PIEDRAS "HERMES" EN EL ROYO Y ENCRUCIJADAS

 

 

Hablábamos el sábado pasado de los monumentos megalíticos y su evolución arquitectónica y simbólica a través del tiempo. Hoy nos centraremos de forma especial en el simbolismo pétreo y mencionaremos la presencia del viejo culto a Hermes-Mercurio en la provincia, tomando como ejemplo el amontonamiento de piedras del viejo sendero al Castillo, en El Royo, las piedras fálicas romanas y la estela dedicada a Mercurio hallada en Uxama.

 

"Sabemos que las piedras sin labrar tuvieron un significado muy simbólico para las sociedades antiguas y primitivas", asegura Aniela Jaffé, secretaria particular de C.G.Jung."Se creía con frecuencia que las piedras bastas y naturales eran la morada de espíritus o de dioses, y se utilizaron en las culturas primitivas como lápidas sepulcrales, amojonamientos u objetos de veneración religiosa. Su empleo puede considerarse como una forma primitiva de escultura, un primer intento de investir a la piedra con un poder más expresivo que el que podrían darle la casualidad y la naturaleza". En este sentido, "la animación de la piedra tiene que explicarse como la proyección en la piedra de un contenido, más o menos claro, del inconsciente", concluye. Un buen ejemplo de ello sería la búsqueda alquímica de la Piedra Filosofal que ampara el Hermes-Mercurio de los alquimistas, y en Soria lo son las esculturas y bajorelieves realizados por Félix Hernández en Ocenilla.

 

Mientras el ser humano fue nómada la piedra bruta era consustancial a él. Cuando se hizo nómada necesitó la piedra tallada. En el Exodo, Deuteronomio y Primer Libro de Los Reyes podemos comprobar como Yaveh exige a su pueblo que los templos se construyan con piedra bruta "porque al dar con tu cincel sobre la piedra, la profanas".

 

En Soria continúan trabajando artesanalmente la piedra los hermanos Casas Sanquirico, en Covaleda; los hermanos Valero en Golmayo y los hermanos Delgado en Ocenilla, fundamentalmente. Además hay varios escultores que residen en Soria y Medinaceli.

 

René Guènon explica la diferencia simbólica entre la piedra bruta y la tallada en estos términos: "La piedra bruta representa la "materia prima" indiferenciada o el "caos" con todas las correspondencias tanto microcósmicas como macrocósmicas, mientras que, al contrario, la piedra completamente tallada en todas sus caras representa el cumplimiento o perfección de la "obra"... Esa diferencia corresponde a un doble aspecto de la "materia prima", según que ésta se considere como la "Virgen Universal" o como el "caos" que está en el origen de toda manifestación; en la tradición hindú sucede igualmente que Prákrti al mismo tiempo que es la pura potencialidad que está literalmente por debajo de toda existencia, es también un aspecto de la Çacti, o sea, de la "Madre Divina"; y, por supuesto, ambos puntos de vista no son en modo alguno excluyentes, lo cual por lo demás justifica la coexistencia de los altares de piedra bruta en edificios de piedra tallada".

 

La piedra bruta, dicen Gherbrandt y Chevalier, es andrógina, como el estado primordial, y es también la materia pasiva, ambivalente. Juan Eduardo Cirlot indica que la piedra es "un símbolo del ser, de la cohesión y la conformidad consigo mismo...; simbolizó la unidad y la fuerza siendo entera y rota en muchos fragmentos, el desmembramiento, la disgregación psíquica, la enfermedad, la muerte y la derrota...; es la música petrificada de la creación...; en cuanto a la Piedra Filosofal de la Alquimia, representa la unidad de los contrarios, la integración del yo consciente con su parte femenina o inconsciente (fijar lo volatil) y, en consecuencia, es símbolo de totalidad", como así lo viera C.G. Jung. "La piedra parece pues constituir un antiquísimo símbolo de lo eterno, lo perenne en el hombre, a partir de lo cual toma su fuerza vital", declara Marie Louise Von Franz, la discípula más hermética de Jung.

