal. Unos a otros se pueden estimular en la virtud, mas en ningún modo coaccionar al compañero. Seguir al Señor mediante los consejos evangélicos debiera ser tan libre que en ningún caso pudiera caber la duda de "célibes por imposición".
"Servir al Señor con alegría". Entiendo que este mandato se encuentra muy por encima de todas las "fidelidades" que el hombre ha creado de forma artificial. Durante siglos hemos obrado con la inmadurez de un niño, o de un idealista en la adolescencia. Hemos creado códigos de honor por encima de la ley natural y divina: como niños que juegan a grandezas. Lo malo que las reglas de juego se han exigido a costa de desesperación, de la miseria y de la muerte, a millones de personas que han evolucionado en sentido distinto a su primera decisión.
¿Estabilidad vocacional? Sí, en el sentido de que nadie tiene derecho de apartar de su camino a quien libremente lo eligió. No, en el sentido de que el sujeto jamás pueda cambiar el rumbo de su existencia. Dios nos llama a todos a seguirle, al encuentro de Él, mas no a que sea precisamente por los senderos que en un día nos parecieron los mejores. Dios es Padre y no puede desear para sus hijos que le sirvan en angustia de corazón.
Más delicado es, si cabe, el problema de la vocación al matrimonio. Des una llamada instintiva y poderosa a la unión permanente entre dos personas de sexo contrario. En el dogma católico se exige que el matrimonio sea uno e indisoluble. Esta fundado en el amor, y entre los cristianos elevado al rango de sacramento. Algunos teólogos modernos afirman que es indisoluble en el sentido de que ninguna fuerza humana pueda romper el vínculo. La muerte es la única que rompe el lazo de unión. Y añaden: no solo la muerte física desata, sino la muerte del amor. Nueva teoría que dudo mucho llegue a admitirla la Iglesia.
La praxis de los tribunales eclesiásticos en estos casos de divorcio se agarra a un clavo ardiendo para declaran nulidades en todas las ocasiones en las que se demuestra cualquier tipo de coacción, inmadurez, falta de conocimiento del compromiso, o error sustancial acerca de la persona.
Mi criterio es que en la cuestión religiosa debiera darse más libertad a la conciencia de la persona y que fuera ella misma – una vez asesorada – la que decidiera si un matrimonio ha sido válido o no. Porque se dan escándalos: personas que tienen dineros u pueden contratar abogados de prestigio, obtienen la declaración de nulidad, mientras otros que carecen de recursos, nada logran. ¿Es que Cristo estableció tribunales? Que sea el poder civil el que trate sus cuestiones en el fuero externo, mas la Iglesia debiera respetar la conciencia de sus hijos, y sean ellos mismos los que decidan, asesorados por teólogos y moralistas.
¿Existe vocación de soltero? Me refiero al célibe no por propia decisión, sino por circunstancias a él ajenas e inherentes a su naturaleza. Personas que tal vez hayan deseado el matrimonio y no lo consiguieron por no haber encontrado su pareja adecuada, se cual fuere la causa. ¿Son vocacionados a la soltería? Hemos de responder afirmativamente si admitimos la Providencia de Dios. Él escribe derecho con líneas torcidas. Tal vez en esta vida no se pueda comprobar siempre este aserto. Mas el mundo actual no es definitivo. Estamos en el camino hacia la eternidad. La Providencia de Dios la percibiremos en la existencia que no tiene fin. Aquí habrá que caminar con fe y esperanza a través de un valle de tinieblas.
Siempre quedarán una serie de interrogantes, que humanamente no tienen solución: ¿Por qué ése sí y el otro no? ¿Por qué nacen muchas personas con tendencias afectivo - sexuales que después no pueden llevar a efecto? Y dicho de otra manera: ¿Por qué el mal en el mundo? Sin una visión de fe resulta imposible dar una explicación satisfactoria. Si el que sufre, después d buscar remedio a su dolor no exclama: "En Ti, Señor, he esperado, jamás quedaré confundido", se amargará y no logrará la paz en su corazón.
José María Lorenzo Amelibia 28 de noviembre 1979
14.- TÓPICOS
Tópicos: los lugares comunes a los que acudimos en nuestra conversación, en nuestras conferencias y discursos, en nuestros artículos, en nuestros consejos y soluciones de problemas. Se podía escribir un libro entero para enumerarlos todos. Son abundantísimos.
Odiamos los tópicos, y por necesidad hemos de caer en ellos. Algo bueno tendrán cuando, como al pan de cada día, acudimos a ellos para saciar el ansia de comunicación.
La originalidad es el polo opuesto a los tópicos. Muchas personas suspiran por esta bella cualidad que da belleza y colorido a su relación con los demás, al menos si no se llega a la extravagancia.
Incluso la originalidad deviene en trivialidad con el transcurso de los días. Las frases recién acuñadas que fueron originales en quien las creó, se repiten en toda ocasión y fundamentan el tópico.
Recuerdo a este respecto los interminables cursos de mi período de formación en los que soporté cientos de conferencias. Invariablemente comenzaban así los oradores: "Esto no es una conferencia, es una charla". Querían alardear de sencillez y campechanía. El genial inventor del término "charla", si hubiese cobrado un céntimo por derechos de autor en cada ocasión de su uso, hoy sería millonario.
¿En realidad hay algo que no sea tópico? ¿No cabría incluso a la originalidad meterla en el inmenso fichero de las expresiones manidas? Mas por conveniencia reservamos el vocablo para los casos de reduplicación del término.
No vamos a despreciar los lugares comunes. Sin ellos la convivencia sería insoportable. Porque ¿qué es el saludo sino un tópico? Si no usamos seremos juzgados como hombres primitivos y mal educados. ¿Qué es el "te amo", "te adoro" que el amante dirige al tesoro de su corazón?
Útil y necesario para la convivencia, para introducirnos en conversación, para establecer una relación de amistad o de amor. Si nunca hubiera dicho yo "Buenos días", "qué buen tiempo hace", "ha llegado la primavera", no me hubiera casado, no hubiese podido estudiar una carrera. Tal vez ni siquiera viviría en estas fechas.
¿Por qué despreciar a este compañero verbal que me permite vivir? ¡De cuántos apuros me ha sacado este amigo sencillo! ¿De qué puedo hablar con una persona a quien no conozco y con la que voy a compartir mi existencia durante varios días? ¿Cómo me comporto? La saludo, le digo mi nombre y le pregunto el suyo, converso sobre el tiempo, el momento político, los resultados de la última jornada de liga, los sucesos recientes: pura trivialidad. Pero hubiera resultado poco cortés el silencio. Mi boca se abre en formulismo; si no avanzo realizaré una convivencia elemental. Si prosigo en un diálogo interpersonal, me ha servido el contacto epidérmico para profundizar en capas íntimas de la amistad.
El uso del tópico sirve de aguja sutil para penetrar en los estratos de la convivencia. Se trata, pues, de algo digno, humano, merecedor de todo aprecio. A través de la pura cortesía convencional puedo llegar a delicadísimas formas de amor a mis semejantes. Por el contrario, en la vida diaria se puede caer en lugares comunes viles que de ningún modo representan la dignidad del sujeto presente en nuestras vidas.
Cuando ha fracasado el amigo después de habernos pedido consejo, desoyendo nuestras razones, es común espetare: "Ya te lo había dicho yo", "No has escarmentado en cabeza ajena", "Si hubieras sido más reflexivo"... Podíamos aquí enumerar una interminable letanía de sabiduría popular estereotipada. Una falsa sabiduría que llena de superioridad a quien la pronuncia, pero al sujeto paciente le obliga a sorber las hieles del fracaso. Mejor sería callar y sufrir con el que sufre y dejar en el baúl del olvido estas fórmulas de cliché carentes de originalidad.
Con frecuencia con el uso frecuente de frases triviales de pura cortesía caemos en infantilismos. Como aquel compañero que en la visita de un museo preguntó: "¿Esta efigie es muy antigua?". Y se trababa de una escultura del entonces jefe de Estado, Generalísimo Franco. O aquel otro que ante un cuadro de Tapiès exclamó: "La inmensa angustia de la nada". En mañana gélida de Enero se encontraba la vía urbana como pista de patinaje. Resbalé y caí al suelo, como es natural en semejantes circunstancias. Junto a mí un alma buena exclamó: "¿Se ha caído usted?" Aguanté el deseo de decirle lo del chiste: "No, que vengo así desde casa". Aguanté la responder con otro tópico jovial.
Alabo los tópicos generosos: invitar cuando a uno le toca la lotería, rezar por la paz, regalar un frasco de colonia en el día del cumpleaños... Pocos se vuelven locos por el abuso de estos dulces lugares comunes.
El refrán es tópico fosilizado; la palabra y la vida convertidos en piedra. Es prenda de vestir confeccionada para todas las circunstancias. Los amigos que en todo momento las están usando parecen dependientes de grandes almacenes deseosos de deshacerse del buen género, por aquello de que "El buen paño en el arca se vende"; cuadre o no cuadre.
El abuso del tópico resulta tan nefasto como el no usarlo jamás. Aquí es donde radica el problema. A base de encontrar formulas hechas para todo, nada aportamos que brote del fondo de nuestro corazón, de la profundidad de nuestra mente. Nos convertimos en robots movidos por inteligencias que nos dirigen sin nosotros advertirlo. Somos impresores, no ya inventores, de vulgaridades. A lo largo, toda esta actividad desemboca en la incomunicación, el gran mal de nuestro siglo, cáncer que corroe la convivencia. Van desapareciendo las tertulias sosegadas de antaño. Cada día es más difícil encontrar el verdadero amigo o el grupo con quienes conversar de lugares comunes, y el momento oportuno desembocamos en el desahogo de una preocupación íntima, en una idea peregrina o en la tendencia política o preocupación religiosa.
La discreción excesiva, las prisas, el egoísmo, encierran a cada uno en el propio caparazón, y dejan para el diálogo con sus semejantes los dichos adocenados que en nada comprometen y nada dicen. La incomunicación puede provenir en parte del abuso de tópicos. El uso de ellos es cortesía, caridad, y puede llevar a la amistad. El abuso, en cambio, es el cáncer de la auténtica relación interpersonal.
Es preciso redimir al tópico de su acepción peyorativa de vulgaridad, trivialidad o expresión manida, y convertirlo en algo que nos aleje de la extravagancia y nos permita salir airosos en circunstancias de embarazo. Pero esta redención no ha de ser absoluta. Nuestro amigo el tópico se torna enemigo de la convivencia, cuando de él nos acompañamos en todo momento y circunstancia.
José María Lorenzo Amelibia. Año 1980
15.- SUCESOS
Lo que acontece Señor un suceso. Sin embargo nos hemos reservado el vocablo - sobre todo en plural – para significar acontecimientos de tipo trágico, por lo general envueltos en sangre.
Tal vez la razón profunda de exclusivizar el sentido del vocablo en una sola acepción negativa, sea que somos traumatizados por acontecimientos perjudiciales mientras que los venturosos no se integran con ahínco dentro de la persona. De manera semejante la palabra "novedad" en muchas regiones exclusivizan el sentido de desgracia.
La víctima de un suceso soporta sus efectos en propia carne, por eso lo manifiesta en toda la riqueza de expresión. Repite con todo lujo de detalles las circunstancias, la vivencia, y siente gran alivio al exonerase de un peso que le agobiaba. ÉL ha sido protagonista del suceso. Nadie más importante que él mismo para narrar lo acontecido.
El que presencia el hecho se acerca mucho a la víctima en la vivencia. Es la voz testifical. A menudo huye por no querer verse involucrado en los sinsabores burocráticos subsiguientes. Lejos de las pesquisas de jueces y atestados; desahoga su carga afectiva en la intimidad de amigos y familiares. La noticia corre de boca en boca. El impacto del suceso va quedando en un eco, menos impresionante cuanto más se alejan en el espacio y el tiempo.
Si el caso se repite, la impresión pública es inversamente proporcional al número distancia y personas intermediarias que lo transmiten.
La costumbre de escuchar: "Cuarenta muertos en la carretera en el último fin de semana", apenas causa sensación.
El tiempo lo borra todo. Queda en la conciencia de las personas cuerdas un principio de prudencia garante de conductas discretas. El pensamiento: "Yo puedo ser víctima del próximo accidente", se convierte en freno de nuestras actividades futuras que llevan consigo riesgo.
