MIGUEL ÁNGEL, CURA BUENO DE OLITE

Semblanza sacerdotal de

Don Miguel Ángel Pérez de Zabalza Senosiáin

Por Josemari Lorenzo Amelibia

 

El carisma del sacerdote Miguel Ángel Pérez de Zabalza ha sido querer a todos de una manera especial: como a padre o madre, como a hijos, como a hermanos, como a amigos los más íntimos. Ése ha sido su carisma nada común.

I

LOS COMIENZOS

Nació Miguel Ángel el 29 de septiembre de 1931 en Estella. Era hijo de Cándido y Felisa. Yo lo conocí a mis diez años. Después, al ingresar yo en el Seminario de Pamplona, fui compañero suyo. Desde entonces le traté más: todos apreciábamos en él un seminarista bueno a carta cabal: cumplía perfectamente el reglamento, y su vida de piedad era sincera desde los primeros años. En los recreos se dedicaba a estudiar piano. La afición se la infundió su padre, Don Cándido.

¡Don Cándido! Lamento no tener muchos datos de él. Pero lo recuerdo como un hombre santo. Era en Estella director del Banco Español de Crédito. En su trabajo miraba por los clientes con sumo interés. Se desvivía por hacer el bien a todos, sobre todo a los más necesitados. Era de una piedad exquisita; llamaba la atención. Practicaba los Ejercicios Espirituales en completo retiro casi todos los años. Tenía fama de santo. Quedó viudo a los 44 años y no volvió a casarse. Su ilusión era atender a sus tres hijas y al hijo, Miguel Ángel. Fue un educador lleno de ternura, religiosidad y firmeza. Aquella familia era una auténtica iglesia doméstica, donde se iban asimilando las virtudes cristianas. "Os voy a hacer a cada uno de vosotros un pequeño regalo" - les dice a sus cuatro hijos aquel padre bueno -. Y les entregó sendos libros "Camino sencillo y el más corto para hacerse santo", escrito por Juan Mas, presbítero. Allí estaba la teoría de la virtud. La práctica la vivían día a día en la misma casa.

Su Ilusión, El Sacerdocio

Pero seguimos con Miguel Ángel. De niño y joven su ilusión era el sacerdocio. Gustaba ponerse, en sus años de infancia, la casulla y el manípulo que un tío suyo le regaló a su medida. Decía en muchas ocasiones, después de "revestirse": "Ahora voy a celebrar Misa"... Yo le trataba mucho en las vacaciones: era piadoso, amigo del deporte, sobre todo la natación. Jamás fue estridente en ningún sentido, ni le gustaba mandar a los más pequeños. Puntualmente aparecía todas las mañanas en el coro de la iglesia de San Juan, con sus dos libros debajo del brazo: el misal y las "Meditaciones del padre Garzón" o de "Horas de Luz". Y allí permanecía una hora entera con sus compañeros seminaristas procurando la amistad con Aquél que, de hecho, ha sido la alegría de su juventud y de su madurez sacerdotal. Eso sí, a todos los menores nos trataba con especial delicadeza y atención. Con nuestro amigo era frecuente la conversación sobre el día en que llegaran ya las primeras órdenes. Disfrutó mucho cuando vistió la sotana por primera vez. Se estaba acercando la gran ilusión de su vida.

Yo siempre lo recuerdo como un seminarista bueno, sencillo, amigo de todos, también de los que éramos menores que él. Entre grupos de estudiantes solía ser frecuente que los mayores desdeñaran un poco a los pequeños. Miguel Ángel siempre nos acogía con cariño. Lo veíamos muy vocacionado al sacerdocio y a la vez nada mojigato; muy normal. Desde niño y adolescente tenía un corazón de oro, y a la vez, grande e inmenso como el firmamento, y profundo como las badinas de aquellos ríos que visitábamos en los veranos calurosos de Estella. Pasó las vacaciones de su juventud entre la oración, las melodías del piano de su casa, y los ratos de solaz practicando la natación en aquellos ríos limpios de los años cuarenta y cincuenta. Todo transcurría con normalidad en nuestro seminarista. Vivió en pureza y santidad en aquella familia buena, cuya madre estaba ya en el Cielo.

Una catequista, muchos años más tarde, decía: "He tenido la suerte de conocer a Miguel Ángel. Creo que su vocación sacerdotal la sentía ya desde el vientre de su madre. En el pensamiento de Dios existía desde siempre. Creo que no podía ser más que lo que era, sacerdote. Lo llevaba dentro". Sin formularlo de esta manera, todos cuantos fuimos amigos y compañeros de él, estábamos en esta convicción. Jamás entró en sus cálculos dudar de su vocación. De él se podrá decir: "Siempre sacerdote; en todo, sacerdote".

¡Y llegó el día soñado! Fue ordenado en Pamplona el 26 de junio de 1955, sin cumplir los 24 años. Su primera Misa, de un fervor extraordinario. Tuve después la suerte de recibir de él la primera absolución. Yo le veía en aquellos días todo centrado en Dios. Y es natural. ¿Qué sacerdote no tiene gran fervor durante los primeros meses de su ministerio? Y con esa misma ilusión le he visto a Miguel Ángel diez, veinte y treinta años después de ordenarse, y cuando se acercaban sus bodas de oro sacerdotales, al final de su existencia terrena. Esto ya es un don de Dios y un gran mérito por su parte al saber acoger y fomentar tal beneficio.

Estuvo en Estella varias semanas como de vacaciones, pero en realidad se unió al celoso párroco don Miguel Sola, con quien aprendió el trato con las almas. Así lo afirma Miguel Ángel: : "Me ofreció, en aquellas pequeñas vacaciones anteriores al primer destino, un confesonario que había frente al suyo. Me hacía ver la importancia de sentarse en el tribunal de la penitencia. Luego me preguntaba qué tal me había ido; - por supuesto nada relativo al sigilo sino sobre mi estado de ánimo -; para que tomara afición a este santo ministerio. Cuando venía del pueblo a pasar unos días a casa, siempre se interesaba por mi apostolado y cómo me encontraba". Con tan buen maestro, tomó nuestro sacerdote afición al confesonario desde los primeros momentos de su ministerio.

II

EN OLITE

 

Recién ordenado, llega a Olite. Organista, Capellán, Coadjutor, Párroco y 12 años como Arcipreste. Total, 41 años en Olite. ¡Se dice pronto! Es difícil permanecer en un pueblo tantos años sin crear ningún problema entre la gente. Miguel Ángel es uno de esos sacerdotes que lo consiguió. Era un santo, sin ademanes raros, con suma sencillez. Ni él mismo se daba cuenta de que lo era, pero sí muchos feligreses que lo observaban. Hay personas que se hacen querer de todos; tienen un carisma especial difícil de definir. Tal vez sea una mezcla de bondad, sencillez, acogida, sinceridad... De estas personas era Miguel Ángel Pérez de Zabalza, el cura de Olite durante cuarenta años largos, el seminarista bueno de Estella

Los primeros años de Olite ni siquiera fue coadjutor, pero trabajó mucho con la Acción Católica. Era capellán del Colegio del Santo Ángel y ayudaba en la parroquia. Daba clases de latín, música y religión. Las antiguas alumnas, hoy ya personas mayores, guardan un recuerdo imborrable de él. Nos hemos puesto en contacto con una señora, madre de familia, hoy residente en Badajoz y nos decía: "Para mí Miguel Ángel ha sido siempre como un padre. Desde muy niña, así lo empecé a considerar y sentir en mi internado en el colegio del Santo Ángel de Olite, cuando estaba lejos de los míos. Nunca hemos perdido después la amistad con él, tanto mi marido y mis hijos como yo. Todos los años le hemos visitado en tiempo de vacaciones. ¡Cuánto bien nos hizo y qué buenos momentos recuerdo! Y es que nuestro querido sacerdote supo ganarse el aprecio de todos, desde los primeros días en que se hizo uno más en Olite".

Jesús Tanco rememora con cariño el inicio apostólico de nuestro amigo: " Recuerdo a don Miguel Ángel, joven y apuesto, recién llegado a mi pueblo como coadjutor de Santa María y capellán del colegio del Santo Ángel de la Guarda. Era un sacerdote dinámico que irradiaba bondad y además, dominaba la música sacra potenciando el culto, el canto y la participación de los fieles. Cantó en el Orfeón Olitense, agrupación coral que a todos los paisanos nos ha llenado de orgullo por sus éxitos en actuaciones importantes".

De Coadjutor A Párroco

No suele ser fácil en una parroquia pasar de coadjutor a regir la misma en funciones de párroco. Para Miguel Ángel resultó sencillo, porque no tuvo que hacer ningún esfuerzo para acomodarse. Así nos lo contaba:: "Llevaba yo en Olite varios años de coadjutor en Santa María; mi párroco don Julio Berdún estaba delicado de salud y era mayor. Un día bajó de Pamplona el vicario general, don Miguel Sola, mi antiguo párroco de Estella, y nos reunimos los tres. Hablamos con calma y en clima de amistad. Allí pareció que lo conveniente era darle el descanso a don Julio y que yo me encargara como párroco de aquella feligresía. Todos quedamos contentos; a mi antiguo "jefe" le resultó más suave dejar la parroquia en mis manos. ¡Qué bueno es hacer las cosas con tanta humanidad, aunque se invierta más tiempo!"

Martín, un feligrés de Santa María, nos dice de Miguel Ángel: "Se entendía muy bien con don Julio Berdún, el párroco a quien sucedió. Todos sabemos que don Julio tenía un carácter fuerte, pero jamás hubo un roce entre ellos. ¿Qué diría yo de Miguel Ángel? ¡Siempre era positivo y en todo! Su carácter, su delicadeza, su sencillez, su humildad, su alegría... Su fortaleza era fruto de la fe que tenía. Casi todos los días hablábamos de él en casa. Nos resultaba familiar, como uno de nosotros, como las campanas suaves del día a día".

Quería A Todos

A Miguel Ángel le salía del alma querer a todos. Era connatural a su persona. Cualquier feligrés que con él trataba se daba cuenta enseguida de su bondad, del hechizo de su trato; se estaba a gusto con él. Porque su amabilidad no era forzada; no era fruto de un propósito anterior, sino que le salía de dentro. Así expresaba una feligresa a las hermanas del cura, cuando el Señor le llamó: "Os agradecemos por vuestro hermano que tanto hizo por nosotros, por mí misma, por mis padres y por toda la familia. Todos juntos demos gracias a Dios por él". Otro decía: "Es un cura santo, muy santo. El que más me ha ayudado. Era igual para los ricos que para los pobres. Está vivo en mi corazón. ¡Cómo sabía escucharme y con cuánto interés me atendía". Y así era con todos". A todos hablaba con cariño y hablaba con cariño de todos. Nunca se le oía criticar. Si de alguien, en alguna ocasión, no podía hablar bien, callaba.

