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RECUERDOS DE UNA VIDA

Autor : Roberto Di Nóbile Terré

Cartas del amigo Paolo Roberttaccio (4).

“El terror de un debutante”

Recordado Flaco:

                Por fin hubo parto, con dolores y sin experiencia. Me hubiera gustado tenerte a mi lado. Que mal se pasa.Te había anunciado que posiblemente mi debut fuera en Fabriano. Todo muy rápido. Me llamó el maestro Ruisi “mañana viajamos a Fabriano y esta tarde ensayo general en la casa del regista Azzolini”. Allí me encontré con todo el elenco, la soprano Annamaria Fratti, su marido, el tenor Angelo Rossi, el barítono Malavassi y faltaba Renzo Scorzoni, quien ya había hecho la parte de Tonio. Bueno, creí que mi oportunidad no llegaría nunca. La prueba fue bastante buena, con la sorpresa de que al día siguiente hubo otra. Correcciones para todos los gustos.  

En una semana tuve que aprenderme una parte de “L’amico Fritz”, para que cuando la tenía en el buche, me dicen que un personaje de “Lucia”, para que a la semana siguiente opten por “Traviata”, para terminar haciendo Arlequino de “I Pagliacci”, esa partecita que muchos consideran como tal, pero la primera vez  resulta un furúnculo, al menos para mí.

Partí al día siguiente en el tren de las 10. Me vi más solo que la una, no se encontraba ninguno de los del elenco. Aparentemente tranquilo, aunque con una gran emoción por ver lo que significa estar en el escenario. Mi parte la sabía a la perfección, me sentía seguro, pero tenía gran curiosidad por saber que encontraría en Fabriano. Nunca me gustó la soledad y hoy me agobiaba. ¿Cómo se comportarían mis compañeros? Solo yo era el debutante y conociendo  un poquito este ambiente, había algo que no me dejaba tranquilo. Cuando más quería extasiarme con la campiña y las montañas, intentando olvidarme del debut, mi otro yo volvía a insistir con mi parte, con mis movimientos y repasar todo mentalmente.

                Había una sola forma de sujetar a mi otro yo, tenía que pasar el tiempo pensando en otra cosa. Traté de analizar a mis compañeros de viaje, y comencé con un.......veamos que tengo enfrente. Intenté entrarle al  señor mayor, regordete, en mangas de camisa, pañuelo al cuello, de unos sesenta años y el cinturón debajo de prominente tripa. Lo acompañaban dos hijas veinteañeras. Vestidas ambas con vaqueros y de conversación permanente entre ellas, mientras el padre se extasiaba viendo el campo y las montañas, cosa que hubiera querido hacer yo, para olvidarme un poco de mi parte. Pero nada, absolutamente nada. Era evidente que no tenía mucha suerte con mis compañeros de viaje. Llegado el mediodía comenzaron con la operación pienso, ¡menudo ritual desarrollaron! Sacaron de una bolsa unos panecillos, huevos duros, cerveza y bocadillos de milanesa. Para esta operación emplearon dos tiempos el primero lo ocuparon con los bocadillos, respiraron un poco y atacaron con los huevos y el resto. Una vez repartido todo entre los tres, el padre me dice “¿Vuol favorire?” (¿¡) fue lo único que le oí decir.

                Cuando terminaron de entretenerse con la operación almuerzo, las chicas se acomodaron para una siestecita y con todo desparpajo se quitaron los zapatos apoyando los piés en lo que quedaba libre del asiento. ¿Qué pretendían demostrar, desenfado, desenvoltura, o quizás........poca educación?

Me faltaba analizar al joven que formaba parte del quinteto en el compartimento. Diría que por la apariencia un joven doctor o abogado, posiblemente sin el título aún. Bien vestido. El que tuvo que aguantar las indiscretas miradas de las niñas y algún que otro comentario en voz baja, poniendo la mano delante de la boca sin disimulo. De traje y corbata, con zapatos nuevos, se entretuvo las cuatro horas del viaje, en leer papeles que traía en su portafolios. ¿Quizás repasando su último exámen? ¿Una tesis para el doctorado? Evidentemente pensaba como yo, mejor se come en una mesa. Descubrí que tenía voz cuando me dijo “scusi”, después de darme un pisotón. Imposible conseguir una mayor y absoluta monotonía en un viaje. 