24 enero 1980
16.- SOMBRAS EN EL MATRIMONIO BUENO
"Las personas casadas padecerán dolor en su propia carne" – dice San Pablo – . El matrimonio conlleva tales sombras muy densas. Llegamos a comprender a quienes guiándose por la ley del mínimo esfuerzo renuncian al enlace conyugal y viven su actividad sexual al margen de la institución. Muchas personas que no tienen principios éticos y llegan a prescindir del ambiente que mira con malo ojos las uniones temporales, romperán las coyundas y disfrutarán en liberad de sus instintos.
Creo que el amor total del hombre y la mujer, incluido el pleno amor humano, se encuentra entre los valores trascendentes. Para vivirlo es preciso mantener el espíritu con ansias de ideal. De lo contrario el matrimonio total apenas tiene razón de ser. Cierto que existen uniones serenas sin exigencia de estos valores. Se trata de personas rutinarias sin grandes luces intelectuales, primitivas.
Durante el noviazgo todo son promesas: uno ha nacido para el otro; parece que la identificación total se va a conseguir el mismo día de los desposorios. Pero la vida es larga. El compartir el techo semanas y años demuestra que la identificación es obra a conseguir a muy largo plazo. Los caminos para alcanzar el ideal pueden ser distintos para ambos; entonces el conflicto y desilusión puede aparecer. Uno anda a remolque respecto al otro. ¡Resulta tan difícil mantener constante la llama de los primeros fervores!
El amor, aquel amor absorbente que hacía vivir en un clima vaporoso, se ha trocado en algo más profundo pero menos excitante. Los días iguales han deshecho un encanto soñado eterno, más en realidad contingente por naturaleza.
¿Supone este fenómeno una merma en el amor? La esposa añora los momentos más dulces de su noviazgo, el embeleso de su hombre. El trabajo diario convierte la existencia en una sucesión monótona de jornadas laborables y preocupaciones familiares. Se distancian los arrebatos de amor. La psicología femenina sufre al sospechar que para su marido ella es "algo" dentro de un "todo". Quisiera que ella fuese el "todo" y las demás cosas, el "algo". No llega a fraguar su ideal de amor. su alma se encoge; el despecho puede anidar en su corazón.
El esposo trata de amoldarse a su compañera, consciente de que el matrimonio y la familia son lo principal. Pero no consigue ensamblar a la perfección todas las esquinas del diario vivir. Sabe que todo ha de integrarlo el amor conyugal, mas no encuentra la metodología. Los negocios, la profesión, las amistades, las aficiones, los parientes próximos, causan en la mujer la triste impresión de que ella no es la primera. Reprocha a su marido; piensa que así lo atraerá más, pero esta conducta puede empeorar la situación. ¿Por qué no se da cuenta de los esfuerzos serios del esposo que busca armonía con buena voluntad?
El varón trató en sus años mozos de encontrar la compañera que rimara con sus ideales religiosos, políticos y espirituales. A través de largas conversaciones y escritos le cautivó una muchacha. Parecía rimar del todo con su sensibilidad religiosa y humana. Había logrado una ideología común con la mujer que iba a ser su esposa. Digo "había logrado", mas la realidad es distinta. no se alcanza en un rato superficial un ensamblamiento ideológico. El matrimonio es un continuo caminar; obra de muchos años. La tarea de una vida entera. Vivir es evolucionar. Uno de los dos puede desarrollarse en un sentido distinto. Tal vez nunca se logre la identificación completa. Precisamente enriquece a la pareja una serie de matices distintos dentro de una coincidencia esencial. Lo importante es que no sean los conceptos vitales diametralmente opuestos.
Si falta talento, si existe fanatismo, la decepción roerá el alma. ¡Imposible un maridaje completo! Mas, ¿era necesario coincidir en todo? El matrimonio es unión; no identificación.
Respeto. Inmenso respeto. Uno desea aventurarse por un camino. El otro prefiere permanecer en el poblado. ¿Por qué nos hemos de empeñar siempre en dominar a la otra parte? Casi todos los conflictos de la vida familiar vienen por sentirse uno eje del pequeño mundo, con el derecho a la exigencia de que se le sirva como a un sultán. "Egoísmo" es la palabra que lo define con exactitud. Cargar a la otra parte con la responsabilidad. Dirigirle todos los reproches.
"La Ramona" era una mujer de este tenor. Su marido su marido venía cansado de trabajar en el monte, deseando reponer sus fuerzas. Ella se entretenía a menudo charlando con las vecinas. No quedaba tiempo ya para lavar, planchar, preparar la cena. Temiendo la reprimenda de su marido sale a la escalera dando gritos: "Me estás manchando de barro el portal.. con lo limpio que estaba". El mejor modo de librarse del ataque, atacar.
¿Nuestro amor baja? Angustia esta pregunta a la reina del hogar. Años enteros añorando al príncipe de sus sueños... y ahora espera con ansia la hora de la refección... y el marido ni siquiera repara en ella. Nada le dice . nada le dice del peinado, nada de la comida, nada del gusto con que ha preparado la casa. ¿Estará en quiebra el amor? el hombre difiere de la mujer. Eso es todo. Pero se cierne la crisis. ¡No se ha dialogado con paz de los problemas proipos y comunes. No se ha advertido de la diferencia de psicologías masculina y femenina. Disfrutamos del aire y del agua, bienes supremos que abundan en la naturaleza. Logramos el amor. al principio parecía el no va más de la felicidad. Nos hemos acostumbrado a él como al aire que respiramos. La rutina diaria ha dado por supuesto nuestro cariño. El encanto de los primeros años se ha perdido. ¿Merecía la pena el matrimonio? El amor, valor trascendente, se encuentra en el terreno de la mística. A través de los trivial y ordinario, se manifiesta la exquisitez de uno mismo, mas para ello es necesario vivir con alma delicada, con deseo de madurar.
En el fondo de cada persona habita la soledad. Cierto que se ha paliado mucho . desearíamos cubrir hasta los últimos rincones del "yo". ¿Será posible? ¿No habrá querido Dios que el hombre nunca complete su sed de plenitud en este mundo? Viene a mi mente la frase de San Agustín: "Inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti". Es necesario aceptarnos como somos. Es necesario ser arrastrados del amor de lo visible al amor eterno. Si exigimos al matrimonio lo que no puede dar, la sensación de fracaso será grande. En ocasiones ni se siente el deseo de vivir. Pensábamos que podíamos exigir al consorte una actuación concreta en un sentido determinado. No lo hemos conseguido. La sensación de fracaso nos hunde. Cuesta levantarse del abatimiento. El tiempo afortunadamente cicatriza las heridas.
Existen secretos íntimos que no se pueden compartir impunemente. La persona amiga pude utilizarlos en momentos de mal humor. Conociendo la flaqueza humana no parece oportuno manifestar ciertas interioridades a las personas más allegadas. Si fuere necesario, tal vez sería mejor revelar estos arcanos a un desconocido ligado por secreto profesional. A él ni le afecta aquello, ni le interesa demasiado.
Estas lagunas y sombras del matrimonio bueno no ha de ser causa de desaliento. No han de dar oportunidad a una cerrazón o resentimiento sostenido. El rencor engendra desamor y puede llegar a odio. El diálogo noble abre puertas entornadas.
Muchos se dan cuenta de que amaban cuando pierden el amor. ¡Desgracia grande! Más vale prevenir que lamentar. Habían fijado su ideal en las estrellas. La caída ha sido brusca. Hay que ser realista. No pedir al corazón humano lo que no puede dar. Eso sí: trabajar con optimismo en el campo de lo posible. Las relaciones de los esposos pueden mejorar si enfocamos el problema de forma positiva.
José María Lorenzo Amelibia. Octubre 1979
17.- SENCILLEZ
Las virtudes mal llamadas negativas suelen ser poco apreciadas. Incluso en algunos sectores resultan odiosas y son atribuidas a seres infradotados. Los superhombres no pueden contaminarse. ¿Serán verdad estas apreciaciones?
La humildad, modestia o sencillez son atractiva. No es humilde una persona por el hecho de ser inculto o carente de recursos económicos, enfermo o débil. A nadie cautivan las taras por sí mismas, a no ser que vayan acompañadas de la fragancia de la virtud. Pienso que esas desgracias ni siquiera constituyen el cuerpo de la modestia; se puede poseer la virtud sin las taras, y con ellas, no.
De manera equívoca aplicamos e apelativo de humilde al tímido, siendo así que este sujeto con frecuencia es muy orgulloso. Porque ¿dónde radica la timidez? En gran cantidad de ocasione, en la supervaloración del "yo".
La sencillez distingue a todo hombre modesto. No se considera por encima de ninguno ni por debajo. Expone sus ideas y criterios con normalidad, sin el convencimiento de que su aportación es la mejor, sin indignarse porque no se tome en cuenta su idea original, sin dejar de intervenir porque no se lleven a la práctica sus iniciativas.
No deja de expresar su convencimiento el hombre sencillo. con certeza no intervendrá en todos los momentos de la reunión, mas tampoco se encerrará en un silencio indefinido. En ocasiones su aportación puede ser decisiva y pacificadora en situaciones tensas.
El hombre sencillo no siempre es consciente de su cualidad. Repugna con el sentimiento de humildad confesar esta virtud como propia. El humilde trata de agradar al prójimo porque no es egoísta ni se cree por encima de los demás. Lo hace con sinceridad mas no para se alabado. El sencillo de verdad jamás será servil. Quien achaca este vicio bajo la capa de humildad encierra el egoísmo de medrar o de arrimarse al poder para así ocupar algún puesto relevante o simplemente para subsistir. El hombre servir siempre resulta repugnante y es incapaz de una verdadera amistad.
La persona de verdad sencilla y humilde extrema la benevolencia con los desheredados de fortuna, talento y cualidades. El hombre modesto es consciente de que la ira es un recurso para colocarse por encima del prójimo o para defender el propio prestigio. Ninguna de las dos cuestiones le interesan. Ha superado por completo la pasión por el poder, el ansia de dominio. Por eso mismo es sujeto adecuado para ser investido de autoridad si posee cualidades. Mas por desgracia difícilmente llegan estas personas a tomar las riendas de la sociedad. Otros con menos luces y mayor ansia de protagonismo escalan las cimas.
No necesita defender el propio prestigio. No le hace sufrir que los demás piensen mal de él, ni le enaltece que piensen bien. Le basta la tranquilidad de conciencia, equivalente a la paz con Dios. La emulación tuvo importancia en una época de su vida. ahora la considera como una etapa transitoria. Una vez superados los años de adolescencia se desprende de estas ligaduras porque su meta no consiste en "ser otro", sin en ser "él mismo".
Aquella combatividad se su primera juventud le ha prestado un fruto: la propia superación de cada día y la admiración de la vida dinámica del prójimo. "Llegar a ser como", "colocarse por encima de" ha desaparecido del programa de su actuación. Competirá consigo mismo, no con los demás.
Reconoce el hombre humilde sus cualidades buenas; no es ciego. No se envanece en ellas. Sabe que sus posesiones no son de él mismo. No ignora que todo lo ha recibido. Cuando penetra en lo más íntimo de su ser, advierte una enorme contradicción: su dignidad humano – cristiana y el inmenso desierto ontológico de su "yo" profundo. Ante esta perspectiva real y sincera piensa que no tiene sentido el orgullo para ningún ser humano. Mira compasivamente al soberbio ya que no consiguió descubrir la realidad honda de su persona. Observa con pena al tímido porque aprecia en demasía su dignidad. Masa no se juzga por encima de ellos, ni intenta colocarse como modelo. Mira a Dios. Se siente criatura pequeña y en total dependencia del Creador. Por un momento queda anonadado. ¡Menos mal que es mi Padre!, exclama. La reflexión prosigue: un padre mira con inmensa ternura al hijo. Siente entonces una confianza en Dios tan grande que no le ruboriza su pequeñez. ¿A un niño puede avergonzar no tener fuerzas cuando mira a su padre? sabe que le comprende y aprecia en su debilidad.
Ve la desproporción entre sus pensamientos nobles y su actuación mediocre; entre los ideales sublimes y la vida vulgar. Se siente contento por su formación; con el desarrollo de persona, con lo bueno propio. Contento, sí, pero no satisfecho. Sume su responsabilidad ante la existencia y sigue avanzando. No permanecerá estancado. Ante los demás no se acompleja: siente la igualdad fundamenta de todos los humanos. Juzga accidentales las diferencias de las personas. No camina a la caza de humillaciones: su naturaleza las detesta. Si llegan las acepta, mas no aprueba la conducta de los que abusan de los demás. En todo caso se une a Cristo doliente.