"Tenía Miguel Ángel un "algo" distinto, no fácil de definir. Era un gran hombre y parecía pequeño por su sencillez, como de casa. Nada vulgar; muy digno, pero acogedor y amable con todos. A todos quería. No sé cómo el Señor se puede llevar a sacerdotes de tanta valía, aunque también hacen falta sacerdotes santos en el Cielo" - decía un feligrés a sus hermanas cuando se enteró de su fallecimiento. Y es que, como tenía siempre su mirada puesta en Jesucristo, su persona trascendía.

María Antonia es una señora que en los últimos años de la vida de nuestro sacerdote estuvo ayudando a la familia en las tareas del hogar. Y afirma sin titubeos: "Veo en él una persona entrañable, de una bondad infinita. Basta mirarle a los ojos para sentir paz y confianza. También un sufrimiento difícil de apreciar, llevado muy en silencio. Sólo si uno es muy observador se puede percatar de ese sufrimiento. Tenía una sonrisa bonita y cariñosa. Su amabilidad era grande para el bien de las personas".

Era Querido De Todos.

"Su facilidad de trato, su bondad natural, sus cualidades musicales, su humildad y sencillez le harán ser una persona accesible a todos: mayores, jóvenes y niños. Junto a este padre y pastor se estaba a gusto, como en casa, como con el amigo más íntimo. Cariñoso con todos y de una manera muy normal. Acogedor. Sabía entregarse a grandes y a pequeños, pero de una manera especial a los necesitados. Daba mucho, Miguel Ángel, pero siempre sin humillar. Lo había aprendido de su santo padre Don Cándido. Solía comentar algunas veces en la intimidad que es mucho mayor el gozo que se experimenta en dar que en recibir". Cuando se despedía de la parroquia en al año 1996, le decía en público un vecino insigne de Olite: "Todos estamos en deuda contigo. Que sigas así. Que Cristo no permita el cansancio de los buenos. - Y Miguel Ángel fue bueno hasta su muerte. - Fuiste coadjutor y luego párroco. Pero no se te veneraba por el cargo, sino por tu manera de ser y de actuar". El sentir del pueblo era unánime: de cariño y gratitud hacia aquel cura sin par. Por eso, cuando hubo de dejar la parroquia, la gente siguió contando con él, queriéndole, era un vecino del pueblo, un hijo del pueblo, como hermano de todos y de cada uno.

La señora Rosario es una persona mayor, madre de familia. Recuerda a Miguel Ángel como a un hijo además de párroco venerable. Nos habla de él con mucho cariño: "Para mí era como un hijo. Me solía decir: "¡Rosario, cuánto te quiero!" y me hacía una caricia en la cara, como mis hijos. No ha habido otro igual que él". Éste era el modo de ser de nuestro cura. En el gesto que nos cuenta la señora Rosario se encierra como una definición de nuestro sacerdote lleno de ternura para todos. Su ilusión y su misma vida, tratar y de querer a todos las personas. Junto a su dignidad sacerdotal - todo el mundo lo veía como un buen y santo sacerdote - el cariño de padre y de amigo, de hijo y hermano. Era de lo más agradable y digna su forma de ser. Como el Papa cuando acaricia a los niños. Como Jesús con la gente.

"Ha marcado mi vida - decía otro feligrés -. He tenido la suerte de conocer y de hablar con un santo". Y una señora anciana decía de él: "Era un hombre extraordinario. Todo un caballero. Tenía una sonrisa permanente. ¡Y encima cura! No me he casado porque no he encontrado un hombre así". Y otro: "Estas personas no se pueden olvidar nunca. Tan pronto le conocí, me escuchó y ayudó. Es un sendero de luz; y no sólo para mí, sino para cuantos le han conocido y tratado". "Miguel Ángel quería y se dejaba querer" - afirma una persona de Olite -. Por eso tenía un corazón tan grande".

 

"El Único Que No Le Querría Sería El Diablo"

"Miguel Ángel era uno del pueblo; todo el mundo le quería. El único que no le querría sería el demonio" - afirma el sacerdote Julián Ayesa, hijo de Olite, que fue al seminario guiado por este párroco bueno -. Se había involucrado del todo en la ciudad, pero aunque lo veían como uno más, siempre se le miraba como sacerdote a quien acudir, de quien recibir consejo".

Y añade Ayesa: "Era nuestro párroco como una balsa de aceite; sereno, ecuánime, sin agitación. Me tocó vivir en el Seminario aquellos cambios fuertes posconciliares. He de dar gracias Dios de que me cupiera en suerte un párroco de esta talla, muy espiritual y sereno. Él no se asustaba y me alentaba: "las aguas volverán a sus cauces" - me decía -. Infundía paz y a la vez seguridad en la verdad". Jamás dirigió sus miradas hacia ciertas teorías, llamémoslas "avanzadas". "Era un padre para nosotros los seminaristas. En realidad era un padre para todos. Todos iban a tratar con él las cosas de importancia, las preocupantes y las alegres. En medio de todas las crisis posconciliares continuó viviendo una vida interior auténtica".

Y continúa Julián Ayesa: "Me estaría media hora diciendo "era bueno, bueno, bueno, a carta cabal". Esa palabra lo define. No tenía hiel. Era pan blanco y tierno. Se dejaba "comer". Algunos afirmaban que se pasaba de bueno, pero todos lo respetaban y admiraban por eso mismo. Porque no es corriente ser tan bueno. Los compañeros de su curso también admiraban su bondad. "Jamás criticará de nadie", decían. Humilde, bueno y piadoso. Daba la impresión, cuando hablabas con Miguel Ángel, de que te consideraba por encima de él. Y nunca se le veía enfadado o con mala cara. Por eso nos gustaba estar con este sacerdote bueno. Era imposible ser enemigo suyo. Todas las casas las tenía abiertas, y la suya a la vez estaba abierta para todos".

"Nadie diría que era santo. Para nuestro párroco este apelativo hubiera sido poco, dentro del pueblo. Era BUENO, como mi padre es bueno, como es bueno mi mejor amigo. Porque era pura identificación con los problemas de cada uno. Sintonizaba con todos, vivía los problemas individuales y colectivos. Era para nosotros tan familiar, y a la vez de tanto respeto, como la hoja de calendario de cada día. Su vida ha dejado huella en Olite y también su muerte".

 

Su Acción Pastoral

Años entrañables de actividades musicales, catequesis, charlas, reuniones, cursillos, romerías a Ujué, atención a religiosas, ejercicios... siempre al servicio de todos, gozando en todas las actividades, porque nunca le asediaba la rutina. Podíamos parafrasear cada una de estas palabras y dedicarles varias páginas. Pero no lo veo necesario. Quien conoce las actividades de cualquier párroco bueno, se imagina todo. Era su vida diaria. Participaba con ilusión en todas iniciativas que veía útiles para aumentar el amor al Señor en los feligreses. Nada dejaba a la improvisación. Ponía alma y corazón en todas sus actuaciones. A todo atendía; a todo llegaba; pero nunca se le veía agitado ni con prisas. Sacaba fuerza de sus ratos de oración personal.

Dice de Miguel Ángel Jesús Tanco: "Su sentido eclesial y su corazón grande le llevaron, por ejemplo, a abrir puertas y colaborar positivamente en su actividad a movimientos de Acción Católica como la JARC en tiempos conciliares, al Opus Dei cuando no era habitual que encontrara facilidades parroquiales, al movimiento neocatecumenal que mimó y al que se dedico hasta su muerte con todas las energías. En las parroquias donde ha ejercido su ministerio cuidaba todos los detalles de colaboración de los feligreses, el culto de las fiestas principales, las cofradías, procesiones, funciones y romerías, preparaba minuciosamente sus homilías. Era un hombre esencialmente conciliador y generoso, bueno en el sentido estricto de la palabra".

Buen Consejero

Todo el mundo veía a Miguel ángel como el mejor consejero, lleno de prudencia y bondad, y lleno de cariño y amor para orientar a todos hacia lo mejor para ellos, en el orden espiritual y humano. Yo creo que el Espíritu Santo había derramado en él, el día de su ordenación, de una manera generosa el don de consejo. Rara será la persona que no escuchó en más de una ocasión su orientación de padre bueno, de amigo fiel. Martín, el señor de Olite que más tarde nos ofrecerá su testimonio sobre la música y nuestro párroco, nos confiesa: "Era un gran consejero. En momentos difíciles me recomendaba esto que me parece muy eficaz: "No te preocupes. Cuando vayas a dormir, ponte en la presencia de Dios y dile: Guárdame, cobíjame, me pongo en tus manos..." Y qué pronto se disipaban los pensamientos negativos y venía el sueño para reparar toda preocupación". Quien ha conocido a este cura bueno estoy seguro que al recordar estas cosas evocará su memoria con gozo, añoranza y agradecimiento. Miguel Ángel, de verdad, es irrepetible.

Una Comunidad De Kikos

Gran parte de su ministerio sacerdotal fueron también las Comunidades de "Kikos", los Neocatecumenales, a las que atendió con especial ilusión y con las que se identificó. Él fue quien introdujo en la parroquia esta comunidad. Yo diría que allí es donde con gusto depositaba toda su inmensa interioridad espiritual. Era su verdadero carisma; donde más sacerdote se sentía, más hombre de Dios porque allí podía desahogar toda su fe que era mucha, toda su esperanza y todo su amor a Dios. Esta comunidad la estableció ya para el año 1975. En enero del 2000 celebraron las bodas de plata. Vivía a fondo lo que allí se explicaba, se enseñaba y comentaba. Nuestro sacerdote hizo subir el nivel espiritual de los neocatecumenales, y a la vez el grupo, en perfecta simbiosis con él, le hizo también ascender en vida interior. Era como una conversión constante al amor divino y al servicio del prójimo. Si hasta entonces era su espiritualidad la faceta más importante de su vida, desde el momento en que dirigió a los kikos, daba la impresión de que vivía únicamente para el espíritu. "Los que habéis resucitado con Cristo buscad las cosas de arriba; gustad de las cosas de arriba; no las de la tierra". Este parecía que era su lema, y que precisamente en la Vigilia Pascual lo meditaban, lo saboreaban, lo aspiraban todos.

