Nikoiai Konstantinovich Roerich es, sin lugar a dudas, uno de los hombres más extraños y valiosos que nos ha legado el último siglo del segundo milenio. Fue un humanista integral en años de humanismo imposible, lo mismo que lo fue Scweitzer y como, en muchos aspectos, lo era también Einstein. Toda su vida estuvo marcada por un constante peregrinaje a las fuentes mismas de ese conocimiento superior que participa del sincretismo de todos los saberes, metamorfoseado en creencias diversas y tantas veces enfrentadas por obra y gracia de los grupos religiosos y políticos que detentan aún el poder temporal y espiritual sobre los pueblos. Roerich, como Gandhi y como Lanza del Vasto, buscó y no tanto para él como para la totalidad de los seres humanos la esencia última de la verdad y, a través de ella, espigó en nuestro futuro las consecuencias irreversibles de la secular atomización de saberes y creencias, tratando de ofrecer una visión válida de la realidad humana por encima de las tendencias sociales y de los credos religiosos particulares y mucho más allá de esos egoísmos pseudonacionalistas que pueden dar al traste, en cualquier momento imprevisto, con la integridad vital del hombre sobre el planeta Tierra.
Tal vez debido a esa conciencia planetario de la que dio testimonio siempre, a través de sus escritos y de sus pinturas, Roerich se encontró privado de la protección y del aliento sincero de los poderes establecidos. Y como se abstuvo en todo momento de mostrarse partidario o enemigo de nada ni de nadie, las potencias políticas se cuidaron muy bien de no ensalzarle, pero tampoco le denigraron, porque ambas posturas habrían resultado peligrosas y habrían atentado, a la vez, contra la realidad material de sus intereses y contra los aparentes ideales de confraternidad universal de los que todos hacen arma de combate. A Roerich, simplemente, se le silenció por todas partes. Y la consecuencia de ese silencio ha sido que tanto su persona como su obra siguen siendo hoy, a más de treinta años de su muerte, apenas una cita perdida en un libro oscuro y un nombre poco y mal pronunciado, escuchado sin saber dónde ni en qué circunstancia.
El viajero del silencio
Roerich había nacido en Rusia, en la vieja San Petersburgo, el 27 de diciembre de 1874. Abandonó su patria poco antes de la revolución de octubre y fue a instalarse, aunque sólo provisionalmente, en la vecina Finlandia. Cuando ya era conocido en toda Europa como poeta y corno pintor y decorador de teatro -había realizado fantásticos escenarios para la Consagración de la Primavera de Stravinsky abandonó súbitamente una vida que parecía volcada a la fama y emprendió una misión de conocimiento profundo por el Asia Central, acompañado,de toda su familia. En agosto de 1925, su expedición partía de Cachemira y atravesaba en setiembre las cumbres del Karakorum. Se detuvo cuatro meses en Jotán (la actual Hetián) y, a finales de enero de 1926, atravesaba el desierto de Takia-Makán, cruzaba las cumbre del Tien Shan y alcanzaba primero Urumchi, en la depresión de Dhungaría y, posteriormente, en el mes de marzo, el lago Zajsán a los pies del Altai, ya en territorio de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. En siete meses había recorrido más de dos mil quinientos kilómetros por la región posiblemente más misteriosa de Asia, por una de las zonas-clave de la mitologia oculta de las más remotas civilizaciones de la Tierra. ¿Por qué hizo aquel viaje? ¿Qué llegó a conocer a lo largo de su camino por los desiertos y los montes sagrados del Asia Central? Terminada su expedición, por mediación del cónsul soviético en Mongolia, Roerich obtuvo permiso para trasladarse a Moscú desde aquel rincón casi perdido del Kazakhstán al que habla llegado.