¿Qué reacción toma ante la humillación habitual? ¿Optará por defenderse ola sufrirá en silencio? Entiende que dentro de la persona existe un principio de dignidad y su es gallardía. Nadie bajo la capa de virtud ha de tolerar ciertas injurias. Supondría pusilanimidad. Jesús nos da ejemplo: "Si he obrado mal, muéstrame en qué, y si bien, por qué me hieres?" El hombre sencillo, pues, vive con honor y se defiende de la injusticia, pero no mantiene en su interior sentimientos de odio.
Yo diría que el cuerpo de la humildad es la propia naturaleza, creada inteligente, consciente de su limitación. El alma es la verdad, la realidad asumida por el sujeto virtuoso. No carecería de toda razón el viejo agustino cuando decía: "Humildes, sí; pero humillados, jamás".
No se logra la modestia recibiendo agravios. La vía de la sencillez está en la reflexión profunda del ser íntimo del hombre. La aceptación de las injurias podía ser fruto, no medio. Largo y sinuoso es el camino que emprende del seguidor del "Manso y humilde de corazón". La meta es clara, mas las pasiones se rebelan. Se siente la lucha de la carne contra el espíritu. Son frecuencia no vencen ni una ni otro. La vida es una continua lucha en la palestra interior que puede terminar en tablas.
José María Lorenzo Amelibia Mayo de 1979
18.- SEGUNDA VOCACIÓN EN SACERDOTES Y RELEIGIOSOS
Absurdo que una persona con cualidades de arquitecto se contente con ejercer de peón de albañil durante toda su vida. Absurdo que una religiosa con cualidades de misionera de vanguardia permanezca su vida entera fregando platos y sin pisar tierras lejanas. Y no ignoro el caso de Santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones. Para ella era su vocación: no olvidemos que murió joven y era de salud endeble. Pero si a Javier, en virtud de obediencia, le hubieran ordenado de por vida cuidar el jardín de un colegio, ¿hubiese sido lo mismo para el Reino de Dios? Creo que hemos de dar el NO más rotundo. Sin duda la vida su vida toda hubiera estado más descentrada; quizás, si, hubiera llegado a la misma altura en santidad; pero la Iglesia hubiese salido perdiendo. Y tampoco ignoro el dogma de la Comunión de los Santos.
Cuando Dios da unas aptitudes o inclinación para un determinado cargo o ministerio, es presunción de que desea que se ejercite. Lo exige la bondad de Dios y el bien de la Iglesia. Se trata de un principio fundamental endiente. No exige demostración.
El mismo método que se sigue en el problema de la primera vocación, ha de seguirse también respecto a la segunda. (Aquí entendiendo por primera vocación el sacerdocio o vida religiosa. Segunda vocación, cargo oficio, responsabilidad, ministerio dentro del sacerdote o vida religiosa). Ante todo, el deber de ofrecimiento personal del sujeto que se siente atraído y con cualidades para ella. Después la aceptación por parte del superior para colocar a esta persona en aquel determinado puesto o lugar.
Quien dirige la comunidad o diócesis se encuentra ante un problema muy delicado y trascendental: examinar una a una la vocación de sus colaboradores. Ante todo ha de guiarse por las personas que exponen su tendencia y aptitudes. Conocerlas a fondo por sí mismo. Si comprueba que se trata de una verdadera vocación - recta intención y cualidades - debe procurar a todo trance darle la posibilidad y facilidad para que pueda ejercitarla. Así se conseguirá que trabajando a gusto y centrado, la Iglesia vaya prosperando.
Dificultad especial implica el examen de vocación halagüeñas. Aquí puede actuar con facilidad la ilusión del candidato. Si para el cargo hubiese varios solicitantes, conviene elegir al mejor. A los otros darles lo que más se parezca a su real vocación.
José María Lorenzo Amelibia. Hacia el año 1963
Someter a sufragio universal al segunda vocación sería siempre muy expuesto. El pueblo, aunque sea clerical, se deja llevar con facilidad de simpatías y antipatías. También idoliza a ciertas personas y las hace servir para todo. La democracia no puede crear vocaciones; ni siquiera descubrirlas. Dios da sus dones y carismas según quiere, y no pone de suyo en las masas el sentido de buscarlas.
Cuando se trata de cargos cuando para los cuales no es normal surjan voluntarios por lo ingrato de los mismos, parece lógico repartir la carga entre todos durante tiempo breve.
Creo que es hora de eliminar el criterio de que para superior hay que elegir al que nunca lo ha deseado. También existe la vocación de superior; y no creo que se el modo de hallarla mirar quién es el que menos lo desea. Lo único que se logra con ello es tener unos superiores quizás ineptos; descentrados en su puesto; deseosos de terminar su mandato. En algunos casos puede degenerar en enfermedad mental.
Insisto en que el ofrecimiento personal es necesario e incluso un deber para quien se siente con vocación. No supone soberbia, aunque a veces quepa la alucinación. Incluso puede haber una gran dosis de humildad en quien va con pureza de intención, sobre todo en ambientes en que la recomendación y el arribismo están a la orden del día.
Ardua y difícil la responsabilidad de los superiores, porque el que obedece no se equivoca, así lo dicen los ascetas, pero puede errar hasta el fondo quien manda.
José María Lorenzo Amelibia
(Publicado en Incunable en Junio de 1967. Lo reprodujo el periódico mejicano "Criterio de Ciudad de Juárez", con mi firma). Cuarenta y un años más tarde, cuando lo transcribo me parece ideal e idealista, pero irrealizable dada la fragilidad humana en relación con acaparar puestos de poder. 16 junio 2008)
19.- PREDICAR BIEN
Se ha hecho una encuesta en un lugar, no importa ahora dónde, acerca de la predicación. Un 90% de los oyentes apenas se enteraban de qué se predicaba. Esto es muy serio. Muchos sacerdotes se lamentan de que su palabra no cala, la gente sigue igual, con su problemas y preocupaciones materialistas.
Predicar no es decir una lección, no es pronunciar unas ideas sin sentido. Tampoco es leer bien unas cuartillas - hoy tan en boga - ni recitar un sermón aunque sea de San Juan Crisóstomo. El fin de la predicación es convencer el entendimiento y mover la voluntad para obrar según los principios cristianos. No es mera exposición de la verdad como en una ciencia cualquiera; tampoco hacer literatura. Sin embargo se sirve de estos medios para convencer y mover.
El hombre es todo imaginación; hay que hablarle con imágenes. Excitar los afectos y resoluciones; imágenes, casos concretos y actuales. Para mover, ante todo que nos atiendan. Y para ello tener en cuenta sus intereses, gustos, carácter, inclinaciones, edad. Hechos de vida actuales que cautiven. El ejemplo arrastra. El hombre escucha con docilidad y se deja mover de quien le habla guiado por el interés y afecto hacia él. No basta al sacerdote conocer una verdad. Ni siquiera la técnica de la homilía actual. Piensan algunos que elaborando un tipo de homilía químicamente puro, como el que ahora se estila, está todo solucionado. Incluso creen que los sermones y pláticas de antes ya no dicen nada. En el estilo de antes había cosas buenas y muy malas. En el plan de ahora sucede lo mismo. Es preciso conocer el difícil arte de llevar la palabra de Dios a la mente y al corazón de los oyentes.
En teoría la improvisación es el ideal de la elocuencia. En teoría, claro, porque en la práctica suele ser un foco de vulgaridades. Pero cuando se advierte un rollo aprendido, un sermón estudiado, pierde mucho. ¡Qué difícil es predicar bien de memoria! Cuando digo improvisación no me refiero a la falta de preparación que nos haría caer en lo chabacano. Es necesario prepararse, pero no hasta el extremo de escribir el sermón entero y aprenderlo de memoria. Leer, vivir, observar, hacer un esquema. Y sobre todo elaborarlo al calor del sagrario y desde nuestra experiencia de fe. Si una idea no nos conmueve a nosotros, difícilmente conmoveremos a los demás cuando se la ofrecemos. Lo importante es ir con nuestro esquema a los pies del Señor "para que ponga en nuestros labios su palabra y conceda anunciar con audacia el misterio del Evangelio.
Es verdad que esto lo damos por supuesto. Pero a la hora de la verdad en la predicación normal se le da poca importancia. Hemos de tener en cuenta que para muchos el único alimento de la palabra que reciben es los diez minutos de homilía semanal. Que tengamos en consideración estas pocas verdades de puño.
José María Lorenzo Amelibia. Salió en la revista "Resurrexit" hacia el año 1967
20.- PATERNIDAD
Sonido agudo de violín es para el ciego un rayo de luz. ¡Qué distinta la cuerda fina, del resplandor solar! Quien no ha sido padre o madre equipara esta realidad con el amor a lo sobrinos o con el cariño a los pequeños discípulos. ¡Rayo de luz y sonido de violín! Barruntaba en mi mente antes del matrimonio el amor conyugal. Ahora lo vivo y puedo constatar que no existe gran diferencia con lo soñado. Con la paternidad no ocurre lo mismo.
Mi esposa se encontraba en estado. Soy padre. Acto de fe. Algún extraño, mas nada agradable sentí. Me aguardaban noches en blanco; un nuevo ser que me hechizará con el tiempo. Algo hermoso. ¿Podré querer al que venga al mundo como a mis sobrinos? ¿Se podrá amar más? Mi corazón se abría para volver a encogerse. No conozco todavía a mi hijo; está oculto. Existe, pero no lo veo; no lo palpo. Su corazón late; es verdad. ¿Será niño o niña? Me gustaría que fuera niña. ¿Nacerá bien? Meses de espera inquietos y confiados.
Mi instinto de padre se encontraba entonces un tanto diluido en sesiones de catequesis y escuela. ¡Finísimo sonido de violín, pero no rayo de luz! Los primeros impulsos se viven en compañía de la esposa amada. Con ella se proyecta, se aguarda. Preparamos juntos la cuna, las ropitas que abrirán la carne débil del que ha de venir. Soy padre y no lo soy. Comienzo a vivir el lento aprendizaje.
¿Qué sacerdote podrá explicar los demás el misticismo de su primera Misa? ¿Quién podrá exponer lo que supone para él , tiempo y espacio; la propia existencia? En quietud me adentro en mi interior; escucho una voz profunda. Lo siento. No consigo exponerlo a los demás.
El misterio de mi individualidad, el de mi ordenación sacerdotal, el de mi paternidad, jamás podré explicarlo en toda su riqueza.
ES UNA NIÑA. La sujeto con mis manos torpes. Sus mofletes y su tez denuncian que es mía. Brota el primer hilillo del manantial de mis entrañas de padre. Todas las noches me levantaré dos o tres veces a escuchar la respiración de mi hija en su sueño profundo. ¡Que no se frustre esta vida, prolongación de mi existencia! Ella tiene que vivir: tenemos que ser nosotros, mi esposa y yo, los que, solícitos, vigilemos la fragilidad de esta tierna planta. El contacto físico con su cuerpecillo duplica en cada instante el enorme caudal de afecto. Irene se va abriendo paso para constituir lo más importante, nuestro tesoro.
Arroparé mil veces su personita: que no se enfríe, que nada malo le suceda... Confía en nosotros. Pronto nos conoce. Sonríe. Su madre y yo somos su mundo entero. Los primeros pasos los da sobre mi pecho, en escalada segura, hasta la cumbre de mi cabeza.
Nuestra conversación preferida se siempre sobre la nena. Nos expresamos en lirismo de cantos simples que junto a su cuna componemos. A través del amor conyugal, como miel que destila de una roca, ha emanado el cariño de padres.
Se parece a mí. Su cabello, rubio; su piel tersa y suave, las comisuras de sus dedos... Se asemeja a su madre: su talle fino, esbelto; su genio vivo... ¡Unión de corazones! Alma religiosa como la nuestra. Vida que de nosotros brotó. Ave que aprende a volar junto a los tres que le dimos la vida: Dios y los esposos.