Esta pequeña comunidad produjo frutos abundantes entre la feligresía, y no faltaron las vocaciones. Se preocupaba nuestro párroco por todas y cada una de aquellas almas, para que se santificaran más, porque sabía que de la santidad de unos pocos depende la salvación de muchos.

María Elena, religiosa clarisa que salió del neocatecumenado decía: "Gracias. Te has preocupado por mí con tus desvelos, atenciones, ayuda espiritual, cercanía, cariño y oración". Y lo que hacía por esta religiosa lo realizaba con todos los feligreses, porque para él no había acepción de personas.

¡"Amor, cariño, sencillez"!

Son palabras que todo el mundo pronuncia cuando se refiere a Don Miguel Ángel. Este sacerdote fue célibe, como todos. Pero mientras a muchos les puede costar esta peculiaridad del sacerdocio católico de no desposarse con una mujer, personas como nuestro amigo, lograron llevarlo con garbo, con elegancia, porque supieron amar a todos con ternura, con cariño, como amaba Jesús a Magdalena, a los niños que se le acercaban, a los pobres y enfermos. ¡A todos!

Amaba La Música, Sentía La Música

Nuestro sacerdote amaba la música, sentía la música, vivía la música. Para él el canto popular, el órgano, la polifonía, el gregoriano eran instrumentos de elevación hacia Dios y elementos muy importantes en su acción pastoral. Desde muy niño vivió enfrascado en la música, al igual que sus tres hermanas. Su padre, don Cándido, se preocupó de que sus cuatro hijos aprendieran solfeo desde la más temprana edad. El piano era un "miembro" más de la familia y nunca fue un trasto olvidado. Aun hoy, después de tantos años, aquel instrumento músico permanece en la casa paterna y no como una reliquia llena de polvo; es algo vivo, no sólo un recuerdo sino como una voz melodiosa que don Cándido y Miguel Ángel envían a sus hijas y hermanas desde el Cielo. Desde los comienzos de su apostolado en Olite comprendió este sacerdote que en su quehacer diario la música iba a ser una dulce La gente de Olite veía a su párroco con esta alegría sencilla y acogedora, por eso calaba su predicación en las almas, porque la gracia de Dios habitaba en él con paz y gozo que contagiaban. Y muchas veces lo expresaba en su predicación.

Entre las melodías que tocaba nuestro Miguel Ángel en casa, hay una dedicada a la Virgen que la repetía con frecuencia, y eleva el alma con perfumes de Cielo:

Madre mía que e estás en el Cielo,

Envía consuelos a mi corazón.
Cuando triste y llorando te llame,

Tu mano derrame feliz bendición.

Martín, un señor de Olite muy sensible a la música, nos recuerda: "Con cuánta ilusión e interés nos convocaba Miguel Ángel para preparar los cantos litúrgicos. Recuerdo la Misa pastorela de Navidad, la de Busca Sagastizábal que él nos enseñó. Todos los años se cantaba en la Misa de Nochebuena, en la Parroquia de Santa María". Aquella melodía emocionaba a todo el pueblo. Se entonaba con fervor. Era hermoso ver a nuestro párroco allí, presidiendo la Eucaristía, entonar el "Gloria", y la gente al unísono cantar la alabanza de los ángeles a Jesús que nace en Belén. Y añade Martín: "Aprendimos con él decenas y tal vez algún centenar de canciones religiosas. Siempre recordaré el fervor con que íbamos a comulgar entonando: "Señor Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la Tierra, en toda la Tierra..." Ha sido un regalo en nuestras vidas. Nos ha dejado un reguero de ilusión espiritual, de afán de perseverancia en la fe. Si hablo mucho, me lleno de emoción".

Fomentó Y Cuidó Las Vocaciones

En sus años de pastoreo espiritual por Olite, fueron numerosas las vocaciones de sacerdotes y almas consagradas. Sabía fomentarlas nuestro párroco y después cuidarlas con mimo. Se conservan al respecto algunos apuntes de pláticas y cartas.

Alentaba a una religiosa con ideas que él mismo vivía y procuraba practicar: "El sacrificio es muy importante en nuestra vida interior. Eso todos lo sabemos. Lo que parece que ignoramos es por qué hemos de hacer del sacrificio el eje de nuestra vida".

 

Y a otra religiosa: "Si Jesús quiere derramar el aceite y el vino sobre las llagas abiertas de la Humanidad, ha de haber hospitales y casas con monjas enfermeras; si quiere reunir el rebaño perdido ha de haber buenas monjas pastoras que lo conduzcan al redil". "Ten confianza, no estás sola, tú puedes representar tu papel perfectamente, o Dios no es Dios".

Pronunciaba en una profesión de religiosa: "Rezando y trabajando, con los pies bien asentados sobre la tierra, con el corazón y el pensamiento puestos en Cristo, puedes muy bien llegar a ser santa. La Virgen María sacaba agua, lavaba, zurcía, remendaba, barría, fregaba, iba al mercado, hacía la comida y las camas, igual que tu madre y la de todos. Vivió la vida corriente de las gentes sencillas. Esta es la gran lección de Nazaret. No niego que algunos santos hayan sido extraordinarios, pero insisto en que la santidad no está en lo extraordinario".

Gustaba Miguel Ángel de releer con frecuencia las obras del trapense M. Raymond. En ellas se apoyaba para sus meditaciones y para dar consejos tanto a gente sencilla del pueblo como a religiosas o sacerdotes. Los libros de espiritualidad eran alimento para su alma hambrienta y sedienta de Dios.

Vivía Identificado Con Olite

Miguel Ángel vivía identificado con Olite. Allí maduró sacerdotalmente. Allí fue desgranando minuto a minuto toda su existencia de líder religioso. Su gusto hubiera sido permanecer aquí hasta que el Señor le llamara. Ha dejado en Olite su vida y ha marcado una huella muy profunda en esta muy bella ciudad. "Nos robaba el corazón: - nos recuerda Julián Ayesa -: "Ven a comer a mi casa hoy". - "No puede ser hoy, imposible. Otro día será". Todas las puertas estaban abiertas para él. Daba cariño total y recibía amor a toneladas, porque todos le querían. También los compañeros sacerdotes, tanto los hijos del pueblo como los que junto a él trabajaban en la misma localidad.

Quería sí, a Estella que le vio nacer y crecer; siempre marchaba a su ciudad con amor y se encontraba con sus paisanos en sencillez y cariño. Acudía entones a su parroquia de San Juan, la de sus fervores de seminarista, y visitaba a la Virgen del Puy, pero su lugar era Olite. Él ya era de Olite, se sentía hijo de Olite.

Fue Imprescindible

Era todo para Olite, todo de Olite, una institución imprescindible, como el aire que se respira, el hombre de todos, el sacerdote de todos, la persona en quien se confía, a quien se acude en momentos buenos y malos, a quien siempre se le encuentra. "Nos perteneces - le decía el Alcalde en el momento de la despedida - 41 años son muchos años y siempre hemos estado contentos contigo, por tu carácter sencillo, amable y dialogante. En las etapas conflictivas de transformación has sido siempre el mismo, amable, amigo de todos. Has dejado aquí toda tu vida. No podemos decirte adiós, sino ¡hasta luego!"

"Cuando estaba en Estella le llamaban mucho por teléfono, se veía cuánto le querían, - afirman sus hermanas -. Nosotras siempre estábamos en contacto con él. Todos los días le llamábamos. Pero se debía a su parroquia".

Catequesis Y Niños

Cuidaba con mimo la catequesis. Era muy consciente de que la época de la infancia y niñez es la más apta para depositar allí la semilla de la fe. Se ocupaba de preparar bien a quienes habían de impartir la docencia cristiana. En los días finales de su vida solía decir: "He vivido feliz mi sacerdocio". "Ofrezco todos mis dolores por la catequesis".

Gozaba nuestro sacerdote en la catequesis infantil. Era algo así como la niña de sus ojos. Disfrutaba con los chavales, con su espontaneidad, con su alegría e inocencia. Pensaba y obraba como Jesús: "Dejad que los niños vengan a mí, porque de ellos es el Reino de los Cielos".

Las jornadas de primeras comuniones las preparaba y vivía con gran ilusión. Hablaba a los pequeños con calor. Su prédica era una especie de testamento de amor para que la recordaran durante toda su vida, para que fueran conscientes de lo que estaban haciendo, de lo bueno que es Jesús con ellos y también con los mayores, porque nos visita, entra dentro de nosotros mismos y es nuestro alimento y compañía.

Disfrutaba también mucho con la ofrenda floral de los pequeños que se hace un día de la novena del Cristo. Conservamos unos apuntes de Miguel Ángel que leyó en al año 1994 a aquel grupo nutrido de niños y niñas de Olite, en el momento de la entrega de sus flores al Cristo querido. Les decía con ilusión que ellos eran lo más bonito de Olite, que eran como flores, que eran los primeros. Y les exhortaba a que amaran siempre a Jesús.

Los Días De Ujué

El pueblo de Ujué está situado en una elevación de terreno, a gran altura sobre las poblaciones de la Ribera Navarra. Veía Miguel Ángel el santuario de la Virgen como atalaya natural y espiritual, puesta por Dios para pregonar como María las grandezas del Señor. Cuando los romeros van a Ujué han de subir en marcha, sí penitencial, pero con la ilusión de vivir un día de alegría y de gozo. Y han de volver del santuario con el deseo de anunciar, cada uno a su manera, una gran noticia: la felicidad de vivir en gracia, y de ser pueblo de Dios. Para Miguel Ángel tenía muy poco valor la alegría meramente externa, la de risotadas y chistes, si no brotaba de un corazón puro y en gracia santificante. Y también ve como fuente de alegría y gozo, la amistad. "En esta vida - pensaba - la alegría nos acompaña como un fondo de música suave, apenas la percibimos, pero actúa en nuestra alma. Lo único que puede producir tristeza es alejarnos de Dios".

Año tras año se repetía la romería a Ujué. Nunca en él supuso rutina; siempre era como algo nuevo. Es preciso llevar a la Virgen dentro del corazón; esto aconsejaba y él lo cumplía. Y para acordarse de María, en una pequeña cartera colocó dos estampas de nuestra Señora. Siempre le acompañaron en el bolsillo junto a su pecho.

Los días de Ujué eran para nuestro párroco jornadas de alegría serena. En ellos ejercitaba su alma de místico. No marchaba a las romerías con frialdad ni por rutina. Su corazón estaba inmerso en el pueblo y en Dios. La Virgen María era para Él su madre y la madre de Dios y de todos sus hermanos. Por eso en los días 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de María, fiesta de la Virgen de Ujué, disfrutaba en la peregrinación y en el santuario, y lo vivía con extraordinario fervor que contagiaba a sus feligreses. Era tan grande la carga emotiva de aquellas jornadas que se grabaron en su alma creyente de una forma indeleble.

