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RECUERDOS DE UNA VIDA
Autor: Roberto Di Nóbile Terré
Amor en la vida de ADELAIDE
SARACENI
La palabra amor, rodeó practicamente su vida.
Amor por la música desde sus primeros años cuando como solista
cantaba en el coro de la iglesia. Amor por el violín porque le
dedicó ocho de sus juveniles años. Amor por el canto al dedicarle
siete años de su vida para aprender de él todos sus secretos.
Pocos escritos sobre su vida nos pueden orientar hacia su intimidad, ya que su
vida profesional es más o menos conocida.
Nació el 25 de Noviembre de 1895 de padres
italianos, establecidos en la ciudad de Rosario, en Argentina. Desde muy
temprana edad tuvo inclinación por el estudio del violín el que
durante ocho largos años ocupó su niñez. Fue el marido de
su profesora, maestro de canto, quien al escucharla en un solo
acompañada del coro de la iglesia sugirió a su padre la
enseñanza del canto. Así comenzó su vida artística,
sin pensar siquiera a esa edad que es lo que le depararía el destino,
con un padre realista y una férrea voluntad para el estudio.
Apenas cumplidos los quince años viajó
a Italia con su padre, el que quería comprobar si efectivamente las
condiciones vocales de su hija eran tal cual se lo habían pronosticado
en su ciudad natal. Desconozco las razones por las cuales su destino en Italia
fue la ciudad de Pesaro, donde la maestra Edvige Ghibaudo, fue su ángel
guardián durante siete años. Por ello manifestó en una
ocasión: "Lo que he llegado a ser se lo debo a Ella, pués fue
sensible, enseñándome no sólo una técnica
sólida, sino también la disciplina".
Sumamente interesante hubiera sido conocer sus
pensamientos, podemos adivinar su nerviosismo, también sus temores,
propios de todo estudiante de canto, nos gustaría conocer sus deseos y
sus esperanzas, imaginamos su seguridad disminuída con respecto a sus
estudios, como el acentuado valor para una prueba, cuando su profesora le
sugiere ir a Milán para realizar una audición. Los estudios, es
de suponer, habían dado sus resultados, aprendió a respirar,
sabía donde colocar los sonidos, su voz estaba preparada para hacerse
oir. Sabía interpretar con desenvoltura. ¿Pero lo estaba Ella
para afrontar una audición? Ese quizás, y sin quizás
también, habrá sido el más grande de sus temores. Por su
cabeza habrán pasado nada más que unos veintitrés
años de recuerdos, de esfuerzos, de fracasos y vuelta a empezar, hasta
llegar al momento de la verdad. Solo un aria para demostrar lo que
saldría de su garganta, "Qui la voce, de I Puritani". Pero alguien
sabía de antemano el resultado, su maestra, que conociendo como
conocía ella el órgano de su alumna, le dijo: "Lo único
que te pido es que no hagas la audición si no estás en perfectas
condiciones". "¿Y que haré si me piden otra?" - preguntó -
"Cuando oigan como la cantas, no necesitarán pedirte nada más, ya
que es una de las arias más traicioneras que se hayan escrito"
-contestó doña Edvige.
El sueño por el que había luchado
tanto, se hacía realidad. A partir de ese momento fue aceptada y
escriturada, la alegría la invadió por completo. Lo digo aun sin
haberla conocido, porque yo también lo he vivido. Luego vienen los
peros, todo aquello que se desconoce porque cuando se estudia no se piensa en
otra cosa, debutar y se ignora por completo lo que pasa de telón para
adentro.
El público en general ignora los dramas que
se desarrollan detrás del telón. Las campañas entre
artistas de ambos sexos.. Ignoran las zalamerías que deben utilizar los
empresarios para satisfacer las vanidades de los que ya tienen un nombre, como
las exigencias para con los novatos. Es imprescindible tener esa
psicología "casera" que le permita nadar entre aguas a veces
turbulentas. Como me dijo una vez un periodista, "Para darse una idea de las
tragedias del teatro por dentro, es menester haber visto de cerca el alma del
artista".
Todo es posible pasara por la cabeza de Adelaide
cuando se dirigía hacia Milán. El resto de la historia es ya
conocida por todos. Brillante debut como Rosina del Barbiere di Siviglia en el
Teatro Municipal de Lugo, Ravenna, Italia, el 30 de Abril de 1919.
Adelaide Saraceni, como otras similares,
"concibieron el canto como lirismo, como dimensión poética,
veteada de nostalgias sognantes, de dorados encantamientos" - dice Angelo
Sguerzi, en su libro "Le stirpe canore".
No tiene ningún desperdicio recordar algunas
de las palabras que Rasponi le dedica en su libro "The last primadonnas", donde
realiza una definición de Adelaide, después de haberla
oído personalmente en el "Maggio Musicale Fiorentino", clara, profunda,
sincera, artística, "Adelaide Saraceni fue una de las figuras
más aristocráticas que hayan agraciado el teatro lírico
italiano. Se movía en escena con infinito encanto, sus rasgos delicados
fortalecidos por una nariz aquilina de gran distinción. Cantaba con la
facilidad de un ruiseñor, con notas exquisitas como perlas casi
transparentes".