Los nervios tenían una base, nunca me pude olvidar del ataque alérgico que me dio cuando estuvimos en Fara. Me preparó la doctora Savalli con determinados antibióticos y masivas vitaminas, que al sentirme bien, dejé completamente de lado. En mi cabeza  seguían rondando algunas preguntas, ¿Si me olvido la parte, como reaccionar? Considero que era la inseguridad propia del debutante. Pero ¿Porqué me siento así, si la parte la sé muy bien, incluyendo la escena? Y vueltas de nuevo a empezar ¿Cómo se comportarán mis compañeros? ¿si me equivoco me darán una mano? ¿Cómo? Mientras mi otro yo respondía, ¡Estúpido, ocúpate de ti mismo, lo demás vendrá por si solo! ¡Que tonto soy, de que me preocupo, si hasta ahora todo me ha salido bien!........

                Dejé mi puesto y salí del compartimento para distraerme. ¿Adivina que es lo que hacía mientras paseaba? Ensayaba mentalmente la gabota. ¿Se puede ser más merluzo?

                Llegamos a Fabriano pasadas las catorce horas. En el mismo tren venían los músicos de la orquesta, de haberlo sabido me habría acercado. Todos subieron a un autobús y yo detrás de ellos, sin saber porqué, pero imaginé que el pueblo estaría lejos. Diez minutos de trayecto y bajamos justo enfrente del teatro. Yo seguía mientras tanto a los músicos que descargaron su equipaje e instrumentos y por ellos me enteré que la prueba sería a las diecisiete horas. Todos juntos se dirigieron al hotel y yo.....detrás de ellos. Cada uno a su habitación, pero me cansé de esperar que salieran para ver donde se podía comer. Seguía estando solo, me busqué una “trattoria” donde poder matar el hambre que tenía. Los nervios me hicieron caminar el pueblo de una punta hasta la otra. No he visto una sola calle horizontal. Todas son subidas y por consiguiente bajadas. Visité los jardines de los que parecen estar muy orgullosos. Es una ciudad de unos 10.000 habitantes en la que sobresale como principal industria la fabricación de papel. Algunos me dijeron que la más antigua de Italia. Como faltaba hora y media para la prueba, dirigí mis pasos hasta el hotel, intentando descansar.

                A las cinco estaba en el teatro. El maestro Ruisi intentaba coordinar la orquesta, repasando una y otra vez el “prólogo”. Con el maestro Azzolini nos encerramos en un salón donde casi hemos repasado dos veces la ópera. Al piano el maestro Dell’Angelo, que sería nuestro apuntador. A las 21,30 prueba general con coros y orquesta. Si por casualidad hubo algún momento en que no estuve nervioso, no fue precisamente éste. Lo hice bastante bien, ya que el maestro Ruisi solo me llamó la atención en una oportunidad. En cambio a Malavassi que hacía el Silvio, lo volvió loco. Parecía que su parte la aprendió por la radio. En cuanto a la orquesta, nunca  había visto al maestro Ruisi tan cabreado, les hizo tantas correcciones, que llegó a decirles, “La banda del pueblo suena mejor que Uds”......

                Como a las 24 salió el tropel en busca de una “trattoria”.........la única que a esa hora estaba aún abierta. Fue mi único momento de relajación y durante el cual dejé de pensar en mi parte. El maestro Azzolini resultó ser un individuo divertido. Se pasó la noche haciéndonos conocer su largo y variado repertorio de  chistes. Nos retiramos a las dos de la mañana. A la mañana siguiente y como aun no habían llegado los de “Traviata”, el maestro Ruisi decidió otra prueba general. Me sentía algo más tranquilo, más afianzado en la parte. Libertad hasta la 19 horas.