Aunque era oficialmente un exiliado, su fama como intelectual y artista hizo que se le recibiera con interés y con curiosidad en Rusia, sobre todo en un momento político muy delicado como aquel en que, recién muerto Lenin (en 1924)., los líderes Stalin y Trotski se disputaban el poder y el triunfo de sus respectivas concepciones revolucionarias. Pero Roerich no llegaba a Rusia como un simple visitante, ni siquiera como un repatriado. Según él, venía portador de un mensaje que le habla sido transmitido por los Mahatmas (Grandes Almas) que habitan en algún lugar ignorado de aquellos territorios del Asia Central que acababa de visitar cruzando el paralelo 42. El mensaje fue conservado cuidadosamente en los archivos soviéticos del estado y sólo fue reproducido y dado a conocer cuarenta años después, en 1965, por la revista "Mazhdunarodnaya Zhizn" (La Vida Internacional), en su número 1; era una salutación fraterna de aquellos seres misteriosos a unos dirigentes que, según ellos, habían dado un gran paso en el camino de la salvación de la humanidad, liquidando el ejército que dominó a un pueblo de esclavos, liberando a la tierra del imperio del dinero y reconociendo la inoperancia absoluta de la propiedad privada. El mensaje terminaba diciendo: "Habéis exaltado la importancia fundamental del saber y os habéis inclinado ante la belleza. Habéis traído a los niños la potencia del cosmos y estáis abriendo de par en par las ventanas de los palacios." El mensaje escrito se completaba con una arqueta conteniendo tierra tibetana, con una inscripción: "Para la tumba de nuestro hermano, el Mahatrna Lenin".
Roerich fue cortésmente escuchado en aquella ocasión por varios dirigentes políticos de la Unión Soviética y uno de sus lienzos, precisamente el "Maitreya el Conquistador" fue destinado al museo de arte Gorki. Sus contactos con los comisarios del Pueblo Tchitcherin y Lunatcharsky giraron, sobre todo, en torno a las bases de un futuro acuerdo internacional que asegurase en cualquier circunstancia violenta la conservación de las obras de arte y del patrimonio cultural de la humanidad. Era el origen del que unos años más tarde se conocería como el Pacto Roerich (1).
Pero ante este extraño primer viaje asiático y ante el aún más extraño mensaje del que Roerich se declaraba portador cabe perfectamente preguntarse hasta qué punto aquel hombre habla podido tener una experiencia insólita y directa y hasta qué punto tuvo que ver en ella la tradición planetario que proclama la presencia, por aquellos parajes, de una realidad distinta y asombrosa que todavía no ha podido ser ni confirmada ni desmentida.
Un lugar llamado Shambhala
Hay una multitud de tradiciones religiosas asiáticas, que se repiten tanto en el credo hinduista como en las doctrinas del Tao, en las distintas formas del budismo y hasta en las variantes mágicas del chamanismo de Mongolia y Siberia que señalan, de modo tajante y curiosamente coincidente, la existencia de un lugar edénico, de emplazamiento exacto desconocido, en el que se albergan los sabios-dioses-maestros que han gobernado y siguen gobernando secretamente al mundo, posiblemente desde los más oscuros siglos de la historia. Allí, dicen las tradiciones, reina la verdad que los hombres buscan inútilmente. Allí se fragua el equilibrio histórico de las civilizaciones del planeta. De allí han partido los grandes maestros y mesías que han enseñado a la humanidad desde los remotos orígenes de las civilizaciones.
Este lugar es llamado, según las creencias o las corrientes culturales, Agartha o Shambhala. Y en él, al decir de estas tradiciones, tiene su residencia el Rey del Mundo. Investigadores de las culturas religiosas como René Guénon y Geoffrey Ashe (2) han tratado de estudiar a fondo este mito universal. Otros, como Andrew Tomas, no dudan en aceptar como cierta su existencia real. Un viajero como Ossendowsky, que recorrió Siberia , Mongolia y el Tíbet en los años en torno a 1920, dio testimonios de la verosimilitud de aquellas tradiciones (3). Y, por último, ciertos responsables del nacimiento de movimientos místicos todavía vigentes, como Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica, declararon en más de una ocasión estar en contacto con los Mahatmas misteriosos del Asia Central, que les transmitían a menudo mensajes de fraternidad universal y misteriosas profecías destinadas a aviso y cuidado de un mundo en eminente peligro de autodestrucción.