Día a día contemplamos su evolución: hoy aprende una palabra, una actitud. Ella elabora los conceptos en su cerebro y se desarrolla sin coacciones absurdas, pero con nuestra solicitud vigilante. ¡Amor grande, dulce embeleso! Su cabeza, oro rizado que guarda recuerdos de ternura. Su ceño, en gesto de profundidad sabia. Su alegría cantarina ilusión de primavera. Sus dedos pulsan melodías bucólicas en el primer despliegue de arte infantil. Su corazón nos quiere, y ama a todos los que conoce. Su religiosidad de niña anima en el camino hacia Dios. Su agradecimiento mueve a generosidad. Sus ojos bailan. Su mirada cautiva. Su decisión segura acusa timidez íntima. Su pensamiento denota la cercanía de sus padres. Todo su ser sobrecoge mi alma en dulce emoción.
Cuando la miro en sus juegos o en la paz de la noche serena, las lágrimas saltan a mis ojos ante el suceso de trascendente humanidad. Soy su padre. Es mi hija: plenitud de mi existencia. Ha entrado en mi vida como regalo de Dios. Hacia Él la tengo que conducir.
Siento agradecimiento a ella. Antes de ser padre pensaba yo que solo los hijos éramos deudores. Ahora mi opinión ha cambiado. ¡Es tanto lo que ellos nos regalan! ¿Hay mayor dicha que la emanada del ser propio, colaborador de la obra creadora? Uno de los gozos más puros de la vida se encuentra en la paternidad consciente. El sacrificio por nuestro retoño es hontanar que desborda de alegría.
Noches de enfermedad, llenas de angustia, velando el tesoro de nuestro corazón. Mis hombros, alivio de su fatiga en los años débiles de piernecillas tenues. Juegos de niño compartidos en descanso gozoso de nuestra primera juventud...Ayuda en sus tareas de estudiante, cuando el casos cósmico de su inteligencia comienza a iluminarse. Recuerdo continuo de los peligros que acechan a su inquieta persona... ¡Funciones de padre! Pequeños sacrificios que no pesan porque el amor los torna agradables.
Su carita, flor de primavera cuando sale el sol. Su aliento, perfume de rosa silvestre. Su piel, seda brillante que acaricia el aire. Oro sus cabellos. Ángeles sus manos. Mi pensamiento con frecuencia se encuentra en ella. "Esta es mi hija muy amada en la que he puesto mis complacencias", digo, como el Evangelio.
Mi paternidad no se diluye desde que ella nació, mas no por eso dejo de amar a todos los niños de mi aula que me rodean con algazara. Ella es el paradigma de la filiación. Los demás participan algo; son mi familia prolongada.
El nombre de mi hija: Irene Lorenzo Izco. 25 de febrero del año 1980
José María Lorenzo Amelibia
21.- PÁRROCO Y COADJUTORES
Desde tiempos lejanos (escribo en el año 1966) hay un problema candente en el clero: la relación entre párrocos y coadjutores. Es una pena que por estas relaciones se deje de hacer el bien y positivamente se escandalice a los fieles. Relaciones tirantes y con frecuencia hostiles, con faltas de caridad mutua que trascienden a la feligresía.
Existe muchas veces en el párroco un sentido falso de la dignidad. "Soy autoridad, piensa, se me deben toda clase de honores y respetos." No sufre que sus colaboradores tengan más prestigio que él, y mucho menos que se lo reconozcan los demás. Quizás en el fondo de se da cuenta de que sus coadjutores poseen mejores cualidades que él mismo, y entonces le dominan los celos o envidias. En la ocasión más propicia se provoca el choque; entonces, el inferior ha de coger la maleta y marchar a otro destino. A ver si tiene más suerte. Pero antes los roces han trascendido por todas las partes con escándalo de los fieles. Algunos coadjutores conocidos han optado por aguantar, pero a trueque de experimentar en su cuerpo una úlcera gástrica o cólicos biliares.
Hay otro tipo de párrocos: hombres cargados de experiencia y de prudencia. Pero no de una prudencia verdadera, sino falsa; más bien diría yo que se trata de excesiva precaución. Ellos poco hacen, o nada: no se lo permite su salud. En cuanto a sus ayudantes les cortan sus iniciativas con frases como éstas: "No es prudente", "No procede", "Vamos a aguardar, veremos más adelante", "quizás fracases, antes yo también lo intenté". En consecuencia sigue la parroquia con vida lánguida.
El joven coadjutor – cura de Misa y olla por imposición – se está anquilosando, y pierde los mejores años de su vida.
Otro tipo de párroco, el absorbente. Él lo sabe todo. Tienen experiencia, ciencia y talento. Y goza, a su juicio, de una gran personalidad. ¿Quién le tose? Sus colaboradores son unos críos recién salidos del cascarón. Que ellos den el catecismo, celebren la Misa primera y recen el rosario vespertino. Lo demás lo acapara el párroco: predicación, asuntos familiares, administración parroquial, movimientos de apostolado. El coadjutor de nada se entera. Con él para nada se cuenta. Ignora la marcha económica de la parroquia; nada sabe del resto de los asuntos parroquiales y familiares que debiera conocer. Para el caso es un sacristán.
Seríamos injustos si solo nos fijáramos en las sombras de los párrocos – máxime sabiendo que todos no son de esta calaña –. No se trata de ensañarnos con nadie, sino de poner al descubierto un grave problema con el deseo de buscar alguna solución.
Muchas reacciones del párroco no son cristianas, pero sí muy humanas; se perciben también en otros cuerpo muy distintos. También existen coadjutores muy suyos; para nada cuentan con el párroco; humillante e hiriente para quien representa la institución. Adoptan ante el superior aires de suficiencia; le parece que lo antiguo para nada sirve. No quieran respetar criterios distintos de los propios. Y en cierto sentido han dado motivos con su altivez de a que el párroco adopte un talante receloso y desconfiado.
No es raro el caso del coadjutor que milite en contra del párroco. ¡Triste labor! Unas veces lo hará de forma solapada; aparece sumiso ante él; incluso sabe adularle. Y a la hora de actuar obra al margen de lo acordado. En ocasiones, abiertamente en contra. Incluso trata de hacer adeptos suyos entre la comunidad parroquial. Llegan a crearse dos bandos; una especie de cisma dentro de la feligresía.
Todo esto requiere una solución. Parece que en principio debe ser el más fuerte quien dirija el proceso de paz. Que se dé cuenta el párroco que sus colaboradores – al igual que él mismo – son hijos de Dios; con el mismo sacerdocio de Cristo que él. Ha de haber entre ellos un sentido de igualdad. El párroco debe bajar del Sinaí. Dese cuenta que un sentido excesivo de autoridad resulta siempre ridículo. Hace reír a las personas sensatas que lo llegan a considerar como un "pobre hombre". Dad confianza a los coadjutores; preguntadles su parecer; ayudadles y consultadles; reuníos con ellos para dialogar. Sed amigos. Así prosperará la parroquia.
Y el coadjutor que no haga sin contar con el párroco; que no adopte aires de suficiencia con él. Y que tenga en cuenta que el bien de las almas es mayor con algo menos de trabajo, pero en unión. ¿De qué sirve el mucho laborar si es cismático?
Cada uno ha de hacer un examen concienzudo y después escuchar la opinión de los otros. ¡Es tan fácil creerse uno bueno!
José María Lorenzo Amelibia. Este artículo lo publiqué en la revista sacerdotal "Incunable" en junio de 1966.
22.- NO IDOLIZAR
No sé por qué, dentro del clero en nuestras diócesis rurales españolas y también en las urbanas, los clérigos con facilidad idolizan a ciertas personas. No sé por qué. Cuando usted organiza en la parroquia unos Ejercicios Espirituales, piensa en invitar a dirigirlos al mejor preparado en la materia. Es lógico. También es lógico buscar al mejor médico para obtener la salud y al mejor sastre para confeccionar un traje.
Lo que parece envuelto en el misterio es por qué un señor llega a ser ídolo y otro no. Uno que vale para todo: otros son una mediocridad. ¿Es algo que emana del propio ídolo? Este líder aparece siempre como muy seguro de sí mismo, y a la vez envuelto en una apariencia de sencillez. Estas dos cualidades, vistas en un sujeto, arrollan y conquistan las confianza de los demás. Junto a esto, por supuesto que no se trate de una nulidad, basta con que sea una medianía. Si es bondadoso, tanto mejor. Si esgrime las suaves armas de la diplomacia, una ventaja a favor de él. La propaganda "boca a boca", ayuda a encumbrar a estos seres privilegiados. Sin esta propaganda no habría ídolos.
Difícilmente el ídolo suele ser un genio; no es común. Tampoco el genio suele llegar a ídolo. A quien se le da el calificativo de hombre de valía, se le explota para todo. Pero lo cierto es que nadie da lo que no tiene, ni por encima de lo que tiene.
El ídolo resulta con frecuencia vulgar, tópico. Se repite constantemente, pero eso no afecta a su prestigio. Es maravilloso escucharle cuando dirige la palabra al público. Sabe hacerlo. El papanatismo exclama siempre: amén, amén. Muchas veces el ídolo opina como los demás. Tiene derecho a ello. Pero sus afirmaciones reiterativas son norma de conducta para el hombre gris.
Así veo al ídolo dentro del estamento clerical. Normalmente el ámbito de estos seres privilegiados suele ser comarcal o provincial. Algunos llegan a ídolo nacional. Con frecuencia acaudillan una especie de partido dentro de las filas del cuerpo de célibes.
Algunos - muy pocos - se distinguen por su santidad. Éstos casi nunca son ídolos, porque ellos huyen de estos honores y se retiran al silencio en las tertulias.
La realidad es que a quienes nos parece que valen, los explotamos hasta exprimirlos. La culpa es del que quiere lo mejor, pero no se molesta en buscarlo, sino se deja llevar del dicho: "He oído que fulano... Y vamos tras ellos de manera inconsciente, convencidos de que se trata de verdaderos genios. Mientras tanto, grandes valores yacen en el olvido como el arpa de Becquer, en el rincón del ángulo oscuro. ¡Los pobres, no tienen arranque ni saben promocionarse!
En mano de cada uno de nosotros está descubrir un nuevo valor para la Iglesia. Todos somos responsables si ponemos obstáculos a quien trabaja bien; si no le dejamos crecer. Hay que cumplir el primera mandamiento que prohibe adorar a los ídolos.
(Publicado en "Incunable" en 1968) Cuarenta años más tarde, 2008, no tengo que corregir nada de lo dicho entonces) José María Lorenzo Amelibia
23.- LOS ARCIPRESTES, SOLUCIÓN
Trabajamos como azotando el aire; a bandazos. Estamos edificando una casa grande, un rascacielos gigantesco. Pero cada uno hace lo que le parece y no acertamos ni nos entendemos. ¡Señores, esto es la torre de Babel! ¿Se puede construir un edificio gigantesco sin arquitectos, sin aparejadores, sin maestros de obra? Est estamos intentando. Queremos edificar el Cuerpo Místico de Cristo, pero cada uno a nuestro modo. Muchos trabajan infatigables de la mañana a la noche; otros, apenas el mínimo, porque, ¿para qué?.
Hay quien piensa que las cosas deben seguir así. Estamos tan aburridos de burocracias, planos, teorías, minimizaciones, que... El Evangelio no es burocracia, tampoco lo eran los primeros cristianos, ni los primeros presbíteros y obispos. Ellos predicaban, bautizaban, daban testimonio.
Un mal de raíz. Es la ley del mínimo esfuerzo, la holgazanería, el ansia de no complicarse la vida, "Que nadie se meta en mi vida", que me dejen obrar y hogar según mis criterios.
De vez en cuando se oye una v9z predicando en el desierto nunca ha habido más reuniones que hoy, y casi nunca se ha hecho menos. Y, eso sí, ganas tenemos todos de hacer algo. Pero hay una gran desorientación, y sobre todo indiferencia en los resultados.
Ante este estado de cosas debemos todos pensar: tratar de aportar una solución. Lo primero convencernos de que todos debemos ser "dirigidos", y no precisamente de modo burocrático con papeles a multicopista. Darse cuenta de que el párroco, el coadjutor o cualquiera que tenga un cargo de responsabilidad pastoral no lo es todo; que él no puede hacer o no hacer lo que le viene en gana. Las ciudades ofrecen un aspecto lamentable. Por esa falta de unidad en la acción. El ambiente rural, casi peor. En resumen: trabajamos con un mínimo de rendimiento, a causa de cada uno realizar su trabajito.