Unos días antes de ingresar en la clínica, sentado al piano junto a sus hermanas, vibraba de emoción interpretando las melodías de Ujué. Le traían añoranzas de otros tiempos en que los hijos de Olite las cantaban con entusiasmo, dirigidos por él:

Reina, la más hermosa,

Virgen bendita de Ujué:

Sed de nuestra Ribera

Refugio de ardiente fe.

Nuestros padres tuyos fueron,

Y sus hijos tuyos son.

Te ofrecemos nuestras almas;

Tú las llevarás a Dios.

*****

Ave María Purísima,

Sin pecado concebida.

Tú que eres la Madre de Dios,

Escúchanos hoy, oh Madre amor,

Escucha nuestros ruegos

Y danos tu santa bendición.

Desde lo alto de la montaña,

Donde entre rocas tu trono está,

Eres, María, de la Ribera

Dulce patrona, Madre si par.

 

La gente de Olite veía a su párroco con esta alegría sencilla y acogedora, por eso calaba su predicación en las almas, porque la gracia de Dios habitaba en él con paz y gozo que contagiaban. Y muchas veces lo expresaba en su predicación.

Fomentaba El Amor A La Virgen

Sabía muy bien Miguel Ángel que todas las Vírgenes representan a la única Madre de Dios, María. No entendía de "rivalidades" entre un santuario u otro. Por razón de proximidad a ellos apreció de forma sensible el Puy, que le vio nacer en Estella; Santa María de Olite, junto a ella vivió la mayor parte de su existencia terrena; la Virgen de Ujué, la de sus romerías; santa María de Irache, junto a ella pasó los últimos años de ministerio. En su conversación y sus homilías era frecuente el hablar de María.

Sabía que a las personas lo trascendente y espiritual nos afecta a través de lo sensible. El culto a Santa María de Olite lo fomentó siempre. Aquella imagen, venerada por todo el Pueblo, lucía sus galas de una manera especial el día de la Asunción. Recorría las calles de la ciudad antes de la Misa, siendo causa de alegría para jóvenes y ancianos. Pero observaba nuestro párroco que el paso de los años también afectaba a aquella imagen veneranda. Por eso tomó la determinación de restaurarla, animado también por buen número de feligreses. Y ¿quién realizaría la labor mejor que un sacerdote? Joaquín Martinena fue elegido precisamente, porque nadie podía hacerlo con más cariño, arte y destreza que él. Unos meses duró la obra, y quedó tan bella, tan evocadora de la única Madre de Dios, que aumentó, si cabe, la devoción que el pueblo le tenía. Cuando volvió a su altar, toda la Ciudad la recibió con entusiasmo. Conservamos los apuntes de la oración - aclamación que Miguel Ángel pronunció aquel 11 de marzo de 1995. Allí se aprecia la sensibilidad mariana y sacerdotal de Miguel Ángel. ¡Con qué fervor entonó ante la Virgen recién restaurada la Salve!

El Cristo De La Buena Muerte

A más de uno parecerá curioso que las fiestas patronales de Olite sean en honor al Cristo de la Buena Muerte. Y que nadie piense que se trata de algo macabro ni mucho menos. Están rodeadas de alegría, porque están inspiradas en la gran esperanza de la resurrección. En distintos momentos a lo largo de este relato, hacemos mención de esta sagrada imagen que, desde el principio de la estancia de nuestro párroco en la Ciudad, ganó toda su alma sacerdotal. Era aquel Cristo objeto de la veneración de todos los ciudadanos. Y en torno a él supo don Miguel Ángel organizar buena parte de su labor pastoral. Conservamos el esquema del sermón que pronunció el último día de la novena, 21 de septiembre del año 84. Son unas líneas llenas de esperanza que podríamos resumirlas en esta frase: "El mismo Cristo, como a Pedro, nos está diciendo: para llegar a la vida, a la Resurrección, hay que pasar antes por la Cruz, por la muerte".

Preparaba a fondo siempre sus predicaciones, pero de una manera especial lo referente a la novena del Cristo. Son pocos los escritos que se conservan de Miguel Ángel. Nos dicen que, estando enfermo, alguien lo vio muy entretenido rompiendo papeles durante mucho rato. "¿Por qué rompes tanto papel?" - le preguntó. "Es que me parece que me queda poco tiempo de vida y prefiero no dejar demasiada labor a quienes me quieren" - respondió muy jovial Miguel Ángel. Pues bien, dentro de los pocos esquemas que se conservan hechos por él, varios hacen referencia a la novena que sigue a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. "Al llegar a un pueblo, todos los caminos se unen; esto mismo ocurre con las cruces de nuestra ciudad. Todas se unen en la fiesta de la Exaltación". "Confiar en este Santo Cristo que ha escuchado gustoso la súplica llena de esperanza de nuestros padres; en este Santo Cristo que vela por todos nosotros, los de Olite, ofreciéndonos cada día su protección y su vida".

Alma de Cristo

Miguel Ángel gustaba mucho de la oración "Alma de Cristo, santifícame". Ya desde los años de seminario la repetía con fervor. Pero fue en Olite, en las novenas del Santo Cristo, donde se le grabó en el corazón de tal manera que constituyó como fondo suave e íntimo de su vida espiritual. A menudo se le oía hablar de esta oración. Con mayor frecuencia aún exhortaba sobre alguna frase de ella a personas a quienes iba orientando por los caminos de la perfección.

Guardamos un documento suyo del año 1990 con el título: "Alma de Cristo. Eco de esta oración". Debió de servirle para algún sermón o como puntos de meditación. Con toda seguridad para los dos objetivos. Siempre pronunciaba con mucha unción sacerdotal estas invocaciones, y siempre lo hacía en plural cuando hablaba en público: "Alma de Cristo, santifícanos con tu gracia, con tu amor. Santifica a este pueblo de Olite. Sálvanos de las envidias, de los rencores. Embríaganos de tu perdón, de tu paz, de tu alegría. Guárdanos en tu corazón, para que nada ni nadie pueda apartarnos de Ti".

Cuando el cura de Ars celebraba la Misa, en algunas ocasiones le decía a Jesús, presente en sus manos: "Si supiera que me iba condenar, no te soltaría; te sujetaría siempre". Imagino a Miguel Ángel, en su fervor eucarístico, que le diría a Jesús algo parecido. Porque eso mismo significa la petición que le hacía al glosar esta oración: "Guárdanos en tu corazón, para que nada ni nadie nos pueda apartar de Ti. Sabes, Señor, que somos débiles, que todos los días somos tentados por el maligno. No permitas que nos separemos de Ti".

III

SU FUERZA, LA VIDA DE UNIÓN CON CRISTO

La Mirada En Jesucristo

¿De dónde sacaba fuerza Miguel Ángel para ser tan bueno? El sacerdote ha de tener siempre la mirada puesta en Jesucristo, llevar siempre en la mente el modelo de Jesús. Muy consciente de que no se puede ser partidario de alguien, si no se ve con frecuencia al jefe a quien se sigue. Por eso mi amigo, el sacerdote sencillo y justo a los ojos de Dios, cuando entraba a la iglesia se dirigía ya a primera hora al lugar de Cristo crucificado, el Cristo de la Buena Muerte. Allí permanecía unos instantes. Después iba al sagrario, donde Él, Jefe supremo, se encuentra no en figura, sino en presencia real. ¡Bueno es comenzar así el día! Era consciente de que no se puede ser sacerdote sin meditar, sin practicar largos ratos de oración personal. Su meditación continuaba a través del día entero. ¡Si todos los sacerdotes fueran así! Empezar la jornada con un buen rato de oración personal; media hora, tres cuartos, una hora... el día está ya consagrado al Señor

Mucho le tocó sufrir en silencio. Su consuelo lo encontraba en aquel remanso de peregrinos que es la iglesia de Santa María, en el Sagrario o arrodillado a los pies del Cristo que nos abraza. Los santos no miran el dolor propio como un mal. Comprenden, sí, que no es nada agradable, pero cuentan con él y nunca tratan de extirparlo de raíz, porque saben que juega un papel importante en nuestra marcha hacia el Padre. Y así se expresaba Miguel Ángel: "El sufrimiento, ¡qué misterio! La vida que es vida, que es ilusión, que es alegría, aparece siempre salpicada de partículas de esfuerzo, de tristeza, de dolor, muchas veces incomprensible. Pero, ahí tenemos a nuestro CRISTO con los brazos abiertos, dispuesto a ayudarnos. Ahí está esperando año tras año el canto de su Pueblo que manifiesta su fe y su amor en el atardecer de cada día".

Y Siempre La Esperanza

Y siempre la esperanza; esta virtud a veces tan ignorada en el ambiente de hoy que olvida la trascendencia. ¡La esperanza del Cielo, porque este mundo tan solo es de paso! Oh si pudieran hablar las paredes de aquella iglesia donde nuestro párroco "bebía con gozo de las fuentes de la salvación". Ya lo decía él: "Verdaderamente, en las piedras de Santa María, puede escucharse el eco vibrante: "Mándame ir a Ti, para que con tus Santos te alabe por los siglos."" Y lo recitaba con toda la plenitud de su alma.

En aquella iglesia gótica de Olite estaba su tesoro. Un día, al comenzar su último otoño me dijo: "Vamos a ir los dos y te voy a enseñar el santo Cristo a cuyos pies yo tanto he rezado". No pudimos realizar lo que para mi hubiera sido una vivencia religiosa del todo gratificante: acompañarle y, juntos, orar en aquel lugar sagrado donde labró mi amigo su santidad. Había edificado su vida interior en muchos ratos de soledad contemplativa. Cuando hace años el actual presidente del Gobierno Español, José María Aznar, fue a visitar el templo de Olite, le invitó a orar delante del Cristo de la Buena Muerte con estas palabras: "Es bueno orar junto a Él; ¡hace milagros!"