El mito de Shambhala -y lo llamo mito con el profundo convencimiento de que encierra, más que muchos otros mitos, un cierto tipo de realidad no es, sin embargo, ni un acto de fe exclusivo de las distintas creencias religiosas de Asia ni un descubrimiento más o menos reciente de investigadores de los fenómenos trascendentes; ni siquiera es la alucinación colectiva de visionarios mesiánicos deseosos de encabezar cualquiera de las sectas que -surgen como hongos en nuestros días. Tampoco es -o no es del todo la consecuencia lógica de una moda hacia determinados tipos de espiritualidad oriental en una época como la nuestra, de búsqueda desesperada de una trascendencia perdida. El mito de Shambhala forma parte de una auténtica tradición a nivel planetario, cuyas huellas pueden encontrarse desde los libros sagrados de la antigüedad de muchos pueblos hasta el testimonio directo o indirecto de unos concretos testigos de la historia que, a propósito o sin proponérselo, nos transmitieron un tipo concreto de vivencia tradicional que forma parte de la memoria colectiva del hombre. En este sentido, Shambhala se identifica con la Tierra del Preste Juan, como se la conoció en la Edad Media cristiana y de cuyo misterioso soberano, según e¡ mismo Marco Polo, "hablaban todos en el gran imperio" y recibía tributos de la mayor parte de los gobernantes asiáticos (4)
Shambhala puede ser también la patria de los Magos que, precedidos por una estrella inteligente, acudieron a conocer y a dar testimonio del nacimiento de Cristo. Es, según se deduce de los mitos griegos, la tierra originaria de Dionisios. Y hasta se convierte en el arquetipo universal que ha servido para dar realidad a los símbolos del monte cónico y de la caverna. Shambhala es el lugar del 7, porque está señalado por las siete estrellas de la Osa Mayor y es el centro verdadero y primario del mundo trascendente, la Jerusalén Celeste, el vértice donde convergen y de donde parten los núcleos de todas las creencias, el Edén perdido, el Ombligo del Mundo.
El testimonio insólito de un viejo mapa mallorquín
En la Biblioteca Nacional de París se conserva un llamado Atlas Catalán de 1375. Fue regalo de Juan 1 de Aragón a Carlos Vi de Francia y habla sido dibujado por el cartógrafo judío mallorquín Abraham Cresques, que fue hijo y padre de importantes geógrafos conocidos en todo el mundo occidental como máximos exponentes de una importantísima tradición cartográfica ejercida por los hebreos de la isla mediterránea. Un hijo de Abraham, Yafuda, fue llamado años más tarde a Portugal y allí, bajo el nombre de Jaume Ribes, que adoptó al convertirse al cristianismo, fue el organizador del taller cartográfico de la escuela náutica de Sagres, que estaba bajo los auspicios de la Orden de Cristo, heredera y sucesora en el reino lusitano de la desaparecida orden del Temple y promotora, con barcos y dinero, de la gran expansión territorial portuguesa. Fijémonos en el hecho de que es más que curioso que los conocimientos geográficos de la familia Cresques despertasen el interés de unos monjes que eran los herederos no sólo de los bienes materiales, sino de los ideales ocultistas -universalistas de los caballeros templarios.
Pero la cosa, ahora, viene sólo a propósito del citado Atlas Catalán del judío Abraham Cresques. El mapa se compone de seis hojas. Las dos primeras están dedicadas -para conocimiento de los secretos del universo a explicaciones que sobrepasan el marco puramente geográfico y se adentran en muy interesantes disquisiciones astronómicas y, sobre todo, astrológicas. Las cuatro hojas siguientes forman, en continuidad, un mapamundi que abarca desde las costas atlánticas europeas y norteafricanas hasta los remotos limites orientales de Asia. En este sentido- y por el interés que puede suscitar ahora en nosotros son especialmente importantes las hojas quinta y sexta, que abarcan los territorios de Asia Central hasta el Extremo Oriente.