Hoy es necesario el trabajo coordinado; al menos en un plano nacional. Los obispos piensan que aunque se pongan de acuerdo no basta con elaborar unos planes maravillosos de renovación pastoral. Pueden llegar fácilmente a ser papel mojado. Van tropezando con la pasividad e inercia de muchos sacerdotes. Es verdad que en el clero español hay buena voluntad e indudables valores personales e intelectuales. Pero es muy fuerte el individualismo; cuesta romperlo. Conseguir esta unión a través de los retiros y mensajes, difícil. Es necesaria la labor individual con cada sacerdote. Supone un muchos un cambio de mentalidad, una serie de prejuicios que vencer; y el mejor modo de superarlo es el trabajo concreto con cada uno de ellos.
Para todo este plan, la figura del Arcipreste. ¿Para qué crear cargos nuevos si ya existen? El Arcipreste debiera transmitir el mensaje del obispo a cada sacerdote; debe orientar, animar, aconsejar, unir, e incluso inspeccionar, aunque con mucho amor; no como un superior que vigila y reprende. Se trata de unir fuerzas. En una palabra ha de inspirar total confianza; nunca temor o algo aún peor.
Para ello no ha de ser el arcipreste el cura que más trabajo tiene en la parroquia. Todo lo contrario. Ya que su labor principal es moverse mucho; trabajar con los sacerdotes. Tampoco conviene que sea demasiado viejo, pues ha de llevar una vida muy movida, ni tampoco joven en exceso. Tenga facilidad de momento para visitar a todos los sacerdote en su casa. ¿Quién visita pastoralmente a estos sacerdotes? El Obispo cada cinco años. Al menos una vez al trimestre sería necesaria la visita del arcipreste a cada cura de su distrito. Incluso al grupo de clérigos del pueblo reunido. Dialogar de las posibilidades de acción, animar. Estas visitas estimularían a todos. Así también se reducirían las reuniones masivas.
Y el arcipreste en continuo contacto con el Obispo. La figura del arcipreste no ha pasado a la Historia; no debe quedar suplantada por diferentes delegados de apostolado. Se trata de ser efectivos. Someto este estudio a quien corresponda. Preparemos soluciones para nuestros días.
Artículo publicado por José María Lorenzo Amelibia en la revista Incunable hacia el año 1967, antes del concilio.
24.- LO NUEVO Y LO VIEJO
Estamos acostumbrados a encasillar a personas, cosas, ideas, en estamentos contrarios: conservadores – progresistas; derechas – izquierdas; buenos – malos.
Con frecuencia este afán crea conflictos de convivencia, aunque en la civilización actual se tiende a transigir, basándose en este principio: "Si quieres que te respeten, respeta".
En el aspecto de "lo nuevo y lo viejo", yo no veo oposición. Creo que debiéramos todos, sea cual fuera nuestra tendencia, coincidir en el criterio de que se necesitan mutuamente. Sin la renovación la existencia sería triste, anquilosada, sin aliciente, decrépita. Sin la experiencia de la tradición, el fracaso sería constante.
La vida es nueva y es vieja; es juventud y es madurez. Entiendo que un desprecio a cualquiera de estos dos polos supone cierto desaire a la vida. e inconformismo con la realidad. Puesto que necesariamente la existencia es evolución; lo nuevo se desgasta y llega a viejo para dejar paso a sucesivos ciclos.
El progreso no es tan solo de descubrimientos experimentales; también lo es en el terreno de las ideas. Negar el progreso supone permanecer estancado; pretender una sociedad rutinaria, repetitiva.
Nunca la oposición a lo original debe partir del temor a lo nuevo, basándonos en que "más vale malo conocido que bueno por conocer". El rechazo de las ideas actuales solamente debiera ocurrir si, una vez experimentadas, se comprueba que son nefastas por destruir el orden moral o el convivencial.
La apertura se impone.
No por el hecho de que algo sea incómodo debo rechazarlo. Indicaría mezquindad de corazón poner resistencia a iniciativas molestas, porque no nos agraden, porque no rimen con nuestras tendencias o costumbres.
Lo viejo nos proporciona experiencia, necesaria de todo punto para no tropezar y fracasar donde nuestros predecesores; necesaria para que se afiance una costumbre y se aprenda una lección consistente. Nos indica peligros métodos, tácticas. Es la Historia, verdadera maestra de la vida. la aportación de la experiencia es insustituible.
Lo nuevo supone avanzar. El anquilosamiento sería total sin el aire fresco y renovador. Trae siempre riesgo, es verdad, pero ¿qué sería de la humanidad si siempre se hubiese evitado el peligro? Nos encontraríamos en la edad de piedra.
Las antigüedades sirven de adorno y se cotizan como monumento de nuestros antepasados. Son piezas de museo dignas de contemplación. Allí permanecen como obras clásicas para estudiarlas, mas no para reproducirlas en único cliché válido, que empobrecería la vidas en sucesión monótona.
Hay que adentrarse hacia lo desconocido, lo inédito, fomentando la creatividad de generaciones jóvenes, en madurez de estreno. El esteticismo no es patrimonio de ningún polo. Todas las tendencias pueden conseguir belleza. Lo antiguo añade a la hermosura el gozo de la veneración. No desapreciamos lo viejo. Lo respetamos como un hijo respeta a su padre anciano. Estamos atentos para escuchar su voz, que puede ayudar a solucionar problemas y a avanzar con seguridad. Mas no nos adherimos a fórmulas caducas por el hecho de que gocen del marchamo de los siglos. Nos fosilizarían en inmovilismo inactivo. La cumbre no se escala parándose en la falda del monte. Si queremos avanzar no nos contentaremos con librarnos del tropiezo; hemos de arriesgarnos por camino por nadie frecuentados o por senderos donde otros sucumbieron ya sin fuerza. Las tentativas ajenas nos pueden dar luz en esta labor digna de personas.
La lucha entre novedad y tradición es insensata y fratricida. No debieran enfrentarse las dos tendencias, sino avanzar juntas en un mismo deseo de búsqueda, prestándose mutuamente las prerrogativas de las que carece su acompañante.
El conservador a ultranza detiene el proceso de la Historia. El progresista resuelto declara la guerra a la convivencia y es intransigente y despectivo con la tendencia contraria. La moderación en ambos sentidos siempre es buena. En lugar de avanzar con luchas civiles, sin querer comprender las razones del otro, la ciencia, el progreso e incluso la virtud se detienen. Todos salen perjudicados. A la postre vencerá una tendencia que someterá a la otra a la esclavitud; reducirá a servidumbre a la humanidad. A esto lleva la dictadura.
Los hermanos ha de convivir y ayudarse . Vivirán, sí, emancipados, mas no enemistados. Colaboración: más que respeto pacífico y menos que integración total.
Dios es creador y conservador. Porque somos imagen de Él se manifiestan en nosotros estas dos tendencias. Por desgracia no viven en armonía perfecta, y nuestra labor consiste en reconciliarlas, para que no sean antagónicas, sino aliadas.
4 de Junio 1979
25.- IDEALES Y PODER
Juventud, palabra mágica. Contiene fuerza, alegría, entusiasmo desbordante. Mas encierra en su seno una serie de pruebas, crisis, incertidumbres, zozobras y tristezas que normalmente no se repiten con esa intensidad en la madurez. Por encima de todo brota en esa edad una flor deslumbrante de belleza, el ideal.
La inexperiencia de los años mozos se forja la ilusión de que la perfección se adquiere sin gran esfuerzo: ser sabio, santo, buen profesional es cuestión de proponérselo. Las dificultades aparecen como montañas lejanas de fácil acceso. No costará demasiado subir la suave pendiente. Mas al acercarnos las fuerzas flaquean. Los aledaños de la sierra no eran tan suaves como parecían, y se llega con fatiga a los primeros repechos, los menos duros. Muchos entonces desisten de la empresa.
Las limitaciones personales constituyen una enorme barrera en la consecución del ideal. Se apodera del ánimo la angustia. ¿Por qué me habré esforzado inútilmente? Tiempo perdido. Es entonces heroico, cuando las primeras canas tiñen de nieve nuestras sienes, continuar avanzando a ritmo más lento, según las medidas de nuestras posibilidades, por terrenos abruptos, aun sabiendo que nunca llegaremos a las cumbres. Resulta tentador dejarse deslizar por la pendiente. La desilusión se apodera de nuestro ser. Hay que sacar entonces fuerzas de flaqueza, serenarse y tal vez por caminos distintos, intentar de nuevo con gran dosis de humildad la escalada, asidos al cayado de nuestro propia experiencia. No marcharemos en solitario.
Es la gran ventaja. Nos acompañan amigos que comparten nuestra visión trascendente. Estimula la palabra y el ejemplo de hombres que nos sirven de guía. Ellos a su vez se ven obligados con frecuencia a dejar la antorcha que ilumina en otras manos. Tomamos nosotros el relevo con gozo en sucesivas etapas y dejamos más tarde la luz en brazos de vigorosos y jóvenes.
Transcurre el tiempo. Nuestros ideales de nuevo se empañan con el vaho de la rutina. Nada vemos. Hay que seguir adelante. La vida de ilusión se torna repetitiva. La piedad se resuelve en una práctica sin alma. La profesión se trueca en reiteración penosa de los mismos actos. Parece que todo es fórmula mágica ejecutada por un robot. ¿Dónde queda el gozo prístino el trabajo de orfebre de los primeros tiempos?
Por fortuna la existencia del hombre resurge en las cenizas del ideal. El deseo sirve de aliciente y protege la vid. Nuevos horizontes aparecen mas sin el brillo del sol de mediodía. El plano trascendente ha quedado rebajado al nivel de lo palpable.
La eclosión refulgente del ideal dista mucho en el tiempo. A través de mil vicisitudes, la persona que un día se abrazó consciente con lo sublime, no duerme en la esterilidad, en una vida sin sentido; persiste en la búsqueda de nuevos modos que le ayuden a conseguir más altas aspiraciones.
El desengaño habría sido total si hubiese puesto su meta en pretensiones inaccesibles al espíritu. Con dificultad se logra remontar el vuelo. pero el que colocó su mirada más arriba de las estrellas, llega a la madurez sin que el desaliento haya arraigado en su alma. Los ritmos de su vida continuarán en una búsqueda incesante, mas ahora llena de paz, de calma, sin pretender saltar barreras que se encuentran por encima de las propias fuerzas. Sabe que una vida sin ideal es mero vegetar, y jamás se resignará. Su mente se abraza al silencio incógnito, y en él fecundará sin ruido aquella ilusión sembrada en una tarde de sol adolescente.
Si la vida ha sonreído al hombre joven, si ha conseguido destinos humanos con poca lucha, si se encuentra ya situado mucho antes de que las mieses háyanse vestido de oro, la apatía muy pronto ocupa el lugar de la plenitud. La sonrisa se trueca en llanto porque la persona necesita alcanzar la meta a través de sucesivas etapas, de esfuerzo constante. Si el deseo no aparece, un deseo cuajado de novedad o teñido del ideal que alegró nuestra juventud, puede llegar el sujeto a despreciar su existencia con amargo tedio.
***
Sobresalir, descollar ante los semejantes, suele ser la alternativa en estos momentos de crisis existencial. No siempre se consigue este propósito, en parte por las mil y una trabas que se encuentran en el terreno de lo político, en parte porque el hombre medrador estima que no compensa tal despliegue de fuerzas y recursos para lograr efímero prestigio.
¡Oh la dignidad! ¡Con qué fuerza arrastra a mentes infantiles y cuánta indignidad suele producir!
Difícil resulta mirar los cargos como servicio de puro amor. pocos se comprometen con limpieza total a abrazarse al puesto de mando en afán exclusivo de ayudar a sus semejantes. Hay quien entregaría su alma al diablo por representar en el teatro del mundo el papel de rey. El ansia de poder es un instinto ciego. Saber dominarlo también es un ideal que muchos jamás llegan a comprender.
Cansados de aspirar a las alturas de la soberanía de sí mismos, muchos ambicionan el dominio del mundo. Probablemente su satisfacción será menor y los desengaños sin cuento.
Dirigir y presidir puede entrañar perfección grande, cuando consciente el hombre de lo poco que supone la gloria de este mundo, se abraza al cargo para ser siervo de los demás. Esta actitud implica gran madurez y altruismo. Algunos pocos de los mandanchines, llegan a ello después de superada la vana soberbia de haber alcanzado ciertas cumbres de poder.
No fueron inútiles los primeros ideales nobles. La mira estaba muy alta. Con humildad nos apoyamos confiados en el autor de la vida que es nuestro refugio, nuestra roca y salvación. Él completará la obra rudimentaria que nosotros, con manos torpes, hemos intentado crear.
