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RECUERDOS DE UNA VIDA
Autor : Roberto Di
Nóbile Terré
Las
visitas del barítono CARLO GALEFFI
- Un día de
éstos pasaré a conocer su familia - me dijo - Y la verdad no lo
tomé muy en serio porque el Commendatore había veces en que
estaba ausente, participaba de las reuniones en lo de Petrosemolo, pero con la
mente en otro sitio o en otras cosas. Su vida artística de muy larga
duración, vivida intensamente, debe ocupar su cerebro totalmente con
recuerdos. ¿Qué es lo que no cantó? ¿Que es lo que
no hizo? El repertorio tan amplio, la cantidad de representaciones, las
ciudades visitadas, su perseverancia en el estudio, la preocupación
constante por sus personajes y sus vestimentas, lo tuvieron tan ocupado como
para que ciertos problemas pasaran a segundo plano.
Cuando llegué a
mi casa ya eran casi las 21 Hrs. Comenté con mi mujer y los niños
que posiblemente vendría Don Carlo a conocerlos. Las preguntas llenas de
curiosidad para sus 4, 6 y 8 años, dentro de la más absoluta
inocencia eran para todos los gustos. Demás está decir que
durante varios minutos las recomendaciones maternas se repitieron hasta el
cansancio.
Me sentí muy
alagado de que quisiera conocer mi familia. Siempre me dió la
impresión de que su vejez fuera por demás solitaria.Posiblemente
quisiera cambiar un poco de ambiente y empezaba a cansarse de oir siempre las
mismas conversaciones y los mismos halagos.
Llegó alrededor
de las 12 del Domingo, razón por la cual estaban todos los niños
en casa. Fue un alboroto que no sabíamos como parar. Pasamos al
salón y una vez acomodados, los dos más chicos Edgardo y Adriana,
no aguantando su curiosidad por el personaje se apoyaron sobre sus piernas,
mientras lo miraban atentamente. ¡Qué pasaría por esas
cabecitas en ese momento!
La primera en abrir el
diálogo fué Adriana, quien a boca de jarro le
dijo:
- Vos sos más
viejo que mi Papá. ¿También cantás como
él?
- Bueno, ahora no, pero
he cantado algo....-contestó
- ¿Vas a cantar
algo antes de comer? -insistió.
- Yo creo que no porque
no se debe cantar con el estómago vacío...
- ¡Ah....mi
Papá canta a cualquier hora. ¿Te gustan los ravioles? Porque mi
Mamá los hizo hoy....
Así
continuó con el interrogatorio, más parecido a un tercer grado
que a otra cosa, hasta el momento en que Don Carlo la cogió,
sentándola sobre sus rodillas, mientras le decía
- No paras de hacer
preguntas, te mueves más que una mariposa, por eso te voy a llamar
"farfallina".
Su semblante no era el
mismo cuando nos encontrábamos en lo de Petrosemolo, hoy se lo
veía suelto, daba la impresión de encontrarse a gusto, agradable
con los niños y paciente. Evité en lo posible hablar de canto, ya
que para eso estaban las otras reuniones, donde se lo atosigaba con preguntas
técnicas o su opinión sobre tal o cual cantante. Me hizo algunas
preguntas sobre la Besanzoni, para conocer de sus alumnos y su método de
enseñanza. Las respuestas a sus preguntas me ocuparon varios minutos, ya
que insistía sobre detalles.
Sentados a la mesa lo
observaba con disimulo, ya que quería se encontrara cómodo.
Mantenía aún esa figura de señor y que como lo define
Lauri Volpi en su libro "Voci parallele", "Cantando "Lohengrin" parecía
un bombardino vivo. Figura de granadero, alto, bien plantado, ojos y nariz
aguileños, su máscara facial concentrada......", aspecto que no
obstante los años aún mantenía, aunque se le veía
machacado por la vida.
- ¿Te gusta la
comida? -insistió Adriana....
- Ya te dijo
Mamá que no se habla cuando se come, .-terció Edgardo intentando
meter baza.
Y sin esperar una
respuesta, Adriana agregó
- ¿Vas a venir a
caminar con nosotros?, porque después de comer siempre vamos a un
parque....
- Está bien, si
me invitan, iré - contestó Don Carlo
- Ya estás
invitado por mí.....- y dirigiéndose a su madre, agregó
-Mamá, Carlo viene con nosotros, yo lo invité....
- De pronto se oye otra
vocesita que "sotovoce" agrega -Te hemos dicho que Don.....- agregó
Laura, quien por ser la mayor se creía en la obligación de
puntualizar.
- En que quedamos, se
llama Don o Carlo....? -insistió Adriana.
Sería
interminable repetir aquí los monólogos, los diálogos y
hasta los tercetos que el paciente Don Carlo tuvo que aguantar hasta el parque
y aún en él. Lo llevaron cogido de las manos y al llegar al paso
de cebras, le dijeron -Tenés que mirar antes de
cruzar....
Que difícil es
interpretar lo que pasa por la cabeza de un niño. ¿Qué se
habrán imaginado que era ser cantante de ópera? La paciencia que
demostró, fue para no creerlo. No obstante, siempre se ponía a la
altura de los niños. Salieron a relucir un par de cuentos, que en
realidad no sé si Don Carlo los conocía o se los inventó
sobre la marcha. Y después de observar ese cuadro y dentro de la
infantil ignorancia, estoy seguro que los niños siempre adivinan quienes
los quieren.
Cuando los niños
se ocuparon de los juegos, Don Carlo comenzó a
descansar.