Es significativo que la zona correspondiente al borde de la meseta irania, ya en los limites del Afghanistán y al este del mar Caspio, esté marcada por la presencia de un dibujo que representa a los Magos evangélicos convertidos en reyes, con una leyenda que comienza afirmando: "Aquesta Província es apellada Társia de la qual axirem los 111 reys fort savis e vengueren a Ratlem de Judea ab lurs dons e adoraren a Jhesuchrist... ". Los datos más concretos que dan otros autores medievales parecen identificar esta tierra de Tarsia con la cuenca del río Tarim. Atención: este río fue atravesado por la expedición de Roerich y hoy recibe el nombre de Akesuhe. Corre casi sobre la línea del paralelo 42, entre el desierto de Takla-Makán y la cordillera de Tien Shan, las montañas Celestes de los Taoístas. En este lugar, según otros viajeros medievales, -Jehan de Mandeville en sus "Viajes" y el rey armenio Hethum en su "Historia Orientalis" vivía el pueblo de los uigures, a los que estos autores dan una ascendencia mitica que muy bien podría identificarse con una calidad de servidores o intermediarios de los grandes señores celestiales de Shambhala. En cualquier caso, la realidad histórica identifica a los uigures con un pueblo de remoto origen turco que, según la inscripción trilingüe de Qara Balgasún (5), se convirtieron a una forma de maniqueísmo en la segunda mitad del siglo VIII d. C., gracias a la acción de unos misteriosos misioneros que, al parecer, predicaban una religión sincrética en la que se unificaban creencias propias del cristianismo, del budismo y del zoroastrismo. Pero quiénes eran esos misioneros que predicaban entre los Montes Sagrados (Tien Shan) y los Montes Prohibidos (Kuen Lun) es algo que la historia no ha logrado aclarar, pero que forma parte, a mi modo de ver, del misterio shambhálico (6).
En cualquier caso, la presencia de personajes evangélicos -míticos- en los umbrales de una tierra igualmente mítica -la tierra del Preste Juana- abre las puertas a un mundo en el que hay primordial cabida para todas las creencias religiosas, un mundo donde todas esas creencias se vuelven una sola, lógicamente superior a todas, lo que viene a ser lo mismo que proclamar la realidad y el reconocimiento de las enseñanzas tradicionalmente trasmitidas por los señores shambhálicos de Oriente, los Mahatmas.
Abundando en esta idea, merece la pena de seguir observando determinados detalles del atlas catalán de Cresques. En el inicio de la hoja sexta, en un lugar situado al noreste de donde se encuentran los magos evangélicos, se distingue un lago con un templo claramente cristiano -hay una cruz en el campanario levantado en su orilla. Junto a la torre se lee Yssicol y la leyenda que figura encima proclama que "En aquest loch es l monestir de frares armenians on, segóns ques diu, és lo cors de sent Mathei apóstol e evangelista". Según se deduce claramente, se trata en este caso del lago Issik-Kui, que se encuentra en actual territorio de la República Socialista Soviética de Kirgizskaia, muy cerca de la frontera china e inmediatamente al sur de la ciudad de Alma Ata, en tierras dominadas secularmente por cultos chamánicos y larnaístas. Y el hecho de que el judío Cresques lo cite explícitamente como lugar en el que había cristianos -en su época hace pensar que tal vez se tratase de heterodoxos nestorianos, que se hablan extendido hasta Mongolia y China después de ser condenados por el concilio de Efeso en el 431. Y está mismo hecho se une con la afirmación de que allí está enterrado el evangelista Mateo, el cual, según la versión autorizada por los padres bolandistas, debió morir en tierras de Etiopía; enterrarle en territorio asiático tan particular da idea ya de una intención profunda asimilada al misterio de una realidad religiosa acumulada al tácito reconocimiento de tierra sagrada a estos lugares desde la perspectiva de los más diversos credos que, ya desde tiempos remotos, convivieron y se encontraron pacíficamente en estas zonas. Lo prueba la existencia indiscriminada de cristianos, budistas, judíos, musulmanes, taoístas y hasta la presencia de los últimos restos del zoroastrismo iranio.