Vivía La Misa

Ya de seminarista y, sobre todo, desde los primeros años de sacerdote quiso Miguel Ángel señalar como centro de su vida la santa Misa. Hemos repasado alguno de sus apuntes, que creemos aplicaba a diario a su piedad sacerdotal: "Vivir la Misa. En el momento del ofertorio, colocarnos en la patena con el pan y con el vino. Somos el trigo de Cristo, la uva en el lagar. Luego seremos uno con Cristo en la consagración. No hay ni un momento en el día ni en la noche en que no pueda unir mi ofrecimiento al ofertorio de la Misa. La consagración ha de ser el acto esencial de mi vida. Ha de durar desde el alba hasta el crepúsculo. Luego, en la Comunión los dos nos hacemos Uno. La criatura se pierde en el Creador. Hacer la vida una Misa". Estas ideas las aprendíamos ya en nuestros años de formación. Miguel Ángel las subrayaba, las vivía siempre. Y eran algo que gustaba comunicar en sus pláticas y cartas.

 

Unir En Un Abrazo A Olite Con Cristo

Miguel Ángel no ansiaba cargos; no deseaba para sí ningún poder, sino servicio, unión en el pueblo, amor a todos. Jesús Tanco, mirando las cosas del modo más practico nos dice: "Cuando murió el párroco de San Pedro de Olite, el también estellés Don Javier Orradre, los olitenses nos habíamos hecho la ilusión de que Don Miguel Ángel iba a estar al frente de las dos parroquias con aires de unificación. No fue así. Las exigencias pastorales de la diócesis, le trajeron aquí, a su merindad natal, a Estella".

Había sido una ilusión grande de este celoso sacerdote unir a la Ciudad en una piña, y que Jesucristo fuera quien los abrazara a todos, recordando aquello del canto eucarístico: "Nos congregó en la unidad el amor de Cristo Dios". Y así se expresaba en un escrito que dirigió a los vecinos, ya fuera de Olite, en el año 97:

"Alguien, dijo una vez:

- Los árboles nos impiden ver el bosque y yo, digo ahora:

- La demasiada cercanía de las cosas... nos impide ver y captar la belleza y armonía de las mismas:

Parroquia de San Pedro Apóstol, Parroquia de Santa María La Real. Y en medio de las dos, dando las manos a una y otra, el SANTO CRISTO DE LA BUENA MUERTE.

¡Cuán bellos recuerdos, y cuán profundas vivencias traes Tú hoy a mi mente!"

Se Había Desposado Místicamente Con Olite Y Con Su Cristo.

El Santo Cristo de la Buena Muerte de Olite, no fue para Miguel Ángel una imagen más; con Jesús del Sagrario era el alma de la iglesia y el nido de sus amores. La Virgen María, el complemento de este gran amor. Le impresionaba mucho y le hacía gozar con gran fervor toda la novena al Santo Cristo, y vibraba hasta el fondo su sensibilidad sacerdotal. El canto del "Alma de Cristo" entonado por todo el pueblo siempre estaba grabado en su corazón. Y repetía después muchas veces: "Alma de Cristo, santifícame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame".

En estas jaculatorias llenas de gran misticismo apoyaba toda idea de purificación interior y decía: "Cuando el hombre se encuentra con su Dios, ve la necesidad que tiene de ser lavado, de ser santificado, de ser confortado por Él". Quien disfruta de una experiencia religiosa íntima y prolongada, comprende la total urgencia de purificación interior; la exigencia de limpieza del alma para acercarnos al Altar de Dios. Confianza total entre Jesús y nuestro amigo; intimidad continua y renovada en cada amanecer. Lleno de compunción y a la vez de esperanza en la misericordia del Señor". Y añadía Miguel Ángel: "Este Dios que tanto ama al hombre lo purifica, lo santifica, le da la fuerza que necesita en la lucha, en el dolor, en el sufrimiento". Ojalá hubiéramos conservado muchos escritos del cura de Olite en todos los aspectos de la vida interior. Ellos nos hubieran guiado en nuestro caminar hacia Dios.

Él Quería En Todo Momento Vivir Unido A Su Pueblo Y A Jesucristo.

Ese era su ideal sacerdotal: "¡Señor, unido a Ti, darme a las almas!" Por eso aparecía siempre alegre, siempre sereno, como un lago en calma. De ese amor expresado con un cariño casto, - ¡ese era su gran carisma! - todos los feligreses hablaban. Y comentan también sus amigos, sus compañeros, su familia, cuantos hemos tratado con él. Era algo casi inimitable, como de santo. Y en ese amor quería que se unieran todos los vecinos, feligreses; mejor que feligreses diría él, "amigos". Porque nadie imagina a Miguel Ángel como en un plano superior, era de todos, era para todos; contagiaba su espiritualidad. Vivía con los brazos abiertos a todos, como Jesús, con el corazón abierto; y así oraba al Señor en la cruz - y son palabras suyas que muchos ya conocen -:

" Cuántas veces te rezaba; cuántas veces te cantaba, cuántas veces te besaba, y otras tantas Tú repetías:

- "¡Amigo, estoy siempre contigo!"

"Su figura me sedujo, y yo me dejé seducir por ella. Cuánto bien me hizo para abrir, yo también, mi corazón y mis brazos a todos".

"¡Gracias, Santo Cristo! No dejes de bendecir cada día, a toda esa mi querida Ciudad de Olite".

Es preciso detenerse en estos breves párrafos, escritos con un corazón ferviente. Merece la pena leerlos varias veces, hasta adentrarnos un poco en su alma mística que desborda fe, piedad y amor a Dios y a sus semejantes.

Analizando la vida interior de Miguel Ángel, la vemos del todo centrada en Jesucristo, en su parroquia de Olite, en el Santo Cristo de la Buena Muerte. Cada uno, en el desarrollo de nuestra vida interior, ponemos el acento en algún misterio de nuestra fe, en algún dogma. Miguel Ángel lo había colocado en Cristo crucificado, y lo "materializaba" en aquel Santo Cristo tan venerado por el pueblo. Merece la pena analizar la poesía "Nueva experiencia" que escribió a su Cristo querido y fue publicada en el programa de fiestas de Olite en el año 2001.

Lo Descubría En Sus Ratos De Oración.

Miguel Ángel iba descubriendo día a día, en sus ratos de oración, el amor de Cristo hacia él y hacia toda su feligresía. Desde las primeras horas del día gustaba estar en su iglesia, cuando entraba la luz matinal por las vidrieras del templo e iluminaba su Santo Cristo y lo cubría de belleza. Admiraba su rostro sereno en la cruz, sus manos abiertas, y cada mañana todo parecía nuevo, porque iba allí con amor, y para el corazón amante no existe monotonía. Sentía a Jesús lleno de luz, de paz. Sabía "cobijarse" en él. Con Jesús en la cruz y luego en el Sagrario tenía sus confidencias. Y apreciaba de un modo especial la luz que derramaba aquel Cristo crucificado a todas las horas del día, pero sobre todo apreciaba la luz interior que da a cada uno de nosotros. Y así lo expresaba en el año 89 con estos versos, sencillos en su forma, pero de hondo contenido espiritual:

 

LA LUZ DEL SANTO CRISTO

La luz blanca del alba

penetra por las vidrieras.

Todo se va iluminando

y cubriéndose de belleza.

Ahí estás, ¡Santo Cristo!,con tu rostro sereno,

con tus manos abiertas.

Así, cada mañana, te encuentro.

Estás lleno de luz,de paz, de cobijo. ¡Cuánto sabes de penas;

De alegrías de tus hijos!

Nos envuelve la luz de cada día:

La del amanecer, la de la tarde,

la del mediodía.

Pero sobre todo...es tu LUZ interiorla que en nosotros brilla

Miguel Angel Pérez de Zabalza14 - 9 - 1989

El Día A Día Es Monótono, Pero No Siempre

Cuarenta largos años en un pueblo no pasan pronto. El día a día es monótono. También para el sacerdote. Miguel Ángel salió del seminario con una gran ilusión. Fue fiel a sus prácticas de piedad. Sólo el hombre de fe profunda y amor encendido, que se mantiene muy unido con Cristo, debiera acceder al sacerdocio, y Miguel Ángel había dado garantías. Y, por supuesto, lo primero que hizo fue mantener y fomentar su práctica de oración. Y esto se consigue con mucho estudio de la figura de Jesús, con muchas horas de meditación. Por más vueltas que le demos al asunto, siempre ha de ser lo mismo: fe, amor, oración. Ahí está el secreto. Dios jamás niega su gracia a quien persevera un día y otro en su plegaria. Habrá fracasos aparentes, pero a la larga será eficaz su apostolado, su acción, todo. Porque quien está junto a Jesús, le imitará. Si deseamos ser "otro Cristo", es preciso permanecer junto a Él. El sacerdote y el obispo han de ser hombres de Dios.

Unos Libros Favoritos

Con la finalidad de sumergirse en Dios, adquirió ya en aquellos primeros años de sacerdote la colección "Un trapense..." del benedictino M. Raymond. Aquellos libros pequeños siempre estuvieron junto a él. Los leía y meditaba. Su lectura resulta agradable y llena de espiritualidad. Cuando al final de sus días hubo de recluirse largas temporadas en la clínica, le dijo a su hermana: "Tráeme la colección de libros "Un trapense habla..." los tengo en la sacristía de Ayegui. Son unos libros que me han hecho mucho bien". Y continuaron siendo manjar predilecto de su espíritu.

"No sólo salvar mi alma - solía decirse - he de ayudar a la salvación de los demás. Para eso me he hecho sacerdote". ¡Qué océano de gracia se necesita para esa labor! Y Miguel Ángel sacaba fuerza de la oración ante el sagrario, y ante el Cristo de la Buena Muerte, patrono de la Ciudad.

La liturgia de las horas - el Breviario - jamás la dejó. Era el libro que siempre llevaba consigo, era su oración, porque amaba la oración oficial de la Iglesia. Eso nada obsta para su oración personal diaria, su rosario, su visita al Señor. Todo. Porque un cura sin oración - lo sabía él muy bien - es como una campana sin badajo, como un cuerpo sin alma, como una flor marchita.

Ya en sus primeros días de sacerdocio fue "adicto" al confesonario, costumbre que siempre mantuvo y nunca abandonó. Y al abrir el confesonario solía decirse: "¿Me doy cuenta de que una eternidad se está decidiendo en el momento en que absuelvo a un penitente?" Este pensamiento leído y releído en uno de sus libros favoritos del trapense Raymond, le hacía mella. Y nunca fue de aquellos que venden consejos, pero ellos no los practican. Todo el mundo es testigo de que procuraba cumplir lo que a otros sugería.

