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RECUERDOS DE UNA VIDA
Autor : Roberto Di Nóbile Terré
Una
sublime aventura
¿Cómo surge una aventura? ¿Por un consejo, por un deseo,
por imitacion, por competición, por amar el riesgo,
por locura, por audacia o por una simple invitación?
Paolo Roberttaccio tenía un espíritu jovial,
agradable, alegre y juguetón. A sus 10 años no podía
ni debia pensar en otra cosa. Sin embargo ya conocía
lo que significan los aplausos, ser popular,
importante, aunque dentro de los límites propios de
la edad. Era solicitado, mimado, querido. Participó
en una obra final de curso en su escuela, vivió el
personaje de un huérfano en una poesía realizada por
su maestro. Le gustaba cantar y lo hacía en el coro
del colegio, en su casa, en los cumpleaños, en la iglesia y en la boda
de su tia Maria. Tenia una voz de soprano dramática,
brillante, pura, natural, cantaba como los ángeles,
suponiendo que ellos tuvieran voz. Era desenvuelto y
disfrutaba. Lo curioso es que ya de mayor nunca pensó
en dedicarse a ello, si, en estudiar un poco y un
mucho en jugar, al futbol, al frontón, las carreras
lo volvían loco.
Los primeros años de estudio en un colegio
religioso, le marcaron ciertas normas. Todo el
secundario en otro, se encontró al final con una
expulsión, él decía inmerecida.......quizás no
tanto.......Una chiquillada.....Su voz cambiada con el
tiempo. Era todo un hombre, voz metálica potente y
aguda. Los designios del Señor son insondables, iba
para comercial y un agradable encuentro, despertó en
él la pasion por la lírica. Fue invitado a unos
ensayos, el tiempo libre y la curiosidad le hicieron
aceptar.
En el salón familiar, en uno de cuyos rincones
se encontraba un piano vertical de más de mil campañas,
tres amigos calentaban motores entre escalas de 5ª y
7ª, vocalizos acompañados por una pianista que
arrancaba notas a fuerza de aporrearlo. Los
comentarios, las mutuas críticas y las correcciones, se sucedían en este ambiente
bohemio, como si de maestros se tratara. Se oyó de
pronto una voz que dijo –Prueba tú, Paolo-de pequeño eras el de los gorgoritos. Respondió
–Lo hacía por gusto personal, sin pensar en nada
serio, cantaba de oidos-. No obstante no se hizo rogar
mucho. La pianista comenzó con las notas bajas del
tenor, cuando entró en las notas centrales, sin
parar, dirigió de soslayo una mirada a los muchachos.
Cuando la última nota de la escala fue un SI natural
agudo, dejó de sonar, miró de frente a los otros, su
cara denotaba sorpresa pero no articuló palabra,
martilló nuevamente el SI natural y sugirió –¿Repetimos?-
Y vuelta a comenzar. Las notas se oían sin esfuerzo,
por lo que al llegar nuevamente al SI natural, la
pianista continuó hasta que al llegar al RE4, dejó
de sonar, -¿Tú sabes que nota es ésa?- Paolo cabeceó
un poco sin articular palabra. –Sigamos- dijo la
pianista. Paolo
como con quien no va la cosa, asintió. Cuando
llegaron al FA sobreagudo, aunque apenas tocado, pero
era un FA, la pianista se puso de pié, mientras
martillaba la nota FA demostrando su asombro.
Aplausos, gritos, comentarios y el que hablaran todos
juntos, obligó a Paolo pedir una explicación.
Resumiendo, Paolo pasó a engrosar el grupo de
estudiantes.
Sin que el flamante aspirante a tenor lo
supiera, los genes le habian jugado
una curiosa pasada. Por ambas ramas familiares,
tuvo dos tíos estudiantes de canto en su juventud,
sin mayor proyección ni fama. Otros dos tíos músicos,
uno violinista profesional y otro sonaba el trombón
en una banda. Su padre obtuvo el título de violín
sin llegar a profesional, por tener dedos algo cortos.
También tocaba la guitarra. Se repetía en la familia
esa bohemia musical manifiesta, en la que muchos creen
observar visos de realidad artística, aún sin
conocer los sacrificios necesarios, ni el por donde
comenzar. La bohemia familiar tomaba cuerpo en otra
generación.