Siempre estuvo rodeada de amor, aunque sin perder su
genio y su carácter, en todas sus palabras se sentía el
amor.Basta oir sus comentarios sobre los que fueron sus compañeros,
desde el principio hasta el fin sus recuerdos son cariñosos. Volvamos a
la entrevista que relata Rasponi en su libro: "Hablando de tenores, nunca
hubo un colega más agradable y menos egoista que Beniamino Gigli. En la
noche inaugural de Manón Lescaut, enloquecida de miedo, salí al
escenario en un estado de terror, la había aprendido con el Mº
Tulio Serafín en el mismo barco, ya que la que tenía que cantar
era la otra Manón, la de Massenet y la dirección del teatro
Colón de Buenos Aires la había sustituído. En el segundo
acto estaba tan encantada con el canto de Gigli, que me olvidé de todo,
a tal punto que me susurró al oído "Eh, idiota, es tu turno..."
Me había ipnotizado de tal modo que el pánico escénico me
había abandonado. Al salir a saludar al final del segundo acto, el
público rugió su aprobación, y antes de que me diera
cuenta de lo que ocurría, Gigli me empujó hacia adelante,
mientras él abandonaba el escenario. Luego entre bastidores le
pregunté porqué había hecho eso y me respondió -Te
mereces todas las llamadas a saludar solita, y quise demostrarte que el
público estaba impresionado por tus propios méritos - Bueno,
así era él. Y en cada ocasión de las muchas que
canté con él, siempre resultaba ser el colega más adorable
posible".
Del barítono Carlo Galeffi dice: "El
Rigoletto de Galeffi era el más soberbiamente cantado, recuerdo la
electricidad en el aire cuando la canté con él en La Scala". Y en
el Costanzi de Roma quedé sorprendida de que Galeffi, el Don, que
tenía la más verdiana de todas las voces de barítono,
pudiese reducir su enorme instrumento y ser un verdadero mozartiano". Y del
mismo modo habla de todas sus colegas, admitiendo la competencia, con
admiración, con mucha honradez en sus palabras, resaltando siempre sus
virtudes, nunca empleando comparaciones y menos aún comentarios
negativos.
De Tito Schipa comenta, "En La Scala tuve todo
tipo de momentos memorables. Canté una larga serie de "L'Elisir
d'amore", con Schipa, cuyo Nemorino era literalmente irresistible".
Yo creo que entre los artistas, como en el
ejército, existe no obstante los obvios celos de la profesión, un
espíritu de cuerpo, un profundo sentido de solidaridad en la defensa de
los valores ideales.
Su bondad era manifiesta pero también
sabía llamar al pan, pan y al vino, vino. Como manifiesta la periodista
Valeria Pedemonte, en un artículo de la revista "L'Opera" Nº 90, de
Septiembre de 1995, basado sobre una entrevista, "era orgullosa
profesionalmente y una fiera indómita". La misma periodista nos
apunta algunas anécdotas que demuestran su carácter, es la
Saraceni quien habla, "en cierta ocasión, un maestro del que no
quiero dar el nombre, no me daba los tiempos justos, y al terminar el primer
acto lo apostrofé diciéndole - Maestro le ruego que esté
conmigo, porque Ud. al público le da la espalda, pero yo doy la
cara".
Otro ejemplo de su carácter fue el que
demostró ante una pregunta de Valeria Pedemonte,
"¿Conoció Ud. a Benito Mussolini?" "Sí,-
contestó- vino a felicitarme al camerino. Hoy nadie tiene el coraje de
admitir la admiración por este hombre de estado. Bueno, yo tengo casi
cien años y el coraje lo tengo".
No puedo admitir que la cronología de sus
actuaciones sea completa, por el tiempo transcurrido siempre desaparece algo de
documentación, pero la cantidad de ciudades visitadas en su carrera,
demuestran una actividad incansable. Lo mismo podemos decir de su repertorio,
ya que no sólo se dedicó a las tradicionales óperas para
su voz, cantó algunas que no lo eran y otras como "Le nozze di Figaro",
y "Don Giovanni", de Mozart, "La campana sommersa", de Respighi, "La vedova
scaltra", de Wolf-Ferrari, "Falstaff", de Verdi, "La cena delle beffe", de
Giordano, "Il Diavolo nel campanile", de Lualdi, "L'uomo che ride" y
"María Magdala", de Pedrollo, "I Capuleti e I Montecchi", de Bellini.
El amor vuelve a manifestarse en la vida de Adelaide
Saraceni, grande, profundo, honesto, incluyendo sus sinónimos de
cariño y afecto. Ella misma lo relata a Rasponi cuando fue entrevistada,
"Nunca me casé -respondió a la pregunta pertinenete - pero
amé intensamente a un hombre durante cuarenta y siete años.
Tenía mujer e hijos, y yo respetaba tanto su familia que nunca
habría aceptado que la abandonara. De modo que no tenía salida. A
veces la vida es así. Uno está atrapado y tiene que hacer lo que
mejor pueda. Murió hace cuatro años y pronto lo siguió su
esposa. Para mí nunca fue un pecado, porque cuando se ama de esa manera,
uno se transfigura. Su hijo lo entendió tan bien, que cuando este
año no aparecí en el cementerio en el aniversario de su muerte
con mis brazos llenos de flores, me telefoneó para ver que había
ocurrido y parecía muy preocupado. Le expliqué que estaba con
fiebre y en cama y no había podido viajar".
Con la palabra amor quiero terminar estas
páginas sobre su vida, y cada uno podrá interpretar esas palabras
como mejor le dicte su conciencia y su amor, su cariño o su afecto.
"Solo el amor postrero de una mujer, puede
compararse al primer amor de un hombre". (Honorato de Balzac)
La siguiente definición del amor, es de San
Agustín:
"Ama y haz lo que quieras; si callas,
callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges,
corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Como
esté dentro de tí la raíz del amor, ninguna otra cosa sino
el bien podrá salir de tal raíz". |