 

Mircea Eliade ha dedicado por entero un capítulo de su insuperable Tratado de Historia de las Religiones a las piedras sagradas y sus epifanías. Comienza diciendo que "la dureza, la rudeza, la permanencia de la materia constituyen para la conciencia religiosa del primitivo una hierofanía: nada más inmediato y más autónomo en la plenitud de su fuerza, nada hay más noble ni más aterrador que una roca majestuosa, que un bloque de granito audazmente erguido". Y al final del capítulo afirma que "para la conciencia religiosa arcaica, la piedra bruta evocaba la presencia divina de manera más directa que las esculturas de Praxíteles a sus contemporáneos".

 

Por su indestructibilidad aporta la idea de la eternidad, según Olivier Beigbeder, quien ha escrito que "en el ámbito mesopotámico, mediterráneo y occidental, la piedra ha podido ser elevada a la dignidad de Centro del Mundo, como el Kudurru mesopotámico, el Bet-El de Jacob, o incluso el onphalos de Delfos". Este mismo autor afirma que los meteoritos han sido las piedras más veneradas como habitáculos divinos, como la Kaaba de La Meca, si bien estima que por lo común la piedra es simplemente un símbolo de fecundidad, por lo cual no ha de extrañar que "numerosos pueblos primitivos erigan piedras fálicas, siendo el falo el símbolo de la duración, de la existencia, de la potencia". Igualmente nos recuerda que la piedra negra siempre ha simbolizado a la Gran Madre.

 

Hermes-Mercurio

 

En 1957 relataba Teodoro Rubio Giménez en Celtiberia el ritual del arrojamiento de piedras a una margen del viejo camino a la ermita de la Virgen del Castillo, en El Royo. Los lugareños aducían que era para que no se levantase el moro que había enterrado. Explicación que sigue dándose, como pude comprobar el 24 de septiembre. Igualmente se dice que se tiran para dar las gracias a la citada Virgen.

 

Las piedras lanzadas por cientos de feligreses de la Vega del Cintora han conformado un montículo nada desdeñable, con una altura superior a los dos metros y un perímetro irregular que abarca varios metros como puede deducirse de las fotografías obtenidas el citado día.

 

Teodoro Rubio asocia este rito con las Piedras Hermai: "...el Hermes que trajeron a España los pueblos invasores, influídos por las civilizaciones egipcia y griega, Hermes que después los romanos tradujeron en Mercurio, era reverenciado en piedras colocadas al borde de los caminos, piedras faliformes al principio, después columnitas rematadas con el busto del dios y luego la columna sola, bien con el caduceo esculpido o bien lisa. En torno de ella el caminante dejaba juntas una piedra y una súplica verbal al mensajero de los dioses para que lo protegiese en su viaje".

 

Teodoro Rubio finalizaba su breve relato asegurando que este tipo de lanzamiento de piedras se llevaba a cabo en otras poblaciones de la provincia. En El Royo se dejó de hacer de forma multitudinaria a mediados de los años sesenta, al subir la gente por otro camino, si bien todavía continúan arrojando la piedra correspondiente los que por allí pasan camino de la ermita que se halla sobre un castro celta a unos trescientos metros monte arriba.

 

Los que han hecho el Camino de Santiago a pie se han encontrado en varios lugares con un hecho similar, destacando sobre todos el enclave leonés conocido como Cruz de Fierro en Foncebadón. Una derivación moderna es tirar monedas en algunos estanques, pozos o fuentes.

 

Constantino Cabal ya citaba esta costumbre en su clásica Mitología Ibérica y desvela la evolución del montón de piedras de las encrucijadas hasta convertirse, por ejemplo, en cruceiro gallego, como sucede con los cruceros sorianos del cual hay un ejemplar importante en la citada localidad de El Royo.

 

La lectura de este libro despeja incognitas sobre el rito señalado:

 

"El túmulo griego "erma", "ermes", el dios-concreción que recogió en su traza, en su carácter, en su sentido moral, las "cualidades" del montón de piedras. Ermes, límite de fincas; Ermes, "nuncio entre los dioses infernales y celestes", porque estaba entre el cielo y el infierno; Ermes, congregador de los espíritus, porque los reunía en el montón; Ermes, guía de las almas cuando iban a su punto de destino, por ser los caminos suyos; Ermes, amparador de los rebaños, por ser su dios tutelar; Ermes, de figura fálica, por ser una deidad engendradora; Ermes, dios de la elocuencia, por presidir los consejos en que los oradores discutían; Ermes, tutor del comercio, por precisar los sitios de mercado; Ermes, amparador de los ladrones, por ser los mercados el sitio preferido para el robo...