¿Quién se anima a imaginar, que cosas pasaban
por esa cabeza joven inebriada de repente por un
suceso tan brillante como inesperado? Es de suponer
que a la par del entusiasmo, irían en aumento sus
dudas. ¿Con quien aconsejarse? Buscar un maestro y
correr riesgos de si es bueno o no. ¿Tomarlo en
serio? La cordura también se hace sentir. Por lo
tanto dejó reposar la cosa y mientras seguiría con
los gorgoritos. El tiempo no menguó su idea, al
contrario, creía en un progreso diario. Quizás fuese
su entusiasmo o la repentina ilusión.
Pasado el tiempo de reflexión le aconsejaron
un viaje a Italia. En Roma vivía un tío que en su
juventud había estudiado canto, junto al tenor
Giacomo Lauri Volpi. Podria ayudarle a encontrar el
camino. Viaje en barco. Sería su primera vez. El
tiempo empleado hasta el primer puerto que apareció,
no podría decir si fue monótono o no, solo veía
Paolo la inmensidad del mar y lo infinito que es el
cielo. Las preguntas iban y venían, es decir, su
cerebro atosigado no veía otra cosa que
interrogantes. Este es el primer día y ya esta
pensando en el futuro ¿Qué sorpresas le esperan? ¿Por
dónde comenzar? ¿Será dificil o fácil? Era sincero
consigo y no creía esto último. ¿Sería capaz de
aguantar la presión? Trataba de distraerse para no
explotar. La ansiedad, la angustia, la duda y la
alegria se alternaban en su mente. Nunca habia hecho
nada igual. ¿Será audacia o locura? Es como tirarse
al vacio cogido de una cuerda.
Jugar a los tejos y a los naipes con otros
pasajeros e ir al cine, no le daban la calma
pretendida. Tenía encima un gusanillo que lo hacía
girar como en un tío vivo. ¿Quizás el viaje en avión
hubiera abreviado tantas dudas? Necesitaba esa
tranquilidad que le permitiera analizar en lo que se
había metido. Las bajadas en los siguientes puertos
fueron afianzando su seguridad. Los paseos por Sao
Paulo, las largas caminatas por Copacabana, la subida
al Cristo Redentor en Río, el viaje en funicular para
visitar Bahía, le dieron algo de esa tranquilidad
esperada. Volvió el razonamiento ¿Acaso no quería
él saber si valía para ello? Tenía que sacarse esa
espina.
La llegada a Génova calmó algo sus nervios. Aún
faltaba el viaje en tren hasta Roma y allí es donde
se le presentaría la posibilidad de evacuar todas sus
dudas. En la “Stazione Termine” lo esperaba su tío,
el que ya le habia buscado una pensión. No, una pensión
es demasiado, su riguroso plan económico solo
apuntaba a una habitación de familia. Encontró una
viuda que alquilaba a estudiantes. Y ahora, vamos a
por el maestro. Su tío conocía un viejo barítono
retirado a cuarteles de invierno, hoy maestro. Alto,
fuerte, unos setenta años, voz potente aunque
quebrada. Modales
no muy finos y un caminar de babor a estribor como los
barcos. Después
de los primeros vocalizos Paolo observó demasiadas
preguntas y entre ellas oyó la palabra “contrato”
que aunque en italiano,
con la española se diferencia solo por una T. Su tío
aconsejó, -De firmar, nada.....-Paolo se entusiasma,
vuelve la confianza, algo habrán visto. La cosa
marcha. Paolo canturrea en la calle lo aprendido hoy, como cuando era
niño.
A los cuatro meses la cosa parece estancada. La
cuenta bancaria comienza a quejarse. Don Oreste el
maestro se cabrea de vez en cuando. Las lecciones que
habían comenzado tres veces por semana pasaron a ser
diarias. La atención no es la misma, se huele en el
estudio demasiada prisa, el ambiente se asemeja más a
lo comercial. Los agudos los tenía, aunque parecían
gritos, pero y el resto........Comenzamos a estudiar
romanzas, -nos dice Paolo- no obstante su supina
ignorancia, le pareció demasiado pronto. Los antiguos
pasaban años antes de comenzar a cantar. Observa
demasiada tolerancia. Piensa, -De pronto me habré
convertido en un genio. Se habia evaporado la dedicación
del profe. La audacia y la ilusión con la que había
comenzado el viaje, va adquiriendo visos de prudencia.