Los días en Roma
fueron pasando dentro de una rutina con muy pocas variantes. Este
mediodía regreso a casa sobre las doce y recibo un impacto agradable al
encontrar a Don Carlo. Sentado en la cocina conversaba con mi mujer mientras
observaba sus movimientos culinarios. Al ver mi cara de sorpresa aclaró
que - Caminando, caminando ya que la mañana era preciosa para el
ejercicio, llegué hasta aquí -. Tendría que haber aclarado
que, caminando, caminando y además... tomando un autobús. Pero en
fín, sus visitas nos eran muy agradables.
- Anoche vi la
ópera "Pescatori di Perle", con Ferruccio Tagliavini, Onelia Fineschi y
Gino Becchi - le comenté mientras esperábamos el almuerzo. Fue
lógica y esperada su pregunta - Y que tal...?
- Vea, los
conocimientos que yo tengo de canto para juzgar, no son los suyos, Don Carlo,
pero a decir verdad, lo que yo vi y oí anoche es esto. Tagliavini tiene
un lindo color de voz, pero abusa del "falsetto", tengo la impresión de
que canta cosas que no debe. En escena es siempre igual, nada extraordinario.
La Fineschi, puedo decir más o menos bien, pero siempre dentro de una
línea igual. En cuanto a Becchi, he oído decir que volvía
a cantar después de un período de ausencia. Mejor hubiera sido no
lo hiciera, para hacerse oir grita, me dió la impresión de que su
voz no está apoyada en absoluto. A la salida me encontré con la
Besanzoni y coincidimos en casi todo.
A todo ésto Don
Carlo vió que mi mujer se preparaba para salir, por lo que se puso de
pié un poco inquieto, aclarándole yo que salía para
llevarle la comida a los niños, ellos comen en la escuela. Nosotros
esperaremos un momento, la escuela está enfrente.
- Hace muchos
años que no veo a Gabriella, ¿Como está
Ella?
- Fisicamente yo la veo
siempre igual, bien plantada, y por los comentarios que recuerdo, no ha
cambiado en su forma de ser, es decir, donde vaya es el centro de la
reunión, todo el mundo la alaga, todos le preguntan, y todos desean
conocer su opinión sobre el espectáculo. Lo que no sé, es
si las preguntas se las hacen por tener una parte de representación en
el grupo, participando de la respuesta, o verdaderamente son sinceras. Ella
como de costumbre no deja esa su sonrisa agradable y simpática y su
carcajada explosiva que la distingue. Ahora bien, lo que nunca deja es ese
muestrario de joyería que se pone.
- Fue una gran mujer y
una gran cantante - solamente fue su comentario Como de costumbre Don Carlo fue
parco en sus manifestaciones, ya que tampoco agregó nada sobre mi
comentario de la ópera vista.
Después del
almuerzo dimos un paseo hasta la hora de buscar los niños en la escuela.
Cuando lo vieron los tres corrieron a saludarlo. El tiempo en que duró
la merienda, no pararon de hacerle preguntas increíbles, sorprendentes,
hasta para nosotros ¿de donde surge tanta
imaginación?
Escuchamos unos discos
con Don Carlo hasta la hora de cenar. Por variar un poco y porque los
niños al aire libre se encuentran mejor, fuimos hasta la plaza Santa
Emerenziana donde devoramos unas pizzas. Sobre las 21 horas lo
acompañamos hasta el autobús.
A las diez de la
mañana estaba en la puerta de su casa. Habíamos quedado para
llevarlo en mi coche hasta el mercado, donde tenía que realizar algunas
adquisiciones. Durante el recorrido intenté me contara algo sobre su
vida artística, ya que consideraba después de tantos años
deberían existir momentos más que interesantes. Comencé
preguntándole algo concreto, su período de enseñanza de
canto en Ankara, Turquía, pero su respuesta fue en esta ocasión
también parca.
- Hay buenas voces,
pero poco cerebro....soy muy viejo para eso....
- ¿Como se le
ocurrió lo del canto? - insisto.
- Posiblemente es la
historia repetida de muchos jóvenes, no me apetecía estudiar y mi
padre me puso a trabajar - aquí esbozó Don Carlo una leve sonrisa
y prosiguió - Mi primer trabajo fue el de aprendiz de armero en el
ejército. Mi padre era militar y al parecer quería tenerme
controlado. La primera vez que ví una ópera, no creo tuviera
cumplidos los quince años, lo hice por la sugerencia de un amigo. Me
impresionó tanto la voz del barítono que en la primera
ocasión que me encontré solo y en el campo, me puse a lanzar
notas al aire intentando repetir lo que había oído en el teatro.
Durante algún tiempo estuve pensando como probar en serio y tuve la gran
ocasión al participar en el coro del teatro. Todo lo demás es la
repetición de la historia de los cantantes. Alguien te oye, le gusta, y
se preocupa por enseñarte a vocalizar. Cuando debuté en serio,
tendría unos diecinueve años.
De regreso a su casa me
invitó a pasar y lo primero que me impactó fue el encontrame de
frente una gran sorpresa. Un cuadro de aproximadamente dos metros de alto
representando a Don Carlo en el Barbiere di Siviglia. Naturalmente que le hice
una fotografía junto a su cuadro. Quizás la única que
exista. Me impactó de manera tal la modestia de este hombre que
quedé sin palabras. Otros artistas tendrían ese cuadro donde la
vanidad mundana pudiera cumplir con los halagos de rigor.
Esto me recuerda un par
de frases que he leído en alguna parte "Somos parcos en hablar, si no
hablamos de nosotros mismos" y "A menos que la vanidad nos haga hablar,
hablamos muy poco". Ese hombre era Don Carlo Galeffi. |