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RECUERDOS DE UNA VIDA
Autor : Roberto Di Nóbile Terré
Oración a mi Madre
Querida Vieja, sé que no te vas a sorprender por estas palabras, ya que estoy seguro tu espíritu revolotea siempre sobre nosotros. Todas las noches rezo al Señor por tu alma, aunque no creo sea necesario. Nadie podrá jamás convencerme de que tu meta final, al dejar este mundo, no haya sido la Paz Eterna en la Gloria del Señor. No me cabe duda de que fuiste directamente allí. Tu bondad manifestada durante tantos años a nuestro lado es, junto a otros adjetivos lo que hemos heredado. Tu fidelidad, tu compañerismo alegre y de apoyo al “tano” Antonio, tu enorme voluntad de trabajo, tus principios religiosos, a los que me he aferrado toda mi vida, han sido el ejemplo que todos los hijos quisieran para sí. Vos heredaste las virtudes de aquellos inmigrantes catalanes que, con el abuelo Antonio Terré y Cairó a la cabeza, español hasta los tuétanos, a finales del siglo XIX, viajaron a Argentina para fundar la familia a la cual pertenecemos ¡Qué ejemplo de amor, hombría de bien, integridad, audacia y trabajo ofreciendo a ese nuevo país, su experiencia al frente de un ultramarinos junto a la abuela María Prió Brunet, sin olvidar el acompañamiento de aquel viejo trabuco bajo el mostrador! Fundaron una familia de las que ellos y yo en la actualidad estamos orgullosos.
De la abuela María recuerdo esos ojos oscuros y dulces, símbolos de una bondad personificada, ejemplo de cristianismo y amor al cumplimiento de sus creencias. Todos los días, desde que la conocí, la vi madrugar para ir a la misa de las 6 a la Iglesia de San José. Del abuelo, Antonio recuerdo que cuando yo tenía escasos 4 años, se entretenía jugando a los bolos conmigo en el patio. Voz recia, segura, que habrá tenido a raya a más de un borracho.
Sus enormes bigotazos al estilo de la época, quizás influenciado por el viejo Káiser, y su serio semblante, imponían desde el principio respeto, que se diluía al pronunciar las primeras palabras. Hombre recto, educado en la abnegación al trabajo, vivió una época de riesgos sin fin, en un país desconocido y en plena efervescencia organizativa. Estuvo orgulloso de su apellido y origen catalán, sin saber que el tiempo, el estudio y la investigación me demostrarían que el Terré catalanizado de hoy, tiempo atrás fue Terrer, de origen aragonés, tal cual firma como testigo de su matrimonio el señor cura, tío de la abuela María, José Brunet y Terrer, sin saber quien lo habrá llevado a Lérida.
Mi querida Vieja, hoy estás conociendo tus orígenes, raíces que te vienen de pueblos europeos que demostraron audacia y valor en el tiempo, con historias brillantes y legendarias llenas de gestas guerreras e independentistas, con iniciativa para labrarse un futuro, por eso la razón de su emigración, y de combatir el conformismo del cual muchos hacen gala.
Poco a poco comienzan a afluir a mi memoria pensamientos que me recuerdan tu valor. El tiempo transcurrido me hace esbozar hoy una sonrisa, por aquella ocasión que en un principio tuviera exagerado tinte dramático.
¿Te acordás Vieja de aquella espada de madera que me hizo el Tio Juan, solterón empedernido, y brillante violinista, al que cada vez que entraba en casa pedíamos nos tocara la Marcha de San Lorenzo ? Buen profesional, que durante años participó de la orquesta que amenizaba las tardes del Savoy Hotel. Pués esa espada, la primer arma que pasó por mis manos, que realmente se parecía mas a una cruz como presagio de mis creencias, esos dos palos cruzados, te sirvieron para correr al zapatero remendón Berghella, marido de tu cuñada Colordea, y hermana mayor del Viejo, la que se hospedaba en nuestra casa evitando las palizas de su marido. Verte correr detrás de este hombre, que posiblemente en ese momento venía en plan amistoso y reconciliatorio, por el centro de la calle espada en mano, fue para mis pequeños ojos brillantes de admiración, tu primer gesto de valor, cual si estuviera viendo a Agustina de Aragón o Juana de Arco. Evidentemente el zapatero ya conocía tu genio, porque sin esperar una respuesta y viendo el brillo rugiente de tus ojos, salió corriendo mientras sus piernas con forma de paréntesis, hacían verdaderos prodigios para no tropezar.