José María Lorenzo Amelibia Año 1980
26.- ESCUCHAR Y HACERSE ESCUCHAR
Tantas veces nos han repetido ciertos conceptos que terminamos por no hacer caso de ellos; como quien oye llover. Suenan en el tímpano sin penetrar la mente. Prestar atención a lo que se oye; atender un aviso o consejo. Saber escuchar.
Existen nociones puramente especulativas sin ninguna influencia en la vida práctica. Las exponemos o recibimos como simple información, para satisfacer la curiosidad; como disciplina que completa nuestra cultura. Otras ideas, por el contrario, poseen carácter operativo; llegan a mover la voluntad. En este grupo se encuentran las nociones de tipo moral, ético, político, religioso, profesional, convencional.
Un mismo concepto puede tomar forma abstracta, pura. ¡El gozo de mentes metafísicos de altos vuelos! Con frecuencia en un afán de divulgación, para que sea captado por hombres sencillos no entrenados en lides escolares, se reviste de la indumentaria de concreción. En ese momento la idea queda adornada, apta para provocar la admiración de los que escuchan. Aquí radica la habilidad del orador. La cuestión consiste en presentar conceptos con tal ropaje de imágenes, colorido, elegancia, que consiga grabarlos en la mente de los oyentes e incluso mover su voluntad.
El científico aprecia en gran manera la desnudez de los conceptos, los desea totalmente descarnados. Se complace en el escrito sin licencia alguna a la fantasía piensa que, tras el ornato de las ideas, puede esconderse el fraude a la ciencia. Mas la mayoría de las personas gustan de las nociones bien vestidas, de la misma manera que prefieren unos platos aderezados con delicadeza o una mansión suntuosa.
Especial interés en el atavío de los conceptos se ha de procurar cuando se exponen ideas que todos creían haber oído y necesitan atención. Ahí sí que hemos de evitar tópicos, frases de cliché y repeticiones abstractas. La predisposición: "Sé qué me van a decir", inclina a la pereza, a la desatención, al hastío. El oyente admite, rechaza o asimila según su estado psicológico. A un hambriento, ¿cómo le vamos a alimentar con nociones sobre la generosidad? El hombre fatigado no puede captar una exposición prolija, ni el obsesionado, ni el predispuesto en contra. Sabia norma sería dejar para otra ocasión nuestra plática.
Para ser escuchados necesitamos un ambiente de silencio exterior e interior. Toda labor de acallar ruidos y fantasías del espíritu es importante en el momento de relacionarnos con los demás. A este trabajo he de aplicarme yo mismo cuando estoy escuchando. Si no consigo silenciarme interiormente, con dificulta lograré asimilar los conceptos que el platicante intenta ofrecer.
En la cuestión de si existen verdades objetivas o no, ni quito ni pongo en estos momentos. Esta es mi afirmación: unas mismas ideas me impresionan o no, las acojo o las rechazo, me sirven o las critico, según se encuentra mi ánimo y la persona. ¡Mucho esfuerzo hay que hacer para no dejarse guiar de esta parcialidad psicológica! No es raro que incluso un hombre durante mucho tiempo, encasillado en un modo de pensar determinado, al darse cuenta de que esos mismos criterios son propios de personas para él antipáticas, abandone su antigua manera de pensar y paulatinamente se afilie a idearios incluso opuestos a los que fueron el pan de su alma durante décadas. ¡Hemos visto tanto cambio visceral en muchas personas...!
Lo que se cataloga con frecuencia como deserción, incluso como traición, si nos remontamos aguas arriba, observamos que el origen del cambio se encuentra en un personaje hostil, defensor del la primitiva ideología del oyente. Al no ser grata la persona, no resultaron convincentes los argumentos. Y es que "el corazón tiene sus razones que la razón no conoce" – decía Pascal –. Por eso en cuestiones políticas se suele cuidar mucho de que los líderes sean personas de gran simpatía y de vida honesta. Las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra.
En la misión de mover la voluntades vale más un personaje atractivo que cuatrocientos discursos anónimos pronunciados a través de megáfonos. El mensaje bueno o malo que se incluye en algunas películas cala más o menos según la fama de sus protagonistas.
Con frecuencia encontramos en el autor ideas que pensamos habían sido descubiertas por nosotros, de las que nos sentimos padres. De momento nos extraña no haber engendrado a tal hijo. A otros se les ha ocurrido nuestra misma genialidad. La reacción puede ser doble: acogida generosa de aquel hijo pródigo que se nos escapó, o desdén hacia la persona que nos arrebató el primogénito para mostrarlo al mundo como propio.
Pueden presentarse ideas envueltas en lenguaje arcano. Los autores de ellas no se molestan demasiado en confecciona un apéndice con las claves traductoras. El paciente lector ha de estudiar la inmensa profundidad de aquel genio. La admiración nos sobrecoge. Mas nunca llegamos a aclararnos en aquel mar de nieblas y ambigüedades.
Difícil resulta abrirnos camino a una idea antagonista dentro de una selva enmarañada de estereotipos y prejuicios. ¿Quién será capaz de talar árboles tan firmemente plantados? Tal vez la táctica para adentrarse en este terreno vedado consista en volver del revés los conceptos, en explicarlos por sus contrarios, en usar, cual sutil aguja epidérmica la interrogación que conseguirá sembrar un poco de inquietud en mentes fosilizadas desde hace tiempo.
Existe un inmenso bloque de temas desagradables a la sensibilidad, pero utilísimos a la persona. El hombre corajudo, que posee ansias de superación, trascendencia o liderazgo, los acoge con interés. Quien o no desea destacar en nada o pone su Dios en el vientre o en la pereza, los desecha como carga insoportable. Las ideas grandes, los ideales sublimes, los conceptos científicos, estéticos, nobles, se fraguan en el silencio interior, en el santuario más íntimo de la persona, lejos del barullo y del ruido, a la sombra y cobijo de la mirada de Dios.
José María Lorenzo Amelibia. Junio 10, 1979
27.- ¿ES USTED INTRANSIGENTE?
Veamos: Se le confía una persona con un problema de desavenencias conyugales. ¿Le responde usted: "No haberte casado; ya te lo había dicho yo?" Pertenece usted al número de los intransigentes; abundan en nuestra tierra.
Los hay de muchos tipos.
Son muchos los intransigentes. No quieren medias tintas y se dan cuenta de que en su propia vida hay muchos fallos. Juzgan con dureza. Son el rigor de la justicia.
La intransigencia no es una postura de edad sino de mentalidad. No es defecto de viejos; los hay también entre los jóvenes. La intransigencia se funda en una pura especulación, en que para nada existe el sentimiento ni las circunstancias. Desconoce el corazón humano. Es vicio de quien no se analiza a sí mismo.
Aplaudo la intransigencia moderada; la que se aferra a los grandes principios eternos. Es propia de hombres de talla que no se arriman al sol que más calienta. Pero cuando se trata de aplicar estos principios a personas concretas, moderación, comprensión, compasión. Y si la intransigente es una mujer, aún peor: es el antifenismo total.
(Lo publiqué en la revista "Familia cristiana", 1 de febrero 1968)
28.- PARÁBOLA DEL PASTOR PERDIDO
Un pastor tenía cien ovejas. Las alimentaba con mimo todos los días en ricos valles. Pensaba: ningún lobo las ha de devorar. Dos años duró su pastoreo en lugares tranquilos, lejos de la gran ciudad.
El padre pensó: este hijo es ya mayor. Posee buenas cualidades y conoce bien las ovejas. ¿Por qué no encomendarle otro rebaño en tierras abruptas, donde en tiempos lejanos fracasaron antecesores suyos? Aquellos corderos peligraban en momentos críticos en que el lobo se disfrazó de zagal. Nuestro fiel pastor se unió con otros hermanos y todos juntos dieron confianza al rebaño que recelaba de sus guardianes por temor de que tras el cayado se ocultara una alimaña traidora.
Fue rudo para todos el trabajo. Días tristes los que compartieron los hermanos, unidos al padre lejano. La crisis se superó. Entonces dijo el padre: voy a colocar a estos hijos al frente de la porción más delicada de nuestra herencia. Doce mis fueron las ovejas señalas al pastor bueno. Todas confiaban en él. Incluso aquellas que vivían lejos del aprisco y rehusaban los pastos saludables.
Transcurrieron siete años en paz. Con cielo azul. Cubrieron después el horizonte negros nubarrones. Un joven zagal, hermano menor, cargado de buena voluntad y vacío de experiencia, abría la puertas del aprisco a una pequeña jauría de lobeznos. Pretendía que ellos – cuando llegara su mayoría de edad – fueran los perros fieles que custodiaran el rebaño. Mucho disgustó al pastor bueno iniciativa tan original. ¿Quién podría convertir al lobo en perro fiel?
Acudió el zagal al padre buscando solución. Pero muchos eran los problema que inquietaban la mente del anciano; no halló remedio para atajar el mal. Noche de insomnio aguardaban al hombre bueno.
Éste cerró los oídos: "Tú tienes espaldas anchas, hijo, has de soportar el peso del día y del calor, mientras los compañeros hacen cosquillas en tus ijares".
Al fin llegó el conflicto entre los hermanos. El rebaño estaba inquieto. El padre optó por dispersar a los pastores. La jauría se alegró. Las ovejas fieles se indignaron. Nuestro pastor, fatigado y dolido, no quiso ya de nuevo tomar el cayado.
Marchó nuestro hombre con mirada alta. De nada tenía que avergonzarse. Los hermanos se apartaron de él.
El padre se entristecía. Pensaba: "He obrado bien. Mi hijo se aleja. ¿Qué puedo hacer? Antiguos amigos del pastor se acercaban, le escuchaban, le compadecían, sufrían con él. Marcharon al anciano para decirle que volara hacia el pastor. Pero el padre no supo reaccionar. No supo confiar en el pastor que durante tantos años había dado lo mejor de su vida a unos rebaños difíciles de apacentar. ¿Seguirá dormido el anciano sin correr tras su hijo el buen pastor? 9-1-1980
(Escribí este artículo cuando un amigo sacerdote estuvo alejado de su obispo varios años. El obispo siguió impertérrito. El compañero sacerdote volvió al servicio de la diócesis, acuciado por la necesidad. Nunca fue ya aquel sacerdote celoso y sacrificado. Prefirió desde entonces luchar en la oposición clerical progresista y poco productiva).
29.- DIRECTORES ESPIRITUALES DEL CLERO
Todos sabemos la importancia tan grande que tienen la dirección espiritual en nuestro camino hacia Dios. La hemos aconsejado a los seglares y somos testigos de los efectos que produce cuando se lleva bien.
En teoría también la defendemos para los sacerdotes; en la práctica tropezamos con inconvenientes difíciles de superar. Aparte de la dificultad inherente a la misma dirección, en nosotros existen otras bien definidas: nos cuesta mucho encontrar u sacerdote capaz de entendernos y guiarnos. Por otra parte nos conocemos unos a otros: nuestras virtudes y nuestros defectos. Esto nos retrae y rehusamos ponernos en manos de un compañero. Es normal en nuestra psicología. Buscamos hombres totalmente entregados a Cristo; no de mediana virtud, y no los encontramos. Y en caso de hallarlo, otro problema: el desplazamiento hasta el lugar. Puede suponer una jornada entera.
Se podría facilitar mucho la dirección espiritual del clero nombrando sacerdotes con este cargo. Ellos visitarían periódicamente en su pueblo a cada uno de sus dirigidos. Debieran ser le "hombre bueno"; el amigo que acude para animar; el hombre de Dios a quien pudiéramos abrir nuestra alma; el hombre que conoce por experiencia las propias dificultades; que encuentra al sacerdote en la soledad del pueblo o en el vértigo de la ciudad. Sería el médico de heridas morales y psicológicas. Sería el que ayuda a cada uno a desenvolver su segunda vocación, tan olvidada muchas veces en el clero secular. Y si fuera precisos mediaría ante el obispo a favor de quien lo necesite. Él dirigiría los retiros comarcales; organizaría los equipos de amistad sacerdotal y les daría vida. Sería algo así como párroco de párrocos, director de directores. Pero con jurisdicción solamente en el fuero interno. Seríamos los sacerdotes el objeto de su apostolado.
Todo esto con nombramiento oficial; con recursos económicos para poder dedicarse a esta labor. Con medios de locomoción adecuados para poder visitar a su sacerdotes. Con secreto absoluto de lo relativo a sus dirigidos.