 

Era Sencillo Y Humilde

Miguel Ángel era muy humilde. Nunca le gustó distinguirse en nada. Pero se distinguió, sin pretenderlo, por su humildad y su corazón cariñoso para todos. No disfrutaba "mangoneando" ni siendo "perejil de todas las salsas". Y sin embargo, sin él, nada. No podía concebirse una fiesta, unas Navidades sin ver a este cura bueno. Pero eso sí, de forma discreta, sin ostentaciones. Cuando TVE fue a Olite a retransmitir una Misa dominical, no quiso presidirla. Le pidió a un fraile, hijo del pueblo, que fuera él quien celebrara la solemne Eucaristía para España, en el bello marco de Santa María de Olite. Esto, a mi juicio, tiene que costar mucho. Era bueno Miguel Ángel, pero creemos que no se daba cuenta cabal de hasta qué punto era bueno. Los demás, sí. Mas no se trataba de una especie de bondad por debilidad condescendiente; no, era distinto. Era todo acogida, cordialidad, pero nada propuesto; le salía del fondo del corazón.

La novena del Santo Cristo de la Buena Muerte se celebra en Olite con gran solemnidad todos los años. Él procuraba no ser el protagonista nunca. Invitaba a distintos sacerdotes, hijos del pueblo, para que cada día presidiera uno la novena. Era su estilo, su forma de ser. Precisamente cuando más gente acude a la iglesia, cuando toda la feligresía está más pendiente, él procura ponerse en un segundo plano.

Amor A La Virgen María

Quería nuestro sacerdote mucho a la Virgen María. En una ocasión afirmó: "La Virgen me ha ayudado en días alegres y en días tristes con amor maternal. Ella me ha ayudado a cumplir la voluntad de su Hijo. Me parecía escuchar de sus labios lo de las bodas de Caná: "Haz lo que Él te diga".

Su devoción a María la plasmaba en dos advocaciones, Santa María de Olite y la Virgen del Puy de Estella; más tarde, también Santa María de Irache. Siempre las llevaba junto a su corazón. En una pequeña funda guardaba en el bolsillo las estampas de estas dos primeras imágenes de María. Nunca se separaba de ellas. Cuando estuvo enfermo las colocaba también junto a su corazón. Sus hermanas las guardan como una verdadera reliquia.

- Casi, casi, fue un milagro... Eran los últimos días de Miguel Ángel, y de forma accidental se llevaron la carterita de las vírgenes a la colada de la ropa... Pero hubo suerte. Pudimos recuperar este pequeño tesoro sin que la lavandería lo hubiera estropeado. Fue providencial y no sabemos cómo se pudieron fijar las señoras encargadas de la limpieza.

Había una fecha en la parroquia que a él le encantaba, era la Asunción de Nuestra Señora. Conservamos la letra de una poesía que él mismo compuso en el año 89. Está enmarcada en el canto de la aurora de esa fiesta. Va escrita al final de esta semblanza.

El rosario siempre lo llevaba en el bolsillo, el mismo rosario de sus primeros años de sacerdote, comprado en el monasterio de la Oliva; el rosario que le acompañó también en los últimos días de su vida en la clínica. Siempre con él también santa María de Olite y la Virgen del Puy: "Las dos mamás" - como solía decir. Rezaba los quince misterios. Era una forma suya favorita de encontrarse con Dios, por medio de María. Había perdido a su madre Miguel Ángel cuando contaba muy pocos años. La recordaba con cariño y veneración siempre. En sus tiempos de seminarista la echaba mucho en falta. "A otros - decía a sus hermanas - vienen a verles sus madres. A mí, no". Por eso su amor a la Virgen María se desarrolló en él con un afecto especial.

Su padre también le inculcó una gran devoción a San José. Miguel Ángel se mantuvo fiel a este ejemplo de su padre y siempre fue devoto del casto esposo de María. En la parroquia de Santa María de Olite mandó restaurar una bella imagen de este santo y fue colocada en el otro lateral del Cristo de la Buena Muerte.

IV

CUANDO MENOS LO ESPERABA, EL CAMBIO

Nos Quedamos Todos Como Estupefactos

La gente de Olite no se podía creer que su Pastor hubiera de abandonarlos. "Nos quedamos todos como estupefactos cuando se rumoreaba que lo iban a trasladar". Parecía imposible. Es que era del pueblo. A nadie cabía en la cabeza que lo pudieran quitar de allí. ¿Por qué iban a removerlo si era bueno y todo el mundo lo quería? ¿Por qué si él estaba contento y todos estaban contentos con él? ¿Por qué van a llevarse lo más nuestro?

Sólo Dios y él saben cuánto le costó dejar su parroquia de Santa María de Olite. Los demás lo sospechamos. Miguel Ángel era muy sufrido y no le gustaba criticar. Yo le oí decir una sola vez: "Me ha costado mucho dejar Olite". ¡Sólo eso! Pero no desató sus iras contra nadie. Dejar el pueblo de su alma era ya para él inminente. Era el pueblo de su luna de miel sacerdotal, de la flor de su juventud y de su madurez fructuosa en buenos pastos. Miguel Ángel salió de Olite con dignidad, sin provocar en el pueblo alborotos de indignación. Había prometido obediencia al obispo en su ordenación sacerdotal y la cumplió. Era consciente de que en esta vida nada hay definitivo. Por su parte, nunca hubiera roto el vínculo de unión con el pueblo de sus bodas místicas sacerdotales. Pero era necesario cambiar y lo hizo de una manera digna, sencilla, a su estilo. Y no consintió que nadie abogara por él para permanecer en el pueblo al que amaba con toda su alma. Ante todo, obedecer.

Nos dice Martín, un feligrés de Olite: "El Señor Obispo ordenó su cambio. Miguel Ángel respondió: "Hágase". Fue el colofón de su vida. ¡Qué disponibilidad!"

La gente de la ciudad, siguiendo el ejemplo que siempre había recibido de su sacerdote bueno, no montó en cólera. Quedaron un poco como estupefactos, pero con profundo sentimiento; algo parecido a cuando recibimos una mala noticia inesperada que nunca habíamos pensado nos llegaría.

Jesús Tanco escribe: "La huella de este sacerdote bueno, volcado con la familia y de gran proyección apostólica es clara y sugerente. En la ciudad de Olite en la que se le tenía como hijo más que adoptivo, esclarecido, se le rindió un homenaje masivo en torno al altar, retablo y templo de Santa María la Real donde sirvió a la iglesia cuarenta años, muchos de ellos como párroco".

 

Su Misa De Despedida

Emociona visionar el vídeo de su Misa de despedida de la parroquia, en el día de la Asunción de la Virgen María, 15 de agosto de 1996. La iglesia estaba llena a rebosar. La solemnidad del acto puede compararse a una fiesta en la mejor de las catedrales. El orfeón de Olite colmaba el ambiente de trascendencia. La figura erguida del párroco, sencillo, pero muy digno y con gran prestancia, acapara la atención desde el inicio del acto. Él en ningún momento se puso dramático ni fomentó la emoción fácil de nadie. Iba a lo suyo: a cerrar con broche de oro su estancia en la parroquia, con la cual se desposó hasta que la muerte o la voluntad de sus superiores lo separara de ella.

- "Me siento arropado por vosotros - decía a sus feligreses - Me hubiera gustado hoy la presencia de Javier. Vamos a vivir con alegría el triunfo de la Virgen María en su Asunción a los Cielos, llenos de esperanza, y en el triunfo pascual de Jesús. Crecer en optimismo y alegría. Es una gran noticia para todos: por Cristo nos vino la vida. Y todos estamos llamados a ser glorificados con María". Con estas palabras comenzaba su última homilía. Luego, hacía mención a la Eucaristía que celebraban, verdadera acción de gracias. Recordaba con emoción tantas Misas oradas allí mismo con fervor; sus primeros contactos con el Cristo de la Buena Muerte al que profesaba profunda devoción; el canto del "Alma de Cristo", y la fila de hombres casi interminable que pasaba a besar la imagen. Y añadía con gran unción sacerdotal dando su sencillo testimonio: "Yo también me acercaba a Jesús en la cruz y me recibía como queriendo abrazarme. Y me ha ayudado a tomar su cruz".

Conmueve la sensibilidad que tuvo en aquellos momentos de despedida en la manera de agradecer a todos. No se olvida ni siquiera de mencionar a las señoras que limpiaban la iglesia. Recuerda cómo, desde que estrenó allí su sacerdocio, han compartido muy unidos penas y alegrías. Esto supone mucha amistad, mucho amor. Hace mención asimismo de las visitas a la Virgen de Ujué. Pide perdón a todos con sencillez y dice que él se ha sentido muy feliz; pero que no se despide ni quiere despedir a nadie, porque permanece con ellos en espíritu y seguirán viéndose. Y les suplica: que aumenten el amor al Cristo de la Buena Muerte.

Todo fue sencillo, solemne y digno.

(1) Se refiere a Javier Orradre, el sacerdote párroco de la de San Pedro, compañero y amigo suyo, condiscípulo y también nacido en Estella. Sacerdote muy digno, de muchas cualidades y también muy querido. Estaba en aquellas fechas muy enfermo y falleció pocas semanas después.

 

El Nuevo Destino

"En 1996, con sacrificio y total disponibilidad al Obispo, deja Olite, donde se había identificado totalmente, y comienza con ilusión el pastoreo en sus nuevas parroquias de Ayegui, Irache, y más tarde Ázqueta y Urbiola. De nuevo, el 15 de noviembre del 2000 el Arzobispo le nombró Arcipreste de Estella, pero empezaba a sentir ya la debilidad de su enfermedad. Vivía contento. Gozaba con las amistades, ilusiones, etc. que le hacían llevar la

enfermedad sin queja. Ha sido un sacerdote bien querido; todos resaltan su bondad. Es importante saber pasar por la vida haciendo el bien, siendo buenos, venciendo el mal a base de bien" - son frases pronunciadas por Luis Oroz en la semblanza, breve homenaje, antes del funeral.

Algunos afirman que la voluntad del señor Arzobispo era que Miguel Ángel se quedara en Estella para introducir en esta ciudad las comunidades Neocatecumenales, los "Kikos" que tan bien funcionaban en Olite. La realidad fue otra: a don Miguel Ángel lo nombraron párroco de Ayegui. Pronto se hizo con el ambiente de la parroquia. Quiso a todos y se hizo querer de todos, como en Olite. Miguel Ángel me contaba: "A mí me dio mucha ilusión Ayegui, sobre todo porque había de celebrar Misa los domingos en el Monasterio de Irache. Allí está una imagen muy venerada y bella de María que me recordaba a la de Olite y a la Virgen del Puy". En el monasterio celebraba con gran solemnidad la fiesta de Santa María la Real de Irache y la Asunción de María a los Cielos. Y es que Miguel Ángel era un enamorado de Nuestra Madre y Señora.

