| 25 - 12 - 2008 |
| 28 - 12 - 2008 |
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NATIVIDAD DEL SEÑOR
Aleluya
Nos
ha amanecido un día sagrado;
venid,
naciones, adorad al Señor,
porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.
E V A N G E L I O
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.
†Lectura
del santo evangelio según san Juan 1,
1-18.
En
el principio ya existía la Palabra,
y
la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida,
y
la vida era la luz de los hombres.
La
luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.
Surgió un
hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan:
éste venía como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para
que por él todos vinieran a la fe.
No
era él la luz,
sino testigo de la luz.
La
Palabra era la luz verdadera,
que
alumbra a todo hombre.
Al
mundo vino, y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el
mundo no la conoció.
Vino
a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero
a cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su
nombre.
Estos
no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria
propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
— «Este
es de quien dije: "El que viene detrás de mí
pasa delante
de mí, porque existía antes que yo."»
Pues
de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la Ley se dio
por medio de Moisés,
la gracia y la verdad vinieron por medio
de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás:
Dios
Hijo único, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado
a conocer.
Palabra del Señor.
LA SAGRADA FAMILIA:
JESÚS, MARÍA Y JOSÉ.
Que la paz de Cristo
actúe de árbitro
en vuestro corazón;
la palabra de Cristo habite entre vosotros
en toda su riqueza.
El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas.
(2, 22-40.)
Cuando
llegó el tiempo de la purificación, según la ley
de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén,
para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley
del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado
al Señor», y para entregar la oblación, como dice
la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»
Vivía
entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo
y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo
moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu
Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del
Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando
entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él
lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo
a Dios diciendo:
- «Ahora,
Señor, según tu promesa,
puedes
dejar a tu siervo irse en paz.
Porque
mis ojos han visto a tu Salvador,
a
quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.»
Su
padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del
niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:
- «Mira, éste está puesto para que muchos
en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida:
así quedará
clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspa- sará
el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel,
de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había
vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro;
no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos
y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y
hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación
de Jerusalén.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del
Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
El
niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría;
y la gracia de Dios lo acompañaba.
Palabra del Señor.