                Y a partir de esa hora fue cuando comenzó mi drama. Los compañeros no demostraron la misma camaradería del día anterior, que aunque poca, era algo. En ese momento cada uno iba a lo suyo. Yo creí que lo de los nervios era solo para los principiantes........pués me equivoqué, porque los camarines parecían un loquero, todos gritaban, todos llamaban a todos, unos vocalizaban, otros ensayaban su parte, yo no entendía nada. Intuía que el nerviosismo no era privilegio mío. Todos querían ser atendidos por la sastra, por el maestro apuntador, afloraba el egoísmo del artista. Y a mí nadie me daba bola.  Solo sabía que tenía que maquillarme y no encontré a nadie que me dijera algo. En este aspecto el maestro Ruisi me prometió su apoyo, pero no lo he visto antes del espectáculo, ni en fotografía. A todo esto el reloj parecía haber puesto la quinta marcha. Los minutos pasaban que daban calambre. El maestro Dell’Angelo fue el que se apiadó de mi indicándome el maquillaje. El traje me quedaba chico, no podía doblar las rodillas. ¿Y si llega a romperse por algún lado? Menudo papelón. Busco de prisa a la sastra. Saca de un lado, saca de otro, para que al final me quedara grande. Mejor es así.

                Flaco, te puedo asegurar que nunca me había imaginado lo que estaba viviendo, esperaba un poco más de compañía, unos consejos, un poco de orden y mientras tanto mi sistema nervioso convertido en un polvorín. A todo esto el apuntador me pregunta, ¿Trajo el pañuelo negro? ¡Bendito sea el Señor! Lo había olvidado en el hotel. La desesperación que me invadió no tuvo límites. Me quité el traje de Arlequín, nuevamente a vestirme de calle y salir disparado hasta el hotel. Pero si es para no creerlo, intentar todo el día estar tranquilo, para que unos minutos antes tenga que comenzar de nuevo el intento tranquilizador. Hacía un frío fuera de lo común, pero yo no me enteré.

                Nuevamente con aspecto de Arlequín, busco un sitio oscuro y cerrando los ojos intento dominar mis nervios. Las charlas de los maquinistas y cantantes me molestaba. En mi interior pedía a gritos que comenzara el espectáculo, no veía la hora de salir de esta ofuscación. Ultima llamada, se levanta el telón, ahora si que será todo o nada. Scorzoni canta el prólogo, su actuacioón bastante buena, lástima el agudo final, le salió acatarrado. La orquesta hace sentir los compases que preceden la salida de la troupe al escenario. ¡San Paolo, dame una manito! De golpe desapareció el nerviosismo que tenía, las piernas dejaron de temblar, y en esta primera parte, al decir de los que me vieron, estuve bien. Continúo caminando entre bastidores a la espera de la romanza, vuelta a empezar con el temblor de las piernas.......¡Será posible? Siempre lo mismo, el miedo a olvidar las palabras, a entrar tarde. Al maestro solo le veía la mano, bueno..... me agarraré a ella como a un salvavidas. Miro al maestro interino esperando su señal y lo veo un poco azorado, está dando vueltas y más vueltas a las hojas de la partitura, no encontraba mi entrada, en ese momento debo haber tenido 30 de tensión. Distraído por el maestro que que en ese momento estaría peor que yo, alguien me empujó, y aparezco de golpe ante el público. La romanza la canté bien, el agudo final quizás un poquito apretado, pero en fin aceptable. El dúo con Colombina fue lo mejor. Finalizo y voy a cambiarme. Terminó el parto. Sentado en el camarino me entró una flojera, como nunca en mi vida. ¿Será que siempre tendré que pasar por esto? Y mi otro yo “¿No es esto lo que has estado buscando tanto tiempo? Si......... pero sin tanto apremio.........

                Nos íbamos al hotel con un grupo de músicos cuando se nos acerca el empresario De Rita con una grata sorpresa. Había un final de fiesta con Mario Del Monaco y Antonietta Stella, yo lo sabía pero me había olvidado. Les ofrecieron unos premios por su actividad operística, que yo creo fue más bien para llevar público, porque estaba anunciado en los carteles. Cena por todo lo alto. Por suerte un solo y breve discurso (estaba yo como para muchos cháchara) y el brindis de rigor por Del Monaco. La Stella muy guapa y bien formada, elegante y agradable en el trato.

                Día 9 de Junio. Quedará imborrable durante toda mi vida.

                Querido amigo Roberto, creo que se me ha ido la mano detallando mi experiencia, me ha servido para descargar la tensión, pero estoy seguro que me conprenderás. Tu experiencia me hubiera venido muy bien. Espero tus comentarios. Saludos a la familia.

 

                         Paolo.