Y Ermes, en Roma Mercurio, por su aspecto comercial: de "merx", como "mercator" y "mercatio", y "mercatus", y "commercium"...

Y ahora se ve la razón de que las encrucijadas fueran siempre lugar de brujería, y siempre causaron pánico: gran número de dioses nació en ellas. El culto primitivo de los manes se fue traduciendo en ellas en una serie de dioses o símbolos colectivos, cuyo carácter fijaban las condiciones del medio."

 

La ambivalencia de la piedra, el carácter andrógino del que hablábamos la semana pasada también fue percibido por Constantino Cabal. El siguiente texto suyo aclara porqué se encuentra la Virgen del Castillo tan cercano al montículo de piedras:

 

Diana-Hécate

 

"Diana, en sus orígenes, fue una diosa funeraria, con las inevitables cualidades atribuidas a éstas. Era divinidad fecundadora, cuidaba de los rebaños, multiplicaba los frutos... Y fue diosa del comercio, señora de los caminos, guía de los caminates, reina sin duda alguna de la muerte, congregadora de espíritus y conductora de espíritus a la mansión oscura del reposo...

Y he aquí que estas facultades son las mismas de Mercurio: Mercurio, dios funerario, fecundador, protector; dios que amparaba el comercio, señalaba los caminos, guiaba a los transeúntes; dios que era rey de la muerte, amontonaba las almas y las llevaba a la región de sombras... Mercurio, por consiguiente, se reduce a una diana masculina. No es más que la Mater Magna convertida en Pater. Para la primitiva humanidad todas las divinidades entrañaban el sexo femenino (...)

El túmulo -esto es, el ermes en toda su rudeza original- señalaba sepulturas, fecundaba, protegía, determinaba el camino, guiaba a los transeúntes, amontonaba las almas y favorecía el comercio...".

 

Mircea Eliade, por su parte, nos recuerda que fue Apolo el dios con más piedras dedicadas: "Las "hermai" no hacen sino subrayar la soledad de los caminos, el miedo que inspira la noche, la protección al viajero, a la casa, a los campos. Y al anexionarse los antiguos lugares de culto, Apolo entró a la vez en posesión de sus signos distintivos (piedras, "omphaloi", altares), la mayoría de los cuales estuvieron dedicados antres a la gran diosa". Curioso es constatar la existencia de una escultura de Apolo en Termancia, la ciudad de la piedra, junto a la Sierra Pela (que derivaría de Piedra según Guillermo García Pérez).

 

J.C. Bermejo Barrera, por su parte, defiende la hipótesis de que los Lares Viales "pudieron haber sido parcialmente similares a Hermes, por ser entre los diferentes dioses de los caminos (Mercurio galo, Lug, Mercurio romano, Lares Compitales y Hécate) el que podría concordar de un modo más coherente con los escasos datos de que disponemos para definirlos".

 

Hécate, símbolo de la Madre-Terrible, era la diosa de las encrucijadas y bifurcaciones. "Y allí donde los caminos se separaban o unían se la sacrificaban perros o se le arrojaban los cadáveres de los ajusticiados: el sacrificio se efectuaba en este lugar de unión simbólica", dice Jung. Por eso se ajusticiaba a los condenados en las picotas instaladas en las plazas, el lugar con más calles entrecruzándose intramuros. El rollo, por contra, como el menhir, es signo de poder, de soberanía, es un "hermai" y no el pilar de Diana-Hécate.

 

La Y y la X simbolizan crípticamente a la encrucijada, en la cual puede verse el desgarro interior ante dos o más opciones a escoger que, inevitablemente, generarán un futuro determinado y no otro. Encrucijadas en las que se encendían velas junto a los peñascos, árboles o fuentes situadas en ellas, ritual que fue duramente condenado por San Martín Dumiense, entre otros.