Paolo Roberttaccio ha cumplido casi cuatro años de
estudios e intentos. Demasiado tiempo para tan
pocos resultados. No obstante su formación y su
carácter la ilusión de lo que podía hacer o
haber hecho, comienza a desmoronarse. No bastaba
con poseer una buena voz e inteligencia, tenía
que haber contado con un tercer factor, sin
lugar a dudas el más importante, el maestro, un
buen maestro. Llegó a la conclusión que eso es
más difícil que encontrar una aguja en un
pajar. Aún es fuerte, aunque se siente
acorralado. Sus pensamientos no son claros. A
veces piensa si fue un deslumbramiento o una
quimera, un sueño o un desvarío. Tanto tiempo
sin hacer nada, son demasiados para quien tuvo
gran dosis de esperanza.
La aventura del chocolate duró algún
tiempo. Era él muy bueno o quizás todo lo contrario, lo
mandaron a provincias y para él, eso era como
sentirse despedido. La necesidad lo obligaba a
buscar otros caminos, vendedor de libros a
domicilio, de cuadros al óleo en las puertas de
las escuelas, pasando por vendedor de papelería.
Todos trabajos no acordes con sus estudios y con
sus escasas
representaciones en provincias, para desempeñar
algún que otro personaje secundario en compañías
de mala muerte. Mientras tanto el tiempo pasa
inexorable y su cuenta bancaria comienza a
rezongar por falta de alimento. La economía no
es de goma, tiene un límite, es una realidad.
Su tío ante la audaz insistencia de
Paolo, le había prometido conseguir una audición
en el teatro Opera, pero ésa también se hace
esperar. Recibió una propuesta para hacer el
personaje de Goro de “Madame Butterfly”, en
Velletri. Fue la vieja pseudo-empresaria Rotondo,
poseedora de un aspecto de bruja peliculera, la
que aprovechando viejos empresarios conocidos o
mas bien por sacársela de encima, consigue de vez en cuando que le acepten
algún protegido y que por la retribución
usurera que pide, le permita también a ella
seguir adelante otro mes.
Paolo sigue estudiando con el maestro
Ruisi, pero de peras a brevas, debido a las
salidas del maestro en gira con alguna compañía.
La semana pasada estuvo en Marsala. Un día se
presentó su tío en el estudio del maestro,
compañado de otro empresario, un tal De Rita,
bueno.....si......llamémoslo empresario. Cuando
se les oye hablar a todos estos mangantes, dan
la impresión de creerse un Walter Mocchi, un Da
Rosa, Ciacchi, o cualquier otro famoso
empresario de la antigüedad. La verdad es que
siempre se les oye la misma cantilena “mi
trovo organizando una grande impresa” o
“debo scellere dei cantante per una importante
compagnia” o “non arriva l’aiuto del
Ministero di Cultura”
o “domani parlero col Ministro”, etc.
etc. Aguantaron solo media hora de lección
“bella voce, io credo si possa fare qualcosa
per lui”, esto es lo que el empresario le decía
al tío de Paolo cuando se estaban yendo.
Al día siguiente Paolo se enteró de la
verdadera intención de la visita, el mangante,
quiero decir el señor empresario buscaba apoyo
económico en el tío de Paolo, porque según él,
le habían concedido la subvención para dos
representaciones del Ministerio de Cultura, pero
como esta gente paga a espectáculo realizado,
necesitaba una discreta cantidad para comenzar
la preparación. Esto es la pescadilla que se
muerde la cola. Naturalmente el señor
empresario tuvo que buscar otra puerta. No
obstante, Paolo que veía una posibilidad de
actuar, habló con su maestro al que comentó lo
ocurrido el dia anterior. La respuesta del
maestro Ruisi no se hizo esperar, “De Rita es
un hombre honesto, pero como los últimos espectáculos
no le fueron muy bien, se vio obligado a pagar
con pagarés que están dando vueltas por Roma y
cuando le den la subvención ministerial, le
caerán todos encima sin dejarlo respirar. No,
Paolo, no me interesa- dijo el Maestro.
Surge otra posibilidad de actuación
cuando el tío de Paolo le presenta otro pseudo-empresario.
Este ha recibido, según la costumbre
Ministerial, la subvención para 20 conciertos
en ciudades del interior. El señor Risuleo que
es el afortunado receptor de la subvención, ha
prometido tenerlo presente, pero vuelve a
aparecer “la pescadilla que se muerde la
cola”. Para poder cantar y de esta forma
adquirir algo de práctica hay que pasar por el
aro.
Todos media cuchara, que creen ser alguno
de los más famosos empresarios antigüos como
el Lanari, el Casali, el Paterni o el mismísimo
Barbaja, o quizás más modernos como Walter
Mocchi, Faustino Da Rosa, los hermanos Crodara,
el Bing o el Husock.
¿Cuánto tiempo puede admitir un ser
humano ilusionado, con este proceder? En medio
de gente sin escrúpulos, abusadores,
mentirosos, egoístas, poco tiempo, eso será en
función de la idiosincrasia o carácter de cada
individuo.
Todo esto no es nada de lo que se
imaginaba Paolo. Hacen falta muchas cosas más,
aparte del deseo de triunfar. Un buen maestro,
sincero, honrado y profesional. El tiempo pasa
inexorablemente y no vuelve. Cuando se
aprovecha, bien, pero cuando no se puede sacar
de él el mínimo aprovechable, ¡Que ansiedad, que dolor,
que desgraciada impotencia! Esto era para él
como un mal sueño que al despertar, por no
esperado, se convierte en un gran desengaño.
¿Acertó Paolo con los maestros
elegidos? ¿Lo engañaron o se engañó el
mismo? ¿Habrá seguido una loca fantasía? Le
invade el pesimismo porque ve con dolor que no
puede conseguir lo que quiere. Quizás no lo
merezca, quizás fue poco esfuerzo, quizás era
necesario más tiempo, quizás no encontró el
camino. Son demasiados quizás, para dar una
respuesta acertada. Nada es tan bueno como
pareció en un principio. Un quizás más ¿Habrá
llegado la hora de quitarse la máscara de la
ilusión? Unas palabras de Goethe le hacen
pensar, “nosotros no somos engañados nunca,
sino que nos engañamos a nosotros mismos”.
Dijo otro, “la ilusión hace bella la
vida”, ¿pero que ocurre cuando no se puede
pasar de la ilusión? Todo en esta vida tiene un
final y si Paolo no ha podido concretar su ilusión
después de cuatro años de esfuerzos, prefiere
dejarlo antes de convertirse en una mediocridad.
Después de todo, ¿Qué es una ilusión? Es una
imagen o representación sin verdadera realidad,
sugerida por la imaginación o causada por el
engaño de los sentidos.
Paolo cree haber terminado, algo le dice
que no es su camino y no es tan obcecado como
para tirar su vida en una ilusión.