Debieran ser varios en cada diócesis los encargados a esta misión. Cada uno tendría a su cuidado de sesenta a setenta sacerdotes. Ellos transmitirían mensajes del obispo; ellos podrían mantener unido al clero en mente y corazón. Nadie duda en enviar a los seminarios lo mejor del clero para formar a los futuros ministros del Señor. ¿Por qué no dedicar abundantes sacerdote en calidad y cantidad a favor de la santidad del clero? Es más importante de lo que a primera vista parece. ¡Cuántos que han fracasado o perdido la ilusión, si hubieran tenido un padre espiritual a su alcance, hoy serían excelentes presbíteros.
José María Lorenzo Amelibia. Salió en Incunable en 1963. Pocos meses o días más tarde, una ponencia de un Padre en el Vaticano II, hizo eco de este artículo.
30.- DEMOCRACIA EN LA IGLESIA
La voz del pueblo no siempre es la voz de Dios ni mucho menos. La voz de Dios y el dedo de Dios está en la vocación de cada uno. La vocación se manifiesta en nosotros por las propias cualidades y por la ilusión personal hacia algo como ideal. El pueblo no tiene el carisma de descubrir la vocación de las personas. Por otra parte la elección democrática conlleva una serie de intrigas, caciquismos, politiqueos y servidumbres. El así elegido se encuentra atado a sus electores. Ellos se encargará de manejarlo en un sentido o en otro. Cuando se trata de un nombramiento "a dedo" se verá el electo precisado a rendir cuentas a su amo. Pero si son muchos los electores, a muchos habrá de someterse en sus decisiones.
En la Iglesia no suele abundar mucho la designación democrática, si exceptuamos dentro de los religiosos de ambos sexos. La gente cree que cuando el nombramiento viene de arriba, del jerarca superior, se trata de puro autoritarismo. Habrá casos y casos, pero no es siempre así. Pienso que la dictadura de las masas puede ser más grave que la de una sola persona. También depende de casos. Nunca podemos generalizar, pero sí poner las cosas en su punto. En designaciones democráticas se barajan nombres en corrillos e intrigas. Un "no sé quién" propone candidatos, baraja la lista de los posibles jefes. Las campañas se mueven al antojo de unos cuantos cerebros grises. Esta es la realidad en numerosos casos.
O cabe otra modalidad: veremos obispos futuros haciendo su campaña electoral; sacerdotes visitando vecinos y pidiéndoles su voto. Y, como acontece casi siempre, al pueblo, a la hora de emitir su voto, le importan bastante poco las cualidades y vocación del candidato; le interesa más la simpatía o favor que debe a fulano que le pido el voto.
Reconozco que en jerarcas de la Iglesia ha habido en bastantes ocasiones abuso de autoridad. Malo es. Pero aún vendrán cosas peores si democratizamos la Iglesia. Llegará la dictadura de unos cuantos caciques poniendo y quitando rey a su antojo.
Es necesario que el superior esté en contacto con el Pueblo, pero que no dependa del Pueblo el permanecer en su puesto. El Obispo tiene obligación de estar en contacto con el sentir y pensar de los fieles. Su consejo presbiteral ha de asesorarle; ellos que han sido elegidos por sufragio; y en esto también hemos apreciado las intrigas, favoritismos y amiguismos.
La ley va dirigida al bien común. Por eso para promulgarla hay que pensar mucho y observar, más. Coartar la libertad tan solo cuando lesiona bienes superiores. El legislador ha de calar hondo, ser inteligente y contar con buenos asesores.
José María Lorenzo Amelibia
Cuando esto escribía, hacia el año 1968, todavía no había salido el nuevo Código de Derecho Canónico. Hoy está en vigor. Creo que no hemos avanzado mucho y que existen demasiados preceptos; pero sobre todo demasiado juridicismo;
31.- CLERO RURAL: POSIBLES SOLUCIONES
Recuerdo que un fraile nos decía hace algunos años en un retiro: "Yo ante un cura de pueblo que viva en gracia y conserve la ilusión sacerdotal me arrodillo". Y, la verdad, merece que nos arrodillemos ante él. Si es difícil y heroica la vida de todo sacerdote, es veinte veces más la de un cura rural.
El sacerdote de pueblo pequeño no tiene otro trabajo pastoral que celebrar la Misa, explicar el catecismo y asistir a un moribundo cada dos años. Va pasando el tiempo, y aquel joven sacerdote que salía hace tres o cuatro años del seminario lleno de ilusión y ganas de trabajar, se dice: "¿Y para esto me he hecho yo sacerdote?" Es un momento crucial en su existencia sacerdotal. Entonces puede reaccionar de diversas maneras: amargarse, decidirse a salir a misiones, entregarse a una vida cuasi eremítica, o vivir como cualquier hombre de pueblo sin ninguna ilusión sacerdote, jugando la partida de cartas, entregado a la pesca y a la caza con los señoritos del pueblo o en solitario. El seminarista de tantos bríos, se puede convertir en un hombre de pueblo.
El clero rural se atrofia por falta de trabajo. El clero rural palidece por falta de ilusión. Es necesario abrir nuevas perspectivas. Es necesario dar algo al sacerdote de pueblo. Lago que lo anime; que le haga salir de su soledad; que le abra horizontes de apostolado; que le ayude a desenvolver su personalidad. Nadie negará que es un tremendo problema el que lleva consigo el clero rural. Algo se está solucionado, pero es preciso encontrar la solución total.
LA HERMANDAD DE SAN VICENTE DE PAÚL, SOLUCIÓNPARCIAL
Es una salida para quien se siente con cualidades de misionero popular. Es lo único que conozco, organizado a escala nacional. Puede ayudar y dar horizontes al cura de aldea. Es verdad que por lo común le permitirá una salida al año, pero puede ser suficiente para darle ilusión y celo. Funciona con gran amplitud, sin capillismos. Se admite a todo sacerdote que se sienta con facultades para la predicación. Es solución parcial: no todos sienten esta vocación; y ni siquiera quienes están inscritos en la asociación tienen la oportunidad de acudir a una misión cada año. ¡Si se organizaran más misiones por medio de esta hermandad!
MÁS SOLUCIONES
Nos gusta la teoría de la "segunda vocación". Hemos de estudiarla a fondo cada persona. Ver dentro del sacerdote si puede dedicarse a marchar a tierras lejanas como misionero; ejercer de profesor - educador en su tierra; parroquia grande; director de Ejercicios Espirituales; escritor, investigador, enfermos, anacoreta... Cada obispo debe atender y respetar en lo posible esta segunda vocación de su clero.
Hay ministerios que se puede desempeñar admirablemente dentro de una parroquia pequeña. Conozco un sacerdote que dentro de su casa tiene una pequeña imprenta y trabaja con orientación del todo apostólica. Lo que hace falta es un poco de organización. En distintas localidades existen colegios diocesanos. Conozco el de Estella. Sus profesores son también párrocos de los pueblos próximos. Es una experiencia digna de imitarse. (Pueden preguntar sobre el particular a Don Miguel Sola, párroco de San Juan de Estella, o a don José San Julián, director del Centro).
La dirección de Ejercicios Espirituales prestigia y anima al clero rural, Media docena de tandas al año ayudan al cura a salir de la mediocridad. Este ministerio exige aspirar a la perfección. La vidas se llena de ilusión. Es necesario acudir a algún curso de directores; dar alguna tanda con un experto; después, lanzarse a esta empresa que dada tanta gloria a Dios. Todos los años se organizan tandas en colegios, conventos, parroquias, casas de oración... Con esto ocurre lo que con todo: algunos llenos de trabajo. Conozco a quien dirige al año treinta y cinco tandas: demasiado. Otros, sin saber qué hacer. Hemos de organizar todo de tal manera que el clero rural pueda participar en este ministerio. Algo parecido podíamos decir de los directores de cursillos de cristiandad.
El sacerdote escritor: colaborador en revistas, en hojas parroquiales, folletos de propaganda... También en esto el clero rural puede hacer un gran papel. Han de abrirse nuevas puertas.
Lo mismo diríamos del sacerdote con cualidades de investigador. Pero muchos necesitan que alguien les abra horizontes o los empuje. ¿Y por qué no podían desempeñar cargos diocesanos próximos a la capital?
Pero, no sé por qué, se crean en cada diócesis unos pocos ídolos. Ellos valen para todo; con ellos se cuenta incondicionalmente. Así es. Da la impresión de que solo ellos saben hacer bien las cosas. Los sobrecargamos de trabajo. Les damos el culto de admiración, y mientras tanto duermen, tal vez para nunca despertar de su modorra, elementos muy valiosos.
El problema es difícil, pero con solución. Que no se malogre ningún sacerdote.
José María Lorenzo Amelibia Diciembre 1964
Este artículo fue publicado en la revista sacerdotal "Incunable" en diciembre de 1964. Durante ocho meses suscitó gran polémica; contra él estuvo el clero ultramontano. Cuando esto transcribo, 44 años más tarde, el problema se ha solucionado radicalmente, a causa de la tremenda disminución de vocaciones al sacerdocio. Hay curas que llevan veinticinco pueblos, donde antes había diez o quince sacerdotes.
32.- CELIBATO
Tan injusto sería imponer a todos mi experiencia negativa del celibato como que otros cargaran sobre los demás lo que en ellos ha sido gozosa experiencia y liberadora realización de la virginidad. Cada uno puede exponer lo suyo, pero sin imponer nada. Y en el caso del celibato clerical, de larga y penosa historia, se han impuesto el parecer del grupo triunfador en una soltería entregada. Eso en el mejor de los casos.
Existe un argumento fuerte en la mentalidad de cuantos sostienen la ley celibataria en el clero: la exigencia de cumplir unos compromisos.
Con esta mentalidad se está llevando al terreno jurídico nada menos que el desarrollo psicológico y fisiológico de muchas personas.
Estoy seguro de que los partidarios del celibato obligatorio del clero negarán la validez de esta afirmación. Es preciso que traten de profundizar sin dejarse llevar de prejuicios. ¿No es el ser humano una continua evolución y cambio? ¿Se puede asegurar que una persona a los veinticuatro años se encuentra desarrollada en todos los aspectos? La formación en los seminarios ha potenciado muchas cualidades buenas en los jóvenes. Otras muchas, sin embargo, al no disfrutar los seminaristas de un ambiente normal, han permanecido como paralizadas en un clima de hibernación.
La lucha de la adolescencia. El combate e la pureza de la época juvenil, se resolvió con alegría, con sensación de triunfo. Es lógico. Al fin y al cabo, el ser humano no es por naturaleza un masturbador.
Unos años de calma, de gozosa alegría del vencedor inundan el período de la primera juventud. Al vivenciar el hermoso ideal de entrega a las almas, de la unión íntima con Cristo, con amor místico se ha creído en falso espejismo muchas veces, que la orientación de la vida ya tenía un camino claro y definido. Llega después del compromiso el momento de la madurez psicosexual . "No es bueno que el hombre esté solo, dice la Biblia. Se trata de una realidad que todos hemos vivido en nuestra propia carne. Es el momento de la lucha, de la superación.
Quisiera ahora que todos evocasen la experiencia propia y rememorasen las confidencias íntimas de numerosas personas que en el sigilo más absoluto se han confiado a vuestro discreción y consejo. El desgarro de seta lucha ha sido en muchísimas ocasiones angustioso. Había que refugiarse en la oración, en la penitencia, en el amigo comprensivo, en el confeso que guardaría para siempre el secreto, en el psiquiatra que de diversos modos obnubilaría la mente para paliar el problema.
En algunos casos se ha superado con gozo esta etapa. O sigue superándose, porque la lucha dura hasta el fin de la vida. ¡Enhorabuena!: son los vírgenes que seguirán al Cordero por dondequiera que vaya.
Pero existen muchas almas consagradas, en las que la lucha, aun terminando en victoria, deja en el espíritu el poso amargo de la angustia; más aún si en el ambiente clerical o comunitario, no se vive en exquisita caridad. Llegan a experimentar la falta de realización personal, una tristeza vital continua. Ni la oración, ni el afán pastoral, ni el lanzarse por las vías místicas sosiegan el espíritu. No se trata de una noche oscura pasajera, estamos inmersos más bien de la idiosincrasia del sujeto: es así, porque Dios así lo ha creado. No es su camino el celibato y se siente del todo sacerdote. No poseen el carisma de la virginidad. ¿Qué hacer en estos casos?