Gog, Magog y los espíritus del Preste Juan
La expedición Roerich, deliberadamente, atravesó toda aquella zona en busca de la razón misteriosa de su realidad ancestral, que no sólo venía de la mano de los mitos religiosos orientales, sino que tenía su traducción en occidente, a través de tradiciones que lo mismo reflejaba Cresques en su Atlas, donde se especifica también la tierra de Gog y Magog-, de donde surgirá precisamente el Anticristo que eran recogidas por el mismo Marco Polo, cuando narrábamos que sucedían en aquellos parajes o que, al menos, estaban visceralmente enraizados en las tierras misteriosas por las que posteriormente habría de asegurar Roerich haberse puesto en contacto con los Mahatmas de Shambhala.
El viajero veneciano, precisamente al descubir las características del desierto de Gobi -que él llama desierto de Lop en el capítulo LVII de sus memorias de viaje, porque partió a internarse en él desde la ciudad de este nombre (la actual Loubucun, al este del lago Lop Nor) se hace eco de alguno de sus mitos y cuenta de voces misteriosas venidas de no se sabe dónde, que llaman por sus nombres a los viajeros que lo atraviesan. Curiosa alucinación auditiva, pero no menos curiosa que la aparente alucinación visual que tuvo el mismo Roerich -y la tuvieron todos sus compañeros de expedición cuando fue testigo del avistamiento de un OVNI cuarenta años antes de que el fenómeno se convirtiera en la máxima incógnita de nuestra época y mucho antes, naturalmente, de que surgiera la tremenda influencia pseudoreligiosa de los platos voladores por la que hoy atraviesa una parte significativa de nuestra civilización planetario.
Sin embargo, no son únicamente los fenómenos los que se repiten a lo largo del tiempo. Son también los mitos, las profecías encubiertas que surgen precisamente en aquellas tierras semidesiertas y secularmente sagradas en torno al paralelo 42. Si nos detenemos a pensar en esos Gog y Magog de Cresques -y de la tradición bíblica que él representaba-, nos daremos cuenta de que se trata de un mito paralelo al del Anticristo del Apocalipsis y en muchos puntos coincidente con él, con una auténtica proyección de futuro. El Anticristo es, precisamente, aquel que vendrá algún día para terminar definitivamente con la iglesia de Cristo y con todas las creencias dominantes en la tierra. Pero ese final de las religiones, aunque la misma iglesia católica lo haya descrito como un desastre a nivel planetario, no es más que el temor vísceral a su propio y concreto final, para dar paso a otro tipo de creencia posiblemente más evolucionada que el mismo concepto cristiano. Y si es así, existe un tanto que esperado ser que habrá de llegar algún día, precisamente para favorecer la evolución del hombre hacia formas de conocimiento jamás alcanzadas y para lanzar al mundo hacia una era de auténtico progreso y de paz espiritual.
¿No es ese Maitreya el Mesías esperado por los judíos desde que lo anunciaron los profetas bíblicos? ¿Y no fue anunciado como tal Mesías el Cristo y por eso llegaron de los confines de esas tierras de Asia Central los Magos: para reconocerle como el Mesías esperado entonces por el mundo entero?