También en el monasterio, el pueblo de Ayegui y los vecinos del complejo de Irache festejaban al santo abad Veremundo, que rigió aquel cenobio en siglos pretéritos. Otras jornadas llenas de significado y solemnidad eran el día del Peregrino y la fiesta de las Iraches; se llenaba con creces en estas jornadas la capacidad del santuario.

En todo tiempo las misas dominicales se celebraron con gran piedad y devoción. Se identificó Miguel Ángel totalmente con la Asociación de Amigos del Monasterio de Irache; todos juntos colaboraron en la causa y vivieron muchos días de amistad.

Pronto En Ayegui Se Dieron Cuenta De Su Categoría

Podemos afirmar que, superados los primeros momentos después de dejar Olite, se le veía contento con este nuevo destino. En el programa de fiestas de Ayegui del año 1997, Damián Guerra, concejal del Ayuntamiento, daba la bienvenida a Miguel Ángel Pérez de Zabalza Senosiáin con estas entrañables palabras: "Un día apareció en la prensa la escueta noticia del nombramiento de párrocos en los pueblos tal, tal y Ayegui. Este nuevo párroco entró como de puntillas en la vida religiosa y social de nuestro pueblo, como queriendo pasar desapercibido, humildemente, porque la humildad es grandeza. Pronto, y como sin darnos cuenta, está ya entretejido entre nosotros. Es un ayeguino más. Su jovialidad y simpatía han arraigado entre los feligreses. Hasta el punto de que, dicho con cariño y respeto para nosotros, es Miguel Ángel a secas". ¡Bienvenido, Miguel Ángel"

Pronto en el pueblo se fueron dando cuenta de la categoría espiritual y humana del nuevo párroco. Los mayores ya le conocían de tiempos de seminarista. Don Cándido, el padre de Miguel Ángel, era una institución en toda la merindad de Estella. ¡De tal padre tal hijo! - se decían. Y no quedaron defraudados.

De manera suave y discreta realizó su actuación pastoral en estos lugares. Siguió en todo momento fomentando el culto en el monasterio de Irache y la devoción a aquella bendita imagen de la Virgen María. Hoy este antiguo cenobio no está regido por ninguna comunidad religiosa. Los últimos en habitarlo fueron los padres Escolapios. La Diputación y Gobierno de Navarra se hicieron cargo del inmueble, pero está abierto al culto, y Miguel Ángel lo incentivó con agrado de los feligreses. Fomentar en Irache la veneración a la imagen de la Virgen María, ante la que oraba hacía siglos San Veremundo Abad, era uno de los objetivos pastorales de nuestro sacerdote. La gente sentía fervor en cristianar a sus hijos dentro de aquellos muros que hablaban de fe multisecular.

Al final de esta semblanza transcribimos una plegaria - poesía que compuso en honor y amor a Nuestra Señora.

Comenzó Bien Su Tarea Pastoral

En el pueblo de Ayegui y en los otros que después le encomendaron, comenzó por organizar lo mejor que pudo su tarea pastoral. Nos cuenta la catequista que testimoniaba al comienzo de esta narración sobre su vocación sacerdotal: "Me pidió que fuera catequista. Yo acepté gustosa, y lo tenía siempre al corriente de mis afanes con las chiquillas. Disfrutaba, gozaba y me animaba en mis tareas". Sí; está catequista buena, ayudó en la última misión que encomendaron a Miguel Ángel y pudo colaborar en la organización de la catequesis, cuando nuestro sacerdote se encontraba ya con la cruz de su enfermedad. Ella, muy delicada y espiritual, cuando el nuevo señor párroco no podía ya acudir a la iglesia, le comunicaba en casa al detalle el desarrollo de la jornada de catequesis. En algunas ocasiones le acompañaban sus alumnas de primero de bachiller. Para Miguel Ángel fue esta señora un hallazgo. Sirvan estas líneas de reconocimiento a éstas y a otras personas buenas que le ayudaron a llevar la cruz de su última enfermedad con esa paz y gozo que luego veremos.

También Ázqueta Y Urbiola

Hubo de atender asimismo los pueblos de Ázqueta y Urbiola, tras el fallecimiento del párroco de ellos Ramón Azcona. Ejerció en ellos su labor pastoral con celo y bondad, y se ganó la amistad y la confianza de todos. En los meses que permaneció allí, terminó la restauración de la parroquia y gozó mucho con esta obra. Para dar mayor solemnidad a todo esto celebró una Misa de acción de gracias. Llamó para que la presidiera al Vicario General de Pastoral, Luis Oroz.

También estos dos pueblos, los últimos de su pastoreo espiritual, ganaron su corazón y él se los ganó a todos con su sonrisa natural y digna simpatía. Los llevaba en su alma siempre, hasta en los últimos momentos de permanencia en este mundo. De tal manera que - recuerdan sus hermanas - les recomendaba en la clínica: "Decidle al Padre Víctor que dé de mi parte gracias a los pueblos de Ázqueta y Urbiola por lo bien que me recibieron".

Luego lo hicieron arcipreste de Estella. Pero ya empezaba el viacrucis de su enfermedad.

 

 

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La Enfermedad

Supo mantener un talante optimista durante todo el tiempo. Daba gusto hablar con él. Era perfectamente conocedor de lo que estaba padeciendo: una dolencia de muy difícil curación, pero en ningún momento lo encontré abatido o pesimista. Él mismo contagiaba su alegría durante la conversación. Y no era un ciego ignorante de cuanto le sucedía. Sabía que el enfermo ha de poner de su parte todo lo posible para sanar, y lo puso. Y a la vez ofrecía su alma al Señor para que dispusiera de su vida. No era de la escuela del avestruz que esconde la cabeza debajo del ala. "Tengo un carcinoma en el canal colédoco", me decía. Pero no se le veía asustado. Había que luchar contra este terrible mal. Yo le animaba. Le hablaba de algún compañero que había sido operado con éxito de un tumor maligno. "Sí - me contestaba - es más fácil vencer eso que lo mío, porque se puede extirpar. A mí no me tienen que quitar nada y resulta más complicado".

María Elena, monja clarisa, vocación salida de la comunidad neocatecumenal de Olite, decía en un soliloquio escrito: "Me viene a la memoria cómo en enero del 2001 me llamaste por teléfono para decirme que ibas a ir a la Clínica Universitaria, pues no te encontrabas bien, para que rezase por ti y aceptases con corazón agradecido lo que quisiera mandarte el Señor. Y más adelante, conforme avanzaba la enfermedad, me llamaste y me pusiste al corriente de cuanto tenías y cómo el Señor te iba metiendo en la intimidad de la cruz como a su esposo enamorado".

Le Encantaba Hablar De Temas Espirituales

Durante su enfermedad, le encantaba hablar de temas espirituales, los fomentaba y los seguía. Me he enterado posteriormente de que su tendencia era siempre animar y participar en estas conversaciones. Me solía decir: "Un día nos vamos a juntar dos horas a la sombra de un árbol y vamos a charlar a gusto de estos temas de Dios y de la Eucaristía". El Señor estaba siempre en su corazón y en sus labios. Él fue quien le dio fortaleza para vivir con tanta alegría, a pesar de los sinsabores de la enfermedad. La vida interior - ¡cuánto sabe de esto el grupo neocatecumenal de Olite! - le ilusionó a Miguel Ángel hasta el último día de su existencia terrena. "Reza los laudes conmigo" - le decía a su hermana en la clínica.- Y en otras ocasiones: "Léeme un rato este libro sobre el Espíritu Santo que tanto bien me hace".

Las últimas semanas de Miguel Ángel estuvieron envueltas en paz. "Dios quiere llamarme" - decía en algunas ocasiones. "¡Qué grande que Dios quiera estar conmigo y yo con Él". "Nos veremos en el Cielo; desde allí he de pedir por todos". Y rogó se le administrara la santa Unción de Enfermos. "Estoy esperando a la Virgen". A veces deseaba cuanto antes ir a Dios y decía: "Noto como dos fuerzas. Las malas quieren que me quede aquí... las buenas que me vaya al Cielo con Dios". "Ya veis cómo me quiere el Señor". A veces una de sus hermanas le decía: "No pienses en morirte; cada uno se muere sólo cuando Dios quiere". Él no replicaba. La luchas de Miguel Ángel eran un poco al estilo de las de San Pablo. Por una parte, quería ir a Dios y se daba cuenta de que su fin era próximo. Por otra era consciente de que este mundo es el lugar y tiempo de merecer... Las dos fuerzas... que él interpretaba una como buena, otra como mala. Y es que para quien ha vivido toda su existencia con gran fe, su deseo es "disolverse e ir a gozar con Cristo". Eso es lo bueno.

Su gozo era hablar de cosas espirituales.

Un compañero que le visitaba decía a sus hermanas: "Hacen falta sacerdotes santos y vuestro hermano es un santo". Aquel amigo conocía bien a Miguel Ángel. Lo conocía bien y lo admiraba. Y lo tenía como santo. "No daba guerra a nadie en los días de su enfermedad. "Quiero ir arriba", decía de vez en cuando". Y apuntaba con el dedo hacia el Cielo.

Tenía una devoción especial al Cristo de la Buena Muerte de Olite - ya lo hemos repetido varias veces. Ante él se arrodillaba - antes lo dije - al entrar en la iglesia de Santa María de la que tantos años fue párroco; después iba al Sagrario. Y durante su larga enfermedad fue también en distintas ocasiones a arrodillarse allí. Debió de ser una especie de corazonada la última poesía que Miguel Ángel dedicó al santo Cristo de Olite, porque está fechada el 14 de septiembre del 2002 y el Señor le llamó a su Reino Eterno el 22: nueve días, una novena. Comenzaba así: "Pronto, muy pronto; - con el tronar de los cohetes en el Cielo, - con el son de campanas al vuelo, - con la música y el canto de los jóvenes - comenzará , la GRAN NOVENA, en tu honor". Con estos versos empezaba el poema al Cristo de la Buena Muerte, en tono de fiesta grande para Olite y para su viejo sacerdote; porque al final de la novena, el 22 de septiembre, Jesús le llamó. Y "al despertar se sació de su Presencia". Allí en el Cielo estará ya Miguel Ángel; lo esperamos del Señor, que es Padre de amor y de misericordia.