Con la adquirida tranquilidad desarrolla una buena
autocrítica. Se frena un poco su entusiasmo. Las
dudas, las objeciones y las reservas se disipan y
aclaran con el tiempo y el sentido común. No habremos
conectado entre nosotros, - expresaba Paolo. Al menos
como lo entiendo yo, conexión maestro-alumno..
¿Qué saldrá de la mezcla de prudencia
actual, con un gramo de la locura con el que comenzó
su aventura?
Seis meses, son suficientes para ver que su
progreso era ilusorio. Necesito otra cosa –se dijo Paolo un buen día.
Y.... desapareció del mapa don Oreste. El maestro
Wolff dirige compañía de óperas, podria ser una
base. Mucha menos teoría y más práctica. Su sistema
consiste en aplicar la técnica sobre lo que se canta.
Es agradable, muy buen pianista, pero serio, no pierde
el tiempo con chistes, anécdotas o aventuras
juveniles. Cuatro meses con el maestro Wolff sirven
para aprender varios personajes secundarios. Una
visita de su tío al estudio, le da el apoyo por la
decisión tomada. El mes que viene participará en un
concierto y al siguiente en otro. El primero hizo
sentir a Paolo las sensaciones más diversas. Primera
actuación en público con cuatro romanzas.
Nerviosismo por todos los poros. Pero al terminar se
encuentra uno en una nube. ¡Que bonitos son los
aplausos! Se sueña ya con la fama, se corre
demasiado, se quieren quemar etapas. En el medio, una
boda familiar donde Paolo canta en la iglesia el
“Ave Maria” de Gounod. Las felicitaciones, los
aplausos y los abrazos fundamentan el entusiasmo de
Paolo. ¿Acaso las grandes empresas no se basan sobre
el entusiasmo?
El maestro Wolff saldrá en gira con una compañía
durante tres meses. Esto lo sabía, solo esperaba no
se produjera. Ese
riesgo existía desde el primer dia. ¡Adiós
ilusiones, porque creía haber encontrado el camino!
Tocaba el Cielo con la mano. Yo no puedo esperar tres
meses –se dijo Paolo- mi cuenta bancaria no aguantará
tanto sin hacer nada.
Un día de asistencia al teatro Opera, Paolo oye
mencionar al maestro Ruisi, director de orquesta y organizador de
compañías líricas. Se repite la historia. Estudio
de personajes ya conocidos, batiendo mucho sobre
oscurecer el sonido, ir a tiempo, cantar con soltura,
apoyando en máscara, todas cosas conocidas, pero con
correcciones sobre la emisión del sonido o sea, que
sabe cuando un sonido no está apoyado, estudio del
solfeo y algo de escena. La desilusión fue repetida,
porque salió también en gira de diez dias y lamentaba no tener un puesto para él. El año
que viene será otra cosa.
La necesidad agudiza el ingenio, razón por la
cual, el futuro astro de la lírica tuvo que buscar un
trabajo. Dice un viejo proverbio italiano, “il tempo
pasa e la morte s’avvicina”. Nada de oficina,
porque hay que tener libertad de horario para el
estudio. Salió elegido entre varios candidatos
presentados, para vender chocolate. Al menos será un
trabajo dulce -pensaba Paolo-. Una furgoneta y toda
Roma para él. Mientras conduce por el endiablado tráfico
romano, piensa en todo lo ocurrido el último año, en
la falta de actuaciones, el riesgo que corre con
maestros desaprensivos y en los vaticinios de los
“sabiondos conocedores y de los menos”. ¡Qué
voz! ¡Qué timbre! ¡Qué agudos!¡Qué audacia! ¡Qué
arrojo! ¡Qué locura!, para continuar ¡Cuánto
cuesta! ¡Qué de sacrificios, cuanta abnegación! ¡Cuántas
sorpresas!
La vuelta del maestro Ruisi trajo algunas alegrías
para el maltrecho espíritu de Paolo. Preparación
inmediata del Arlequín de “I Pagliacci” y el
Normanno de “Lucia di Lammermour”. Estos altibajos
matan a cualquiera. Menos mal, que siempre aparece el
entusiasmo haciendo olvidar toda clase de locuras.
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