Que cantidad de recuerdos afloran a mi mente. Me da la impresión de haber abierto el baúl de la familia. Como nos reímos con aquella anécdota de tía Colordea, cuando viviendo ya en la calle Gálvez, se dirige como de costumbre al ultramarinos del “gallego” para comprar unos huevos. Su protesta fue automática al ver el pequeño tamaño de los mismos, pero la reacción del gallego fue la guinda, cuando le contesta, -Señora Ud. se cree que los italianos tienen los huevos más grandes que los españoles??
Escapó horrorizada por lo que había tenido que oir delante de tanta gente. Lo más gracioso era oírselo contar a toda la familia con ese acento mezcla de abruzese y nuestro español argentinizado.
Cuando el Viejo se independizó y montó su negocio en Rafaela, fuistes el más grande apoyo que podía encontrar. Daba gusto verte empaquetar las mercancías que luego se repartían por los pueblos de campaña, mientras yo, escondido entre las estanterías, leía toda la colección de Sherlock Holmes. Pañuelo en la cabeza y delantal protector, me enorgullecía verte dar órdenes a los empleados, con tal educación y seguridad que ninguno abría el pico más de lo debido.
Carácter, devoción, bondad, firmeza, confianza, son los atributos que hoy, a la distancia de tanto tiempo, recuerdo de tu persona. Jamás te oí negar tus orígenes, pero al ondear de nuestra bandera o al oir los compases de nuestro himno, surgía de todos tus poros ese amor por la tierra donde nacistes.
Te recuerdo en la Sierras de Córdoba durante las vacaciones, montando a caballo o en tus largas caminatas; cerrando mis ojos, te veo como nuestra guardiana cada día que íbamos al río. Después de tus obligaciones caseras, no obstante la falta de práctica y un poquito de miedo, con los consejos siempre oportunos de los gauchos Moyano, salías a caballo con esa sonrisa abierta y la cara llena de satisfacción. Los Moyano, familia tan apegada a su tierra de canto cordobés dulce y pronunciado al hablar, estuvieron siempre dispuestos a ayudar con aquel orgullo de la gente del interior para con los venidos de las ciudades, demostrando su experiencia de amantes y guardianes de la naturaleza.
Tengo en mi estudio, bien a la vista, esa foto de vos y el Viejo cuando visitaron Italia, en 1948. La risa abierta del “viejo tano” y tu franca sonrisa acompañándolo, confirman esa unión que siempre ví en vuestro matrimonio tan bien conjuntado. Fue el descanso merecido para ambos, después de años de trabajo para levantar aquello que en esta vida es tan necesario, el bienestar propio de la época, basado en el negocio fruto de la colaboración con la satisfacción del deber cumplido.
Te recuerdo alegre, de muy buenos sentimientos y siempre dispuesta a ayudar a cualquiera de la familia, tanto es así que a nuestra pequeña vivienda de Viamonte 3057, en el Barrio Parque, podríamos muy bien llamarla la Fonda Familiar. Cariñosa y respetuosa con los abuelos, fuistes un ejemplo para nosotros.
Cuantas cosas querría decirte si te tuviera entre mis brazos, pero es ley de vida que nos acordemos con nostalgia de los grandes momentos vividos y, con remordimiento, por no haberte brindado más horas con las que gozaría si pudiera volver en el túnel del tiempo.
Sin dudarlo, me siento orgulloso de haberte tenido por Madre, y si existiera la reencarnación, haría cola durante siglos con tal de poderte ver nuevamente a mi lado.
Pudistes disfrutar muy poco de tu primera nieta, sin poder hacerlo con los tres restantes, pero es el Señor quien manda en nuestras vidas y, como me dijera en cierta ocasión una viejecita, “Dios se lleva a los más buenos y a los demás nos deja para que lo intentemos”.
Querida Vieja, no te apartes de mi lado, que tu espíritu proteja a los míos indicándonos todos los días el camino de la Gracia , de la bondad, de la honradez, y el amor, que tan deslucidos paracen estar en los últimos tiempos.
Nos veremos Vieja, no lo dudes.
Tu hijo R. |