Hay una tradición en Cachemira y en el Ladakh, que ha sido recogida muy objetivamente por Andreas Faber-Kaiser (7) y que cuenta cómo Cristo pudo iniciarse en los monasterios budistas durante los diecisiete años de silencio evangélico. Esta tradición fue, al parecer, encontrada por Nikolai Notovich en el siglo pasado en el monasterio lamaísta de Himis, al sureste de Leh y fue aceptada posteriormente por jesuítas alemanes. Sin embargo, en 1913, el explorador italiano De Filippi no pudo ya encontrar ni rastro de ella en dicha ¡amasaría, ni la más leve memoria de los manuscritos que Novotich dijo haber trascrito (8).
Un lugar en donde todo es, fue y será posible
En el fondo, importa muy poco que los manuscritos de Himis existieran alguna vez. Importa aún menos, desde el punto de vista del puro sentir religioso, que Cristo salvase su cuerpo de la muerte en la cruz y regresase a Cachemira, como asegura la tradición ahmadiyya (9). Lo importante de veras es la misma existencia de esa tradición, porque es la muestra patente de ese principio de universalidad cultural y religiosa que está implícito en el mensaje mítico -o quien sabe sino tan mítico de Shambhala.
Nikolai Roerich profundizó a todos los niveles en esa circunstancia de la que nadie -o casi nadie en el mundo occidental parece ya querer hablar. Su vida, desde que decidió instalarse definitivamente en la India en 1928, dedicada por completo a trasmitir por todos los medios a su alcance lo que aquella realidad que vivía intensamente le estaba dando. Entre sus casi siete mil cuadros, el mensaje de Shambhala está presente en una buena parte de los lienzos. Hay sólo que escarbar en su simbolismo profundo, una vez que en una primera visión se ha captado la impresión de paz que transpiran. Porque, a través de esas pinturas está presente una suprarrealidad retratada y, muy por encima de ella, hay otra realidad aún superior que viene expresada por el artista que hace suyo en cada acto y en cada instante el significado profundo de los elementos que componen la totalidad de la obra. Andrew Thomas (10) asegura que en varios de los lienzos de Roerich están anunciadas, con varios años de anticipación, las pesadillas de las dos guerras mundiales que ha padecido el mundo en este siglo; y hasta la gran esperanza de la Revolución Rusa de 1917, mucho antes de que estallase. Y es que el hecho profético, cuando se produce de veras, sin trampas ni pretendidos juegos circenses -y es que realmente puede producirse, lo que no hay posibilidad alguna de negar- viene dado precisamente por un rompimiento total del falso sentido que tenemos del tiempo, por una visión auténtica y superior de tal tiempo en tanto que dimensión espacial, que puede entreverse lo mismo hacia un lado que hacia otra de la vida. Y únicamente un ser capaz de escapar realmente a las apariencias sensoriales puede tener esa visión de autenticidad espacial.
Roerich la tuvo, sin duda. Y no sólo en sus lienzos, sino en muchos de sus escritos. Cuando Máximo Gorki dijo de él que era "la persona con mayor intuición de nuestro tíempo" no andaba descaminado. Roerich había buscado la verdad visceralmente. Primero en su misma actitud vital. Luego en sus dos largas expediciones por el Asia Central. De la primera ya hemos hablado. En la segunda atravesó Mongolia y el Tíbet en una difícil marcha de dos años emprendida desde Ulan Bator hasta la India. Por último, Roerich se estableció en un lugar estratégico, desde el cual sus vivencias pudieran muy bien alimentarse por la proximidad de la gran zona incógnita del Asia Central. Desde 1928 fijó su residencia en Nagár, en el valle del río Kulu, precisamente en las inmediaciones de Cachemira, del Ladakh y del Tíbet, donde toda la realidad sincrética del mito shambhálico seguía presente. Allí vivió Roerich, escribiendo, pintando y respirando profundamente el pensamiento superior hasta su muerte, que tuvo lugar en 1947.