Un amigo decía cuando se enteró del fallecimiento de Miguel Ángel: "Cuando una persona ha madurado, Dios la lleva para que no sufra más". Y el Señor se lo llevó. Pero nosotros nos quedamos para recordarle, para seguir no solo sus consejos, sino el ejemplo de su vida. Varios médicos que lo atendieron hablaban en este sentido: "Tu amigo, el sacerdote, ha muerto en santidad" - decía el Doctor Lucas, que lo había tratado durante su enfermedad. "Había cumplido su misión y Dios lo llevó para premiarlo y gozar de su presencia". "¡Tenéis un santo en el Cielo, ánimo!". "Está en el Cielo gozando - añadía otro doctor a sus hermanas - totalmente liberado. Seguro que "riéndose" de vosotras. Quiere ayudaros y puede hacerlo más que antes".

"Parece un chaval joven... - decía una persona - se ha quedado con la expresión de paz y con la sonrisa que siempre tenía. Estaba vivo, como escuchándote, como queriéndote hablar, como él era siempre..."

Lo Decía Luis Oroz, El Vicario

"El pasado día 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la santa Cruz, decía a los suyos que estaba preparado y quería irse; que su lugar estaba arriba. Repetía con el salmo que rezaba todos los días con su hermana: "Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor" . Estas hermanas que le habéis cuidado y atendido tan extraordinariamente bien! Así nos iba aleccionando a todos. Sin dejar de sonreír. Ha muerto de una manera ejemplar. Luchando con todas sus fuerzas mientras pudo; después aceptando, creyendo, ofreciendo, amando... hasta el final. Porque aceptaba con todas las consecuencias la voluntad de Dios sobre su persona y sobre su historia".

"En la Pascua de Cristo celebramos la muerte y resurrección de Miguel Angel. Estaba

maduro, sin nada ni más apego que el amor. No tuvo que esperar más que unas horas para que la luz de la Resurrección del Domingo le iluminara con la luz del Rostro que le hacía

descansar".

"Lo ponemos bajo el amparo de nuestra Señora: Como llegamos a cantarle dos días

antes de morir: "Reina la más hermosa, Virgen bendita de Ujué... Te ofrecemos nuestras vidas. Tú las llevarás a Dios ". Que el Señor le conceda la abundancia de su perdón y le asocie a los bienaventurados en la liturgia del Cielo: Un encuentro jubiloso: "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni nadie puede imaginarse, lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman " (1 Cor 2,9)."

"Nos deja Miguel Ángel el testimonio precioso de su espíritu sacerdotal limpio, generoso, entregado, apostólico. Hacía bien poco escribía las últimas líneas en el programa de fiestas de Olite comentando la oración del "Alma de Cristo". No tenía muchas fuerzas para hacerlo. Sí pudo subrayar y comentar desde su profundo sentido religioso: "Dentro de tus llagas, escóndeme". "No permitas que me aparte de Ti". Era el canto de la "Novena al Cristo de la Buena Muerte" que había tocado desde el órgano y que había celebrado tantos años con los de Olite. Con sentido de fiesta siempre; ahora desde el sufrimiento y la aceptación de su propia enfermedad".

El funeral de Don Miguel Ángel fue una muestra de afecto hacia él y sus hermanas; fue sonado por la asistencia y la emoción que a todos embargaba. Se creó en el templo un clima de oración, un ambiente de fe. Julián Ayesa interpretaba al órgano, durante el ofertorio y la incensación del altar, las melodías que él mismo tantas veces había oído interpretar a Miguel Ángel: "Madre mía que estás en los Cielos... Reina la más hermosa... Ave María Purísima..." En otros lugares de este relato ya están incluidas.

Después del funeral oíamos testimonios como éste: "¡Qué de cosas se dijeron en la homilía!; no habíamos oído nunca. Y otras muchas que ellos no sabían y se podían haber dicho. ¡Era todo eso y mucho más." "Ha vivido y muerto como un santo. Es un privilegiado". "Me gustaría morir con la paz que él tenía". "Pasarán muchos años para que se pueda celebrar un funeral así. Su espiritualidad era grande; - comentaba otra persona - se palpaba lo mucho que lo quería todo el mundo, lo apreciaba y lo valoraba". Y una señora de 91 años exclamaba: "El "rubico" está en el Cielo, donde esperamos ir todos... Tenía una bondad y una sonrisa natural y permanente".

Así Aparecía En La Revista Amigos De Irache

El Olitense Jesús Tanco, se expresaba con profundo sentimiento en la revista "Amigos de Irache": "Cuando asomaba el otoño, un domingo y por tanto día del Señor, cuando la Iglesia diocesana festejaba a los beatos navarros de la contienda civil, el 22 de septiembre, fallecía en Pamplona don Miguel Ángel Pérez de Zabalza Senosiáin, párroco de San Martín de Ayegui, Ázqueta y Urbiola, arcipreste y también encargado del culto de Santa María la Real de Irache. Dos días antes había acudido hasta la habitación que ocupaba en la Clínica Universitaria con el doctor Jorge Alas, afincado en Ayegui, y nos dio la bendición de despedida. El viernes 27, su sucesor en la responsabilidad pastoral, el escolapio padre Víctor Merino, celebraba la misa por su alma en el monasterio y en la que nos unimos especialmente los Amigos del Monasterio de Irache. Hacemos de este cenobio, hospital de peregrinos, universidad, santuario mariano... referencia fundamental de nuestra vida".

 

Testimonios De Afecto

Los días siguientes al fallecimiento de Miguel Ángel sus hermanas recibieron numerosos testimonios de condolencia, agradecimiento y simpatía por el hermano que el Señor les había dado. Un hombre tan bueno, parece que no debiera morir. Y así se pronunciaban: "Miguel Ángel está vivo. En una vida mejor que ésta. Háblale. Verás cómo te escucha... Yo lo veo como por todos los rincones de la casa ayudándonos. Tened la certeza de que no os va a dejar desamparadas".

La catequista buena, verdadero ángel de la parroquia de sus últimos años decía: "El cinco de septiembre lo visité en la clínica por última vez. Estabais haciendo la novena a la Virgen de Ujué. Estoy contemplando un santo - me dije -. ¡Miguel Ángel, da a la Virgen un beso de mi parte. Él se sonrió. Tenía mucha paz. El 22 de septiembre escuché el aleluya y vi a Miguel Ángel en el Cielo. No ha muerto; está vivo. Desde entonces no he vuelto a llorar más. Tenéis que estar orgullosas. Tenéis que intentar ser como él"

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No es fácil escribir la biografía de las personas buenas y ejemplares que no han realizado grandes obras externas. Sus vidas han sido tan sencillas que todo lo hacían bien. Su quehacer diario no era de relumbrón, sino de constancia y tenacidad. Las anécdotas que de él se pueden contar, están llenas de virtud, amor y entrega, pero su relevancia se encuentra en el corazón, en el amor que en ellas ha puesto; por eso, casi no son anécdotas ¿Qué obras "extraordinarias" pueden ser las de un sacerdote que durante cuarenta años ha permanecido en un pueblo cumpliendo su deber de buen pastor? Todo es sencillo: celebrar misas, dar la Comunión, confesar, homilías bien preparadas y dichas con fervor, atender a enfermos, ayudar a personas con necesidad, vivir los acontecimientos de cada familia y del pueblo entero... Nada parece ser importante. Pero hecho todo esto con amor, con mucha unión a Dios, resulta ejemplarizante y altamente meritorio: una heroicidad. Este es el caso de nuestro querido Miguel Ángel. En pocas páginas hemos resumido su existencia sacerdotal. Mas su vivir no ha sido adocenado ni populachero. Todo lo contrario. Cuando se multiplicaban los días, semanas y años, y veíamos que sus obras no entraban en la rutina, sino que siempre lo hacía con el mismo amor, con el mismo celo, con el mismo cariño... deducíamos que allí estaba obrando, a través del él, el Espíritu Santo.

 

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Su hermana María Asunción, que vive la belleza de la música y de la poesía, compuso para Miguel Ángel una serie de poemas. Expresan ellos, con exquisito sentimiento, algo de lo mucho que ha sido nuestro sacerdote. He aquí los más significativos:

 

 

Tú...

Sinfonía

que canta

llena de brisa.

Sinfonía

colmada

De amor, de vida.

Sinfonía

de paz,

De luz divina.

....

¡TU AROMA...!

La fe

de tu alma

es alegría...

La paz

de tu alma

es sinfonía...

....

EN TI...

En ti...

la sonrisa,

el amor,

la armonía de Dios...

En Ti...

la fuerza,

la paz,

la salud de Dios...

 

 

Bendícenos, Miguel Ángel, desde el Cielo a cuantos te hemos conocido y tratado, porque todos te hemos querido y tú a todos. Y nuestras últimas palabras las pronuncia un feligrés que conocía y admiraba a nuestro santo sacerdote: "En la liturgia celestial, donde todo es alabanza y gloria a Dios, con qué entusiasmo cantará Miguel Ángel... Yo no rezo por él; yo me encomiendo a él: mis planes, mis proyectos, mis afanes... El amor no pasa nunca. Él nos sigue amando, y nosotros a él".

Ahora estás con Jesús para siempre, esa es nuestra gran esperanza y podrás entonar con gran emoción esos versos que compusiste el mismo año que dejabas Olite:

 

TÚ, SIEMPRE ESTÁS CONMIGO.

Como luz de alba,como suave brisa,como fuente clara.

Como melodía

Del bello trinar

De las avecillas.

Como mil campanas

Llenas de alegría,

llenas de nostalgia.

Como fiel colina

con sus esmeraldas,

con sus florecillas.

Como amor que canta,

Como fuerza y vida.

Como paz de mi alma.

Miguel Ángel P. de Zabalza

14 - IX - 96

 

Esta semblanza se terminó de redactar el día de la

Anunciación de la Virgen María,

Encarnación del Hijo de Dios,

25 de Marzo del año 2003

Laus Deo

 

Con la colaboración principal de su hermana María Teresa.

Colaboran también sus otras dos hermanas:

María Asunción y María Nieves.

Y distintas personas de Olite, Pamplona, Ázqueta y Urbiola.

 

A Josemari Lorenzo Amelibia, nuestro más sincero agradecimiento

por lo bien que ha sabido captar y plasmar

el espíritu de nuestro hermano Miguel Ángel.

María Asunción, María Teresa y María Nieves Pérez de Zabalza Senosiáin

A todos cuantos habéis conocido y querido a Miguel Ángel:

El amor no pasa nunca.

Él nos sigue amando, y nosotros a él.

Ahora, más que nunca, él puede y quiere ayudarnos.

María Asunción, María Teresa y María Nieves Pérez de Zabalza Senosiáin