Se dirá: con misericordia la madre Iglesia dispensa de sus obligaciones a quienes se encuentran en esas circunstancias. Que se case y que vivan también alejados del sacerdocio al que se consagraron, no por un voto de virginidad, sino por la recepción del sacramento del Orden que imprimió carácter en sus almas.
Esta solución, a mi modo de ver y de otros muchos, no es justa desde el punto de vista teológico. Un sacramento recibido da derecho al uso del mismo, según las fuentes del dogma profesado por la Iglesia.
Por otra parte se priva al pueblo de Dios de elementos de fe sincera, de pastores celosos, de líderes aceptados. Cada día se acentúa más la carencia de ministros de Dios y una fuerte sangría proviene precisamente de una ley exigida sin condiciones.
Creo, y con bastante fundamento, que la vivencia del celibato es para una mayoría del clero más carga que liberación. Y carga ingrata, a veces insoportable.
La pureza juvenil, cosa buena. Forja el carácter. Lleva el espíritu de buscar las cosas de arriba, a gustar de las cosas de arriba. La esperanza de un matrimonio, el ideal de una vida consagrada a Dios, han ayudado a superar la crisis de adolescencia. Mas en la edad adulta, cuando el celibato no llega a alcanzar dimensiones mística, el hombre puede volver al vicio solitario, sucedáneo de la desahogo normal en la relación de esposos.
Muchas rarezas y enfermedades mentales de clérigos, incluso vicios inconfesables, se deben a una continencia prolongada sin expectativas de matrimonio. La tensión emocional producida por el dominio de los instintos no puede ser compensada ni con terapias humanas ni siquiera con la dedicación a la plegaria. Si el don carismático no ha sido dado a la persona, sería necesario un milagro para hacer cambiar la naturaleza de un individuo concreto.
¿Qué solución queda? Renunciar al ejercicio del ministerio sacerdotal pidiendo dispensa, o continuar una existencia penosa hasta la muerte. ¡Qué sencilla sería la solución de dejar en libertad plena al clérigo la opción por el celibato que abrazó o cambiar al estado matrimonial.
No parece lógico que impongan su voluntad los ancianos ni los que tienen el don de la virginidad. Es verdad que a éstos últimos alienta el pertenecer a un cuerpo de célibes. Ciertamente estimula vivir la virginidad dentro de un grupo de vírgenes. María ¿no estará reñida esta postura con la verdadera caridad que exige no dominar al prójimo privándole de su libertad? Si estamos abogando por el pluralismo y respeto a las ideas de los demás, ¿por qué no admitimos un pluralismo de opciones para vivir nuestra relación con Dios, con el prójimo, con la Iglesia, con el sacerdocio?
El celibato puede resultar más llevadero en el entorno de comunidades religiosas. Allí se sentirán los hermanos en unión. Si verán libres de todos los problemas familiares, que tanto desvirtúan la entrega a la virginidad. De hecho muchos célibes soportan las cargas de una familia y no disfrutan de compensaciones.
El clero secular debiera vivir en grupos bajo un mismo techo. Así cada uno se dará cuenta de que no es el único célibe de este mundo. Existe de este moda la fuerza de un cuerpo constituido en el que mutuamente se animan sus miembros.
El mensaje del Evangelio, las cartas de San Pablo, nos hablan del hombre libre. ¿En qué parte del Nuevo Testamento se ofrece la idea de votos que obliguen hasta el fin de la vida? ¿No dice más bien Jesús que no impongamos a nadie cargas insoportables, cargas que tal vez nosotros no podamos cumplir?
Es hora de que revisemos con valentía , con las mismas entrañas de Cristo, todas las leyes de la Iglesia, de tal forma que sean ayuda en el camino y no obstáculo insuperable.
Jesucristo nada impuso: "El que pueda asumirlo, lo asuma". Aparece claro el deseo del Maestro: que haya vírgenes en el seno de la Iglesia. Pablo asó lo interpretaba y creó comunidades que vivían el celibato. Mas en cualquier momento podían contraer matrimonio, si así lo deseaban. No se trataba necesariamente de un compromiso de por vida.
Millones de personas piensan que pueden seguir la soltería consagrada como norma de vida. "Piensan que pueden seguir", mas ¿lo pueden en realidad? El "que puede asumirlo" del Evangelio es un presente de indicativo, ahora. Pero hay circunstancias a lo largo de la vida en que muchos "no pueden". La Iglesia con retraso de varios siglos ha reconocido esto, y concede la dispensa para el matrimonio a los clérigos, pero pregunto: ¿No estaba ya concedida la dispensa por el mismo Cristo?
¿Cómo se ha llegado a la actual legislación celibataria? El hombre es idealista. Por afán de perfección puede marchar más lejos que la voluntad de Jesucristo. Da la impresión de que deseamos ser más cristianos que Cristo. De que el Maestro quiera la virginidad en el mundo como un hecho, se ha creado el estado del actual derecho. No parece correcto. Hemos ido demasiado lejos. ¿Cabe comprometerse de por vida para algo heroico? ¿No será tentar a Dios?
"El que pone la mano en el arado y echa la vista atrás no es digno de mí", dice el Señor. Parece que el significado de estas palabras no pueden referirse a una determinación concreta, sino más bien de seguirle y vivir como cristiano?
Un consejo no se puede imponer, precisamente por su misma definición. Nadie se puede comprometer a practicarlo con obligatoriedad de conciencia. Así me parece a mí. Podrá cada uno esforzase, intentar cumplirlo, mas nunca se le podrá echar en cara el no haberlo conseguido.
Resulta incoherente con el dogma privar del uso de un sacramento por no seguir un consejo. Esto se hace con el sacramento del Orden: a quien se le "dispensa" de cumplir el consejo de celibato, se le obliga a no usar el sacramento del Orden. ¿Quién puede entender esto en lógica de la dogmática cristiana?
Es necesario fomentar al virginidad como signo del Reino de los Cielos, pero sin imponerla a nadie. Crearla como institución irreversible no parece muy acorde con el sentir de Jesús. El cristiano que se siente con la gracia de lo Alto procurará según sus fuerzas vivir este maravilloso don y ser pionero de la caridad en la dedicación total al amor.
No quiere decir que la Iglesia esté en el error. No es cuestión de verdad o no verdad, sino de praxis, de ortopraxis, de práctica coherente con la fe. Si hoy nadie admite los métodos inquisitoriales como legítimos, probablemente en un futuro próximo tampoco se admitirán los métodos actuales de imponer la virginidad al estamento sacerdotal.
José María Lorenzo Amelibia. Noviembre 1989
33.- CACIQUES DEMÓCRATAS
Abundan como el polvo de los caminos en verano. La figura clásica del cacique está en vías de extinción. La democracia barre del mapa – por supuesto en apariencia – los reductos de la dictadura. El dominador ha de replegarse a la intimidad de la familia, a las asociaciones de todo tipo, a los contubernios partidistas. A veces son descubiertos y desenmascarados. Otras, campan por sus respetos – eso sí – siempre con el espectro del voto en la mano, dominado por su irresistible caciquismo. ¿Ha caído el dictador? Sólo en apariencia.
A veces el dictador es un colectivo; no una persona singular. Los decretos y mandatos asamblearios decisorios y vinculantes, son mordaza férrea que a los díscolos se les coloca con la fuerza aplastante de la mayoría. En nuestra sociedad, a cualquier toma de postura debe preceder siempre un encuentro. ¡El colmo! Conozco un caso en que se convocó una reunión para decidir si había que hacer otra y qué día. Por supuesto, la segunda era la importante.
En estos encuentros aparece casi siempre una nueva figura: el cacique sofisticado y disimulado. Para descubrirlo, lo mejor es observar con indiferencia, sin poner la carne en el asador sea cual fuere el asunto a tratar. El nuevo cacique habla, habla, habla. A veces con mesura, como pidiendo perdón de tanto hablar, pero siempre llevando el agua a su molino. Se cree el mago de la palabra. Su verbo ha de calar en todos. Su dialéctica demagógica halaga a muchos. Pronto se constituye en líder del grupo, ante el pasmo de una minoría que desde ese momento deberá plegar velas, si desea la paz propia.
Este nuevo cacique es audaz, posee reflejos rápidos, ingenio, agilidad mental. Para todo tiene respuesta; nada ignora. En un sistema absolutista hubiera tenido que cambiar de táctica, aunque como político nato, también podía haber escalado altas cumbres. Absorbe la conversación y posee la destreza para encauzarla en el sentido que él desea. Milita tanto en partidos de izquierda como de derecha. Por lo general no se exalta al hacer afirmaciones muy audaces o revolucionarias. Apoyado por la mayoría, que en silencio le escucha y alienta con monosílabos, domina el ambiente de modo más absoluto que los caciques pretéritos. Difiere de ellos en los métodos. Su espíritu es el mismo: mangonear. Consigue que triunfen por caminos indirectos sus decisiones e incluso su filosofía. Ha logrado el prestigio. Es "alguien", es una persona importante. En realidad, un cacique diplomático y democrático.
La minoría silenciosa sufre y lo soporta. No quiere enfrentare con la mayoría. Teme que las "metralletas" puedan hacer de las suyas.
Existe la masa a todos los niveles: una masa amorfa compuesta de muchas individualidades concretas. Se distingue por no querer complicares la vida. es mucho más fácil seguir la corriente. El líder, cacique moderno, lo sabe muy bien, aunque parece ignorar que el péndulo puede oscilar después de un tiempo en la dirección contraria. Se expone mucho. En este sentido hay que reconocerle buena dosis de valentía. Si su talento es grande, sabrá acomodarse a situaciones venideras sin riesgo para su persona. Muchos van incrustados en el péndulo oscilante y se sienten seguros en todos los movimientos. Parecen descendientes de Fouché.
La libertad. Este don maravilloso del hombre siempre se encuentra en crisis. La coacción moral impide el ejercicio de las facultades más nobles de la persona. Los caciques modernos, bajo apariencias democráticas, coaccionan a los compañeros. La convivencia con ellos resulta tan molesta como con los dictadores de antaño. Y es que l auténtica democracia ha de desarrollarse en el respeto total y sincero. No se trata de imponer nada, de aplastar al adversario haciéndole pasar por el aro, fuera de casos muy concretos necesarios para el bien común o el respeto de la libertad de los demás.
¿Qué diferencia entre el capricho del señor anacrónico y la de las masas movidas por el demagogo? Todo es malo. Por nada apuesto. Pero a la hora de elegir pienso que es menos malo el primer caso. Se puede huir más fácilmente del tirano solitario, rodeado de unos pocos esbirros, que de una multitud electrizada por el verbo áspero del barraquero con aires de demócrata.
Afán de protagonismo. Deseo de hacerse notar. Casi siempre el líder político está impulsado por estos motivos. En el mejor de los casos es un hombre idealista. Rechazará los métodos inquisitoriales de la Iglesia y del estado de siglos pretéritos, y él mismo está cayendo, adornado de guante blanco, en parecidos métodos.
A través de sus ideas conseguirá el líder la gloria. Enarbolará el estandarte de la libertad, pero habrá que entenderla a la manera de ellos. "Cueste lo que cueste, se ha de conseguir", será el lema. ¡Libertad!, palabra mágica. Nunca se ha hablado de ella más que ahora y tal vez casi nunca se ha disfrutado menos.
¡Libertad! Pero me pregunto: ¿Es que ha de tener el mismo derecho de expresión el bien que el mal? ¿Ha de disponer de las mismas facilidades el hombre que purifica el ambiente turbio y el hombre que suelta el escape de cloacas venenosas? Y dirán algunos: es que no existen verdades objetivas. Sofisma claro tras el que se puede esconder el deseo de negar la misma evidencia. Una verdad no existe, dirán, hasta que no es captada como tal por el entendimiento. De acuerdo. Pero existen realidades objetivas y si la mente no se conforma con ellas se encuentra en la mentira o en error craso.
Los comunistas hablan de "dictadura democrática". En esto les doy la razón. La panacea que se nos ha calado tras largos años de inquieta espera, toma en nuestra sociedad visos de una dictadura de tan funestas consecuencias o mayores que otras de signos derechistas. Disfrutan de libertad los que se sienten respaldados por el terror hacia terceros. Los demás aguantan esperando tiempo mejores.
José María Lorenzo Amelibia. 14 de Febrero de 1980