Una obra para el silencio a voces
Siete mil cuadros y veintisiete volúmenes de escritos que abarcan desde la filología a la metafísica y desde la botánica a los poemas proféticos no han sido capaces de sacar de la oscuridad presente a un hombre como Roerich. Hoy su recuerdo es, sin embargo, la base vital de unos pocos que lograron tener su obra a su alcance o que llegaron a conocerle, como fue el caso del vicepresidente de los Estados Unidos Henry Wallace. Pero sus lienzos se esconden en salas secundarias de unos museos que no podían ignorarle oficialmente a pesar de todo; y sus libros son, en su mayor parte, incontrables para cualquiera que ahora mismo sintiera la urgencia de tomar contacto con la profundidad de su pensamiento.
Pocos son ya también los que recuerdan que, en 1929 -cuando ya se habla retirado a su casa de Nagar, después de recorrer el mundo entero Roerich fue el creador y promotor del pacto que lleva su nombre y que constituyó un propósito firme -el único a escala planetaria- de compromiso internacional para proteger los bienes culturales del mundo entero en caso de guerras y conflictos armados. Muchos gobiernos, tal vez más por condescendencia que por firme decisión, se adhirieron al pacto Roerich pocos años después de ser propuesto ante la Sociedad de naciones. Fue suscrito por los países integrantes de la Unión Interamericano el 15 de abril de 1935. Pero tal vez el pacto era demasiado humano -o humanístico para ser aceptado tal como había sido concebido en su origen. Y su transformación en la Convención de la Haya en 1954, por iniciativa de la Unesco, sufrió tales recortes y condicionamientos que, aunque firmado por casi todos los estados componentes de la Organización de las Naciones Unidas, significaba ya apenas un buen propósito que podía hacerse añicos cuando cualquier pretendida necesidad política o militar así lo exigiera. De ese modo, lo que nació como compromiso formal de respeto absoluto e incondicionado por los valores humanos y culturales, se convirtió, en manos de la burocracia y de las tensiones internacionales y políticas, en un mero sueño irrealizable, confiado a quienes sabían positivamente que nunca seria cumplido ni respetado.
Roerich -supongo que afortunadamente- nunca llegó a conocer los acuerdos definitivos de la Convención de La Haya. Había muerto siete años antes y aquellos intelectuales y políticos que se habían comprometido a cumplir su pacto lo habían presentado a la Unesco -en 1950- como homenaje póstumo e inútil a su promotor. Pero sucedió lo lógico en estos casos: que un solo hombre es aún incapaz de transformar al mundo; que ese mundo rechaza a los entes mesiánicos con el arma que es más difícil de destruir: la veneración. El mundo -o buena parte de él- puede venerar el ejemplo, pero olvida que, por encima de la veneración, las enseñanzas deben ser difundidas para que puedan aprovecharse -y sobre todo cumplirse- y no ser adoradas desde lejos, desde fuera, desde la inútil e hipócrita oración fúnebre.
Notas:
(1) Entresaco los datos de Tomas: "Shambhala, oasis de Lumiére", París, Laffont, 1966.
(2) René Guénon: "Le roi du monde". Geoffrey Ashe: "Ancient Knowledge".
(3) F. Ossendowsky: "Bestias, hombres, dioses".
(4) "El millón". Viajes Clásicos. Espasa-Calpe, 1934.
(5) Descubierta por Chevannes y Pelliot y publicada en el "Journal Asiatique", nº 177, 1913.
(6) Creo importante añadir la identidad fonética de las voces uigur y ligur, que podría deberse a una simple casualidad, pero preocupa la coincidencia del pueblo asiático con otro que, como el de los ligures, configuró la más importante influencia religiosa de accidente en la edad del Hierro.
(7) "Jesús vivió y murió en Cachemira". Barcelona, ATE, 1966.
(8) De Filippi: "Himaiaia, Karakorum, Turchestan e¡nese". Bologna, Zanichelli, 1924.
19) Ver Faber-Kaiser, op.cit. en nota 7. (10) Andrew Tomas, op. cit. nota 1.